Días después.
—¡TRISTÁN! —ESCUCHÓ SU NOMBRE EN UN SUSURRO APURADO—. Joven Tristán, ya son las siete de la mañana, tal y como me pidió.
Abrió los ojos lentamente. La habitación seguía a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue que entraba por las rendijas de la persiana. A pesar de la gruesa pijama de franela que llevaba puesta, su cuerpo estaba frío.
—Tristán… —insistió la voz suave de Tita.
—Gracias, Tita —respondió él, aún medio dormido.
—Mi padre ya está preparado para llevarte a donde dijiste —añadió la joven de veinticuatro años desde el otro lado de la puerta.
—Vale, Tita. Dame unos diez minutillos.
Se incorporó con algo de esfuerzo. Como si fuera parte de un ritual íntimo, se acercó al buró, tomó la fotografía (la única) que tenía con Ximena y la besó.
—Buenos días, cariño. He vuelto a soñar contigo —murmuró con melancolía, tomando la Polaroid unos segundos antes de dejarla de nuevo en su sitio.
De pronto, la puerta se abrió con suavidad y Tita entró con pasos silenciosos, cerrando detrás de sí con cuidado.
—Perdona, Tristán, pero tu madre acaba de salir de su habitación y no quería que me viese.
—Tranquila, no pasa nada —dijo él, sin sorprenderse.
Margarita —o Tita, como todos la llamaban— era la hija única de María Julia, su antigua niñera. Habían crecido relativamente juntos, aunque en realidad se llevaban ocho años. Cuando Tristán tenía diez y ella apenas dos, fue cuando ella perdió a su madre.
Cuando supo que, después de la muerte de María Julia, los iban a despedir, Tristán luchó con todas sus fuerzas —las que un niño podía reunir— para evitarlo. Se plantó frente a su padre, escribió cartas, lloró todo lo necesario… Quería que Tita y el padre de ella se quedaran. Y lo logró. Desde entonces, Tita trabajaba en la casa como empleada doméstica y su padre seguía siendo el chofer de la familia Ruiz de Con. Lo mejor que su familia les podía ofrecer.
Tita siempre le había tenido cariño a Tristán, lo que la convirtió pronto en cómplice de sus escapadas y chorradas que hacía. Se podría decir que sólo Tita lo conocía a profundidad, el hombre bueno, sincero y caritativo que podía ser; a pesar de su fama. Por eso no era extraño que ella estuviera involucrada en plan para regresar con Ximena.
—Tu madre está peor que nunca, Tristán —comentó con confianza—. Ayer la oí discutir con tu padre.
—Eso no es ninguna novedad, Tita —respondió él, mientras elegía qué ponerse. Cogió uno de los vaqueros que Ximena le había arreglado y el jersey de punto que ella le había regalado por Navidad; aún conservaba el aroma a lavanda.
—Sí, pero ahora la cosa va a peor. Si ya dormían en habitaciones separadas, ahora tu padre ni siquiera pasa la noche en casa; algo está pasando… —dijo ella con preocupación—. ¿Tú crees que pasa algo? No quiero que nos echen. Estoy pagando los estudios y necesito el dinero.
—Tranquila, Tita. No va a pasar nada. Ya sabes que, si llegara a pasar, yo me encargaré de que termines la carrera.
Tita tenía sueños grandes. Ella no quería ser empleada doméstica toda la vida, así que se había inscrito a la escuela nocturna para poder terminar la escuela primaria, secundaria y el bachillerato. Estaba ahorrando dinero para estudiar la universidad y ser enfermera, ya que el sueño de ser doctora era demasiado para ella.
—¿Estás seguro de que el señor Canarias te va a echar una mano? —preguntó ella, mientras se acercaba a Tristán y le colocaba bien el abrigo.
—Eso espero…
—¿Y por qué tan temprano? ¿No puede verte más tarde, cuando no esté tu madre? —insistió.
—Es un hombre muy ocupado. Además, es la excusa perfecta para largarme de aquí. Así salgo sin que me vean y vuelvo cuando ya haya anochecido. Cuanto menos vea a mi madre y a Begoña, mejor.
