-México 2002, Puerto Escondido- 

David estaba lejos de casa. Muy lejos.

Y, sin embargo, el país en el que se encontraba no le resultaba del todo ajeno. Ya había estado ahí antes, en distintas etapas de su vida: cuando tenía seis años, luego a los diez y más tarde a los doce. En aquel entonces, todo había sido distinto. Viajes breves, acompañando a su familia, sin más preocupación que descubrir un lugar nuevo. Pero esta vez no era un visitante. Esta vez estaba ahí como médico.

El dengue lo había traído de vuelta a México. Un brote creciente había encendido las alertas sanitarias y el país había solicitado apoyo internacional para contener la enfermedad. La cooperación médica no tardó en movilizarse, y David formaba parte del equipo enviado para atender a los pacientes y reforzar los esfuerzos locales.

Tampoco era su primera misión.

Había participado en varias antes, aunque ninguna como aquella. Recordaba especialmente su paso por Extremadura, a finales de los noventa, donde colaboró en brigadas médicas rurales que recorrían pequeños pueblos con acceso limitado a servicios de salud. Ahí aprendió a improvisar, a escuchar más de lo que hablaba y a tratar pacientes con lo mínimo.

Después vino Andalucía, en el año 2000, donde trabajó en programas de atención primaria enfocados en comunidades migrantes temporales. Jornadas largas, calor sofocante y la sensación constante de que nunca era suficiente.

Y más tarde, una experiencia que lo marcó especialmente: su colaboración en centros de acogida en Madrid, atendiendo a población vulnerable en situaciones límite. No era una guerra, pero tampoco era fácil. Había historias que se quedaban con él mucho después de terminar cada turno.

Sin embargo, esta misión se sentía distinta, y no sabía exactamente por qué. Tal vez era el lugar. Era una zona costera de Oaxaca, lejos del ruido de la ciudad, donde el tiempo parecía avanzar con otro tipo de lógica, donde predominaban los caminos de terracería, casas de techo de lámina y madera y clínicas improvisadas que apenas resistían el calor húmedo del Pacífico.

El aire era denso, salado, cargado de ese olor a mar mezclado con tierra mojada. Las palmeras se mecían con un viento constante que no lograba refrescar del todo, y el sonido de los insectos zumbaba en sus oídos sin parar. 

O quizá… era el hecho de que no había llegado ahí por casualidad. El doctor Solórzano lo había elegido personalmente para acompañarlo. Entre tantos médicos y residentes, había puesto los ojos en él.

—A ti te gusta el trabajo social, Canarias. Y tienes experiencia —le había dicho—. Además, eres uno de los talentos más prometedores de la pediatría.

Y desde entonces, David no sabía si sentirse orgulloso… o presionado.

—Muy bien, hemos llegado —la voz del médico militar lo sacó de su reflexión.

David parpadeó, regresando de golpe al presente.

El camión se detuvo frente a un pequeño pueblo. Una iglesia blanca, con la pintura desgastada por el sol, dominaba la plaza central. Alrededor, el movimiento era constante: camiones con los motores encendidos, personal médico bajando equipo, soldados organizando rutas. Y, al fondo, se escuchaban discusiones acaloradas que rompían la aparente calma del lugar.

—En veinte minutos definiremos las misiones y nos separaremos en grupos —continuó el militar.

David tomó su mochila y bajó del camión, sintiendo de inmediato el golpe del calor húmedo.

—Vienes conmigo, Canarias —le dijo el doctor Solórzano, sin detenerse, mientras avanzaba entre el bullicio.

—Claro —respondió, ajustándose la correa al hombro.

—¿Qué se siente al ser el consentido del profesor? —se burló Ulises, su mejor amigo, bajando detrás de él.

David esbozó una media sonrisa.

—Cállate… —murmuró.

Ulises iba a responder algo más cuando un alboroto cercano captó su atención.

—No pueden impedirnos el acceso. La gente tiene derecho a saber lo que está pasando —se escuchó una voz firme, clara, que destacaba entre las demás.

David giró ligeramente el rostro.

Un grupo de periodistas discutía con uno de los coordinadores militares. Cámaras colgadas al cuello, libretas en mano, insistían en avanzar hacia las zonas más afectadas. Pero entre todos ellos, hubo una voz que se imponía.

Ella.

Estaba de pie, un poco más adelante que los demás, con una seguridad que no parecía negociable. Llevaba el cabello recogido de forma práctica, la ropa ligera pero funcional, y una cámara colgando a un costado. No gritaba… pero tampoco cedía.

