DESPUÉS DE UN DESPERTAR DISTINTO, DE probar un café delicioso y compartir carcajadas con una mujer que, hasta hace unas horas, era prácticamente una desconocida, Tristán regresó a su hotel sintiéndose… diferente. Y no en el sentido de estar ebrio o drogado. No. Se sentía feliz. Extrañamente feliz.

Lo primero que hizo al llegar fue quitarse la ropa, entrar al baño de estilo colonial —uno de los lujos del hotel— y dejar que el agua caliente lo envolviera en una ducha larga y reparadora. Necesitaba sacarse de encima no solo el cansancio y el sudor, sino también esa sensación de suciedad física y emocional que arrastraba desde la noche anterior. Aún no comprendía cómo Ximena no le hizo ningún comentario sobre su aspecto ni sobre su aliento. Si Begoña hubiese estado en su lugar, ya lo habría regañado, llorado y declarado una vergüenza pública.

Pero Ximena no. Ella simplemente le ofreció café, rió con él, y sin proponérselo, le regaló una de las imágenes más hermosas que Tristán había visto en su vida: una mujer de ojos sinceros, piel con aroma a lavanda y sonrisa sin dobleces. Ella, cantando al ritmo de la canción, sintiéndola en el alma. Como si cada palabra de Perfidia la atravesara por dentro, sin necesidad de interpretación ni dramatismo. Sólo ella, la voz bajita, el cabello recogido a la ligera y un camisón negro que dejaba entrever una intimidad sin artificios. Como si el mundo, en ese instante, se hubiese detenido para que él pudiera observarla de verdad.

Cerró los ojos bajo la lluvia tibia de la regadera y se permitió volver a ese momento. No entendía cómo había  terminado ahí, con ella, pero por alguna razón, lo agradecía.

El agua le resbalaba por la nuca, por los hombros, llevándose la pesadez de días anteriores, pero no ese recuerdo. Ese se le quedó prendido en la piel. Porque no era una imagen de deseo —aunque también lo había—, era algo más. Algo más peligroso. Más profundo. Como si en el corazón del caos que había sido esa semana, Ximena se hubiera colado en su historia sin pedir permiso.

Y eso lo descolocaba. Porque Tristán no era de quedarse. Él era el que firmaba papeles, sobornaba, el que se disculpaba con una sonrisa, el que decía esto no es para tanto y salía ileso. Pero ahora, bajo el agua, con los labios aún calientes del café sin azúcar y la canción rondándole en la cabeza, no podía evitar preguntarse si ahora él lograría salir ileso de la situación.

Al salir, se secó con calma y comenzó a arreglarse frente al espejo. Mientras peinaba su cabello, recordó su discusión absurda con Ximena sobre su costumbre de repetir frases en forma de pregunta.

—Claro que no convierto todo en pregunta —dijo en voz baja, sonriendo frente a su reflejo.

El momento de reflexión terminó cuando el teléfono de la habitación sonó. Tristán lo miró con desconfianza —pocas personas sabían que estaba ahí—, pero finalmente descolgó.

—¿Diga?

—¿Señor, Ruiz de Con? —dijo una voz masculina, cortés pero algo apresurada.

—Sí, él habla.

—Le habla de recepción. Su llamada internacional ya está enlazada. La central la liberó hace unos minutos. Enseguida se la paso.

Cierto, la llamada, pensó.

—Gracias —respondió, justo antes de que la línea hiciera un clic suave, seguido del leve zumbido que precedía una voz conocida.

Entonces una voz conocida se escuchó al otro lado de la línea. Era Iñaki.

—¿Tristán? —preguntó.

—No digas mi nombre a voces, hombre. Que no quiero que sepan que estás hablando conmigo.

—¿¡Estás en México!? —soltó Iñaki, impactado—. Cuando me dijeron que la llamada venía de allí, me quedé loco. ¿La has encontrado?

—Sí, la he encontrado —respondió Tristán con firmeza, apoyando el codo en la mesa del tocador del hotel, aún con el teléfono en la mano.