—Bueno, tu fiesta de compromiso es este fin de semana… no creo que te queden muchas salidas ya.
—Y para entonces, yo ya estaré bien lejos. Te lo juro por mi vida —respondió Tristán.
Tristán se calzó los zapatos y suspiró. Luego se acercó a la ventana y la abrió de par en par.
—Echa el cerrojo.
—Tristán… —protestó Tita al darse cuenta de que iban a usar la salida por la ventana, esa que Tristán ya tenía más que dominada, pero que a ella no le hacía ninguna gracia… porque odiaba las alturas.
—¡Ándale, Tita! —le pidió, con esa palabra tan mexicana que había aprendido.
—¡Madre mía! —se quejó ella.
Tita puso el seguro de la puerta y, como era costumbre, también atascó la silla del escritorio en la perilla para que no se abriera. Caminó hacia Tristán, que ya tenía medio cuerpo fuera de la ventana, y tomó su mano.
Él comenzó a bajar con cuidado y Tita lo siguió. Cuando ambos tocaron tierra, ella sacó el aire que se había guardado. Ambos caminaron hacia el Mercedes Benz que estaba estacionado en la entrada; Pelayo, el papá de Tita, ya lo esperaba.
—Si mi madre pregunta por mí, le dices que no tienes ni la menor idea de dónde estoy, ¿de acuerdo?
—Vale —respondió ella, sin más remedio.
Tristán se subió al auto y le pidió a Pelayo que lo llevara a la casa de David Canarias Donato. Él obedeció.
A simple vista, podría parecer que Tristán regresó a Ibiza sin un plan, pero, en realidad, lo tenía. Sólo tenía que fingir que estaba volviendo a sus viejas costumbres, mientras en su mente planeaba un movimiento de escape para regresar lo más pronto posible hacia Ximena. Cuando bajó del avión, llegó a su casa y se encerró en su habitación. Su madre ya lo había reñido demasiado, así que ya no hubo interacción; ahora sólo tenía que esperar su fiesta de compromiso, para casarse a principios de marzo.
Su padre, como siempre, no estaba en el mapa. Desde que regresó lo vio una vez y él lo recorrió con la mirada de los pies a la cabeza. Aunque no fue una mirada de desprecio o de pena, fue otro tipo de mirada que no pudo descifrar; en realidad ya no le importaba.
Unos 30 minutos después, el Mercedes Benz se detuvo frente a una casa que parecía más bien una postal. Tristán bajó lentamente, con la chaqueta sobre el brazo y los ojos entrecerrados por el sol de invierno, que en esa isla brillaba sin pedir permiso.
La casa de los Canarias no era la más ostentosa, pero sí una de las más elegantes. Blanca como la sal, de líneas limpias, con ventanas grandes que enmarcaban el azul del cielo y las bugambilias en flor. Tenía ese aire entre moderno y mediterráneo que solo algunas familias sabían conservar sin caer en la pretensión.
Las paredes encaladas reflejaban la luz con una suavidad casi líquida, y una brisa con olor a mar le acarició el rostro apenas puso un pie en la entrada. A dos cuadras, lo sabía, estaba la playa. No necesitaba verla para sentirla: el salitre flotaba en el aire, los pájaros marinos se oían a lo lejos y las palmeras se movían con ese ritmo lento, casi burlón, de los lugares donde la prisa no ha sido invitada.
—Quédate aquí esperándome, Pelayo —le pidió con amabilidad.
Después se bajó del auto y subió los tres escalones del pórtico. Antes de tocar la puerta, se arregló un poco el jersey y un poco el cabello; tocó la puerta con los nudillos y esperó. Momentos después, del otro lado, un niño de unos cinco años abrió la puerta y lo observó de los pies a la cabeza. Lo hizo con seriedad y curiosidad. Tenía el cabello rizado, un poco largo, peinado hacia atrás con tanto gel que parecía un intento desesperado por controlar su rebeldía capilar. Tristán lo reconoció al instante; era David, el hijo de su amigo, pero con la mirada de ella.
David era muy parecido a su fallecida madre, Alegra. Tenía los mismos ojos grandes, expresivos y traviesos. Incluso, esa aura de tranquilidad que se notaba con tan solo verlo.
