Alegra Bustamante Betancor amaba cantar.
Amaba cantar más que cualquier otra cosa en el mundo; bueno, quizá existía una excepción: el mar. Si alguien le hubiera pedido que eligiera entre ambos, probablemente habría tardado horas en decidirse.
Alegra había nacido en Las Palmas de Gran Canaria y, como muchos isleños, creció convencida de que el océano formaba parte de ella tanto como la sangre que corría por sus venas. Le gustaba nadar durante horas, caminar por la playa descalza, sentarse sobre las rocas para escuchar el sonido de las olas mientras imaginaba historias imposibles.
Y, sobre todo, le gustaba cantar.
Cantaba mientras cocinaba, mientras limpiaba, trabajaba, cuando estaba feliz y cuando estaba triste. Lo hacía porque era la única forma de poner en orden todo aquello que sentía.
El canto le había dado todo.
Le había dado el dinero que necesitaba para sobrevivir, amigos, un propósito y aquel verano le había dado algo que jamás creyó posible: la oportunidad de viajar a Ibiza.
Pero, sobre todo, le había dado un escape, un refugio, una razón para levantarse cada mañana. Porque cuando cantaba, por unos minutos podía olvidar todo aquello que la atormentaba: la pobreza, la incertidumbre, la soledad,
Alegra Bustamante Betancor era la menor de cinco medio hermanos. Sus primeros años habían sido felices. Al menos tan felices como pueden ser los recuerdos de una niña pequeña. Su padre, Jaime Bustamante, era pescador. Su madre, Vera Betancor, cosía ropa para complementar los ingresos familiares. No tenían mucho dinero, pero tenían lo suficiente para salir adelante.
Entonces, cuando Alegra tenía cinco años, su padre murió. Fue un accidente en el mar. Existían diferentes versiones según quién las contara, pero todo coincidía a que había sido en una tormenta. Sin embargo, para ella, lo único que sabía era que una mañana su padre salió de casa y nunca regresó.
Vera intentó resistir sola durante un tiempo, trabajando más y durmiendo menos. Aprendió a sobrevivir con lo poco que tenía y Alegra a entender que su vida había cambiado.
Por las mañanas cosía ropa para algunas familias de Las Palmas. Remendaba pantalones, ajustaba vestidos y confeccionaba prendas sencillas por unas cuantas pesetas y por las noches trabajaba limpiando baños en un local nocturno cercano al puerto. Era un trabajo duro y mal pagado, pero al final era trabajo. Porque cuando una mujer viuda tenía una hija pequeña que alimentar, no podía darse el lujo de despreciar ninguna oportunidad.
Alegra la acompañaba siempre. Mientras Vera limpiaba, la niña permanecía sentada en una silla de madera junto a la puerta de los baños. Llevaba su único juguete, una muñeca vieja a la que peinaba una y otra vez para entretenerse. A veces ayudaba a colocar los rollos de papel higiénico, otras veces recogía servilletas del suelo y muchas noches terminaba quedándose dormida sobre dos sillas juntas mientras esperaba que su madre terminara el turno.
Vera odiaba verla allí, pero no tenía con quién dejarla y tampoco podía permitirse dejar de trabajar. Luchó por sacar adelante a su hija de todas las maneras posibles. Sin embargo, la vida en las islas no era sencilla para una mujer viuda con pocos recursos. Las deudas comenzaron a acumularse, el alquiler comenzó a subir y los trabajos escaseaban.
Durante un tiempo, Vera, incluso contempló la posibilidad de emigrar al continente en busca de mejores oportunidades. Tenía parientes en Argentina y pensó que podría irse allá para tener más ayuda. Parecía un plan perfecto para ella y Alegra, pero, entonces, Federico Montero apareció en sus vidas.
Vera conoció a Federico en el centro nocturno. Era un hombre viudo y tenía cinco hijos. No era guapo pero si un hombre trabajador, de carácter fuerte y con una casa propia; al menos eso era lo que todos veían.
Vera nunca supo si en verdad se enamoró de él o si solo vio estabilidad, un techo para su hija y la posibilidad de dejar de contar cada moneda antes de comprar pan. Federico lo sabía. Él sabía que necesitaba dinero, que necesitaba seguridad y que estaba desesperada.
