Ibiza, España. Verano de 1970
Los Canarias eran conocidos por ser extraordinarios en todos los sentidos. Lo eran en su estilo de vida, en sus fiestas, en sus residencias y, sobre todo, en sus negocios.
Para 1970, Empresas Canarias ya era considerada una de las compañías familiares más sólidas de España. Aunque todavía estaba lejos de convertirse en el gigantesco conglomerado internacional que dominaría décadas después, su influencia se extendía por numerosos sectores estratégicos de la economía.
Lo que había comenzado generaciones atrás como una empresa dedicada al comercio marítimo y al transporte de mercancías había evolucionado hasta convertirse en una compleja red empresarial que abarcaba desde la logística internacional hasta el turismo, la hostelería y la inversión inmobiliaria.
Los Canarias poseían hoteles en las principales ciudades españolas y en diversos destinos costeros que comenzaban a beneficiarse del auge del turismo europeo. También administraban restaurantes, participaban en la distribución de alimentos y vinos, y mantenían importantes operaciones de importación y exportación entre Europa y África y algunas partes de Latinoamérica.
Sus barcos transportaban mercancías a través del Mediterráneo y del Atlántico, mientras que sus inversiones inmobiliarias les aseguraban una creciente presencia en los mercados urbanos más prometedores del país.
A diferencia de otras familias empresarias que concentraban todos sus recursos en un único sector, los Canarias habían apostado por la diversificación. Aquella estrategia les había permitido sobrevivir a la guerra civil española, a los difíciles años de la posguerra y a las constantes crisis económicas que habían hecho desaparecer a numerosos competidores.
Entre sus principales rivales se encontraban las Empresas Ruiz de Con, cuya fortuna se había construido sobre la industria, la construcción y las grandes obras de infraestructura. Mientras los Canarias dominaban el comercio, la hospitalidad y los servicios, los Ruiz de Con levantaban puertos, carreteras, edificios y complejos industriales.
La rivalidad entre ambas familias era tan antigua que nadie recordaba con exactitud cuándo había comenzado. Sin embargo, para la generación de David parecía haberse convertido en poco más que una anécdota del pasado. Después de todo, su mejor amigo era Tristán Ruiz de Con, heredero de la familia rival e hijo de Vicente Ruiz de Con, el hombre que durante años había sido considerado el archienemigo empresarial de David Tomás Canarias Fountaine, padre de David.
Sin embargo, las grandes fortunas rara vez construyen únicamente historias de éxito. También construyen enemistades. Los Canarias eran extraordinarios para hacer dinero, pero también para competir. Detrás de las fotografías familiares, los brindis y las apariciones en las revistas de sociedad, existían disputas por herencias, luchas de poder, celos entre hermanos, traiciones empresariales y viejas venganzas que podían sobrevivir generaciones enteras.
En aquellas familias nadie olvidaba una ofensa, nadie perdonaba una humillación y nadie cedía el control sin presentar batalla. Solo los que habían crecido en ese ambiente sabían que los imperios familiares no se construían únicamente con dinero. También se construían con orgullo y, en ocasiones, ese orgullo podía resultar mucho más peligroso que la pobreza.
Sin embargo, aquel verano de 1979, en Ibiza, la familia Canarias había decidido dejar temporalmente de lado sus diferencias. Al menos en apariencia.
Todos se habían reunido en la terraza principal del Hotel Villa Canarias, una de las propiedades más exclusivas de la familia, situada frente al Mediterráneo. Desde allí podían contemplarse las aguas cristalinas de la bahía, los yates anclados en el puerto y el interminable desfile de invitados distinguidos que llegaban para asistir al acontecimiento social del verano.
Oficialmente, todos estaban allí para celebrar una boda. Extraoficialmente, estaban allí para celebrar una alianza. Gastón Canarias Hernández, primo de David, acababa de contraer matrimonio con Marguerite Châtillon Lachèvre, una aristócrata francesa de belleza indiscutible y ego todavía mayor.