—Hola, ¿y tú quién eres? —preguntó el niño, con voz clara y una cortesía que delataban las incontables lecciones del tutor privado que su padre había contratado para asegurarle la mejor educación posible.
Tristán sonrió con ternura, sorprendido de lo mucho que había crecido el hijo de su mejor amigo. Parecía que había sido ayer cuando lo vio por primera vez, tan pequeño, envuelto en mantas.
—Me llamo Tristán, soy amigo de tu padre —respondió, agachándose un poco para quedar a su altura.
—Eso no es verdad. Mi padre no tiene amigos… Tristán soltó una risa suave, divertido.
—¿No?
—No.
—Quizá porque es un poco gruñón y ya está mayor — dijo en voz baja, inclinándose un poco más—, pero algunos le tenemos aprecio igualmente.
David sonrió.
—David… te he dicho mil veces que no abras la puerta a— ¿Tristán? —interrumpió David Canarias al llegar al umbral.
—Ha dicho que es amigo tuyo… —respondió David. Tristán y David se abrazaron. Ellos no sólo eran amigos, eran hermanos. Unos que por circunstancias de la vida, se habían separado. De pronto, la vida de David ya no iba con la de Tristán, pero jamás dejaron de quererse. Esta era una amistad de por vida.
—Pensé que te vería en la oficina —dijo al separarse.
—Lo sé, pero me he animado a venir hasta aquí. Es más privado para lo que tengo que contarte —respondió Tristán, serio—. Es bastante importante y no quiero que nadie me vea.
—Vale, pasa, pasa… —le invitó—. David, ve a desayunar, que ya es hora de ir al cole.
—Hasta luego, señor Ruiz de Con —se despidió el niño.
—Llámame Tristán…
—No, mi madre no me deja —respondió el niño con toda seriedad.
Tristán se rió por lo bajo.
—Fátima le ha educado bien —le comentó a su amigo.
—Es una madre estupenda… Cuando termine de arreglarse, igual la ves.
Tristán asintió, y fue entonces cuando, al cruzar el umbral, se permitió mirar con calma el interior de la casa. Era blanca, como dictaban las reglas no escritas de la isla, pero estaba llena de color: no por las paredes ni los techos, sino por los detalles. Cuadros vibrantes con marcos de madera clara, cojines en tonos terracota, azul marino y verde oliva, cerámicas pintadas a mano y cortinas livianas que dejaban entrar la luz como si fueran parte del paisaje.
El espacio olía a flores frescas. No había un solo rincón sin un jarrón, una vasija o una pequeña botella de cristal con algún ramo cuidadosamente colocado: margaritas silvestres, lavanda, tulipanes, girasoles. Todo convivía sin saturación, como si cada flor tuviera su lugar asignado y su propia historia.
En el salón, una alfombra de yute descansaba bajo una mesa baja de madera desgastada, rodeada de sillones blancos con mantas dobladas con pulcritud. En las repisas, libros de arte, fotografía y novelas de tapas gastadas se mezclaban con figuras de cerámica mediterránea y pequeñas conchas traídas del mar.
La casa tenía el alma de Fátima, eso era evidente. Delicada pero firme, sencilla pero llena de vida. Cada objeto parecía elegido con amor, y nada, absolutamente nada, se sentía frío o impuesto.
Tristán se sintió cómodo al instante, como si sus hombros —cargados de semanas de dudas, insomnio y silencios— por fin encontraran un descanso silencioso en la calidez de ese hogar.
Sobre la chimenea, un retrato reciente capturaba la imagen de los tres: David, Fátima y el pequeño David. Sonreían sin rigidez, como si el fotógrafo hubiera llegado en el momento justo, cuando el amor de familia se colaba sin avisar.
Tristán lo miró con una punzada en el pecho. Recordó que la última vez que estuvo ahí, había un retrato diferente: uno de Alegra Bustamante, la primera esposa de David. Nunca supo qué pasó con ese cuadro después de que lo retiraron. Nadie lo dijo, y él nunca preguntó.