En realidad, Federico la cortejó porque necesitaba que sus hijos estuvieran atendidos y para que alguien limpiara la casa. Por lo que cada quien, por sus propias razones, terminó casándose. Alegra hubiese preferido que emigraran a Argentina.
En el barrio era un secreto a voces que Federico Monterono era precisamente un hombre recto. Tenía mal carácter, bebía más de la cuenta y su reputación con las mujeres distaba mucho de ser ejemplar.
Alegra y Vera habían conseguido un techo, pero no un hogar. La casa de Federico Montero era pequeña, ruidosa y estaba llena de personas que le recordaban constantemente que ella no pertenecía allí. De la noche a la mañana, Alegra pasó a ser la media hermana menor de cinco muchachos mayores que ella; ninguno de los cinco la recibió con los brazos abiertos.
Alegra era molestada y acosada por sus hermanos. Le escondían sus cosas y se burlaban de ella para hacerla llorar; era un infierno. Constantemente, ella le rogaba a su madre que se fueran de ahí, pero su madre ya le tenía miedo a Federico y no quería llevarle la contraria.
Alegra jamás se sintió bienvenida, pero había comida sobre la mesa y eso era más de lo que habían tenido durante mucho tiempo. Así que aprendió a soportarlo. Poco a poco dejó de ser una niña. Mientras otras niñas jugaban en la playa o soñaban con muñecas nuevas, ella pasaba los días limpiando, lavando ropa, fregando platos y atendiendo las necesidades de una familia que nunca terminó de aceptarla.
La niña que se sentaba junto a los baños peinando una muñeca vieja desapareció lentamente y en su lugar apareció una niña callada, observadora y siempre alerta, porque en aquella casa convenía estar así, alerta, porque los negocios de Federico Monterono eran precisamente honestos.
Alegra era demasiado pequeña para comprenderlos del todo, pero entendía lo suficiente para saber que algo no estaba bien. Constantemente había discusiones a puerta cerrada, hombres desconocidos que aparecían a altas horas de la noche y dinero que entraba y salía sin explicación.
—No me preguntes de dónde sale la pasta, mujer —gruñó Federico—. Mientras tú y la cría tengáis un plato en la mesa, no tenéis nada que preguntar.
Los hermanastros, lejos de mantenerse al margen, participaban cada vez más en aquellos asuntos. Conforme crecían, también lo hacía su carácter. Se volvieron más bruscos, más temperamentales y menos pacientes, y Alegra solía convertirse en el blanco más fácil de sus frustraciones.
Vera intentó protegerla de todo aquello, aunque casi nunca lo lograba. Insistió en que continuara estudiando y le rogó a Federico que le permitiera a la niña ir a la escuela. Por fortuna, fue una de las pocas batallas que logró ganar y su hija podía alejarse de ese ambiente tan tóxico por unas horas.
Sin embargo, la victoria duró poco. Años después del matrimonio, la enfermedad volvió a entrar en sus vidas. Vera comenzó a toser. Al principio parecía un simple resfriado, pero después llegaron más síntomas: fiebre, cansancio y, al final, la sangre. El diagnóstico fue devastador: Vera tenía tuberculosis.
Alegra todavía recordaba aquel día con absoluta claridad. Había pasado la mañana en la escuela y cuando regresó a casa encontró la vivienda extrañamente silenciosa. Subió las escaleras con el corazón acelerado y entonces la vio. Su madre estaba acostada sobre la cama, inmóvil, con las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera dormida.
A los nueve años, Alegra había perdido a su madre y con ella desaparecía la única persona que había amado a Alegra de forma incondicional. Aquella noche, mientras escuchaba a los demás hablar en voz baja al otro lado de la puerta, la niña comprendió algo que la acompañaría durante años.
Estaba sola, completamente sola.
Tras la muerte de Vera, Federico dejó claro que nadie iba a mantener a Alegra por caridad. Si quería conservar su habitación, su comida y un lugar en aquella casa, tendría que ganárselo y eso fue exactamente lo que hizo.
