-Ibiza, verano de 1970-
Las oficinas de Empresas Canarias se encontraban en uno de los edificios más antiguos y emblemáticos de Ibiza.
Construido a finales del siglo XIX, el inmueble había comenzado como una casa mercantil vinculada al comercio marítimo entre las Islas Baleares y la península. Con el paso de las décadas, los Canarias lo habían adquirido, ampliado y restaurado hasta convertirlo en el corazón administrativo de su imperio.
El edificio se alzaba cerca del puerto, dominando una de las avenidas más importantes de la ciudad. Su fachada de piedra color arena mostraba las marcas del tiempo sin perder elegancia. Grandes ventanales arqueados permitían la entrada de la luz mediterránea, mientras que los balcones de hierro forjado estaban adornados con buganvilias y geranios que aportaban color a la sobriedad de la construcción.
Sobre la entrada principal destacaba el escudo de la familia Canarias grabado en piedra: un velero enfrentando las olas, símbolo de los orígenes marítimos de la compañía. Las pesadas puertas de madera oscura habían visto pasar generaciones enteras de empresarios, políticos, banqueros y socios comerciales. Muchos decían que dentro de aquellas paredes se habían firmado acuerdos capaces de cambiar el rumbo económico de media España.
No obstante, el interior era todavía más impresionante. Los techos altos estaban sostenidos por vigas de madera centenarias y los suelos de mármol reflejaban la luz que entraba desde el patio central, donde una fuente de piedra murmuraba constantemente entre naranjos y palmeras.
Las paredes estaban cubiertas por retratos de los antiguos patriarcas Canarias, principalmente hombres que habían construido la fortuna familiar generación tras generación. Entre ellos destacaban mapas marítimos, fotografías de los primeros barcos de la compañía y documentos enmarcados que relataban algunos de los momentos más importantes de su historia.
Ahí, en ese edificio tan emblemático, en el último piso, se encontraba el despacho de David Tomás Canarias, el corazón de la empresa.
David Fernando pasaba más tiempo en aquel edificio que en cualquier otro lugar, más que en su propia casa o con amigos. Las oficinas de Empresas Canarias habían sido su segundo hogar desde que tenía memoria. Aquel lugar era su santuario, su refugio, su aula de estudios, su destino.
Desde niño, David se sentaba en los despachos vacíos a observar cómo trabajaban los directivos de la compañía. Escuchaba conversaciones sobre inversiones, analizaba balances financieros y hacía preguntas que sorprendían incluso a los ejecutivos más experimentados.
Por supuesto, aquello se había interrumpido cuando sus padres decidieron enviarlo a Suiza. Desde los diez hasta los quince años estudió en uno de los internados más prestigiosos de Europa, una institución reservada para hijos de empresarios, políticos y miembros de familias influyentes. Allí aprendió idiomas, protocolo, historia, economía y de pasada se hizo amigo de Tristán.
Ahora, a sus diecinueve años, la situación no había cambiado demasiado. David cursaba Ciencias Económicas y Empresariales, una decisión que había tomado como estrategia para impresionar o callar a accionistas, socios y familiares. Quería demostrarles que, de los tres primos, él era el más preparado para heredar la empresa; no bastaba solo con ser hijo de su padre.
Sin embargo, David no lo necesitaba; no era indispensable para él atender a la universidad para poder dirigir todo porque él era muy talentoso. Desde niño había demostrado una capacidad extraordinaria para los números. Poseía una memoria casi fotográfica que le permitía recordar cifras, contratos y datos financieros con una facilidad asombrosa. Además, tenía una intuición natural para detectar oportunidades de inversión y comprender el funcionamiento de los mercados. Mientras algunos compañeros necesitaban horas para analizar un balance financiero, David podía detectar problemas y oportunidades con una simple lectura.
Aquello no significaba que fuera arrogante; al contrario, precisamente porque conocía su capacidad, se exigía más que nadie. Sabía que el apellido Canarias le abriría puertas; lo que él quería demostrar era que también merecía atravesarlas. No dejaba que su talento lo cegara y mucho menos su padre.
