Las horas pasaron sin que nadie se diera cuenta. El sol cayó y volvió a levantarse la noche. Ellos seguían aquí. Sin comer, ni sentarse y sin poder parar.
Paciente tras paciente con fiebre, vómito o llanto. Y el mismo olor persistente que se quedaba pegado a la piel. David no tuvo tiempo de pensar, sólo de actuar. Pero en medio del caos no pudo dejar de observarla; a Luz.
Al principio creyó que estaba ahí por el reportaje, por la historia y para tomar fotos inéditas; pero no fue así. La vio de verdad, siguiendo sus instrucciones sin titubear, canalizando con manos firmes, tomando temperaturas con rapidez, preparando inyecciones sin dudar, sin temblar o quejarse. Limpió vómito, sostuvo pacientes, aguanto el olor, el calor, la presión sin perder la calma.
David jamás pensó que esa Luz existía y le gustó. Le gustó mucho. Si ya admiraba esa desbordante pasión y el sentido de aventura que siempre la acompañaba, hoy con su actuar, lo hechizó.
De pronto, la imagen que tenía de ella —necia, sarcástica, impulsiva— no encajaba con lo que acababa de ver. Con esa mujer que no dudaba, con la que se ensuciaba las manos sin pensarlo y la que tenía la ternura para consolar a las madres y pequeños sin romperse.
—Esa mujer es maravillosa —dijo Ulises—. Esa es para casarse.
David no respondió.
—Lástima que lo del matrimonio no sea lo tuyo…—agregó.
David soltó una breve risa, entre todo el caos.
—Ni lo tuyo.
—Yo puedo cambiar por esa mujer… cambio lo que sea, tío.
—Claro, hasta que se te pase…
Ulises lo miró de reojo
—¿Y a ti no?
Esa vez, David no respondió de inmediato, porque no supo qué contestar. Simplemente… continuó con su trabajo.
Las horas pasaron de nuevo sin aviso, pero algo había cambiado. Cuando por fin salió de su turno, ya entrada la noche, no se sentía tan agotado como el día anterior… o al menos, no de la misma forma. El cuerpo seguía cansado, sí, pero la mente estaba en otro lugar.
Quería volver al arroyo, refrescarse y despejarse, pero,antes, tenía que encontrarla. Luz había desaparecido horas antes, enviada por el doctor Solórzano a descansar.
David no tardó mucho en ubicarla. Caminó hacia el comedor y ahí la encontró, de pie, concentrada, frente a una mesa llena de papeles, anotaciones y su equipo. Tenía la libreta abierta donde el bolígrafo se movía con rapidez. No hablaba ni miraba a nadie. Solo trabajaba. Después de la larga jornada, seguía trabajando.
David se quedó a unos metros, observándola. Y, sin darse cuenta… sonrió. Caminó hacia el comedor y de nuevo lo recibieron con una sonrisa.
—Doctor… ¿Ya viene por su cena? Hoy hay frijoles con queso y tortillas de maíz. Hasta mañana nos llega el pollo.
—Me encanta, muchas gracias —respondió David con una sonrisa.
Luz volteó… y lo vio, pero no dijo nada, volvió a lo suyo. Momentos después, sintió su presencia más cerca, demasiado para su gusto. No supo por qué, pero se puso nerviosa.
—¿Currando? —preguntó David, con ese tono ligero que intentaba disimular todo lo demás.
—Sí… —murmuró ella, sin levantar del todo la mirada—. Mi turno no se termina.
David apoyó una mano sobre la mesa, inclinándose ligeramente para ver, y se sorprendió al ver todo lo que había sobre la mesa. Cuadernos llenos de anotaciones, fechas, nombres, fragmentos de entrevistas. Fotografías impresas, algunas ya reveladas, otras marcadas con números de rollo. Imágenes de otros lugares, de otras historias: calles, rostros, manos, miradas. Todo perfectamente organizado.
Su cámara descansaba a un lado, aún con rastros de polvo y humedad. Y en ese momento Luz escribía sobre lo que había pasado ese día. David alcanzó a leer una línea suelta:
“La fiebre no es lo peor. Es la espera.”
Se quedó en silencio.
—No paras… —murmuró.
Luz negó apenas.
