El camión se detuvo con un golpe seco. El polvo se levantó de inmediato, cubriendo el aire como una neblina espesa.
Habían llegado.
Frente a ellos se extendía una comunidad golpeada por el abandono: casas de madera y lámina, algunas apenas sostenidas por tablas mal clavadas; caminos de tierra convertidos en lodo seco; ropa colgada entre postes improvisados. El calor era sofocante, pegajoso, y el zumbido constante de los mosquitos parecía envolverlo todo.
La “clínica” era poco más que una construcción adaptada: una casa amplia con lonas extendidas para dar sombra, mesas plegables convertidas en camillas y cajas de medicamentos apiladas en una esquina.
Y gente. Mucha gente. Madres con niños en brazos, ancianos sentados en sillas de plástico. Personas sudorosas, con la piel pálida, esperando.
Esperando algo.
—¡Ya llegaron! —gritó alguien.
Y entonces todo se movió. La gente comenzó a acercarse, a hablar al mismo tiempo, a pedir ayuda.
—Doctor, mi hijo lleva tres días con fiebre…
—Se me desmayó esta mañana…
—No deja de vomitar…
El caos era inmediato.
David bajó del camión y, por un segundo… se quedó inmóvil. No por falta de preparación, sino por la magnitud.
Ulises ya estaba abriendo una de las cajas.
—Venga, Canarias…
David reaccionó.
—Sí. Vamos.
A unos metros, Luz también había bajado. Su cámara colgaba, pero no la levantó de inmediato. Porque lo que tenía enfrente… no era fácil de mirar.
Un niño, de no más de cinco años, estaba acostado sobre una mesa improvisada. Su madre le sostenía la mano, llorando en silencio. Su piel estaba caliente, sus labios secos.
Otro niño, más pequeño, estaba envuelto en una sábana blanca a un costado. Demasiado quieto. Luz sintió que el aire le faltaba por un segundo. Ahí estaba la realidad que buscaba documentar. Pero una cosa era buscarla… Y otra, verla de frente.
David se acercó a ella sin decir nada y le extendió un frasco pequeño y un cubrebocas.
—Ponte esto —indicó, serio—. Y usa repelente. Aquí no es opcional.
Y antes de que ella pudiera reaccionar, David sacó un repelente y comenzó a untarle en los brazos y en el rostro.
Luz lo miró, aún impactada… Pero asintió.
—Si te sientes mal, vienes directo a mí —le dijo, mirándola con seriedad—. Los síntomas del dengue son claros: fiebre alta repentina, dolor intenso de cabeza, dolor detrás de los ojos, dolores musculares y articulares —como si te rompieran los huesos—, náuseas, vómito y mucho cansancio.
Hizo una breve pausa, asegurándose de que lo estuviera escuchando.
—También pueden aparecer sarpullido o manchas en la piel… y en los casos más graves, sangrados —añadió—. Si sientes algo de eso, no lo ignores. Vienes conmigo. Sin discutir.
—Sí, sí… —Luz tomó lo que le ofrecía sin insistir.
David sostuvo su mirada un segundo más.
—Cuídate, Lucito… —murmuró.
Y entonces se alejó. Se arremangó la camisa, tomó guantes… Y entró en acción.
—¡Necesito una vía aquí! —ordenó, acercándose al niño—. ¿Cuánto tiempo lleva con fiebre?
—Tres días… —respondió la madre, con la voz rota.
Luz lo observó.
El mismo hombre que hace unas horas discutía, provocaba y sonreía con arrogancia… Había desaparecido. En su lugar… estaba el médico. El que no dudaba ni temblaba. El que hacía lo que tenía que hacer.
Luz levantó la cámara y sin dudar un segundo… disparó. Porque esa historia… tenía que ser contada.
***
El tiempo corrió demasiado rápido para todos.
David y los demás doctores no se detuvieron ni un segundo. Paciente tras paciente. Fiebre tras fiebre. Sueros colgando de estructuras improvisadas, manos temblando, madres suplicando.