Era bien sabido que David Tomás Canarias competía constantemente contra su propio hijo. Aquello provocaba que ambos tuviesen una relación extraña, una mezcla de admiración, orgullo, rivalidad y frustración que pocos lograban comprender. Porque su padre estaba convencido de que su hijo era el heredero ideal. Él lo defendía ante sus hermanos, los accionistas y cualquier persona que insinuara que otro miembro de la familia estaba más preparado para dirigir Empresas Canarias.
Para él no existía discusión posible. David Fernando era el futuro de la compañía y precisamente ahí radicaba el problema, porque muy en el fondo David Tomás sabía que su hijo era mejor que él.
David era más rápido en los números, más audaz en los negocios, más creativo al momento de detectar oportunidades. Mientras su padre veía una empresa rentable, su hijo veía diez formas de hacerla crecer. Mientras su padre pensaba en el presente, David Fernando ya estaba planificando el futuro.
Todo eso lo irritaba, porque le recordaba algo inevitable, que estaba envejeciendo, que algún día tendría que ceder el control y que su hijo estaba más preparado y algún día lo superaría. Si alguien pondría el apellido Canarias en alto, sería él y lograría justo lo que David Tomás deseaba ser.
La mayoría de los padres se sentirían orgullosos, y David tomas lo estaba, pero jamás lo admitiría cuánto le costaba y por esa razón su relación era tensa, demasiado tensa, lo que causaba esa toxicidad entre los dos.
—Buenos días, Azucena —saludó David a la joven secretaria, que se puso en pie en cuanto lo vio.
—Buenos días, señor David. ¿Cómo se encuentra esta mañana? —preguntó con una sonrisa.
—Bien… cansado.
—Supongo que será por la boda —comentó—. Me han dicho que la fiesta se prolongó hasta bien entrada la madrugada.
—Ya sabes cómo es Gastón.
La tos de David Tomás se escuchó al otro lado de la puerta, interrumpiendo la conversación.
—¿Cómo está mi padre? ¿Ha empeorado esa tos?
—Lleva toda la mañana fumando como una chimenea —contestó Azucena—. Ya puede imaginarse el resto.
Azucena se abstuvo de decir más porque sabía que no era su lugar hacerlo. Sin embargo, David también sabía que ella tenía mucho que opinar sobre la salud de su padre y no precisamente cosas buenas, porque David Tomás Canarias era un hombre que parecía empeñado en destruirse lentamente.
Era adicto al trabajo, fumador empedernido, dormía poco, comía a deshoras y vivía bajo un nivel de estrés que habría enviado a cualquier otra persona al hospital años atrás. Había días en los que encadenaba reuniones durante más de doce horas seguidas, alimentándose únicamente de café, cigarrillos y una obstinación que parecía inagotable. Para él, descansar era una pérdida de tiempo, delegar una muestra de debilidad y reconocer que estaba cansado, algo impensable.
Los médicos llevaban años advirtiéndole que debía bajar el ritmo, pero él nunca los escuchaba. David recordaba perfectamente la última revisión médica. Su padre tenía la presión arterial por las nubes, su corazón mostraba signos evidentes de desgaste y los problemas respiratorios comenzaban a hacerse cada vez más frecuentes.
También recordaba que su papá había abandonado la consulta riéndose, como si la muerte fuera una molestia administrativa que pudiera resolver más adelante.
—Paso a verlo —dijo David.
—Adelante…
Antes de tocar la puerta, David se acomodó el saco.
A pesar del calor que comenzaba a sentirse en Ibiza, vestir de traje no era una opción, era una obligación, una de esas reglas no escritas que acompañaban al apellido Canarias desde antes de que él naciera.
Con cuidado, alisó la tela gris oscuro de la chaqueta y se aseguró de que el cuello de la camisa blanca quedara perfectamente ajustado. Luego pasó una mano por su cabello castaño, ligeramente ondulado, que se empeñaba en rebelarse incluso después de haber sido peinado.
A sus diecinueve años, David ya poseía la presencia de un hombre acostumbrado a llamar la atención al entrar a una habitación. Era alto, de hombros anchos y complexión atlética. Los años practicando vela, nadando y pasando tiempo al aire libre le habían dado una figura fuerte que contrastaba con la elegancia de sus trajes a medida. Sus facciones eran marcadas: mandíbula firme, nariz recta y una sonrisa fácil que rara vez dejaba indiferente a quien la veía.