—Tenemos derecho de ir en esos camiones con los doctores para documentar lo que sucede —insistió, cruzándose de brazos.

—¿Tienen derecho? Señorita… —¿Quién lo dice? —preguntó el militar, notablemente más alto que ella, mirándola con incredulidad.

Luz sostuvo su mirada, sin retroceder un solo paso.

—Lo dice la gente que está allá afuera —respondió con firmeza—. La misma gente que ustedes están tratando de ayudar. Si nadie cuenta lo que está pasando, entonces no existe. Y si no existe… nadie más va a venir a ayudar.

Hubo un breve silencio.

—No estoy aquí para estorbarles —añadió, bajando apenas el tono, pero sin perder fuerza—. Estoy aquí para que su trabajo no se quede en el olvido.

—Esa periodista es de armas tomar —comentó Ulises en voz baja, con una mezcla de sorpresa y diversión.

—Ya te digo… —respondió David, con una leve sonrisa.

—¿Sabe lo que es el dengue, señorita? —preguntó el militar—. Se transmite a través de un mosquito. Si la pica, puede enfermarse. No queremos un paciente más de los que ya tenemos…

Ella arqueó apenas una ceja, como si la advertencia le resultara más predecible que intimidante.

—Sí, lo sé —respondió con calma—. También sé que no se transmite de persona a persona, así que no voy a poner en riesgo a nadie más que a mí.

El militar frunció el ceño.

—Y, con todo respeto —añadió ella, acomodándose la cámara—, si el problema es ese, entonces lo que necesitan no es menos gente entrando… sino más información saliendo. Porque el dengue no se controla escondiéndolo.

Hubo un silencio incómodo.

—Yo decido correr ese riesgo —concluyó—. La pregunta es si ustedes están dispuestos a dejar que el resto del país entienda lo que está pasando aquí.

—Uhhhhh… —corearon algunos militares en tono burlón.

Ella cerró el puño con fuerza. Odiaba ese tipo de reacción. Estaba a punto de responder cuando una voz intervino:

—Yo me hago responsable de ella.

La joven alzó la vista de inmediato… y abrió los ojos al reconocerlo.

—¿Cómo? —preguntó el militar, girándose hacia David.

—Yo me hago responsable de ella —repitió, firme—. Si la señorita se pone enferma, será responsabilidad mía.

—¡Ese, Canarias! No pierdes una oportunidad —se burló Ulises por lo bajo.

Luz negó ligeramente, aún mirándolo.

—No, gracias…

David esbozó una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.

—Es lo que hay, Ruiz de Con… tú sabrás.

El nombre quedó suspendido en el aire.

El militar entrecerró los ojos, confundido.

—¿La conoce?

—No… —contestó Luz. 

—Sí… —respondió él al mismo tiempo. 

El silencio que siguió fue incómodo.

—¿No o sí? —insistió el militar, mirando de uno a otro.

David soltó una leve risa, sin apartar la mirada de ella.

—Digamos que… nos conocemos lo suficiente como para entendernos.

Luz lo sostuvo un segundo más, evaluándolo.

—Ya le digo, doctorcito —intervino el militar con tono burlón—. Esta mujer es una piedra en el zapato. Si la dejo ir con ustedes, será una tortura… a menos que sepa cómo domarla.

Luz apretó la mano con fuerza. Por un segundo, la idea de darle una bofetada cruzó su mente… pero se contuvo.

—Justo como te gustan, Canarias… las difíciles —añadió Ulises, divertido.

David ni siquiera volteó a verlo.

—¿Qué dices? —le preguntó a Luz.

Ella suspiró, rendida… pero no vencida.

—Vamos.

—Uhhhhhhh… —se escuchó de nuevo la burla colectiva.

Sin mirar atrás, Luz cruzó el cerco del militar y avanzó hacia el doctor Solórzano.

David caminó tras ella.

—De nada… —murmuró en voz baja. 

Luz se detuvo en seco y giró apenas el rostro.

—¿Y qué tengo que agradecerte, David? Ahora todos van a pensar que quiero algo contigo.

—¿Cómo? —replicó él, alcanzándola con una sonrisa divertida—. Tienes suerte de que haya llegado. Si no, no te subes a ese camión ni de broma.

Ella rodó los ojos, retomando el paso.

—No quiero que tus amigos piensen que soy una más de tus… picaflorcitas.