Ahora era Fátima quien sonreía desde el centro del marco. La joven esposa de su amigo. Una unión arreglada con los Lafuente que, contra todo pronóstico, había resultado bien. Muy bien. No como lo suyo con Bego, que desde el principio estaba destinado al fracaso.
Observó a su amigo con atención. David Canarias era uno de los pocos hombres que Tristán admiraba. Se había casado por amor, dejado todo por Alegra y, después, con una mezcla de paciencia y coraje, había reconstruido su vida, recuperado su empresa y hecho crecer su nombre. David sabía de comienzos nuevos. Lo entendería. Y no le diría que no.
—Esme, ¿serías tan amable de llevarme el desayuno al despacho, por favor? —pidió David con naturalidad.
—Por supuesto, señor. Ahora mismo se lo llevo — respondió Esmeralda, con esa mezcla de cariño y respeto que solo dan los años.
Tristán observó el intercambio con una ligera sonrisa. Esa casa no solo estaba llena de flores y sol… también estaba llena de lealtades.
—También para el señor Tristán, por favor —dijo David Canarias.
—Bah, si apenas tengo hambre —replicó Tristán mientras se encaminaba al despacho.
—¿Y le vas a hacer ese desplante al colega de toda la vida?
—le soltó David, medio en broma.
La puerta del despacho se abrió y, apenas Tristán cruzó el umbral, el librero repleto de libros fue lo primero que le sorprendió. No porque no esperara encontrar uno —David siempre había sido lector—, sino por la cantidad, el orden y el cariño evidente con el que estaban dispuestos.
El despacho era una extensión perfecta del resto de la casa. Las paredes, encaladas con suavidad, contrastaban con las estanterías de madera clara que cubrían un muro entero, repletas de volúmenes de todos los tamaños, muchos de ellos subrayados, marcados, vividos.
Un par de plantas colgaban de la ventana, enredándose con la luz de la mañana. Sobre el escritorio, de madera maciza, reposaban una vieja máquina de escribir, algunos papeles apilados con descuido elegante y un jarrón pequeño con flores frescas, dalias, probablemente puestas por Fátima esa misma mañana.
El suelo de piedra pulida estaba cubierto con una alfombra de estilo marroquí. Las cortinas eran livianas, apenas tamizaban la luz, que se colaba e iluminaba el ambiente sin estridencias.
Había fotos de Fátima y David, tomadas por un fotógrafo profesional. Las fotos de su hijo, por el contrario, variaban entre lo profesional y lo casero. Una de él vestido de pirata, le hizo reír.
Todo en ese lugar olía a orden, a constancia y a una paz que no era silenciosa, sino bien construida. Con curiosidad, Tristán se acercó al librero y sonrió al reconocer uno de los libros que Ximena tenía también en su librero.
—La muerte de Artemio Cruz, lo leí hace un mes — habló con orgullo contenido—. A Mena le gusta todo lo relacionado con la Revolución mexicana. Lo compré en una librería del centro. Lo dejé allá.
Las últimas palabras se deslizaron con una melancolía suave, como si hablar de ese “allá” lo hiciera más lejano aún. David ya se encontraba sentado en la mesa pequeña y redonda junto a la ventana, esa que siempre usaba para leer con luz natural. A través del vidrio, se veían las copas de los árboles moverse con lentitud y al fondo, apenas, el cielo que anunciaba un día claro.
Tras dos golpes suaves en la puerta, esta se abrió, y Esme entró acompañada por otra joven. Llevaban una bandeja de desayuno con jugo, pan fresco, fruta y café recién hecho. Sin decir mucho, Esme le indicó con la mirada que colocara la bandeja sobre la mesa. La joven obedeció, pero al ver a Tristán, le lanzó una mirada breve, curiosa, y se sonrojó al instante.
—Gracias, Esme —dijo David con amabilidad.
—Con gusto, señor Canarias —respondió ella con una leve sonrisa, y salió, seguida de la joven, cerrando la puerta tras de sí.
Tristán observó la escena con una media sonrisa.
—¿Sigues tomando el café solo? —preguntó David, mientras servía una taza.
—¿Es que hay otra manera decente de tomarlo? Tristán da un sorbo y murmura con melancolía.
—Elíxir.
