DESPUÉS DEL INCIDENTE EN EL HOSPITAL, Ximena decidió tomarse también el viernes libre. Se quedó en su departamento, descansando, recuperando fuerzas… y tratando de pensar cómo le diría a su padre que estaba embarazada.
Nadie en la familia sabía del divorcio con Tristán. En eso, los Ruiz de Con habían sido tan discretos que, si no fuera porque ella era la divorciada, ni se hubiese enterado. Había justificado la ausencia de Tristán diciendo que él tenía un problema familiar urgente. Lo hizo para darse tiempo, para poder pensar en una excusa razonable, algo que no la condenara del todo.
Pero ahora todo eso quedaba atrás. Ya no se trataba solo de ella, ni de su reputación. Tenía que concentrarse en su bebé. Mientras Tristán conducía por la carretera hacia Cuernavaca, al volante del bocho rojo, con Solovino dormido en el asiento trasero, los pensamientos de ambos giraban en torno a lo mismo: ¿era buena idea dar una noticia tan fuerte? ¿Estaría preparado el corazón de don Francisco para algo así?
Tristán rompió el silencio.
—Paco y yo hemos decidido no hablarle a tu padre de nada del trabajo —dijo, con un tono suave pero firme—. No queremos que se altere más de la cuenta, y ahora mismo no hay motivo para ello.
Ximena lo miró de reojo.
—Me parece bien… Mi padre suele ser controlador y adicto al trabajo. Creo que fue su manera de llevar el duelo de mi madre.
—Sí, conozco a alguien igual —admitió Tristán.
Ximena asintió lentamente, sintiendo el peso de la conversación.
—¿Y si se enoja? ¿Y si no lo toma bien?
—¿Qué?
—Lo del bebé, Tristán. ¿Qué pasa si no lo toma de la manera correcta?
—Entonces nos tocará a nosotros demostrarle que puede confiar en nosotros. Y además, ¿qué padre no se alegraría al saber que va a ser abuelo?
Mena asintió. Tristán tenía razón. ¿Por qué su padre no estaría feliz de que sería abuelo? Sobre todo porque nunca se enteró del divorcio. Si aún creía que seguían juntos… tal vez la noticia le resultara más dulce que amarga.
La calma llegó justo a tiempo, porque Tristán se estacionó frente a la casa.
—De acuerdo… ya encontraremos el momento adecuado para decírselo, ¿vale? —dijo él, tomando aire.
—Sí… —respondió Mena, con una sonrisa temblorosa y el estómago hecho un nudo.
Ambos bajaron del coche, y en cuanto Mena abrió el portón, Solovino salió disparado al jardín, como si también supiera que había regresado a casa.
Desde el fondo, la voz de Montse rompió el ambiente:
—¡Solovino! ¡Sal de ahí!
Paco y ella ya habían llegado. Mena los había olvidado por completo.
—Dios… cuando se entere Montse… —le murmuró a Tristán.
Él la tomó de la mano y, con una sonrisa cómplice, la besó con ternura.
—Es mejor que lo sepan todos. Tranquila, todo irá bien.
—¡Trist! —gritó Montse al verlo, caminando hacia ellos con pasos decididos. Su silueta alta y elegante se destacaba en la luz suave de la mañana—. ¡Qué gusto verte!
—Igualmente, Montse —respondió Tristán, sonriendo mientras le daba un abrazo.
—Necesito que me digas por qué Paco se la pasa de mal humor desde que volvió al trabajo. A ti te veo estupendo.
—Bueno, Paco tiene mucha presión encima. Está tirando de todo él solo. Mejor mímale un poco —dijo Tristán, intentando desviar la conversación con amabilidad.
Pero Montse no se dejó distraer. Volvió la mirada hacia Mena y la escaneó de pies a cabeza, como sólo una hermana podía hacerlo.
—¿Qué tienes? —preguntó con el ceño fruncido.
—¿Cómo que qué? Nada. Estoy cansada, he tenido mucho trabajo —respondió
Mena, cruzándose de brazos con nerviosismo.
—No, no… hay algo más —insistió Montse, dando un paso hacia ella—. No sé qué es, pero estás… diferente. Como… no sé… ¿te pasó algo?
Mena parpadeó, atrapada.
—¿Qué te parece si nos dejas llegar primero? —intervino Tristán con tono desenfadado—. Tenemos prisa por ver a don Francisco.
Montse entrecerró los ojos, claramente intrigada, pero retrocedió con una sonrisa forzada.
—Está en la cocina, sentado en el comedor. Está esperando a que esté la comida.
Ximena le agradeció a Tristán con un apretón de mano y ambos fueron hacia la cocina. Sin embargo, la bievenida no fue lo que ellos esperaban, y no por la actitud, si no por el olor. Rolsava estaba cocinando uno de los platillos favoritos de su padre, caldo de habas.
—¡Hija! —expresó su padre, al verla entrar.