Cuando la noche cayó… casi no se dieron cuenta. Fue el cansancio el que les recordó que el día había terminado. Y entonces, la realidad les golpeó de frente.
—¿Cuántos van? —preguntó Solórzano, quitándose los guantes.
Uno de los médicos revisó las hojas manchadas de sudor y tierra.
—Más de ciento veinte pacientes atendidos… solo hoy.
David cerró los ojos un segundo.
—¿Graves? —le preguntó el doctor.
—Unos treinta con signos de alarma… y al menos diez con sospecha de dengue hemorrágico —respondió David.
El silencio se hizo pesado.
—¿Y…? —insistió Solórzano.
David dudó un instante antes de responder.
—Tres fallecimientos… dos niños —dijo.
El aire se volvió denso.
—Ni hablar… —respondió Solórzano—. Canarias… vete a descansar. Buen trabajo hoy.
—Pero… —intentó protestar David, pero Solórzano negó con la cabeza.
—Ya has currado bastante por hoy… vete a descansar. El turno de noche lo cubre otro. Mañana, tempranito.
David asintió y le dio una palmada en la espalda a Hernández, el médico militar con el que había hecho equipo.
—Buen trabajo —le dijo.
—Gracias, doctor Canarias.
David salió de la clínica improvisada y caminó unos metros, alejándose del ruido, de las voces, de los lamentos que parecían quedarse pegados en las paredes de lona.
Se quitó el cubrebocas y respiró hondo. El aire caliente le golpeó el rostro y entró a sus pulmones con fuerza, cargado de humedad, sal y ese olor persistente a tierra, sudor y enfermedad.
Tenía la piel pegajosa, cubierta de sudor. El cabello húmedo, desordenado. Las manos aún olían a desinfectante, mezclado con el repelente que parecía haberse impregnado en todo su cuerpo.
Siguió caminando hasta que llegó al comedor comunitario.
Era una cancha adaptada con mesas y sillas plegables, lo suficientemente alejada del caos como para ofrecer un respiro… aunque no del todo de la realidad. Las luces colgaban de cables improvisados, demasiado brillantes para la noche, y varias ollas enormes burbujeaban sobre fogones, soltando un aroma a caldo caliente que contrastaba con todo lo que había dejado atrás.
A David le rugió el estómago. No se había dado cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Se pasó una mano por la nuca, agotado… y entonces la vio.
Luz estaba sentada en una de las mesas. Viva. Bien. Riendo. El sonido le resultó extraño después de todo lo que habían vivido ese día. Estaba junto a Ulises, que ya había salido a su descanso hacía un rato. Él hablaba animado, seguramente diciendo alguna tontería, y Luz… se reía sin reservas.
David se quedó observando un segundo más y, sin pensarlo demasiado… se acercó.
—Así que aquí estás… —interrumpió el momento.
Luz alzó la vista. Estaba sudorosa, con el plato vacío y las botas llenas de tierra.
—Estaba hablando con Luz. Al parecer, ha tenido un día muy interesante. Pero siéntate, tío, y que te pongan un caldo de gallina… Está de puta madre.
—No es por interrumpir el momento… pero creo que deberías volver a la clínica para el turno de noche… ale, ale… —dijo, haciendo un gesto con la mano para que se levantara de la silla y poder sentarse él.
—Joder, tío… que lo tengo en el plato… —le murmuró Ulises.
David soltó una risa corta, negando con la cabeza.
—Ni lo intentes, Ulises… esa liga está fuera de tu categoría.
—¿Ah, sí? ¿Y tú desde cuándo decides eso?
David se encogió de hombros, con media sonrisa.
—Desde que vi al otro… y, créeme, te lleva ventaja.
Ulises chasqueó la lengua.
—Pues ahora me interesa más.
—Claro, cómo no… —murmuró David—. Ve, inténtalo… y luego vienes a contarme cómo te fue.
—Igual y cae…
—Igual y te estrella contra una pared —remató David, divertido.
En ese momento, una voz se coló detrás de ellos:
—Confirmo… —dijo Luz, interrumpiéndolos—. Y no tendría ni un poquito de remordimiento.