Maggie, como la llamaban en España, caminaba por la vida con la absoluta convicción de que Dios había dedicado más tiempo a crearla que al resto de la humanidad. En aquel preciso momento se encontraba de pie junto a su flamante esposo, pronunciando un discurso tan largo como emotivo acerca del amor, el destino y la unión de dos almas destinadas a encontrarse.
—Serán dos idiotas que estaban destinados a encontrarse —murmuró Tristán Ruiz de Con al oído de David mientras ambos permanecían sentados en una de las mesas principales.
David reprimió una sonrisa.
No era un secreto para nadie que Gastón no heredaría ni una silla de la sala de juntas. Su abuelo solía decir que el muchacho tenía buen corazón, pero una capacidad alarmante para tomar la peor decisión posible en cualquier situación. Maggie, por su parte, parecía convencida de que la belleza podía sustituir al intelecto. Quizá por eso funcionaban tan bien juntos.
—Tristán…
—Dicen que el francés es el idioma del amor, pero, joder, esta mujer está consiguiendo asesinarlo delante de todos nosotros.
David tuvo que agachar la cabeza para ocultar una carcajada.
—Guarda silencio, te lo ruego.
—No puedo. Estoy sufriendo.
—Mi tía Felicia nos está mirando.
Aquello bastó para que ambos levantaran discretamente la vista. Al otro extremo de la mesa, Felicia Hernández observaba a los dos jóvenes con la misma expresión que utilizaría una institutriz para vigilar a dos alumnos problemáticos.
David enderezó la espalda de inmediato. Tristán, por el contrario, levantó su copa y le dedicó una sonrisa inocente y le guiñó el ojo. Felicia no se dejó engañar; nunca lo hacía. La vida no había sido especialmente amable con ella.
Años atrás había quedado viuda cuando Ignacio Canarias Donato, el hermano de en medio del padre de David, conocido por toda la familia como el tío Nacho, falleció repentinamente de un infarto.
El problema no había sido el infarto, sino el lugar y la compañía. El tío Nacho había muerto en un hotel de paso mientras mantenía relaciones con una amante veinte años menor que él. Para empeorar las cosas, gran parte de su fortuna terminó en manos de aquella mujer debido a una serie de documentos cuya existencia nadie en la familia había conocido.
El escándalo ocupó titulares durante semanas. Felicia jamás volvió a hablar públicamente del asunto, pero tampoco lo olvidó.
—Al menos murió feliz —había susurrado Tristán durante el entierro.
David todavía recordaba el esfuerzo sobrehumano que tuvo que hacer para no reírse frente al ataúd.
Años después, la frase seguía persiguiéndolo.
—Por eso nadie te quiere en las reuniones familiares —le murmuró David.
Tristán volteó y sonrió.
—Por suerte, esta no es mi familia.
David arqueó una ceja.
—La tuya tampoco te quiere.
Tristán soltó una breve carcajada.
—Lo sé… pero al menos la tuya me permite decir todo lo que pienso.
Su mirada se desvió hacia Felicia, que observaba el discurso de Maggie con una expresión cada vez más sufrida.
—Además, tu tía Felicia necesita que alguien la entretenga. Si sigue escuchando a la francesa otros diez minutos, va a lanzarse al mar.
El discurso terminó por fin y una oleada de aplausos recorrió la terraza. Entre los invitados también pudieron escucharse algunos comentarios discretos.
—Al fin…
—Pensé que me dormiría antes del postre.
—La francesa habla más que un ministro…
Por suerte para los recién casados, aquellos murmullos quedaron ahogados por los aplausos. Gastón y Maggie comenzaron entonces a recorrer el salón saludando a los más de trescientos invitados que habían acudido a la boda. Sonreían, estrechaban manos y recibían felicitaciones mientras los fotógrafos inmortalizaban el acontecimiento para las revistas de sociedad.
Tristán observó la escena con una expresión de resignación.
—Bueno, ahora solo queda tu primo, el que es aún más tonto… y después tú.