—Si paro… se me olvida.
David le tomó la mano. El gesto fue suave pero suficiente y Luz dejó de escribir. El bolígrafo quedó suspendido entre sus dedos, inmóvil, como si por un instante todo lo demás hubiera dejado de importar.
—¿Qué te parece si comemos algo? —murmuró él—. ¿Te parece?
Luz levantó la mirada y sus ojos se reflejaron en los de David. Se vio diferente. Como si el cansancio y las horas sin descanso le hubiesen dado otra mirada diferente. Ya no era con deseo o picardía, era algo más que le gustó.
—Está bien —respondió.
David y Luz se sentaron en una mesa cercana y comenzaron a comer en silencio.
Los frijoles con tortillas y salsa verde a Luz le supieron a caviar… y a David, al mejor manjar que había probado en mucho tiempo.
—Hoy… te has lucido, Luz —dijo David.
Luz bajó la mirada al plato, removiendo un poco los frijoles antes de responder.
—Tú también… —murmuró—. No cabe duda de que eres un gran médico.
David acercó la mano a su frente y la tocó.
—¿Qué? —preguntó Luz, sorprendida.
—No tienes fiebre… —murmuró él—. Pensé que estabas delirando. Porque, mira, decir cosas buenas de mí…
Luz soltó una risa, negando con la cabeza.
—Ya, basta…
—Es verdad, me preocupas —insistió él—. Dos cumplidos en tan poco tiempo… pensé que era algo más grave.
Luz lo miró con una sonrisa ladeada.
—Tal vez… es el efecto Canarias… —dijo, coqueta.
David alzó una ceja.
—Cuidado… te dije que eso era contagioso.
—No te emociones… —respondió ella—. A mí me da en dosis muy pequeñas.
David sonrió. El silencio tomó el espacio por unos segundos, pero de nuevo David habló.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
Luz sonrió, bajando la mirada al plato.
—Mi nina… Montse —respondió—. Tiene una casa de descanso en Cuernavaca. Es bastante conocida.
Dejó la cuchara sobre el plato, pensativa.
—Una de las razones por las que me mudé a México fue por mi abuela Rosalva. Le dio diabetes.
David la escuchó en silencio.
—Mi nina Montse la llevó a su casa de descanso —continuó—. Y yo iba a verla… a cuidarla. —Hizo una pequeña pausa—.Ahí fue donde aprendí. —Levantó la mirada hacia él—. A inyectar… a canalizar… a tomar la temperatura… lo básico. —Se encogió de hombros—.Nada profesional… pero suficiente para ayudar. Íbamos mi prima, Ana Francisca, y yo. Nos turnábamos. A veces pasábamos horas ahí… días enteros.
David la observó con más atención.
—Mi nina era estricta… —añadió Luz, con una leve sonrisa—. No te dejaba hacer nada a medias.
—Se nota… —contestó él.
—Mi padre dice que tengo corazón de enfermera… y que debería estudiar —comentó Luz—. Pero no. La fotografía y los reportajes son lo mío.
Se encogió de hombros, con una media sonrisa.
—Así que… soy una fotógrafa que sabe canalizar e inyectarte.
David alzó una ceja, divertido.
—Y patear traseros.
Luz soltó una pequeña risa.
—Eso va incluido en el paquete. —Se apoyó un poco en la mesa, mirándolo con calma—. Como ves… no la tengo fácil. It’s a man’s world.
David la observó un segundo más.
—Hoy me has dejado impresionado, Luz. Te lo digo en serio. Jamás había conocido a una mujer como tú.
Luz alzó una ceja, sin dejarse llevar del todo.
—Bueno… es que no te das mucho tiempo de conocer a las demás…
David soltó una risa breve.
—¡Ah! Ya ha vuelto la Luz que conozco.
—No es mentira lo que digo. Y lo sabes… —respondió ella, mirándolo directo.
David dejó escapar el aire, apoyando los codos sobre la mesa.
—Puede ser… —admitió—. Pero eso no cambia lo otro.
Luz no respondió de inmediato.
—¿Lo otro?
David la sostuvo con la mirada.
—Que no hay otra como tú.
Luz se sonrojó.
—Tus tácticas de conquista no funcionan conmigo.
