TRISTÁN CON EL CORAZÓN ACELERADO, SALIÓ del despacho de su padre y, sin perder el tiempo, se dirigió a la biblioteca. Sus pasos eran firmes, decididos, como si el suelo ya no le pesara. La herida sangraba, sí, pero por fin sabía hacia dónde caminar.
Entró sin mirar atrás, apartó el cuadro familiar con gesto brusco —ese maldito retrato en el que todos fingían ser lo que no eran— y comenzó a girar la perilla de la caja fuerte, tal como recordaba.
—Así que Iñaki tenía razón… te vas —dijo Soledad desde la puerta, con la voz tan helada como siempre, aunque esta vez con un matiz imperceptible de tristeza. Como si, por primera vez, ya no tuviese fuerzas para seguir luchando.
Tristán no le contestó. Abrió la caja, sacó su pasaporte, los papeles de identidad, el documento firmado por su padre, y los metió en la bolsa interna de su saco. Cerró la caja sin ceremonias y se giró.
Su madre lo vio directo a los ojos, como si por un momento reconociera la escena. Y lo hacía. Hace tiempo atrás, su hermano, Tristán, se había largado, dejándola sola con sus padres que la obligaron a llevar la vida que ahora era su realidad. Soledad nunca tuvo la fortaleza para romper esos patrones, pero sí para llamar a su hijo como el único hombre que ella amó.
—Lo es. Y ahora, si no te importa, apártate. Tengo un avión que coger —respondió Tristán.
Soledad pasó saliva y levantó la cara, volviendo a su papel de mujer fuerte e irrevocable. No le dijo nada. No tenía nada que decir en ese momento. Por primera vez en su vida, no supo cómo amenazar, reprochar u obligar a Tristán a que hiciera lo que ella deseaba. Ella sabía que había perdido a su hijo en América.
—Quiero que lo sepas, Tristán: hice lo que tenía que hacer para sobrevivir —dijo ella con voz firme—. No tienes ni idea de lo que he tenido que hacer para seguir adelante.
—No. No lo sé. Y, sinceramente, ya no me interesa —respondió él, sin apartar la mirada—. Porque, en el fondo, tú y él sois iguales: siempre buscando salvaros a vosotros mismos, aunque sea a costa de los demás.
Tristán la hizo a un lado. Sin embargo, ahora fue él quien se detuvo en el umbral de la puerta y habló:
—Siempre quise una madre —confesó Tristán, sin rencor ni dramatismo—. Una que me abrazara cuando tenía miedo, que me dijera que estaba orgullosa. Una que, alguna vez, me preguntara si era feliz…
Entonces, Tristán se giró hacia donde estaba su madre, sacó el resto de las fotografías y se las tendió.
—Mi último regalo —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Úsalo bien.
Soledad abrió el sobre con las manos temblorosas. Dentro, las fotos: Vicente y Begoña, sonriendo, tocándose, besándose.
—Yo no… lo sabía —susurró entre lágrimas.
Tristán observó bien la escena. Sabía que era la primera y la última vez que vería llorar a su madre. Pero no la consoló. No supo cómo. O quizá, simplemente, no le salió hacerlo.
—Tranquila, madre… No llores por él. Lloras porque ahora te das cuenta de que me perdiste a mí.
La frase cayó como un golpe seco. Soledad se quedó inmóvil, con el rostro desencajado, mientras las lágrimas corrían sin contención. Tristán sostuvo su mirada por un segundo eterno, luego se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola con las fotos, el temblor… y la verdad.
—Ya voy, mi mexicana linda. Espérame —murmuró mientras corría a la cocina.
Tristán bajó las escaleras con pasos medidos, el corazón acelerado, la cabeza cargada de imágenes, planes y recuerdos. A cada paso, sentía el peso de la historia que estaba por dejar atrás. El murmullo de la fiesta en la terraza se colaba por las paredes, las risas falsas, las copas tintineando, los brindis vacíos… Todos celebraban una vida que él ya no quería.
Al llegar a la cocina, se detuvo un instante. Olía a pan recién horneado y café. La estancia estaba casi vacía, salvo por Tita, que revisaba por última vez los platos para la cena. Cuando lo vio, soltó el trapo que llevaba en las manos y lo miró como si acabara de ver un fantasma.
—¿Todo listo? —preguntó Tristán, sin necesidad de decir más.
Tita asintió con solemnidad y se acercó a él con pasos rápidos y nerviosos.
—Sí… mi padre ya está en el coche. Te espera en la esquina. Nadie le ha visto llegar. La maleta está en el maletero, justo donde dijiste. Lleva lo necesario, ¿no?
—Con eso basta —respondió Tristán, echando un último vistazo a su alrededor. Aquella cocina le había dado más refugio que su propio dormitorio. Cuántas veces se había colado allí a escondidas, huyendo de los gritos de su madre, de las órdenes de su padre… o simplemente del vacío de aquella casa. Y siempre estaba Tita. Con una sonrisa, un consejo, una mirada cómplice.
—¿Te vas por esa puerta, entonces? —preguntó ella, señalando la trasera.
—La puerta principal no es para los que se marchan —dijo Tristán, con media sonrisa.
Tita lo abrazó. Lo hizo en silencio, apretándole con fuerza, como queriendo grabar ese momento en la memoria. Luego se separó, con lágrimas en los ojos.
—No dejes que nadie te haga sentir que no mereces lo que sueñas, ¿vale? Ni siquiera tú mismo.
Tristán la miró con una ternura que rara vez le dedicaba a nadie. Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y le susurró:
—Gracias por ser mi familia… cuando la mía me falló. Tita asintió, con los ojos brillantes.
—Mi madre estaría muy orgullosa de ti, Tristán.
Abrió la puerta con cuidado, dejando que la brisa nocturna entrara en la cocina.
—Venga, ve… antes de que me arrepienta y monte un numerito —dijo, intentando sonreír entre lágrimas.
Tristán la besó en la frente y cruzó el umbral. La noche lo recibió como un cómplice y, con paso firme, desapareció rumbo al coche, al aeropuerto… y a México.