Hubo una breve pausa al otro lado, hasta que la voz de Iñaki rompió el silencio con su típico tono curioso:

—¿Y?

Tristán sonrió, como si la imagen de ella apareciera nítida ante sus ojos.

—Es preciosa. Guapísima —confesó, dejando que las palabras se le escaparan con asombro—. Ahora entiendo por qué me casé con ella en Las Vegas.

Y entonces, sin que Iñaki dijera nada más, empezó a describirla. No podía evitarlo.

—Tiene unos ojos… —Tristán cerró los suyos, como si así pudiera verlos mejor—. Oscuros, grandes… son como un torbellino. Te miran directo, sin rodeos. Como si te vieran por dentro y no les diera miedo lo que encuentren. Y su risa… joder, su risa es escandalosa y libre, como si no tuviera que dar explicaciones a nadie.

Se echó hacia atrás en el asiento, con la mirada perdida.

—Lleva el pelo largo, negro como la tinta, pero se lo recoge sin pensarlo, con cualquier goma que pille. Y se  mueve con una seguridad… no es que quiera ser sensual, es que simplemente lo es. Ligera, firme, natural. Como si no supiera el efecto que tiene… o le diera igual. Y su voz… canta mientras hace café. Sin darse importancia, como si con eso ya bastara para que todo tenga sentido.

Hubo un silencio. Al otro lado de la línea, Iñaki no soltaba prenda. Y Tristán, en el fondo, no esperaba respuesta. Estaba hablando más para sí mismo que para su amigo.

—Una pena que te vayas a divorciar —acabó soltando Iñaki, con ese tono resignado tan suyo—. Por cierto, tu madre anda preguntando por ti. Pensé que ya la habías llamado.

—¿Desde cuándo llamo yo primero a mi madre, eh? —respondió Tristán, con una sonrisa cansada.

—Ahora que me llamas, le puedo decir que estás en México.

—Ni se te ocurra. Ni se te pase por la cabeza, ¿me oyes? Sigue diciendo que no tienes ni idea de dónde estoy. He tomado todas las precauciones para que no sepa cuál ha sido mi destino final. Si pregunta… me he esfumado. Total, ya debería estar acostumbrada.

—Pero tío, ¿por qué? —insistió Iñaki, sin entender del todo—. Que Bego te está esperando, macho. Tu madre y ella se han ido a París a mirar lo del vestido de novia.

—No me sueltes eso… ¿vale? —respondió Tristán, con un tono entre irritado y cansado.

—Te lo digo porque, en teoría, estás allí para divorciarte de la tal Ximena. Pero por cómo hablas de ella… parece otra cosa.

—Solo la describo como es —contestó Tristán, bajando un poco la voz—. Mira, Iñaki… no le digas a mi madre dónde estoy. Ni se te ocurra. Como se entere, pilla el primer vuelo, se planta aquí y lo manda todo a la mierda. Y lo poco que  estoy intentando hacer bien… se acabó.

—¿Hacer bien? ¿Pero qué estás haciendo, tronco?

—Resolver esto. A mi manera —dijo con firmeza—. Por una vez. Sin que nadie me diga qué hacer, ni cómo, ni con quién. La he liado yo, ¿vale? Pues yo me encargo de arreglarla.

—¿Y cómo piensas arreglarla? ¿Con flores y canciones? ¿Llevándola a un desayuno romántico mientras le pides el divorcio?

Tristán soltó un suspiro y se pasó la mano por la nuca.

—No lo sé, tío. Solo sé que quiero entender qué pasó. Quiero conocerla… aunque sea un par de días. Es divertida, es distinta. Me descoloca. Y si tengo que firmar el divorcio, al menos quiero saber con quién. No quiero que esto acabe siendo un “ni me acuerdo de su nombre”.

Iñaki guardó silencio unos segundos.

—Tristán, fue una coña. Un desliz. Como siempre. Tú haces estas cosas… pero luego tienes que salir del lío.