Ximena sonrió, intentando sobrellevar las náuseas que subían desde el estómago como una marea constante.
—Papá… —dijo con ternura, acercándose a él para darle un abrazo—. ¿Cómo te sientes?
—Inútil. Aquí Rosalvita no me deja hacer nada — respondió don Francisco, resoplando con resignación.
—Es que no puedes hacer nada, Francisco —intervino Rosalva desde la mesa, sin apartar la vista del bordado que tenía entre manos. Esperaba a que la comida estuviera lista.
Don Francisco giró hacia Tristán con una sonrisa afable.
—Hijo… ¿cómo va todo en el trabajo?
—Hace tiempo, alguien me dijo que no mezclara nunca el trabajo con la familia —contestó Tristán, devolviendo la sonrisa—. Y pienso cumplirlo.
—No sabes cómo me molesta que me callen con mis propias frases —bromeó don Francisco, soltando una carcajada leve.
Pero mientras los demás reían, Mena cerró los ojos con fuerza. El olor a habas en el aire le revolvía el estómago sin piedad. ¿Desde cuándo olían así? Buscó con desesperación un lugar donde tranquilizarse, mordiéndose el labio para no ceder al malestar.
—¿Qué te pasa? —preguntó Montse, notando el cambio en su rostro—. Estás blanca como una hoja.
—Nada… —musitó Mena, tragando saliva.
—¿Estás bien? —insistió Montse, acercándose.
Mena volteó a ver a Tristán. Él entendió al instante. Ella no iba a aguantar.
Sin decir más, Ximena abrió la puerta que daba hacia la sala y salió corriendo. El baño le quedaba demasiado lejos. El pánico y la urgencia se mezclaron. No encontró otra opción. Se aferró al jarrón chino favorito de Rosalva —ese que siempre decía que había traído de Puebla— y vomitó ahí, con toda la pena del mundo.
—¡Mena! —exclamó don Francisco, intentando incorporarse con preocupación.
—¿Está bien? —preguntó Paco desde las escaleras, alarmado por el alboroto.
—Sí… está bien —respondió Tristán, acercándose a ella con tranquilidad.
—¿Seguro? Porque acaba de devolver en el jarrón de Rosalva —dijo Paco, con el ceño fruncido.
—¿Tan mal huelen las habas? —murmuró Rosalva, escandalizada.
El silencio cayó como una losa sobre la sala. Tristán, ya junto a Mena, le acariciaba la espalda con suavidad, susurrándole algo al oído. Ella respiraba agitada, temblando aún, pero ya más tranquila.
—Mena… —murmuró él, ofreciéndole un pañuelo limpio.
Ximena se limpió la boca con manos temblorosas. Miró alrededor. Las miradas inquisitivas, la preocupación de su padre, la incomodidad, la vergüenza… Y entonces, sin poder contener las lágrimas, lo dijo.
—No son las habas… es que estoy embarazada —confesó con la voz entrecortada. Luego, se llevó ambas manos al rostro y rompió en llanto.
—¡Lo sabía! —gritó Montse, levantando las manos al cielo como si hubiese ganado una apuesta.
—¿Embarazada? —repitió don Francisco, con los ojos brillando—. Mi niña… ¿vas a tener un bebé?
Ximena asintió, aun entre lágrimas. Su padre se puso de pie con esfuerzo, apoyándose en su bastón. Caminó lentamente hasta ella. Tristán se apartó con respeto, dándole espacio.
—Ven acá —susurró don Francisco, abriendo los brazos.
Mena se acercó y se fundió en un abrazo apretado con su padre, como cuando era niña y se le rompía el corazón. Él la sostuvo con ternura y besó su frente con emoción.
—No sabes lo feliz que me haces… —dijo, con la voz rota—. Mi nieto… un pedacito de ti, un pedacito de tu madre… Qué regalo, Mena. Qué regalo me han dado.
Tristán los observó, conmovido, con una mezcla de gratitud y nostalgia en el pecho. Se preguntó qué se sentiría tener un padre que se alegrara por un nieto. Por un momento, se sintió triste, seguro su madre no se sentiría nada feliz, a su papá no le importaría. Pero después vino el abrazo de Rosalva y eso pasó.
—Serás un excelente padre, Tristán —le murmuró.
—Gracias —respondió, y un nudo se le hizo en la garganta.
Ahora la noticia estaba dicha. Los nervios y la ansiedad se habían disipado, dejando espacio para algo nuevo: esperanza.
Un nuevo integrante llegaba a la familia Caballero. Pero para Tristán, no era sólo eso. Era el inicio de algo que durante años había creído imposible: una familia propia. Una vida tejida no desde las apariencias, sino desde el amor.
Por primera vez, sentía que su historia no estaba condenada a repetirse, sino a transformarse. Ese bebé, ese hogar, ese instante… eran el comienzo del legado que alguna vez se prometió construir.
Y esta vez, no lo dejaría escapar.