Ulises se quedó en silencio. David sonrió.
—Un placer, Luz.
—Igual… Uli —contestó, con una sonrisa.
David se sentó al lado de Luz y soltó un suspiro largo. El cansancio le caía encima como un peso imposible de ignorar.
—¿Día pesado? —preguntó ella, tomando su cámara y revisando el lente.
—No tenéis ni idea… —respondió él, pasándose una mano por la cara—. Aunque parece que alguien sí ha tenido tiempo de socializar.
Luz ni siquiera lo miró.
—Mira, David… estoy muy cansada. No quiero discutir. —Hizo una pausa, bajando la cámara—. Tengo cosas más importantes de las que preocuparme.
—Doctor… —se escuchó la voz de una señora que enseguida le acercó un plato con el caldo aún burbujeante.
—Gracias… —respondió David con una sonrisa cansada, pero encantadora.
—Le pusimos una pieza de pollo extra… —dijo ella, guiñándole un ojo—. Un hombre como usted tiene que mantenerse fuerte… y guapo.
David bajó la mirada al plato, esbozando una sonrisa, y luego volvió a verla.
—Entonces lo voy a disfrutar el doble… no todos los días me consienten así.
La señora soltó una risita, llevándose la mano al pecho.
—Ay, doctorcito… usted sí sabe decir las cosas.
—Solo cuando me tratan bien —respondió él, con ese tono suave que parecía hecho para provocar.
—Pues entonces le voy a servir más seguido —replicó ella, divertida.
—Cuidado… que me malacostumbro —remató David.
—¡Doctorcito! —rio ella, negando con la cabeza antes de irse.
David se quedó sonriendo un segundo más hasta que volteó y sintió la mirada de Luz, quién alzó la ceja mientras negaba con la cabeza.
—¿Qué? —preguntó él, llevándose la cuchara a la boca.
—Nada… —respondió ella—. Solo confirmo mi teoría.
David arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—Que eres incorregible.
Él sonrió, sin inmutarse.
—Es el efecto Canarias, cariño. Es inevitable.
Luz soltó una risa breve, incrédula.
—Supongo que a cada una nos pega diferente… —Lo miró directo a los ojos—. Porque a mí me da náuseas.
David dejó la cuchara en el plato y la miró con calma, evaluándola.
—Todo efecto tiene diferentes reacciones… —murmuró—. Al parecer, a ti te da náusea selectiva. Es… asombroso.
Luz frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Sí —continuó él, tranquilo—. Tal vez el efecto Canarias te pega diferente, pero no pasa nada… porque no interfiere con tu capacidad de observarme fijamente ni de responderme cada vez que hablo.
Luz lo miró, ofendida… y atrapada.
—No te estoy mirando.
—Negación del paciente —añadió él, asintiendo—. Interesante.
—¡No soy tu paciente!
—Irritabilidad aguda —remató—. Otro síntoma nuevo.
David se inclinó un poco hacia ella y, sin pedir permiso, colocó el dorso de su mano sobre su frente.
—Mmm… temperatura ligeramente elevada —murmuró—. Voy a tener que estudiarte de cerca. Es fascinante lo que puede hacer el efecto Canarias.
Luz apartó su mano de inmediato.
—Eres insoportable.
David sonrió, sin moverse.
—Pero te divierto… ¿A que sí?
Luz intentó sostener la mirada… pero una leve sonrisa se le escapó.
David retomó la cuchara y probó el caldo. Cerró los ojos un segundo.
—Madre mía… esto está increíble.
Luego la miró de nuevo. Se encontró con la mirada de Luz sobre él.
—¿Tus padres saben que estás aquí? ¿En medio de una pandemia de dengue?
Luz se encogió ligeramente de hombros.
—Mis padres saben que estoy bien… Manuel sabe que estoy en medio de una pandemia de dengue.
—Vaya…
—¿Y los tuyos? ¿Saben que estás aquí?
David sostuvo su mirada un segundo más.
—Mis padres saben que es mi trabajo… y que mi trabajo implica riesgos.