Pero lo que más destacaba eran sus ojos: oscuros, intensos, observadores y expresivos. Los mismos ojos que habían puesto nerviosos a más de un empresario durante una negociación y que, horas atrás, habían seducido a Alegra.
David suspiró, tocó la puerta tres veces y la voz de su padre, rasposa y profunda, le contestó.
—Pase, pase… —La voz de David Tomás llegó desde el otro lado del despacho. Inmediatamente después lo interrumpió una tos áspera y profunda.
Tosió una vez, luego otra y una tercera, más larga, que lo obligó a inclinarse ligeramente hacia delante mientras intentaba recuperar el aliento. Era la tos característica de un fumador que llevaba demasiados años ignorando las advertencias de los médicos.
David esperó unos segundos antes de entrar. Aquella escena ya no le sorprendía, pero eso no significaba que le gustara verlo. Le preocupaba que se estuviera volviendo bastante habitual.
Empujó la puerta y sonrió al encontrarse en la oficina de su padre. Era, sin discusión, el despacho más impresionante de todo el edificio: amplia, elegante, dominante. Desde los enormes ventanales podía verse el puerto entero, los barcos entrando y saliendo, las mercancías descargándose, los trabajadores moviéndose como hormigas entre almacenes y muelles. Pero, sobre todo, la ciudad creciendo alrededor de los negocios que su familia había ayudado a construir durante generaciones.
David Tomás todavía intentaba recuperarse de la tos cuando su hijo cerró la puerta tras de sí. Sin decir una palabra, cruzó la oficina y abrió una de las ventanas. La brisa marina entró de inmediato; también lo hizo la luz de la mañana. Poco a poco, el humo acumulado comenzó a escapar hacia el exterior.
—Al menos deberías ventilar el lugar.
Su padre soltó una risa ronca.
—Y arruinar el aroma de un buen tabaco.
—Lo que huele aquí no es tabaco. —David observó el cenicero repleto sobre el escritorio—. Huele a suicidio lento.
David Tomás arqueó una ceja.
—De algo habrá que morirse. Y este es mi único vicio.
—No es una cuestión de si vas a morir, papá.
David cerró la ventana y se volvió hacia él.
—Es una cuestión de cómo vas a morir.
Su padre tomó el cigarrillo que descansaba entre sus dedos. Lo observó unos segundos y volvió a llevárselo a los labios.
David cerró los ojos.
—Eres imposible.
—Y tú jodes igual que tu madre.
—Lo tomaré como un cumplido.
David caminó hasta el escritorio de su padre y tomó asiento en una de las sillas de cuero frente a él.
—Pensé que no vendrías.
—¿No me conoces? Claro que lo haría.
David Tomás soltó un gruñido mientras apagaba el cigarrillo.
—Ruiz de Con… ese muchachito…
—Es mi mejor amigo.
—Te distrae.
—Lo hace.
Su padre levantó una ceja.
—¿Y lo admites tan tranquilo?
—Claro.
David se acomodó en la silla.
—Me paso suficientemente enfocado en todo esto.
David señalo la oficina llena de documentos, carpetas, informes. Toda aquella montaña de responsabilidades que parecía perseguirlo desde que tenía memoria.
—Alguien tiene que recordarme que existe vida fuera de Empresas Canarias.
—Qué irresponsable.
—Lo sé.
David Tomás negó con la cabeza.
—No puedo creer que me traiciones así todos los días.
David Fernando sonrió. Aquella discusión era casi una tradición familiar. Su padre llevaba años fingiendo sentirse ofendido porque su único hijo fuera inseparable del heredero de los Ruiz de Con.
Decía que era traición frente a sus ojos, un atentado contra el honor de los Canarias, espionaje industrial. Ese último le hacía mucha gracia a David, no se imaginaba a Tristán siendo espía.
—Es tu culpa.
—¿Mía?
—Por supuesto.
—Explícate.
David se encogió de hombros.
—Hubieras pagado unas pesetas más para enviarme a otro internado.
David Tomás soltó una carcajada ronca.
—Tampoco te creas tan valioso —contestó, con amargura.
—Mentira. Sé que soy valioso para ti. Siempre lo he sido, sobre todo después de que falleció mi hermana, Ainhoa. Sabes que ella pudo hacer historia en esta empresa siendo la primera heredera.