David puede sentirla. Sabe que el Tristán que está frente a él, no tiene nada que ver con el Tristán que se fue hace meses atrás. Se siente más centrado, más sereno y pensativo. Incluso su vibra es muy diferente. El análisis termina cuando Tristán lo ve a los ojos y le pregunta:
—¿Sabes por qué estoy aquí?
—He oído rumores… —respondió David con calma, sin apartar la vista de la taza de café que sostenía entre las manos.
—Cuéntamelos.
—Que te casaste en Las Vegas. Que te largaste a un país de América para divorciarte de ella —resumió su amigo, sin dramatismos, como quien enumera hechos que no requieren explicación.
Tristán suspiró. Bajó la mirada. Durante un instante, pareció que no iba a decir nada más.
—¿Te dijeron que me enamoré? ¿Y que intenté dejarlo todo por ella? —añadió por fin, en voz baja, como si lo confesara para sí mismo.
David negó con la cabeza.
—Ya sabes que lo importante nunca se dice —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros.
El silencio se instaló entre los dos, cómodo, de esos que solo existen entre amigos de verdad, los que no necesitan llenarlo con tonterías.
—¿Estuviste en la boda de Las Vegas? —preguntó Tristán, con cierta incredulidad.
—Estuve —afirmó David, sin pestañear.
—¿Y por qué no me detuviste?
David alzó por fin la mirada. Mantenía la expresión serena, pero en sus ojos había esa gravedad que sólo dan los años y las cicatrices de las heridas sanadas.
—Porque no era algo que hubiese que detener — respondió—. No fue un capricho. No fue una locura. Fue la primera vez que hacías algo sin la voz de tu madre susurrándote al oído ni la sombra de tu padre pisándote los talones. Y te vi… Tristán, te vi mirarla como quien por fin encuentra un tesoro.
Tristán tragó saliva. Se recostó en el respaldo de la silla.
—Me dijiste algo aquel día. Algo que me empujó a hacerlo.
David asintió.
—Te dije: a veces lo correcto no es lo que esperas… es lo que te sacude. Si algo te remueve el alma, no lo ignores. Puede que no dure para siempre… pero puede cambiarte para siempre.
Tristán cerró los ojos por un momento. Aquella frase le golpeó la cabeza otra vez.
—Y me cambió…
—Lo sé.
—Y luego Iñaki lo arruinó —añadió Tristán, rompiendo el tono íntimo de la conversación—. Me tendió una trampa y después lo ascendieron en la empresa.
—Siempre te dije que Iñaki era un capullo —concluyó David.
Tristán se incorporó, se inclinó hacia delante y le dijo:
—Necesito que me ayudes. Quiero volver. Pero esta vez, sin que mis padres puedan obligarme a regresar.
—¿Y quién te ha dicho que me apetece ayudarte? —dijo David, con una sonrisa ladeada.
—Porque tú sabes lo que es apostarlo todo por amor —dijo Tristán sin titubear—. Sabes lo que es enamorarte de verdad, hasta el punto de cambiar tu vida entera por alguien que no entraba en el guion.
La sonrisa de David se desvaneció.
—Pero me equivoqué con Alegra… y lo sabes.
—No te equivocaste, y tú también lo sabes —insistió Tristán.
—Ella me engañó —dijo David, con un tono más duro—. Y eso la llevó a quitarse la vida.
—Alegra jamás te engañó —replicó Tristán, mirándole a los ojos—. Estoy seguro. Y una mujer no se quita la vida por haber sido “pillada” en un desliz. Cuando alguien llega a ese punto… es porque lleva tiempo rota por dentro. Y eso, David, tú también lo sabes.
—¡Basta, Tristán! —exclamó David, alzando la voz por primera vez. Su expresión era de dolor puro, no de rabia—. No quiero volver a hablar de eso.
Se levantó de golpe y caminó hasta la ventana. Apoyó las manos en el marco, como si necesitase que el aire del mar le sostuviera.
El silencio se prolongó unos segundos, hasta que Tristán habló de nuevo, más bajo, casi suplicante:
—Necesito volver con Ximena.
David no respondió. Seguía de espaldas, mirando al horizonte.