Con ayuda de algunas amigas de su madre, consiguió quedarse con el empleo que Vera había tenido en el centro nocturno del puerto. A sus nueve años comenzó a trabajar. Por las noches limpiaba los baños, lavaba los pisos, recogía basura y rellenaba los dispensadores de papel.
Durante los momentos de calma se sentaba en un rincón con sus cuadernos para hacer la tarea y, cuando el cansancio la vencía, apoyaba la cabeza sobre los brazos y dormía unos minutos antes de volver al trabajo. Prefería hacerlo allí, no quería quedarse dormida en la escuela porque ahí era lo único que realmente le pertenecía.
Alegra era inteligente, extraordinariamente inteligente. Aprendía rápido, memorizaba con facilidad y poseía una curiosidad insaciable por entender cómo funcionaba el mundo.
Así, a pesar del cansancio, el trabajo, el maltrato y la pobreza, terminó la primaria con el mejor promedio de su generación. Su sueño era convertirse en pediatra y estaba dispuesta a trabajar hasta el agotamiento para conseguirlo.
Una noche, mientras limpiaba uno de los baños del local, comenzó a cantar para sí misma. Era una canción que su madre adoraba. La había escuchado tantas veces que podía cantarla incluso dormida.
Su voz resonó suavemente entre los azulejos mientras cantaba Tatuaje.
—Él vino en un barco de nombre extranjero, lo encontré en el puerto un anochecer… cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata dejaba caer…
—Tienes una voz preciosa —escuchó una voz.
Alegra dio un pequeño salto; no se dio cuenta de que alguien había entrado al baño. Una de las camareras del local la observaba apoyada en el marco de la puerta. La muchacha no debía tener más de veinte años y le sonreía con calidez.
—Perdón… no sabía que había alguien —se disculpó Alegra.
—No te disculpes.
Alegra bajó la mirada, avergonzada.
—Solo estaba cantando.
—Ya lo sé. —La camarera cruzó los brazos—. Y lo haces mejor que la mitad de los artistas que se presentan aquí.
Las mejillas de Alegra se tiñeron de rojo. Nadie le había hecho algo así antes.
—No es para tanto.
—Sí lo es. Deberías cantar.
Alegra soltó una pequeña risa nerviosa.
—Yo limpio baños.
—Hoy. —La camarera le guiñó un ojo—. Pero no necesariamente para siempre.
Aquella noche, sin saberlo, acababa de abrirse una puerta; una que años después la llevaría hacia Ibiza.
Entonces, Alegra comenzó a cantar. Al principio lo hizo por necesidad y finalmente lo hizo por amor. Siguiendo el consejo de aquella camarera, comenzó a cantar en la calle para ganar unas monedas extra.
Al salir de la escuela, caminaba hasta el mercado de Las Palmas y allí, entre mujeres que escogían pescado fresco, comerciantes que discutían precios y vendedores que anunciaban sus ofertas a gritos, encontraba un rincón junto a una pared blanca y comenzaba a cantar.
Interpretaba las canciones que había aprendido de su madre —coplas, boleros, canciones antiguas que hablaban de amores imposibles—; su favorita era Tatuaje. La cantaba con los ojos cerrados, recordándola y sintiendo que todavía estaba con ella.
Algunas personas dejaban unas monedas en una pequeña caja de madera que colocaba frente a ella, pero otras le regalaban fruta, un trozo de pan o un poco de queso, lo que le pudieran ofrecer. Para Alegra todo era bienvenido y lo recibía con una sonrisa y un “gracias” tímido.
Con el tiempo comenzó a cantar también en el puerto. Los marineros, turistas y pescadores se detenían a escuchar aquella voz sorprendentemente poderosa para una niña tan pequeña. Porque Alegra tenía alma, pasión y talento. Cantaba sin micrófonos y sin acompañamiento alguno; solo ella y su voz.
A los doce años ya se había enamorado de la música en inglés, así que se aprendió las letras escuchando discos prestados y repitiendo una y otra vez las canciones hasta memorizarlas. Pronto incorporó nuevas piezas a su repertorio: Stand by Me, Can’t Help Falling in Love, Only You, Unchained Melody.
Las interpretaba con un marcado acento español, pero con tanta emoción que nadie parecía notarlo.