—Ya lo sé —admitió sin discutir—. Y saldré. Solo… déjame un poco de margen. No me juzgues por querer disfrutar un poco del caos antes de ponerle fin.

—Te conozco, y sé cuándo te estás metiendo hasta el fondo. No la líes, ¿vale?

Tristán soltó una risa corta, medio nostálgica.

—Tranquilo, lo tengo controlado… más o menos. Pero necesito que me cubras, como siempre. ¿Sí? No digas nada. Ni a mi madre. Y mucho menos a Bego. Este follón me lo apaño yo. Te lo juro.

—Tú siempre me metes en unos berenjenales… —refunfuñó Iñaki, aunque ya sabía que no se iba a negar—. Venga, va. Tu secreto está a salvo conmigo.

—Gracias, tío. Eres el único que no entra en pánico con mis cagadas.

—No te flipes… entro en pánico, pero ya es rutina.

Tristán sonrió con sinceridad. Luego bajó la voz, como si lo que iba a decir le pesara más de la cuenta.

—¿Y… mi padre? ¿Ha preguntado por mí?

Hubo una pausa.

—No. Solo sabe que te has ido de viaje.

Tristán apretó los labios. Sintió una punzada en el pecho. Le dolió, sí, pero solo unos segundos. Respiró hondo, como si el aire pudiera limpiarle la tristeza.

—Vale… gracias por decírmelo.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí. Estoy bien. De hecho… tengo que colgar. Ximena debe de estar a punto de llegar —dijo, con un brillo repentino en la voz.

—Ya estás otra vez… —murmuró Iñaki.

—Cuídate, ¿vale? Y recuerda: si mi madre pregunta, tú no sabes nada. Ni una palabra. Como digas algo… me llevo a Ximena a Ibiza a vivir conmigo.

—¡No me jodas!

—Hasta luego, hermano —se despidió Tristán, divertido, y colgó antes de oír la queja final de Iñaki.

***

El despertar de Ximena esa mañana fue distinto. Y tenía nombre y apellido: Tristán Ruíz de Con.

Ese español alto, guapo, gallardo… y algo atolondrado que, de forma insólita, se había colado en su vida. O mejor dicho, había regresado a ella como una mala —o buena— broma del destino.

Aún no entendía por qué se había casado en Las Vegas. Sí, era evidente que fue inocente y pensó que las bodas eran de broma, pero también debió ser uno de esos impulsos que se disparan como un resorte cuando la vida pesa demasiado. Cuando necesitas recordar que estás viva, que puedes decidir sin pedir permiso. Un impulso que hoy tenía nombre, rostro… y planes de divorcio.

Pero también tenía una voz que la hizo reír, unos ojos que no miraban como los de los demás, y una presencia que, por alguna razón que aún no se explicaba, no le resultaba ajena.

Como si Tristán no fuera un completo desconocido, sino alguien que su alma hubiera encontrado antes. En otra vida, en otro cuerpo, en otro error.

Después de una mañana movida en casa, entre café, fruta y pensamientos cruzados, Ximena llegó a su taller solo para enfrentarse al ineludible interrogatorio de Martita, que con su característico tono inquisitivo, una mirada que no dejaba pasar una, y esa intuición que a veces rayaba en brujería, Martita la bombardeo con preguntas:

 —¿Quién es el güero? ¿Cómo lo conociste? ¿De dónde salió? ¿Qué hacía vestido así? ¿Por qué parecía que venía de una novela? ¿Qué fue eso de que te vas a divorciar?

Ximena apenas salió viva —y a tiempo— de la insistencia de su asistente, Martita. Resistió el interrogatorio con respuestas evasivas, excusas poco convincentes y uno que otro cambio de tema descarado. No mintió… del todo. Pero tampoco dijo la verdad. Y aunque logró zafarse con una sonrisa nerviosa y un “luego te cuento”, no se hacía ilusiones: Martita no tardaría en atar cabos. La conocía demasiado bien.