David soltó una carcajada.
—¿De qué demonios hablas? El siguiente eres tú.
—Ni de broma.
—Deberías ir echando un ojo, ¿eh? Pronto serás tú quien esté ahí, escuchando discursos horribles y fingiendo que eres feliz al lado de Begonia de la Torre.
—Qué imagen tan espantosa.
David sonrió.
Tristán tomó un cigarrillo de la pitillera de plata que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta y lo encendió con calma.
—No, no, no… Yo dije que me casaría. —Expulsó una nube de humo—. Nunca dije cuándo. Tengo la esperanza de que algún día se cansará de esperar y se marchará.
—Sabes perfectamente que eso no va a pasar.
Tristán observó el mar unos segundos.
—Lo sé.
Su tono perdió parte de la ironía habitual.
—Por eso pienso hacer que la espera sea lo más larga posible.
—¿Y eso qué significa?
—Que si estoy condenado, al menos disfrutaré de mi libertad mientras pueda.
David negó con la cabeza.
—Te juro que no entiendo cómo sigues vivo.
—Porque Dios me encuentra entretenido.
—O porque todavía no ha decidido qué hacer contigo.
—También es posible.
Ambos rieron.
Poco a poco, la boda dejó de parecer una boda. Como ocurría en todos los eventos organizados por las grandes familias empresariales, la ceremonia no tardó en transformarse en algo mucho más útil: una oportunidad para hacer contactos, negociar acuerdos y fortalecer alianzas.
Los invitados comenzaron a desplazarse de una mesa a otra siguiendo sus propios intereses. Los políticos buscaban a los banqueros. Los banqueros buscaban a los empresarios. Los empresarios buscaban a otros empresarios. Las conversaciones sobre el amor y los recién casados fueron sustituidas por discusiones sobre inversiones, adquisiciones, contratos y proyectos de expansión.
Por la mesa de David desfilaron varios de los socios de su padre. Algunos se acercaban para felicitarlo por sus recientes logros en la empresa. Otros para presentarles a sus hijos o sobrinas. Y unos cuantos simplemente para recordarle que el tiempo avanzaba.
David no era un primo cualquiera dentro de la familia Canarias. Era uno de los principales candidatos para suceder a David Tomás Canarias Fountaine al frente de Empresas Canarias. Aquello lo convertía en uno de los jóvenes más observados de toda la reunión.
Su padre gozaba de prestigio, riqueza y poder, pero también de una salud cada vez más frágil. Los problemas cardíacos parecían perseguir a los hombres de la familia generación tras generación. Nadie sabía con certeza cuál era el origen. Algunos médicos hablaban de predisposición genética. Los miembros más supersticiosos de la familia preferían repetir una vieja historia según la cual los Canarias descendían de una rama olvidada de la realeza española y cargaban con alguna extraña maldición hereditaria.
Fuera cual fuese la verdad, la mayoría coincidía en algo. David Tomás Canarias probablemente no gobernaría el imperio durante muchas décadas más, por lo que había convertido la sucesión en uno de los temas favoritos de conversación dentro de la familia y David era consciente de ello.
También sabía que jugaba con cierta ventaja. Su madre, Ainhoa Donato Etxebarria, provenía de una familia igualmente poderosa y adinerada. Los Donato poseían inversiones, propiedades y contactos políticos que fortalecían aún más la posición de su hijo dentro de la carrera sucesoria.
Por eso tantos invitados se acercaban a hablar con él. Algunos buscaban establecer futuras alianzas, otros intentaban ganar su simpatía y unos cuantos, los más sinceros, le advertían que no se confiara. Porque en las grandes familias el peligro rara vez venía de fuera; casi siempre llegaba desde dentro.
David escuchaba todos aquellos consejos con atención. Tenía apenas diecinueve años, pero llevaba preparándose para ese futuro desde que tenía memoria. Mientras otros jóvenes de su edad pensaban en fiestas, viajes o romances, él estudiaba balances financieros, acompañaba a su padre a reuniones de negocios y aprendía a negociar observando a algunos de los empresarios más influyentes de Europa.