Entonces, la niña que limpiaba baños por las noches comenzaba a convertirse en una artista y a los quince años le llegó la oportunidad que le cambiaría la vida. Una pequeña banda local que actuaba en fiestas patronales, bodas, verbenas y celebraciones privadas la escuchó cantar durante una feria. Ellos buscaban una vocalista, Alegra tenía el talento y le ofrecieron trabajo. Ella aceptó sin pensarlo dos veces porque, por primera vez, le pagarían por hacer lo que más amaba.
A partir de entonces, sus días se volvieron una carrera constante contra el reloj. Por las mañanas asistía a la secundaria y por las tardes atendía su casa. Por las noches trabajaba y en las mañanas estudiaba.
Seguía cooperando económicamente en casa y procuraba mantenerse fuera del camino de Federico y de sus hermanastros. Había aprendido que la mejor forma de sobrevivir era pasar desapercibida. El resto del dinero lo guardaba. Moneda tras moneda, billete tras billete, como quien construye una escalera para escapar.
El primer regalo que se hizo a sí misma fue un tocadiscos de segunda mano. Todavía recordaba la emoción de llevarlo a su habitación. El aparato era viejo, estaba rayado y funcionaba cuando quería, pero era suyo.
Comenzó a comprar discos. De pronto Frank Sinatra, The Beatles, The Platters, y Elvis Presley comenzaron a escucharse en la pequeña habitación. Alegra pasaba horas escuchándolos una y otra vez mientras soñaba con escenarios mucho más grandes que los de las fiestas de barrio.
Con el paso de los años, aquella pequeña banda local dejó de ser una simple agrupación de fiestas patronales. Comenzaron tocando en bodas, después en ferias y más tarde en hoteles. Se hacían llamar Mareas del Sur. El nombre había surgido como una broma entre los integrantes porque todos habían crecido cerca del mar y pasaban más tiempo viajando entre puertos que en sus propias casas. Lo que ninguno esperaba era que aquel nombre terminaría apareciendo en carteles por toda España.
Parte del éxito de Mareas del Sur se debía a la versatilidad del grupo. Podían interpretar boleros para los invitados mayores, pop británico para los turistas y los éxitos más recientes de Europa para los jóvenes. Pero la verdadera razón era Alegra.
La gente acudía para escucharla cantar porque su voz tenía algo especial, algo imposible de fabricar. Cuando cantaba, las personas escuchaban y cuando terminaba, querían más. Aquella fama creciente fue precisamente la que los llevó a Ibiza durante el verano de 1970. El Hotel Villa Canarias había contratado a Mareas del Sur para amenizar la boda de Gastón Canarias Hernández y Marguerite Châtillon Lachèvre.
Y justamente, después del encuentro con Tristán y David, ella se encontraba con el Mediterráneo brillando a sus espaldas, enfrente de más de trescientos invitados que conversaban, bebían y cerraban acuerdos millonarios, cantando bajo las estrellas.
—I know I stand in line until you think you have the time…
Su voz se deslizó por el salón como una caricia mientras los primeros acordes de Something Stupid se escuchaban en el lugar.
Alegra brillaba bajo las luces del escenario. Se había cambiado a un vestido largo de color rosa empolvado cubierto por miles de diminutos destellos que atrapaban la luz cada vez que se movía. La falda caía hasta el suelo en suaves pliegues que parecían flotar alrededor de sus piernas, mientras que la cintura, marcada por un ancho cinturón satinado dorado, realzaba su figura esbelta. Las mangas cortas caían delicadamente sobre sus hombros como pequeñas alas de tela brillante, aportándole una elegancia natural que contrastaba con la sencillez con la que se había presentado en el pasillo unas horas antes.
A diferencia de cuando David la había encontrado en el pasillo, ahora llevaba el cabello recogido en una cola alta que dejaba al descubierto su cuello y sus delicados rasgos. Algunos mechones rebeldes escapaban del peinado y se movían al compás de la música, suavizando la elegancia del conjunto.
—And then I go and spoil it all, by saying somethin’ stupid like, “I love you”… I love you….
La canción terminó y una lluvia de aplausos inundó la terraza. Alegra sonrió, agradeció con una pequeña inclinación de cabeza y dio un paso atrás mientras los músicos cambiaban el ritmo.