A las doce en punto, Ximena cerró el taller y caminó rumbo a su departamento. Subió las escaleras con prisa, se arregló frente al espejo lo justo —un poco de delineador, un toque de perfume, y ese recogido informal que parecía casual, pero que tomaba varios intentos—. Después bajó  al estacionamiento donde pagaba su pensión mensual y se subió a su vocho rojo, su viejo pero leal compañero de aventuras por la ciudad.

Esa vez, no usaría el transporte público. No tenía ni paciencia ni tiempo para empujones, cambios de ruta o miradas indiscretas. La cita con su tío Juan exigía puntualidad, y además… no quería que Tristán llegara con esa pinta de “extranjero extraviado” sin que ella estuviera presente. Así que prefirió la comodidad y libertad del auto. Encendió el motor, encendió la radio —una canción de animada sonaba de fondo—, y se incorporó al tráfico con rumbo al centro.

Llegó rápido. El lugar donde vivía no quedaba lejos del Gran Hotel de la Ciudad de México. Estacionó el vocho donde pudo, y caminó hacia la entrada principal. Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en el contexto de Tristán. Era evidente que tenía dinero, pero… ¿cuánto? También estaba claro que era un hombre educado, sofisticado, y que, para colmo, era muy —muy— guapo… y lo sabía.

Así que me casé con un hombre rico, guapo y español, pensó divertida mientras cruzaba la imponente entrada del hotel. Ni en las novelas tienen tanta suerte como yo.

El majestuoso vitral del recibidor la detuvo por unos segundos. Los colores danzaban con la luz del mediodía, proyectando figuras sobre el mármol del piso. La arquitectura del lugar era una joya, un reflejo del lujo de antaño que Tristán parecía encarnar con naturalidad. A simple vista, ese nivel de vida no era una excepción para él. Su mirada se perdió entre las formas y combinaciones de color. Sin querer, su mente comenzó a maquinar ideas para un nuevo vestido inspirado en el diseño del vitral.

—¿Puedo ayudarle? —la interrumpió una voz.

Ximena parpadeó, saliendo de su ensueño. Giró hacia el  recepcionista.

—¿Perdón?

—Que si puedo ayudarle —repitió él, con amabilidad profesional.

—Ah, sí. Busco a Tristán. Tristán Ruiz de Con —respondió, recordando su nombre completo.

—Un momento —dijo, tomando el teléfono para marcar. Pasaron apenas unos segundos antes de que volviera a hablarle—. El señor Ruiz de Con ha autorizado su entrada. Puede subir a su habitación.

—¿Subir? ¿Para qué o qué? —preguntó Ximena, frunciendo el ceño con desconfianza.

—No lo sé, señorita. Solo transmito el mensaje.

¿No puede bajar él? pensó, suspirando. Pero luego lo recordó: ese era Tristán. Claro que no bajaría. Así que se resignó.

—Está bien —aceptó, y el recepcionista le indicó el número de habitación.

Con una sonrisa forzada y pasos medidos, caminó hacia el elevador. Saludó con cortesía al elevadorista, un hombre mayor vestido con un uniforme impecable, negro con botones dorados. Él solo respondió con un leve asentimiento.

—Todo es tan colorido aquí —intentó romper el hielo, pero el hombre no respondió.

—Este es su nivel —dijo, cuando las puertas se abrieron.

—Gra… —alcanzó a decir, pero él cerró la puerta con un movimiento automático.

—Se nota que ama su trabajo —murmuró Ximena, sarcástica, mientras avanzaba por el largo corredor alfombrado.

Cada paso la acercaba a Tristán, y con él, a una realidad que aún se sentía surreal. Frente a la puerta de su habitación,  hizo una pausa.

—Bien, Mena, tienes todo —se dijo, metiendo la mano en su bolso para hacer un inventario táctil—. Tijeras, silbato… valor.