Sentía el peso de aquella responsabilidad todos los días y aun así la aceptaba con orgullo, porque no soñaba simplemente con heredar Empresas Canarias. Soñaba con transformarla. Quería convertirla en algo más grande, más moderna, más sólida. Una compañía capaz de sobrevivir a cualquier crisis y de competir con los mayores grupos empresariales del mundo.
—Yo no sé cómo lo haces, tío —comentó Tristán mientras ambos abandonaban la terraza y se dirigían al interior del hotel en busca de los baños—. Tanta presión acabaría volviéndome loco.
David soltó un suspiro; la verdad era que él tampoco sabía cómo lo hacía; a veces, simplemente, seguía adelante.
—¡Déjame en paz!
La voz femenina resonó desde algún punto del pasillo. Sonaba desesperada, urgente y agitada, como si estuviera forcejeando con alguien. Un instante después se escuchó el eco seco de una bofetada.
David y Tristán intercambiaron una mirada antes de acelerar el paso. Al doblar una esquina, encontraron a Dante Canarias acorralando a una joven contra la pared.
—Para eso te pagan, ¿no? —Escupió Dante con desprecio.
—Déjame en paz —repitió ella, intentando apartarse.
Dante la sujetó por los brazos e intentó arrastrarla hacia una puerta cercana. La joven se resistió de inmediato. Lo arañó, lo golpeó, lo pateó, todo con tal de librarse de él.
—¡Déjala! —tronó la voz de David.
Dante se giró apenas un segundo, pero fue suficiente para hacerle saber que no estaban solos.
Tristán reaccionó primero; siempre lo hacía. Acostumbrado a lidiar con borrachos problemáticos en los clubes y bares que frecuentaba, cruzó la distancia en dos zancadas y sujetó a Dante por el cuello de la camisa.
—Dante… —murmuró con una calma que resultaba mucho más amenazante que un grito—. Siempre que te encuentro es la misma historia. —Lo empujó contra la pared—. ¿No puedes mantener la polla dentro de los pantalones ni una sola noche?
Dante intentó soltarse, pero fue una mala idea. A sus diecinueve años, Tristán ya superaba el metro ochenta y tenía una complexión atlética que hacía parecer pequeño al primo de David. Dante apenas rozaba el metro setenta y, aunque era mayor, nunca había sido rival para él en una pelea. Por algo algunos de sus primos lo llamaban el Armario. No era un apodo especialmente creativo, pero sí bastante acertado.
—Suéltame, Ruiz de Con —gruñó Dante.
—Cuando ella me diga que está bien.
David aprovechó el momento para acercarse a la joven.
—¿Está bien?
Ella levantó la vista y entonces la vio. Era preciosa.
No de esa belleza artificial que solía encontrar en las fiestas de la alta sociedad, rodeada de maquillaje, joyas y sonrisas ensayadas. Había algo distinto en ella. Tenía el cabello largo y oscuro, una cascada de rizos negros que caían desordenadamente sobre sus hombros. Sus ojos, grandes y expresivos, eran de un cálido color avellana que parecía atrapar la luz del pasillo. La piel dorada por el sol contrastaba con la sencillez de su vestido color mostaza, y unos pequeños pendientes dorados eran el único adorno que llevaba.
Pero no fue su belleza lo que terminó de llamar la atención de David, fue la forma en que lo miró. De manera profunda, apasionada, orgullosa, como si acabara de librar una batalla y se negara a permitir que nadie la viera derrotada. Tenía las mejillas enrojecidas por la discusión y algunos mechones de cabello pegados al rostro, pero aun así conservaba una dignidad que desentonaba con el caos del momento.
Durante un segundo, David olvidó por completo a Dante y a Tristán; solo existían aquellos ojos observándolo con cautela.
—Sí… estoy bien —respondió ella finalmente, aunque su voz tembló apenas un poco.
—¿Está herida?