—¡Vamos con algo más alegre! —anunció el guitarrista.
Los primeros acordes arrancaron sonrisas inmediatas entre los invitados y pronto comenzaron a sonar canciones populares de la época: Un rayo de sol, La vida sigue igual, La Yenka, María Isabel, Black is Black. Incluso algunas rumbas y pasodobles que hicieron que los invitados mayores abandonaran sus mesas.
La pista de baile se llenó rápidamente. Las mujeres agitaban sus vestidos, los hombres aflojaban sus corbatas, las copas seguían llenándose y por primera vez aquella noche, la boda dejó de parecer una reunión de empresarios para convertirse en una auténtica fiesta.
David observaba todo desde cierta distancia. Se había alejado de su mesa junto con Tristán para refugiarse cerca de una de las columnas de la terraza, o al menos esa había sido la idea inicial, porque Tristán ya había encontrado algo mucho más interesante que la música. Una joven morena no tardó en acercarse a él y ambos conversaban animadamente mientras compartían una botella de vino.
—¿Piensas seguir mirándola toda la noche? —preguntó Tristán sin apartar la vista de su acompañante.
David ni siquiera fingió no saber de quién hablaba.
—Probablemente.
—Patético.
—Lo sé. Pero no puedo hacer nada… me tienen vigilado.
Tristán siguió la dirección de la mirada de David y después sonrió.
Al otro extremo de la terraza, Sarahí Lafuente observaba la escena con expresión seria, muy seria. Sarahí Lafuente era la hija mayor de Ali Lafuente, presidente de las Empresas Lafuente y uno de los hombres más poderosos e influyentes de España. Si alguien necesitaba un préstamo millonario, buscaba financiación para expandirse o necesitaba apoyo político para una campaña, acudía a los Lafuente. Su influencia se extendía por bancos, aseguradoras, fondos de inversión y negocios repartidos por Europa y el norte de África. Precisamente por eso, años atrás, David Tomás Canarias y Ainhoa Donato habían considerado que una alianza entre ambas familias sería beneficiosa para todos.
La elegída había sido Sarahí; ella se casaría con David. Ninguno de los dos había tenido mucho que decir al respecto, simplemente tuvieron que aceptar que ese era su destino; era algo que daban por hecho. Ningún matrimonio de los Canarias y de los Lafuente se había hecho por amor; todo eran alianzas.
Los Lafuente obtenían acceso privilegiado a Empresas Canarias y las Canarias fortalecían su relación con la familia financiera más poderosa del país. Era un acuerdo perfecto sobre el papel porque, en realidad, era bastante más complicado.
Sarahí era inteligente, culta, elegante y poseía una belleza rara que la hacía atractiva a primera vista. Sin embargo, eso no compensaba lo suficiente que fuese orgullosa, posesiva, caprichosa y terriblemente celosa.
Había crecido acostumbrada a conseguir todo lo que deseaba y David no era una excepción porque, para ser justos, ella sí estaba enamorada de él. Lo había estado durante años y tampoco podía culparse por ello; muchas mujeres lo estaban.
David era joven, atractivo, educado, heredero de una de las mayores fortunas de España y, a diferencia de muchos hombres de su entorno, poseía cierta decencia. Era un gran partido, y Sarahí se lo había ganado.
Los aplausos interrumpieron el intercambio de miradas. Tristán observó a David unos segundos y después le dio una palmada en la espalda.
—Vamos.
—¿Adónde?
—A salvarte de ti mismo.
—¿Cómo?
—No pienso quedarme aquí viendo cómo te pasas toda la noche embobado con la cantante sin hacer absolutamente nada.
David soltó un resoplido.
—Tristán…
—Ni lo sueñes. Esta vez no te vas a esconder.
Tristán cogió una botella de vino de una mesa cercana y arrancó el corcho con los dientes. David seguía sin comprender cómo demonios era capaz de hacerlo.
—Eso no puede ser higiénico, ni muy delicado de tu parte.
—La higiene es una recomendación y yo no soy delicado —bromeó.
—Algún día vas a meterte en problemas por una estupidez.
—Pero hoy no será ese día —contestó.
Después echó a andar hacia el interior del hotel; David lo siguió de mala gana.