Sabía que sonaba exagerado. Después de todo, él ya había dormido en su casa. Pero una nunca terminaba de conocer a las personas. Podría haber fingido todo. Cuando se sintió lista, tocó la puerta.

Minutos después, Tristán abrió. Y lo hizo con una sonrisa amplia y deslumbrante, tan perfectamente ensayada que parecía sacada de una portada de revista. Sus dientes blancos y derechos contrastaban con su traje azul marino de rayas finas, hecho a la medida, que caía sobre su cuerpo como si lo hubieran cosido directamente sobre su piel. La corbata azul oscuro, los zapatos perfectamente lustrados, el peinado pulcro y la barba cuidadosamente recortada completaban el cuadro. Y, por supuesto, el aroma de su colonia —sutil, elegante, cara— invadió el aire entre ellos.

—Bienvenida, Ximena Caballero —murmuró con ese acento castizo que, para su desgracia, ya le empezaba a gustar demasiado.

Ximena dio un par de pasos al frente y al entrar, se detuvo con la boca entreabierta.

—¡Guau! —fue lo único que logró decir.

Tristán sonrió, satisfecho.

—Bonita, ¿a que sí? —comentó, acercándose hasta quedar muy cerca de ella—. Nunca había estado en Ciudad de México. Había visto fotos de Acapulco, pero esto… esto es otra historia. Más bonito, pero también más caótico —añadió, pronunciando la última palabra peligrosamente cerca de su oído.

—Sí, todos vienen a Acapulco. No es mi lugar favorito de México.

—¿Ah, no? ¿Y cuál es?

—Puerto Vallarta. Es más tranquilo, más auténtico. Si pudiera, me mudaría allá. Acapulco es fiesta y lujo, pero yo… no soy de fiesta.

—¡Anda ya! —rió Tristán—. Lo dice una que se casó conmigo en Las Vegas, la meca de la juerga.

—Sí, pero me conociste en la barra del hotel, Tristán. No estaba bailando en una disco ni tirando billetes en una ruleta —respondió, mientras se alejaba un poco para mirar la habitación y calmar los nervios—. ¿Para qué me hiciste subir?

—Solo quería que vieras lo que te estás perdiendo —contestó él, con voz tranquila y una ceja ligeramente alzada.

Ximena se giró con lentitud, como si necesitara tiempo para procesar lo que acababa de escuchar. Pero lo entendió de inmediato. Tristán no hablaba de la vista panorámica, ni de la decoración impecable de la habitación. No. Hablaba de sí mismo.

Él, recargado casualmente contra el buró, la observaba con esa mezcla de seguridad y picardía que podía desarmar a cualquiera. Sus ojos cafés oscuros la escaneaban, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por su mente. La sonrisa ladeada, la postura relajada, el traje hecho a medida… todo en él parecía cuidadosamente diseñado para provocar.

—Ya la vi. ¿Nos vamos? —dijo Ximena, con la mirada fija en la ventana.

—También quería decirte que ha sido un honor ser tu marido durante un mes. Creo que va a ser uno de mis mejores matrimonios —comentó Tristán mientras cogía la cartera del buró con total naturalidad.

Ximena parpadeó. ¿Mejores matrimonios? ¿Cuántos tenía pensados este hombre? Prefirió no indagar. No quería  regalarle el placer de una reacción. Tomó aire, lo observó de pies a cabeza con ese mismo gesto inquisitivo que había aprendido de su madre, y frunció el ceño.

Se volvió de espaldas, sacó las llaves de su bolsa y suspiró. ¿De verdad vas a divorciarte del hombre más guapo y ridículamente perfecto que has conocido? pensó, pero no lo dijo. No lo permitiría.

—También fue un honor haber estado casada contigo, Tristán —añadió, con una media sonrisa que no supo si era de nostalgia o de alivio.

Se encaminaron juntos hacia la puerta.

—Vamos —concluyó ella—. Es hora de divorciarnos.

Y mientras salían del cuarto, hubo un silencio breve, cargado de algo que ninguno de los dos supo nombrar todavía.

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