Luz asintió, sin suavizar el tono.
—El mío también implica riesgos. Sé que piensas que no debería estar aquí… pero es mi trabajo también —habló con firmeza—.
Hizo una breve pausa, pero no bajó la intensidad.
—Mi trabajo es informar todo lo que está pasando, para que México y el mundo sepan que hay comunidades infestadas de dengue… y que no tienen acceso a los servicios de salud pública tan fácilmente.
Lo miró directo a los ojos.
—¿Sabes acaso dónde estás? ¿Sabes cuánto tuvo que caminar doña Clemencia con su nieto para poder recibir atención médica en San Mateo del Mar?
Señaló con la mirada hacia la señora que les había servido el caldo.
—Horas.
Su voz bajó.
—¿Sabes lo que les cuesta darte este plato de caldo con tortillas como agradecimiento por venir? Tal vez tuvieron que matar a los únicos pollos que tenían para subsistir, o las reservas que tiene para ellos.
David no respondió. Luz se acercó más.
—¿Sabes si tienen acceso a agua potable? ¿A una vivienda digna?
Negó con la cabeza.
—No. No lo sabes.
Y entonces remató, sin perder la calma:
—Pero no te preocupes, Canarias… que yo estoy aquí para hacer mi trabajo.
El silencio cayó entre ellos. Estaban demasiado cerca, más de lo necesario. David podía sentir el calor de su piel, ver el brillo en sus ojos, la intensidad con la que hablaba… esa pasión que no era solo discurso, sino fuego real.
Y, por un segundo… todo desapareció —el ruido, la gente, la misión— solo quedó ella. Su voz, su fuerza y unas ganas casi irrebatibles de besarla.
David apretó la mandíbula para contenerse. Porque sabía que, si cruzaba esa línea, no habría vuelta atrás.
—Dime… ¿Cómo es adentro? —preguntó Luz, rompiendo la tensión.
—¿Cómo?
—En la clínica… ¿Qué pasa adentro? —insistió—. Los militares no me dejan pasar. Solo quieren darme información, pero no es real… es controlada. No quieren que la población entre en pánico, pero es inevitable. Ya ha habido otros brotes de dengue en otras partes del país. En las ciudades es más fácil el acceso a medicinas, pero aquí… —lo miró con intensidad— dime.
David bajó la cuchara lentamente. Notó la libreta en sus manos —lista, preparada, profesional —La miró un segundo más… y luego negó apenas.
—Aquí no… vamos a otro lado.
Luz arqueó una ceja.
—Guau… Hay costumbres que no cambian, ¿eh? Todavía te da pena que te vean conmigo en público.
David frunció ligeramente el ceño.
—No… yo… nunca me ha dado pena. ¿Qué te hizo pensar eso?
Luz sostuvo su mirada.
—Hay cosas que no se olvidan, Canarias.
Se puso de pie, tomando su bolsa. Pero David la detuvo suavemente del brazo.
—Lo digo porque, si me ven pasándote información… puedo meterme en problemas. Es mi trabajo —aclaró, más serio—. Venga…
Luz se sentó.
—¿En qué momento pensaste que me daba pena que me vieran contigo? Eso no es cierto.
Luz no dudó.
—Eso no es lo que le dijiste a Marion…
El nombre cayó como un golpe seco. David se quedó en silencio un instante. Marion. La chica francesa de intercambio en Ibiza, unos años mayor que Luz, pero que se había hecho su amiga.
Recordó la fiesta, las risas y él diciendo algo que nunca debió decir. También recordó que a partir de ese instante la actitud de Luz cambió y que las tardes de comida familiar cambiaron por completo.
Tragó saliva.
—Era un crío, Luz… —murmuró al fin, más bajo—. No lo dije en serio, yo solo quería… bueno, era guapa —admitió, encogiéndose ligeramente de hombros.
Luz sonrió, pero no con dulzura.
—Supongo que el efecto Canarias no me va… —contestó.
David se acercó otra vez, acortando la distancia.