—¿Qué haces, tío?
—Lo que tú no te atreves a hacer.
—No necesito que hagas nada.
—Claro que sí.
Tristán señaló la terraza con la botella.
—¿Piensas pasarte toda la noche mirando a la cantante desde lejos mientras Sarahí te observa a ti? Porque resulta bastante deprimente.
—Tristán…me puedo meter en problemas.
—Pffff… ¿Qué tipo de problemas? ¿Con Sarahí? Ni siquiera te atrae. ¿No me digas que ahora le eres fiel?
—No es eso. Mi familia está aquí… mi madre está allá —habló mientras señalaba a la terraza—. Hay espías por todas partes.
Tristán se rió, aunque en el fondo comprendía perfectamente a su amigo. La familia de los Canarias era como vivir en la corte de los Tudor durante el siglo XVI. Todo el mundo sonreía durante las cenas, brindaba en las fiestas y se llamaba familia. No obstante, detrás de cada abrazo podía esconderse una puñalada. Todos querían acercarse al heredero, influir en él o encontrar una falla. Los espías no se hacían esperar: tías, primos, socios, empleados. Incluso los camareros podrían arruinarle el día a David, por eso no era tan descarado como Tristán, que no tenía nada que perder; en realidad no tenía ni las expectativas de sus padres por ser como David.
Por eso él era su protector, su amigo y, por lo visto, quien le daría la oportunidad de hablar con la cantante a solas.
—Atrévete. Venga —le animó.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Tengo diecinueve años, no cinco —contestó al fin David.
—Y, aun así, aquí estamos.
—Tristán, vámonos, te lo pido… —inicitó David.
Pero en ese momento la puerta de la habitación reservada para los músicos se abrió y Alegra salió al pasillo. Venía limpiándose el sudor y se dirigía hacia los baños; el vestido brillante la hacía ver aun más hermosa.
Mi sirena, pensó David al verla.
Alegra los vio y el rostro se le iluminó al instante.
—¡David! —no pudo evitar pronunciar su nombre.
Alegra llegó hasta ellos.
—Hola —saludó.
—Hola —respondió David.
Las palabras se le atoraron en la garganta. Definitivamente, Alegra lo ponía nervioso y se notaba. Aquella fue toda la brillante conversación que logró mantener. Tristán, bendecido con una lengua rápida y maldecido con la incapacidad de quedarse callado, decidió intervenir.
—Solo queríamos decirte dos cosas.
Alegra arqueó una ceja.
—¿Dos cosas?
—Sí. La primera es que cantas de maravilla.
Ella sonrió.
—Gracias.
—Si algún día buscas curro en Ibiza, estaré encantado de contratarte… Sirena.
Tristán alargó deliberadamente la última palabra. El resultado fue inmediato: David se ruborizó al instante, mientras contemplaba seriamente la posibilidad de estrangular a su mejor amigo. Él sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y se la tendió.
Alegra observó la tarjeta.
—Tristán Ruiz de Con Saavedra… ¿Empresario? Pensé que eras heredero —bromeó.
Tristán se rió.
—Soy heredero. Pero resulta que esperar a que alguien se muera para ganarse la vida es una estrategia empresarial bastante lenta. Tengo clubes.
—¿Clubes?
—Los mejores de Ibiza.
—Eso no parece muy objetivo.
—No lo es. Pero gano mucha pasta de ellos.
Alegra soltó una carcajada.
—Bueno… gracias.
—No hay de qué.
Alegra guardó la tarjeta en el pequeño bolso que cargaba en las manos.
Entonces Tristán señaló a David.
—Y la segunda cosa…
—Tristán… —advirtió David.
—Este pobre desgraciado quiere que le des clases de canto.
Alegra parpadeó sorprendida. David quería que la tierra se abriera y lo tragara.
—No, no es cierto, no quiero clases de canto.
—Tío… —murmuró Tristán, al ver cómo su amigo arruinaba su plan.
Entonces, Alegra intervino con una noticia.
—Pues eso está bien porque yo tampoco soy maestra de canto —contestó.
David sonrió.
