—¡LAS FLORES, AHÍ MISMO! —ORDENÓ SU madre—. Vamos, Tita, que no tenemos todo el día.
Tristán no tenía intención de regresar a casa antes del anochecer, como había hecho cada día desde que volvió de México. Evitar a Bego y a su madre se había convertido en su prioridad, y para su sorpresa, no le había resultado tan difícil. A Soledad solo le importaba que él estuviera físicamente presente en la casa; lo que hiciera con su tiempo o con su vida le era completamente indiferente.
Bego, por su parte, estaba —supuestamente— ocupadísima con los últimos retoques de su vestido para la fiesta. Eso decía, al menos. Ahora que Tristán conocía la verdad, no podía evitar sospechar que esa historia era solo una excusa, una de tantas que Bego sabía contar tan bien.
Él también estaba obligado a usar un traje blanco para la recepción. Uno que se había probado apenas al día siguiente de volver de América. Le quedó ajustado, incómodo, como todo lo que le rodeaba en esa casa. Pero no dijo nada. Debía mantenerse en su papel. Fingir sumisión, pasividad. Solo un poco más. Todo estaba a punto de cambiar.
Sin embargo, esta vez decidió que regresar antes era lo mejor. El tratar de jugar al niño bueno y prometido arrepentido.
A propósito, azotó la puerta, para hacer evidente su llegada.
—¡Tristán! Pensé que seguías hecho polvo en tu habitación —habló su madre con desdén—. Ya sabía yo que el amor de la costurera no era para tanto.
Tristán apretó el puño. Cada vez que su madre llamaba así a Ximena, le hervía la sangre.
—No, he decidido salir a tomar un poco el aire —mintió—. A reflexionar.
—¿Reflexionar? —repitió Soledad, con una ceja arqueada y un deje de sarcasmo—. ¿Tú? ¿Qué vas a reflexionar tú?
Él suspiró, como si el peso sobre sus hombros se hiciera de pronto más visible.
—Sobre el futuro.
—¿El futuro? ¿Del linaje? ¿Del apellido?
Tristán esbozó esa sonrisa suya que no decía mucho, pero lo insinuaba todo.
—Justo sobre eso, madre. He cometido errores. Algunos muy graves. Y me arrepiento.
Soledad entrecerró los ojos, complacida por lo que interpretaba como una confesión. Se cruzó de brazos con aire triunfante.
—Sabía que acabarías dándote cuenta. Esa mujer no era más que una distracción. Algo pasajero. El amor se construye entre iguales, Tristán, no entre mundos que no se rozan.
Pero Tristán no la corrigió. No todavía. Se limitó a asentir, con expresión serena.
—Tienes razón. Me desvié del camino. Y ahora lo estoy corrigiendo.
—Espero que, ahora que sientas la cabeza, se te pase la tontería y dejes de hacer esas niñerías.
Tristán la observó un momento más, con los ojos entornados, como intentando memorizarla o descifrarla por última vez. Si tan solo supiera que no hablaba de Ximena… sino de todo lo que vino antes de ella. Begoña. La empresa. Sus acciones. Sus errores.
Soledad nunca había sido una madre que consolara, ni que abrazara, ni que preguntara “¿cómo estás?” por interés genuino. Había sido firme, implacable, fría. Lo educó con normas, horarios y expectativas, pero nunca con cariño. Su manera de criar había sido la de mantener el apellido limpio y la frente en alto. Pero nunca había entendido lo que realmente significaba ser madre, y Tristán, por más años que pasaran, nunca logró entenderla a ella.
Lo que más le dolía, ahora que estaba a punto de dejarlo todo atrás, era que jamás construyeron un vínculo real. Habían compartido casa, eventos, discursos vacíos… pero no amor. Ni complicidad. Ni siquiera una sola conversación que no girara en torno a lo que “debía” hacer. A lo que “le correspondía”.
Y, aun así, ahí estaba él, sintiendo una punzada en el pecho. Porque por más distancia que hubiese entre ambos, por más heridas silenciadas o desprecios acumulados, seguía siendo su madre. Y en el fondo —en ese lugar profundo que nadie veía— una parte de él todavía habría querido que ella le dijera que lo entendía, que estaba orgullosa, o que, al menos una vez en la vida, lo elegiría a él, no al apellido.
Pero sabía que eso no ocurriría. Así que tragó saliva, enderezó la espalda y se preparó para hacer lo que debía. Porque si su madre no lo eligió, él estaba a punto de elegir su propia vida. Por fin.