—Jamás me ha dado pena. Jamás —repitió—. Creo que me das más miedo que pena.
Luz arqueó una ceja.
—¿Miedo?
—Todavía recuerdo la paliza que le pusiste a Jacobo… ¿Te acuerdas? El que molestaba a tu hermana.
Luz soltó una risa al instante.
—Dos semanas suspendida… mi padre furioso… y mi maestro de defensa personal obligándome a reflexionar sobre mis actos —negó con la cabeza—. Pero Jacobo no volvió a acercarse a Julie.
David sonrió, recordándolo.
—Yo solo pensaba: “Jamás me voy a meter con Luz, patea traseros”.
Luz inclinó la cabeza, divertida.
—Me gusta… Luz patea traseros.
Lo miró con una chispa distinta en los ojos.
Después bajó la mirada.
—En fin… me tengo que ir. Debo buscar dónde me quedaré a dormir.
—¿Cómo? —David frunció el ceño—. ¿No tienes dónde dormir?
—No. Desventajas del trabajo.
David dudó un segundo. Tragó saliva.
—Si quieres… puedes quedarte conmigo.
Luz abrió los ojos.
—Tengo un cuarto pequeño, con una cama y una hamaca. Tú duermes en la cama, yo en la hamaca o… bueno —se encogió de hombros— iba a compartirlo con mi compañero, pero va de regreso a San Mateo del Mar… no aguantó estar aquí.
Luz suspiró, dudando. David la observó un segundo más, entendiendo lo que no estaba diciendo.
—Jamás haría nada que te pusiera en riesgo o en una situación que…
—Nunca he pensado eso… David —respondió seria.
—Si crees que va a haber habladurías por mi fama… —añadió, más serio— es un riesgo que tendrás que decidir si tomas o no.
Luz levantó la mirada y la sostuvo. Luego, lentamente… volvió a sentarse.
—Aquí nadie sabe nada de eso —dijo con calma. Hizo una pequeña pausa—Aquí solo hay una periodista… y un doctor.
—Ulises… lo sabe.
Luz ladeó la cabeza, pensativa.
—Ulises no cuenta…
—Y tu novio… ¿No se enojará?
Luz levantó la ceja.
—Come… que ya tengo sueño.
***
El cuarto era pequeño.
Una cama, una hamaca colgada en la esquina y un ventilador que apenas movía el aire caliente. No había mucho más. El espacio era tan reducido que compartirlo no era una opción… era lo único que había.
Al llegar, Luz dejó su mochila en el suelo.
—Duerme en la cama, yo en la hamaca.
—Luz… —intentó él.
—Los doctores deben descansar más que los reporteros —lo cortó—. Además, no hay manera de que quepas ahí sin que termines en el suelo.
David la miró un segundo… y no discutió.
Se quitó los zapatos, se dejó caer sobre la cama aún vestido y soltó el aire, sintiendo por primera vez en el día el peso real del cansancio.
Luz se acomodó en la hamaca, que crujió suavemente bajo su peso. Ajustó su chamarra como almohada improvisada y miró al techo; la luz de la luna se colaba entre algunas grietas.
—Buenas noches, Canarias…
—Buenas noches, Lucito…
El silencio llenó el cuarto.
Afuera, los sonidos de la noche no se detenían: insectos, murmullos lejanos, algún llanto que todavía no encontraba descanso.
Adentro… solo respiraciones cansadas. Y dos personas que, después de años sin coincidir… habían terminado compartiendo el mismo espacio. Demasiado cerca. Mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para admitir.
7 respuestas
Me encanta ❤️❤️
Que Lindos ❤️👋❤️
Me gusta ambos me encantan
Ay Canarias está perdido!!!
Quedé muy sorprendida con este nuevo inicio y todos los sentimientos que transmite. Definitivamente me encanta ❤️
Me alegra que te guste.
wow, me encanta ver esta nueva Luz, que es mas energica, al igual que David, me encanta su manera de ser, de como saca de sus casillas a Luz, sin perder su toque. Estan a prueba de fuego, a que cualquiera se puede quemar.