Pero Tristán sabía que lo había oído. Y que, en el fondo, aquella súplica no caía en saco roto. David Canarias siempre había sido su aliado; si tenía que rogar, lo haría.
—Tengo dinero. Vendí mis clubes. Puedo dártelo todo.
Puedo…
—Basta, hermano… no necesito tu dinero —le cortó—. Me ofende.
—¿Entonces?
David se quedó unos segundos más de espaldas, como si el paisaje le diera las palabras que no encontraba dentro de sí. Luego giró lentamente y lo miró. Ahí estaba su mejor amigo. Pero no era el de siempre.
Frente a él ya no estaba el Tristán de las carcajadas fáciles, del sarcasmo afilado, del que siempre tenía una salida ingeniosa o una excusa a mano. No estaba el niño mimado ni el joven de verbo rápido y compromiso nulo. No. Ese Tristán se había quedado en otro lugar, en otro tiempo.
Lo que veía ahora era un hombre.
Uno que había vivido. Que había perdido. Que venía, no a pedir un favor con descaro, sino a negociar su libertad con humildad.
—Te voy a ayudar —aceptó David—. Acepto tu negociación.
—¿Quieres el dinero? —preguntó Tristán, con cautela. David caminó hacia el librero sin decir una palabra.
Tristán lo siguió con la mirada, en silencio, como si algo en su interior supiera que el momento que venía no tendría marcha atrás.
Con movimientos precisos, David retiró un par de libros de la estantería y dejó al descubierto una pequeña caja fuerte empotrada. Movió la combinación con seguridad. Un clic metálico marcó la apertura, y de su interior extrajo un sobre manila, abultado y algo desgastado.
Lo sostuvo entre las manos durante unos segundos.
Luego, sin rodeos, se lo tendió a Tristán.
—¿Y esto qué es? —preguntó él, tomándolo con cautela.
—Con esto, no podrá tocarte. Ni obligarte a volver — David lo miró fijamente, esperando que no abriera el sobre todavía—. Aquí dentro tienes lo necesario para acorralar a tu padre.
Tristán se quedó mirando el sobre unos segundos más. Luego, con un suspiro contenido, deslizó los dedos por el borde y lo abrió. Sacó el primer pliego con manos firmes, aunque por dentro algo le temblaba.
No tardó mucho en aparecer la primera fotografía. Bego.
Con su vestido blanco de lino, el pelo recogido y las gafas oscuras que solía llevar cuando no quería que la reconocieran. Estaba entrando a un restaurante en Madrid. Hasta ahí, nada comprometedor. Pero en la siguiente imagen aparecía su padre. Juntos. A pocos pasos de distancia. Luego, sentados en una mesa apartada, demasiado cerca. Demasiado cómodos. En otra, saliendo de un hotel. En otra más, en la finca familiar, en la zona privada donde ni los empleados solían ir.
Tristán frunció el ceño. Pasó una, dos, tres fotos más. En una de ellas, lo que más le dolió no fue la cercanía, sino ver a la mujer que su madre tanto alababa, engañándolo con su propio padre. A la mujer que insistía en casarse con él como si fuese el amor de su vida.
—¿Pero qué coño es esto? —susurró, sin poder evitarlo.
David lo observaba desde su sitio junto a la ventana, sin moverse.
—¿Por qué tienes esto? —preguntó Tristán, alzando la vista, desconcertado, herido, furioso… pero también fascinado por lo que tenía entre las manos.
David se acercó despacio, sin dramatismo. Se detuvo a medio metro de él, con las manos en los bolsillos y la mirada tranquila, casi clínica.
—Porque siempre he creído en eso de mantener a los amigos cerca… y a los enemigos, aún más —dijo con serenidad—. Y tu padre, Tristán, no es mi amigo.
Tristán lo miró, intentando procesarlo.
—¿Me estás diciendo que has estado vigilando a mi familia?
David esbozó una leve sonrisa, sin rastro de culpa.
—Estoy diciendo que aprendí a no confiar en nadie que pueda comprar lealtades con un apellido. Tu padre lleva años moviendo fichas, cerrando alianzas, construyendo imperios… y destrozando personas. Tener esto no fue por curiosidad. Fue por precaución. Porque el día que se atreviera a tocar a alguien que me importe… yo tendría cómo devolverle el golpe.