—Bego te espera en la terraza. Sal y dile que, al fin, estás dispuesto a comportarte como el hombre que ella necesita. Dispuesto a comportarse como el hombre que ella necesita, pensó Tristán, y esbozó una leve sonrisa, no llena de felicidad, sino de ironía.
—La he invitado a cenar. Lo mínimo que podemos hacer es compensarla, después del bochorno que le hiciste pasar con ese desliz tuyo con la modistilla.
Tristán no respondió nada, simplemente caminó hacia la terraza para encontrarla. Apenas cruzó la puerta, lo envolvió un blanco casi cegador. El lugar había sido transformado en un escenario de revistas: mesas redondas vestidas con manteles de lino blanco, floreros de cristal con orquídeas, velas altas y delgadas en candelabros de plata que relucían con la luz de la tarde. Guirnaldas de luces cálidas colgaban en líneas simétricas sobre todo el espacio, como constelaciones domesticadas para una velada sin estrellas.
Hasta el más mínimo detalle había sido cuidadosamente escogido: servilletas bordadas con las iniciales entrelazadas de Begoña y Tristán, copas de cristal tallado, una tarima de madera que serviría como pista de baile y plataforma para dar el gran anuncio de su compromiso y, al fondo, un arco de flores blancas con vista al mar, esperando el momento en que los novios posaran para la prensa.
Allí estaba ella, Begoña, de espaldas, enfundada en un conjunto blanco de lino y seda. Llevaba unos pantalones palazzo que caían con impecable soltura sobre unos tacones de charol beige, y el cabello recogido en un moño pulido, adornado con una peineta de nácar. Su postura, como siempre, era perfecta. Medida. Fría.
Avanzó hacia él con paso decidido, con ese andar que usaba cuando sabía que tenía todas las miradas encima. Al llegar a su lado, se estiró para besarlo en los labios, pero Tristán ladeó el rostro con sutileza, ofreciéndole apenas la mejilla.
—Perdona… todavía tengo la cabeza en otra parte — murmuró.
No quería que Begoña le borrara con ese gesto frío el último beso que Ximena le había dejado. Aún lo sentía ahí, como un eco cálido, como un recuerdo que se negaba a desvanecerse.
—Hmm… —expresó Begonia, sin prestarle atención—. ¿Dónde estabas? Desde que llegaste de México te encerraste en tu habitación.
—He estado reflexionando —respondió él. La brisa le trajo su perfume, denso y artificial, nada que ver con el aroma lavanda que solía acompañar a Ximena.
—¿Otra vez con tus rarezas? Mira que en nada es la fiesta, y quiero que estemos radiantes. He llamado al fotógrafo, a la prensa de sociedad; todo debe ser impecable. Nuestra foto tiene que salir en todos los periódicos y revistas de Ibiza, si no, no habrá valido la pena todo.
Tristán apenas la escuchaba. Su voz sonaba lejana, casi caricaturesca. Incluso Tristán había descubierto lo chillona y terrible que era la voz de Bego y lo mucho que le molestaba.
—¿Me estás escuchando, churri? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Sí, claro.
—Pues eso. Que espero que hayas dejado atrás tus… desvaríos. Que se acabaron las tonterías. Ya está bien de aventuras de mal gusto, ¿no? Una costurera. Por favor —y soltó una risa nasal que se le clavó en el estómago.
Tristán la miró. Por primera vez, sin culpa ni ira, sino con una claridad brutal. Bego no era mala, simplemente no era para él. Jamás lo había sido. Ella buscaba un trofeo. Él, una casa. Ella quería fiestas; él, una fonda con tortillas recién hechas. Ella hablaba de “impecable”; Ximena hablaba de “auténtico”.
—Estás muy callado —añadió Bego, acercándose—. ¿Estás nervioso por la fiesta?
Tristán la observó un momento, sin responder.
—Bego —dijo al fin—, ¿alguna vez te has preguntado si esto que queremos… de verdad lo queremos los dos? Ella parpadeó, desconcertada, como si no terminara de comprender lo que Tristán le estaba diciendo.
—Espera… —soltó con un gesto de incredulidad—. No, no, no… ¡Pensé que eso ya estaba zanjado! ¡Faltan horas para la fiesta, está todo preparado! ¡No me fastidies, Tristán!
Begonia explotó, y esta vez tomó a Tristán por sorpresa. Después de meses alejado de la toxicidad, los estallidos emocionales de su prometida ya no se le hacían normales. Ahora le parecían peligrosos. Inestables.