Ella negó con la cabeza, aunque seguía temblando.
—No.
—¿Quieres que llamemos a seguridad?
La muchacha miró a Dante y luego a los dos jóvenes que la estaban defendiendo. Por primera vez desde que habían llegado, pareció sentirse a salvo.
—¿O prefieres cobrártela diferente? —preguntó Tristán.
La joven arqueó una ceja.
—¿Cómo?
—Tristán… —murmuró David, que conocía perfectamente aquel tono.
—Solo dime si sí o no.
Ella cruzó los brazos.
—Sí.
David abrió la boca para protestar, pero fue demasiado tarde. Con una rapidez sorprendente, Tristán sujetó a Dante y, con la otra mano, le agarró entre las piernas. El grito que siguió resonó por todo el pasillo.
—¡AAAAAHHHHH!
—Madre de Dios… —murmuró David.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Tristán sin soltar al primo.
La joven sonrió por primera vez y David sintió que el mundo se detenía un instante.
—Alegra.
Alegra. El nombre se quedó grabado en su cabeza. Le parecía imposible que alguien pudiera llamarse de otra manera.
—Bien —dijo Tristán—. Pídele perdón a Alegra.
—Joder, Tristán, me vas a…
Tristán apretó un poco más. Dante soltó otro chillido que recordó sospechosamente al de un cerdo camino al matadero.
—¡AHHHHHHH!
—Pídeselo.
—¡Perdón!
—No te escuché.
—¡Perdón!
—Con educación.
—¡Perdón, señorita Alegra!
—Mejor —concluyó Tristán, dándole unas palmadas en la mejilla tan fuertes que pasaban por bofetadas—. ¿Ves como si puedes ser buen chaval?
—¡Perdón, perdón, perdón! —continuaba Dante, mientras lloraba.
Alegra ya no intentaba contener la risa; David tampoco. Incluso tuvo que apartar la mirada para que Dante no lo viera sonriendo.
—¿Ves? —dijo Tristán—. No era tan difícil.
—Te odio.
—Lo sé.
—Voy a matar…
Tristán apretó nuevamente.
—Piénsalo bien antes de terminar esa frase.
Dante gimió de dolor.
Alegra soltó una carcajada y aquella fue la primera vez que David escuchó reír a la mujer de la que terminaría enamorándose.
Tristán soltó a Dante y este cayó de rodillas antes de desplomarse sobre el suelo, encogiéndose en posición fetal mientras maldecía entre dientes.
—Joder con este tío… —murmuró Tristán, sacudiéndose las manos como si acabara de manipular algo desagradable—. Al parecer, en esa rama de la familia tenéis problemas para mantener la polla dentro de los pantalones.
Dante levantó la cabeza para fulminarlo con la mirada.
—Vete al infierno.
—Tu padre también decía cosas así. Tal vez esté allá…
—No hables de mi padre.
—¿Por qué no? —preguntó Tristán—. Al fin y al cabo, es un excelente ejemplo de lo que intento explicarte.
David ya sabía hacia dónde iba aquello. Nunca era buena señal.
—Tristán…
—¿Qué? Es historia familiar y fue cotilleo nacional. —Se volvió hacia Dante—. Tu padre murió de un infarto en un hotel de paso mientras estaba con su amante. Honestamente, después de semejante advertencia genética, yo sería mucho más prudente.
Alegra se llevó una mano a la boca para contener la risa, pero no lo consiguió. Una carcajada escapó de sus labios.
Dante pareció ofenderse aún más.
—Esto no tiene ninguna gracia.
—Para ti no —respondió Tristán—. Para nosotros está siendo una tarde estupenda.
Aquello terminó de romper la tensión. Alegra comenzó a reír abiertamente sin importarle absolutamente nada.
David la observó mientras lo hacía. Su sonrisa transformaba por completo su rostro. Los ojos se le iluminaban y las mejillas se le hundían ligeramente. Por primera vez desde que la había visto en el pasillo, parecía haber olvidado el miedo.