—Y aun así te has sonrojado… efecto Canarias.
Luz tomó un sorbo de café, intentando disimular.
—No es eso…
David sonrió, sin creérselo del todo.
—Hoy impresionaste a Solórzano —continuó él—. Le hablé de tu reportaje… de cómo puedes ayudarnos.
Luz levantó la mirada, atenta.
—Y me autorizó a ser tu contacto. Mañana —solo mañana— puedes entrar como reportera. Hacer fotos… documentar…
No terminó la frase, porque Luz ya estaba de pie. Y al siguiente segundo… se lanzó hacia él. David casi pierde el equilibrio con la silla, pero reaccionó a tiempo, aferrándose a ella mientras la envolvía con los brazos.
El abrazo fue fuerte, real. El aroma a lavanda la envolvió… y, por un instante, todo se detuvo. David cerró los ojos apenas sintiéndose reconfortado. Como si, después de todo el caos, el cansancio y el peso del día hubieran encontrado un lugar seguro. No había palabnras, porque no hacían falta; todo lo que se podía decir se quedó ahí.
Luz se separó apenas… y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, gracias, gracias… —dijo, sin poder contener la sonrisa—. No sabes lo feliz que me siento.
David la miró, todavía sorprendido… pero sonriendo.
—Con la condición de que me hagas caso… y no te separes.
Luz asintió sin dudar.
—No lo haré. —Hizo una pequeña pausa, sosteniendo su mirada—.Nunca me separaré de ti… lo juro.
David arqueó una ceja, divertido.
—Y que me lleves a la playa…
Luz soltó una risa.
—¡Te llevo donde quieras!
El momento se quedó suspendido entre ellos. Luz lo miró, de verdad. Sus ojos recorrieron el rostro de David con una calma nueva, distinta. La luz tenue marcaba sus facciones: la barba ligeramente desordenada, la línea firme de su mandíbula, el cabello cayendo con descuido sobre la frente. No era perfecto… pero tenía algo que atrapaba.
Algo que no se explicaba. Su mano aún descansaba sobre su pecho— firme, cálido, real —y por un segundo no quiso apartarla.
David la sintió y no se movió ni un centímetro. Sus ojos bajaron apenas, deteniéndose en sus labios, suaves, entreabiertos, como si estuvieran a punto de decir algo… o de hacer algo.
Memorizó su rostro.
La forma en que la luz tocaba su piel, la curva de sus mejillas, la intensidad de su mirada. Luz no era delicada… era intensa, apasionada, aguerrida y eso lo desarmaba más que cualquier otra cosa.
El aire entre ellos cambió. Se volvió más lento y denso. Las ganas estaban ahí. Claras. De acercarse y cruzar la línea.
David inclinó apenas el rostro y Luz no retrocedió. El subió su mano y acarició su mejilla.
—Tienes mirada de mar… —murmuró.
Sus labios se acercaron pero antes de que se besaran una voz los interrumpió.
—¡Doctorcito!
La voz de la señora del comedor rompió el momento como un golpe seco. Ambos reaccionaron al instante. Luz retiró la mano y David se enderezó. La distancia volvió demsaiado rápido y ella volvió a su lugar.
—Se le va a enfriar la comida —añadió la mujer, sin notar lo que acababa de interrumpir.
—Sí… gracias —respondió David, aclarando la voz.
Luz desvió la mirada, acomodándose el cabello con un gesto innecesario. Ninguno dijo nada, pero ambos sabían…que estuvieron demasiado cerca.
7 respuestas
Simplemente hermosos estos 5 capítulos ,eres genial Ana Martinez
Aaaaaaaa esperare ansiosa los otros capítulos
Maravilloso me leí los 5 de jalón, el efecto canarias, al inicio sentí el cambio después me fue atrapando y la sentí como historia nueva .
Me alegra que te haya gustado.
Me imagino encanta esta pareja esa química que derraman.
ayyyyyy doña!!!!! le hubiera dicho de la comida, despues de que se besaran ajajajaajajajjaja, mal momento llego jajajaja
Nooooooo señora!!!!! No podía esperarse unos minutitos?!?!?!?!
Mi corazón no podía con la tensión y viene usted a interrumpir?!?
PD.: Ana, esta nueva versión está buenísima!