Tristán, que en otro tiempo habría respondido con gritos, con sarcasmos, con esos duelos verbales que parecían encenderlos a ambos, esta vez no dijo nada. No levantó la voz. No alzó las manos al cielo. No rodó los ojos. La observó en silencio, con la misma paciencia con la que uno contempla una tormenta sabiendo que pronto pasará.
—¡Después de todo lo que me has hecho! —chilló Begoña, fuera de sí—. ¡Pero qué clase de pregunta es esa, Tristán! ¡Tú no tienes ni idea de todo lo que yo pasé aquí mientras tú te largabas a jugar al amor con esa… costurera!
Tristán cerró los ojos un segundo, no por rabia, sino por pena ajena.
—¿Sabes lo que fue para mí? —continuó ella, con la voz temblorosa, casi teatral—. Ir sola a las fiestas de sociedad, que todo el mundo me preguntara por ti y tener que fingir que estabas trabajando, cuando en realidad nadie sabía dónde te habías metido. ¡Me dejaste sola en la boda de Iñaki!
¡Todo el mundo murmuraba que me habías plantado en el altar! ¡Me humillaste, Tristán! ¿Y ahora me sales con dudas? Él suspiró. Cerró los ojos un instante, tomó aire y, con gesto pausado, le tomó las manos. Su voz fue suave, templada, como si de pronto se convirtiera en el prometido perfecto.
—Bego… no lo he dicho con esa intención. Quiero que me perdones por haberte hecho pasar un mal rato —empezó, manteniendo la mirada fija en la suya—. Sé que fue culpa mía, y que la lié bien. Pero solo quiero estar seguro de que tú… de que tú realmente sigues queriendo estar conmigo.
Bego bajó la guardia al instante. Algo en el tono de Tristán la desarmó. No estaba acostumbrada a esa voz serena, casi seductora, que parecía envolverla. Lo abrazó, apretando con más fuerza de la necesaria.
—Claro que me quiero casar contigo, churri. Es lo que toca. Llevamos juntos desde los quince. Nuestros padres son amigos de toda la vida y las empresas… bueno, de empresas no entiendo mucho, pero sé que les vienen de maravilla —dijo con una risita tonta.
Tristán se dejó abrazar, pero en su interior sintió como si un témpano de hielo se deslizara por su espalda. Frío. Ajeno.
—Pensé que tu desliz con la costurera te estaba alejando de mí —añadió Bego, con una sonrisa ladina—. Y no lo iba a permitir. Te lo juro, Tristán; esa fulana no iba a arruinarme la vida. A mí no me humilla nadie dos veces.
Se apartó un mechón de pelo con gesto teatral, como si acabara de vencer una batalla y quisiera asegurarse de que su peinado siguiera intacto.
—Pero mira que soy una buena prometida. Porque dejé que mi novio tuviera una aventurilla por capricho. Espero ver eso reflejado en un collar nuevo… o en ese piso de Madrid que tanto me gustó, ¿no crees? Algo habrá que recibir a cambio. Me lo he ganado.
Hizo una mueca exagerada y posó los labios como si se preparara para una fotografía. Tristán la observaba, inmóvil. Cada palabra que salía de su boca era una herida al recuerdo de Ximena. No podía entender cómo había estado tantos años con alguien tan hueca, tan vanidosa, tan… cruel.
—Y mira —siguió Bego, acariciándole el brazo—. Ya está todo olvidado, ¿ves? Vamos a ser la envidia de todos. Nadie se acordará de esa cualquiera. Ni tú, churri. Cuando nos casemos, esa historia se borra, se tira a la basura. Que es donde debe estar.
Tristán apartó la mirada y tragó saliva. Por dentro, hervía. Lo que alguna vez fue indiferencia se transformaba ahora en un desprecio palpable. No podía soportarla. No podía fingir mucho más. Sabía que en ese momento debía defender a Ximena. Decirle a Bego que se equivocaba, que Ximena era una gran mujer, talentosa, brillante, inteligente y hermosa; pero sabía que si lo hacía, su plan no funcionaría, así que no contestó.
—Olvidemos eso, churri. Mejor dime —se acercó más, jugueteando con el botón de su camisa—: ¿crees que me debería hacer mechas para la fiesta? Estaba pensando en algo más rubio, como Brigitte Bardot… pero sin parecer vulgar, claro. ¿Tú qué opinas? ¿Me quedaría bien?
Él se forzó a escuchar. Y mientras Begoña hablaba de peinados, de joyas, de las fotos que quería con el mar de fondo, Tristán pensaba en otra mujer. En otra mirada. En otra vida.
La vida que estaba a punto de recuperar.