Tristán observó a su amigo durante unos segundos; después observó a Alegra y después volvió a observar a David. Suspiró: esto era inútil; ninguno de los dos daría el primer paso. Así que ideó un nuevo plan, uno mucho más directo que probablemente haría que David quisiera asesinarlo.
—Mira, —interrumpió—. Mi amigo aquí será un tiburón para los negocios, pero cuando se trata de acercarse a una mujer guapa, se queda sin habla. Así que su amigo, yo, que hace las veces de bufón, viene a pedirte que te tomes una copa con este pobre desgraciado… ¿Qué me dices?
David se moría de vergüenza. De hecho, estaba bastante seguro de que iba a matar a Tristán en cuanto tuviera oportunidad; aun así, no apartó la vista de los ojos de Alegra.
Ella no respondió de inmediato. La sonrisa que había tenido hacía apenas unos segundos vaciló. Volteó a su alrededor, primero hacia el pasillo, después hacia la puerta de los músicos y finalmente hacia la terraza, como si estuviera buscando a alguien.
David sintió cómo su entusiasmo comenzaba a desinflarse. Quizá había malinterpretado su reacción hace unas horas y ella no estaba interesada. Tal vez solo estaba siendo amable y les hablaba por compromiso o, peor aún, estaba buscando una forma educada de rechazarlo. Por primera vez desde que la había conocido, David deseó que Tristán hubiera permanecido callado.
Alegra volvió a mirarlo. Sus ojos color miel se encontraron con los suyos y durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Si no quieres… —se apresuró a decir David—. No pasa nada. Ha sido una idea absurda y…
—Creo que prefiero un té —respondió Alegra, interrumpiendo la frase.
El corazón de David volvió a latir desbocado. Ella había aceptado.
—Un té está perfecto —dijo David.
Tristán tomó un largo sorbo de vino directamente de la botella y después sonrió.
—Bien… mi trabajo aquí ha concluido. —Miró a Alegra—. Es en serio lo del curro, sirena.
—Gracias… lo consideraré —contestó, con una voz melodiosa.
Tristán le dio una palmada a David en la espalda y luego le guiñó un ojo.
—David, recuerda respirar. Las mujeres suelen apreciarlo.
Alegra soltó una risa baja. David cerró los ojos muerto de vergüenza.
—Te odio.
—Lo sé. Mucha suerte.
Tristán se alejó con la botella de vino en la mano, moviéndose al ritmo de la música que llegaba desde la terraza. A los pocos segundos ya estaba saludando a alguien y comportándose como si nada hubiera ocurrido.
Alegra y David lo observaron alejarse.
—Es un desastre, ¿a que sí? —preguntó ella.
David soltó una pequeña risa.
—Es un buen hombre.
—¿Sí?
—Un buen hombre sin ningún sentido de la decencia.
Alegra se mordió el labio para contener una sonrisa.
Durante unos segundos se hizo el silencio. Ambos parecían intentar decidir quién hablaría primero o quién daría el primer paso. Por primera vez en toda la noche, David agradeció la indiscreción de Tristán. Si su amigo no hubiera intervenido, probablemente habría pasado horas observándola desde lejos sin reunir el valor suficiente para acercarse.
Era ridículo. Estaba acostumbrado a negociar con empresarios que le doblaban la edad, podía hablar frente a cientos de personas o discutir inversiones millonarias sin titubear y, sin embargo, una cantante de ojos color miel conseguía dejarlo sin palabras.
Alegra terminó salvándolo… de nuevo.
—Entonces… ¿té?
David parpadeó.
—¿Té? ¡Cierto! Té… por supuesto… —contestó y le sonrió.
Alegra le devolvió la sonrisa.
—Te llevaré al mejor lugar de este hotel —le prometió.
—Vale… te sigo.
Y así, por primera vez desde que la había visto en aquel pasillo, ambos dejaron de sentirse como dos desconocidos y sin saberlo, acababan de aceptar la primera cita de sus vidas.
2 respuestas
Que difícil infancia llevo Alegra 😭
El buen amigo Tristán ayudando a su hermano David, me encantan 😍
Vamos por la primer cita 🥳
Dios mío la infancia de Alegra fue muy difícil me hizo llorar 😭.
Tristán me encanta como ayuda a su amigo hermano.