David Tomás suspiró. A su mente vino el recuerdo de Ainhoa, su hija mayor, su mayor orgullo, su niña.
Ainhoa Canarias Donato había sido extraordinaria desde pequeña. Inteligente, valiente y curiosa hasta el agotamiento. Siempre estaba haciendo preguntas, desafiando ideas o metiéndose en lugares donde no debía estar. Tenía el carácter de un Canarias y la terquedad de un Donato, una combinación que prometía darle muchos dolores de cabeza en el futuro. Un futuro que nunca llegó. Había muerto a los dieciséis años en un accidente automovilístico.
Los rumores decían que si Ainhoa hubiera vivido, habría sido una rival temible para cualquier heredero de la familia, incluido su propio hermano. Ese pensamiento siempre venía acompañado de una culpa silenciosa. Porque era bien sabido entre los Canarias que David Tomás había sentido una debilidad especial por su hija.
No era un secreto, ni siquiera intentaba ocultarlo. Ainhoa había sido la única persona capaz de hacerlo reír en medio de una crisis empresarial. La única que lograba convencerlo de cancelar una reunión para pasar una tarde en familia y que podía desafiarlo sin que él terminara enfadado.
Muchos afirmaban que la había amado más que a su propio hijo y en ocasiones, David Fernando también lo había sentido así. No porque su padre no lo quisiera, sabía que lo quería a su manera. Una muy complicada, exigente y obstinada, pero también sabía que una parte del corazón de David Tomás se había quedado atrapada para siempre en aquel accidente y que ninguna persona, ni siquiera él, había conseguido ocupar ese espacio desde entonces. Quizá por eso su padre lo presionaba tanto o por eso era incapaz de felicitarlo sin añadir una crítica o tal vez por eso competía con él incluso cuando no era necesario.
—Nadie sabía que ibais a convertiros en hermanos siameses. Tristán y tú —remató, ignorando el comentario.
—Eso es porque nadie conoce a Tristán como lo hago yo.
Su padre negó con la cabeza.
—Todos conocemos a Tristán. Ese muchacho es un problema y mala influencia. No tiene futuro. —David Tomás se rió un poco, evitando que la tos se abriera paso—. Pobre Vicente, está jodido. Me da gusto.
—Tristán es un buen hombre. Sí, es un desastre y todo eso que tú dices. Pero es bueno, inteligente, excelente para los negocios…
—¡Es un desastre! —elevó la voz.
—Sí —respondió David tranquilo—. Pero es mi desastre.
Su padre guardó silencio ante la respuesta de su hijo. Al no tener una respuesta concreta, dirigió la mirada de vuelta al documento que leía y pasó la página con tranquilidad.
David lo observó unos segundos porque aquello nunca era buena señal.
—Pero no me llamaste para hablar de Tristán… ¿cierto? —preguntó finalmente—. Sería un tema demasiado desagradable para ti.
David Tomás resopló.
—No.
—Entonces dime.
—Te llamé para informarte de que el próximo mes te mudarás a Madrid.
David frunció el ceño.
—¿Madrid?
—Con los Lafuente.
El joven tardó unos segundos en procesar la información.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿Cómo que me voy a vivir con los Lafuente?
—Ayer quedó acordado.
David se incorporó en la silla.
—¿Acordado por quién?
—Por las familias. Es una tradición antigua. El candidato o la candidata debe convivir un tiempo con la familia antes del compromiso formal.
—Tengo entendido que, en el caso de los candidatos, es la mujer quien va al hogar del prometido. ¿Por qué Sarahí no es la que viene?
David hizo la pregunta aun sabiendo que se estaba metiendo en terreno peligroso pero no le importó. David Tomás levantó la vista del documento.
—Porque tu caso es diferente.
—Conveniente respuesta.
—La correcta.
—Claro.
Su padre dejó la pluma sobre el escritorio.
—Pedí que fueras tú quien se marchara.
Aquello sorprendió a David.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Por qué?
David Tomás se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Durante unos segundos observó el puerto, los barcos, las grúas, los almacenes, todo aquello que había construido durante décadas.
—Porque no me interesa que aprendas a convivir con Sarahí.
David arqueó una ceja.
—Eso es preocupante, considerando que se supone que voy a casarme con ella.