David soltó una carcajada.

—¿Mis qué?

—Ya sabes —respondió sin mirarlo—. De esas que recoges en un bar y olvidas al día siguiente.

Él ladeó la cabeza, siguiéndole el ritmo.

—Vaya concepto tienes de mí.

—¿Me equivoco? —disparó ella, directa.

David sonrió apenas, con ese aire confiado que lo caracterizaba.

—No todavía.

Luz estuvo a punto de sonreír.

Sin embargo, su expresión cambió.

A lo lejos, un grupo de doctores —los mismos que venían con Canarias— los observaban con evidente interés, algunos incluso con sonrisas burlonas. No necesitó escuchar nada para entender lo que estaban pensando.

Volvió a mirarlo a los ojos. Esta vez, sin rastro de duda.

—Lo siento… voy a tener que poner un límite.

—¿Un límite? —repitió David, confundido.

No alcanzó a reaccionar.

El sonido seco de la bofetada rompió el aire.

—Joder… —se quejó, llevándose la mano al rostro.

Luz lo miró con una firmeza que no admitía réplica.

—¡Cerdo! —gritó.

David la observó, aún procesando el golpe, pero ella no le dio tiempo. Se dio media vuelta y caminó alejándose de él, sin mirar atrás.

—¡Hostia, Canarias! —la voz de Ulises no tardó en aparecer, cargada de risa—. Te han bajado del pedestal en tiempo récord.

David soltó el aire, sin apartar la vista de la figura de Luz alejándose.

—Cállate…

—No, no, no —insistió Ulises, acercándose con una sonrisa burlona—. “El próximo talento en pediatría”… y te dejan con la cara marcada en la primera misión. Prometedor, ¿eh?

David negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una media sonrisa se le escapara.

***

Una hora después, los camiones volvieron a encender motores. El aire vibraba con el ruido constante, mientras los doctores terminaban de acomodar cajas, mochilas y equipo médico.

—Muy bien, doctores —indicó el coordinador militar—. Cuando lleguemos a San Mateo del Mar, nos separaremos en dos grupos. Unos se irán hacia la franja costera, con el doctor Solórzano. Los otros tomarán la ruta hacia la sierra, con el doctor Camarena.

Hizo una pausa, asegurándose de tener la atención de todos.

—Espero que lleven todo lo necesario, porque no tendrán oportunidad de bajar en dos semanas, hasta que subamos víveres y medicinas. ¿Queda claro?

—Sí… —respondieron al unísono.

David estaba sentado junto a Ulises en uno de los asientos del camión, con el codo apoyado en la ventana. Afuera, el polvo se levantaba con cada movimiento.

Luz aún no subía. Tal vez sus esfuerzos habían sido en vano. Tal vez la bofetada… las miradas… las burlas… habían sido suficientes para hacerla desistir. O tal vez… ella lo había arruinado. La idea de que Luz estuviera en la cárcel por haber bofeteado a un militar le pasó por la cabeza. 

—¿De dónde conoces a esta florecilla? —preguntó Ulises, inclinándose hacia él, claramente interesado.

David no respondió, porque justo en ese momento… la vio.

Luz subió al camión con una mochila grande a la espalda y una bolsa que parecía ir llena de equipo. No dudaba. No miraba atrás. Solo avanzaba.

—Va bajo su propio riesgo… —escuchó David decir al doctor Solórzano.

Luz asintió, firme, y buscó un lugar donde sentarse.

David la siguió con la mirada un segundo más.

—No es una florecilla… —respondió al fin, sin apartar la vista—.

Ulises arqueó una ceja.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es?

David apoyó la cabeza contra el respaldo, como si esa respuesta pesara más de lo que debería.

—Es la hija mayor del mejor amigo y socio de mi papá…

El motor rugió con más fuerza y el camión arrancó. En ese instante, David supo que lo complicado de la misión no sería por el dengue… sino por ella, porque Luz Ruiz de Con no era una mujer cualquiera, era un recuerdo pendiente que, al parecer, acababa de subirse al mismo camión que él.

 

9 respuestas

  1. Awwwwwww me muero de emoción 🤩🤩🤩. Que excelente reinicio de esta historia, no cabe duda que está nueva edición viene con muchas ganas de capturarnos.

    Luz siempre tan determinada y clara en sus ideas. David, un médico capaz y dedicado que, aunque picaflor, sabe que con ella no puede.

    Amo la idea de ellos juntos 💖

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