Tristán esbozó una sonrisa ante la última frase.
—Aquí encontrarás cartas, fotos, detalles. No sólo de Bego… también de él. Lo suficiente para comprarte la salida y, si sabes jugarlo bien, para poner en duda su lugar en el consejo.
Tristán tragó saliva con el sobre entre las manos. No lo abrió. Sentía el peso de lo que contenía, más allá del papel.
—¿Y por qué me lo das?
—Porque me lo debes —respondió David, directo, sin edulcorar el tono—. Porque yo también tuve que elegir, y sé lo que cuesta. Pero esto no es un regalo. Es un trato.
Tristán lo miró, atento.
—A cambio quiero tu lealtad —continuó David—. No de palabra. De estructura. Quiero que te quedes con las acciones. Que no las vendas, no las cedas, no las dejes.
Eso es lo que espero de ti. Esa es la lealtad que me importa. No necesito que seas fiel a mí. Necesito que estés dentro. Que, cuando esto se mueva, tú tengas un sitio en la mesa.
Tristán frunció el ceño.
—¿Esto es una jugada tuya? David sonrió, apenas.
—Esto es previsión. Y tú no puedes construir una vida nueva deshaciéndote de todo lo antiguo. Hay que soltar lo que duele, sí. Pero no lo que vale.
El sobre temblaba un poco entre las manos de Tristán, aunque él ya no.
—¿Y si me niego?
David lo miró con una calma que imponía más que cualquier amenaza.
—Entonces rompe el sobre. Pero hazlo sabiendo que, sin esto, no hay forma de salir limpio. Y si lo usas… sabrás que estás dentro de algo más grande. Y que un día, cuando yo te llame, vendrás. Sin preguntar.
Lo miró en silencio unos segundos más, como si midiera no solo lo que iba a decir, sino cómo debía decirlo.
—Mira, Tristán… sé lo que estás sintiendo. Ese vértigo. Esa mezcla de miedo y claridad. Yo también estuve ahí. También lo aposté todo por una mujer… y por un futuro que nadie entendía.
Se acercó un poco más y le puso una mano en el hombro.
—Y te quiero, joder. Eres mi hermano, aunque no llevemos la misma sangre. Así que si hay algo que pueda darte para que seas feliz… te lo voy a dar. Porque si tú lo tuviste claro allí, en ese país al que todos te dijeron que no fueras… entonces ya está. Eso me basta.
Tristán apretó los labios, conteniendo más de lo que podía decir. No había muchas personas que le hubieran hablado así. De hecho, quizás, sólo una.
Y estaba justo frente a él.
—Gracias —murmuró, casi sin voz. David asintió.
—No me lo agradezcas ahora. Haz que merezca la pena. Tristán se puso de pie con lentitud, todavía con el sobre en una mano. Lo miró por un momento, como si buscara las palabras correctas, pero no las encontró.
Así que no dijo nada.
Simplemente se acercó y abrazó a David.
Lo hizo sin urgencia, sin ceremonia. No era una despedida, ni un simple gesto de agradecimiento. Fue un “hasta luego”, un gracias de por vida, de esos que se entregan una sola vez y que dicen todo lo que la voz no alcanza.
David no se sorprendió. Correspondió el abrazo con firmeza, como quien también lo necesitaba. No eran hombres de grandes declaraciones, pero sabían lo que significaban esos silencios.
Cuando se separaron, no hizo falta decir más. El trato estaba hecho. Y la lealtad, sellada.
—Un último favor —le pidió Tristán—. Necesito tu avión. Para esto no puedo depender de los horarios de las aerolíneas.
—Dime cuándo lo necesitas.
—El 16 de febrero. Sábado. Lo necesito listo para despegar al anochecer.
—Lo tendrás —afirmó David. Tristán asintió y volvió a abrazarle.
—Seguimos en contacto, hermano.
—¡Faltaría más! —respondió David, notando cómo la nostalgia empezaba a instalarse en el pecho.
Después, lo dejó marchar. Sabiendo, en lo más profundo, que había hecho lo correcto.