EL SOBRE QUE LE DIO DAVID FUE SOLO EL INICIO.
El punto de partida de un plan que, sin saberlo, ya se había puesto en marcha desde el momento en que Tristán pisó Ibiza. Ahora, con las cartas en la mano, le tocaba jugar con inteligencia. Sin margen de error. No esperaba que aquello fuera tan personal. No esperaba que el fuego viniera de dentro de su propia casa. Que la prometida que nunca quiso estuviera acostándose con el hombre que menos pensaba.
Su padre.
El descubrimiento lo había descolocado. No por celos, ni por orgullo herido, sino por la carga simbólica. El desprecio absoluto por los vínculos, la lealtad y hasta las apariencias.
Y con ese hallazgo, llegaron las preguntas. Muchas. Algunas más incómodas que otras. ¿Lo sabía su madre?,¿lo había permitido en silencio, como tantas otras cosas? ¿Lo había intuido y callado para no perder su lugar en una familia donde la dignidad siempre se subordinó a la conveniencia? ¿Desde cuándo estaban juntos?, ¿fue antes del compromiso oficial con Bego?, ¿o todo había sido parte de un acuerdo en el que él, sin saberlo, era solo la pieza menos importante? ¿Lo sabían todos… menos él?
Ahora todo tenía otro color. Más turbio. Más cínico.
Pero también más claro. Ya no se trataba solo de amor. Se trataba de justicia. De poner límites. De salir de ese juego sin perder lo que era suyo. Y estaba decidido a hacerlo.
Tristán cruzó la puerta del despacho de Iñaki sin anunciarse. Sabía que estaría ahí. Siempre lo estaba; era como un sabueso entrenado y dispuesto a cerrar tratos que olían a traición.
Desde su regreso a Ibiza, ya no había tenido comunicación con él. Incluso en el avión de regreso, ni siquiera se habían dirigido la mirada. Tristán ya no le tenía estima, no lo consideraba un amigo. Lo había traicionado y eso lo había herido. Ahora, era momento de hacerlo pagar.
Iñaki alzó la vista, primero sorprendido, luego divertido.
—Vaya, qué sorpresa —dijo, sin molestarse en ocultar el sarcasmo.
—Cállate ya —replicó Tristán, con seriedad contenida—. No he venido a discutir.
Iñaki alzó una ceja, aun con media sonrisa.
—¿Y entonces? ¿Has venido a pedirme consejo matrimonial?
—He venido a que me redactes un documento —dijo Tristán, sentándose sin esperar invitación—. Quiero blindar mis acciones antes de la boda con Begoña. Asegurarme de que, si las cosas se tuercen… si vuelvo a meter la pata como con Ximena, mi padre no tenga ni medio resquicio para quitármelas.
Iñaki lo miró con más interés, dejando a un lado el tono burlón.
—¿Así que admites que fue un error?
—Por supuesto —mintió Tristán con aplomo—. Me dejé llevar. Fue una locura. Y ya has visto lo que ha costado arreglar el desaguisado. No pienso volver a pasar por lo mismo.
—¿Y qué te hace pensar que tu padre va a aceptar este movimiento?
—Nada. Por eso quiero que lo redactes tú. Si alguien sabe —Mover papeles sin levantar sospechas, eres tú. Necesito que parezca una medida sensata, una forma de proteger el patrimonio familiar. Así se lo va a tragar.
Iñaki se relajó; incluso parecía complacido.
—Me estás sorprendiendo. Pensé que seguirías con tus discursitos de libertad, independencia y demás pamplinas.
—He madurado —respondió Tristán, conteniendo el asco—. He entendido que, para jugar en esta liga, hay que mover fichas, no emociones.
—Así me gusta —rió Iñaki—. Lo redactaré. Lo tendrás en un par de días.
—No. Para mañana. Quiero que esté firmado antes de la fiesta de compromiso. Tiene que estar impecable. Ni una sola grieta legal. No quiero que mi padre tenga posibilidad alguna de quitarme ni una acción si cambia de humor… o si estalla algún escándalo.
—Déjalo en mis manos. Me pongo con ello ahora mismo.
Tristán se levantó y le tendió la mano, como quien sella un trato. Iñaki la estrechó, satisfecho.
—Sabía que acabarías entrando en razón —le soltó, casi como un elogio.
—Sí —asintió Tristán, mirándole a los ojos—. Lo he pensado mucho… y esta vez, quiero hacerlo bien.
Iñaki había mordido el anzuelo. No sabía que la jugada verdadera aún estaba por revelarse, que las fotos llegarían cuando fuera el momento justo y que su traición sería pagada muy alto.
La segunda parte del plan estaba hecha. Ahora solo faltaba el acto final.
Una fiesta. Una promesa. Una máscara.
La fiesta de compromiso estaba planeada para el sábado por la noche. El jardín de los Ruiz de Con sería decorado con guirnaldas de luces, fuentes de champagne, ramos de flores blancas, música en vivo y la presencia de todo lo que su familia consideraba “decente”: empresarios, políticos, viejos amigos de colegio… y periodistas, muchos periodistas.
Tristán sería el prometido perfecto. El heredero reconciliado. El hombre que, por fin, había sentado cabeza. Sonreiría. Brindaría. Bailaría con Begoña como si no supiera que, unas horas después, ella quedaría expuesta frente a todos. Como si no supiera que ese mismo día estaría abordando un avión privado con destino a México, con las acciones aseguradas, con la libertad legal firmada, con el apellido intacto, pero con el corazón entregado a quien verdaderamente amaba.
Iñaki no sospechaba nada. Su padre tampoco. Begoña… menos.
Tristán tenía todo preparado. Solo quedaba esperar la última pieza: el momento exacto para que las fotos llegaran al lugar correcto, en manos de la persona indicada. Y cuando lo hicieran, el escándalo estallaría con fuerza suficiente para dejar los cimientos de su familia temblando.
Porque si algo había aprendido en esos meses era que a veces, para construir una vida nueva, había que incendiar primero el castillo. Y él estaba a punto de encender la cerilla.
—Nos vemos en la fiesta —murmuró, mientras doblaba con cuidado el sobre que sellaría su libertad.
Y cerró la puerta del despacho con una sonrisa que no llevaba culpa.
Solo destino.