—No seas idiota. Sabes a qué me refiero. Quiero que aprendas el negocio de los Lafuente. Ali Lafuente es muchas cosas —continuó David Tomás—. Pero nadie llega a controlar medio sistema financiero español por casualidad.
—¿Y crees que me va a enseñar?
—No.
—Entonces…
—Vas a observar.
Aquella respuesta sonó mucho más propia de su padre.
—Los bancos son poder. Las aseguradoras son poder. La financiación es poder. Nosotros construimos hoteles, movemos mercancías y generamos riqueza, pero ellos deciden quién recibe el dinero para hacerlo.
David guardó silencio. Su padre lo observaba como un jugador de ajedrez contempla a una de sus piezas más valiosas y era momento de usarla. Era ses As bajo la manda que había guardado por años.
—¿Cuánto tiempo me enviarás?
—Un año.
David abrió mucho los ojos.
—¿Un año? ¿Viviendo con ellos?
—Viviendo con ellos —repitió.
David soltó una risa incrédula.
—Esto es ridículo.
—Es tradición.
—Es absurdo.
—Es tradición y además funciona. ¡Funciona para los dos!
David soltó un bufido.
—Papá…
—¿Qué?
—Tengo trabajo aquí.
—Lo seguirás haciendo desde Madrid.
—Tengo estudios aquí.
—Los terminarás en Madrid.
—Tengo una vida aquí.
Aquello arrancó una sonrisa divertida a David Tomás.
—No exageres. Pasarte el día de cachondeo con Tristán no es precisamente una forma de vida.
David apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué pasa contigo?
Su padre levantó la vista.
—¿A qué te refieres?
—Llevas años preparándome para dirigir la empresa. No puedes simplemente enviarme al otro lado del país durante un año.
David Tomás dejó la pluma sobre el escritorio.
—Precisamente por eso puedo hacerlo.
—No te sigo.
—Porque si algún día vas a dirigir Empresas Canarias tendrás que aprender algo más importante que leer balances.
David guardó silencio.
—¿Y qué es eso?
—Personas.
La respuesta lo tomó por sorpresa.
—Los Lafuente son nuestros aliados más importantes. Ali Lafuente no solo será tu suegro, sino también tu aliado. —Su padre se hizo hacia delante y vio a David a los ojos—. No debes nunca perder a los Lafuente como aliados… ¿me entiendes? —David sostuvo la mirada de su padre.
Por primera vez en toda la conversación, aquella frase no sonó como una recomendación, sino como una advertencia, casi una amenaza.
El despacho quedó en silencio. Solo se escuchaba el ruido lejano del puerto y el murmullo de la ciudad despertando al otro lado de los ventanales.
—Te entiendo —contestó finalmente.
David Tomás asintió.
—Bien.
David se puso de pie lentamente y durante unos segundos permaneció inmóvil frente al escritorio observando a su padre, a ese hombre que había construido un imperio y que ahora pretendía decidir cada movimiento de su vida con la misma facilidad con la que firmaba un contrato.
Suspiró. Ya no tenía sentido discutir; la decisión estaba tomada.
—Haré lo que quieras.
Su padre no hizo ningún gesto porque aquello era exactamente lo que esperaba escuchar. Sin embargo, su hijo no había terminado.
—Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
David sostuvo la mirada durante varios segundos.
—No dejes mi herencia hecha un desastre.
El silencio cayó sobre el despacho, porque ambos sabían que no estaba hablando únicamente de dinero ni de la empresa; hablaba de los socios, de la familia, de las guerras internas que llevaban años gestándose bajo la superficie. De los buitres que esperaban una oportunidad para quedarse con más de lo que les correspondía.
La expresión del patriarca se endureció ligeramente. Los ojos de ambos se encontraron y, por un instante, parecieron dos generales negociando una tregua.
—Porque cuando llegue mi turno no me va a temblar la mano para cortar las cabezas necesarias. ¿Me entiendes? Así que procura dejarme una empresa, no un campo de batalla.
Y sin decir una palabra más, David abandonó el despacho. La puerta se cerró suavemente tras él. Ya no había vuelta atrás, su destino estaba pactado.
Una respuesta
Noooo David no puede pasar por esto con Sarahí noooooo