—Creo que deberías marcharte antes de que vuelva a cambiar de opinión —le dijo David a Dante.
Dante se puso de pie con dificultad.
—Esto no quedará así.
—Claro que no —respondió Tristán—. La próxima vez te agarraré más fuerte.
Dante masculló una serie de insultos y terminó alejándose por el pasillo. Los tres esperaron hasta verlo desaparecer. Entonces Tristán se volvió hacia Alegra.
—¿Ves? Problema resuelto.
Alegra sonrió.
—Muchas gracias… ¿Tristán?
—Tristán Ruiz de Con Saavedra —se presentó él con una exagerada inclinación de cabeza—. Heredero, millonario y, según mi madre, una decepción constante.
Alegra soltó una risita.
—Encantada.
—Y este de aquí —continuó Tristán, señalando a David—, al que los ratones le comieron la lengua… —David le lanzó una mirada asesina—…es David Fernando Canarias Donato. También heredero, millonario y mucho más prudente y aburrido que yo.
—No le hagas caso —intervino David.
—Por supuesto que no me hagas caso. Acabo de estrujar a un hombre delante de ti.
Aquello arrancó otra sonrisa de Alegra.
—Ya me había dado cuenta.
—¿Ves? Es lista. Algo que escasea bastante en esta boda.
—Tristán…
—¿Qué? Estoy siendo amable.
Alegra observó a David.
—Gracias a ti también.
David sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco. Esa frase simple y nada extraordinaria lo había dejado sin palabras de nuevo.
—No tienes que agradecerlo —consiguió decir finalmente—. Dante es un imbécil.
—Eso ya lo había notado.
Los tres compartieron una breve risa.
—¡Ale!
Los tres voltearon al escuchar la voz. Un joven de cabello oscuro apareció al final del pasillo cargando una guitarra al hombro.
—Nos toca.
Alegra soltó un suspiro.
—Ya voy.
Volvió a mirar a David y a Tristán.
—Muchas gracias por salvarme.
Había cierta timidez en su voz, como si no estuviera acostumbrada a que alguien la defendiera.
—Me tengo que ir.
Alegra le tendió la mano a Tristán.
—Gracias.
—Ha sido un placer traumatizar a uno de los primos de David delante de una dama.
Ella soltó una pequeña carcajada; después se giró hacia David y el mundo pareció detenerse. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada, simplemente se miraron. David sintió que el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza absurda.
Aquello no tenía sentido. La acababa de conocer, ni siquiera sabía quién era o de dónde venían y, sin embargo, le parecía la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Los últimos rayos del sol se colaban por los ventanales del pasillo e iluminaban sus rizos oscuros como si estuvieran hechos de oro viejo. Sus ojos color miel lo observaban con una mezcla de gratitud y curiosidad que lo dejó completamente desarmado.
Era una sirena; no encontraba otra forma de describirla. Una sirena que había aparecido de la nada para arruinarle la tranquilidad.
—Gracias a ti también… David.
Escuchar su nombre en labios de ella hizo que olvidara la mitad del vocabulario que conocía.
—No fue nada —consiguió responder al fin—. Me alegra que estés bien.
Alegra sonrió y esa sonrisa terminó de rematarlo. Luego dio un paso atrás; otro más y, finalmente, se volvió para alcanzar al joven de la guitarra.
David la siguió con la mirada mientras se alejaba por el corredor. La observó caminar, reír cuando el muchacho le dijo algo y, también, desaparecer tras la puerta. Incluso la siguió mirando después de que ya no estuviera allí.
—Oh, oh… —murmuró Tristán a su lado.
David ni siquiera parpadeó.
—Oh, oh… —repitió.
—Estás acabado.
—Creo que sí.
David permaneció en silencio unos segundos.
—Es una sirena, Tristán… —murmuró David.
Tristán solo rió a carcajadas.
2 respuestas
Su Sirena 🥰🥰
Dios Tristán me encanta ese sarcasmo
Ya apareció la sirena de David 😍