Distrito Federal, México

Finales de octubre de 1979

—TE VES DIVINA —DIJO LA MADRE DE LA CLIENTA, sin poder contener su entusiasmo mientras observaba cómo su hija se probaba el vestido de novia que Ximena Caballero había confeccionado con urgencia. La prisa tenía nombre y forma: un embarazo avanzado que debía disimularse con gracia y dignidad—. ¿No se ve divina? —añadió, girándose hacia Ximena con insistencia.

Ximena alzó la vista desde su labor y la observó a través del espejo.

—Se ve preciosa —respondió con serenidad, mientras ajustaba con destreza un pliegue en la falda del vestido para evitar tropiezos el día de la ceremonia.

—Además, cubre el embarazo por completo. Nadie notará nada —agregó la madre, visiblemente satisfecha.

En ese instante, el rostro de la joven, de apenas diecisiete años, se tensó. El comentario le dolía más de lo que dejaba entrever.

—¡Qué bien te las arreglas, Ximena!

—Solo hago mi trabajo —dijo la modista, retomando la costura con manos firmes. Luego se volvió hacia la muchacha—. ¿A ti te gusta?

—Bueno… —murmuró ella, visiblemente incómoda. No hacía falta que dijera más; Ximena ya sabía que no podía ser del todo honesta frente a su madre.

—Nada de “bueno” —intervino la mujer, con tono severo—. Después de que tu padre aceptara la boda, a pesar de que te comiste la torta antes del recreo, deberías estar agradecida, mijita.

La joven bajó la mirada y luego la alzó de nuevo hacia Ximena. Apenas salía de la adolescencia. Ximena le devolvió una sonrisa tenue.

—Me gusta mucho. Gracias —dijo con una amabilidad forzada, acariciando el vientre con delicadeza.

Qué difícil debe ser casarse así, pensó Ximena, mientras sus dedos recorrían la tela. No sabía si ella misma sería capaz de soportar una vida impuesta, construida desde la presión familiar y no desde el amor.

—¿Todo bien, Ximena? —preguntó la madre, quizás intuyendo que el rostro de la modista había revelado algo más de lo debido.

—Sí, todo bien —respondió—. Solo pensaba que este será el último ajuste para la longitud del vestido. El ancho se puede modificar fácilmente gracias a los lazos que coloqué, así que no tendrás problema conforme crezca el vientre.

La joven sonrió, aliviada. Aunque Ximena intuía que ese no era el vestido que la muchacha habría soñado, al menos tendría uno. En la mayoría de los casos que llegaban a sus manos, los padres de las criaturas ni siquiera respondían. Las chicas eran abandonadas, dejadas a su suerte como madres solteras.

En un descuido de la madre, Ximena le preguntó qué tipo de vestido habría querido realmente, y la joven respondió: “con mangas largas y abullonadas”. Ximena, sin decir más, lo incluyó en el diseño.

—Las mangas le darán ese toque estilo princesa que mencionaste —le dijo, mientras hacía un nudo en uno de  los lazos.

—Muchas gracias, Ximena. ¡Eres la mejor! Socorro tenía razón: eres muy cuidadosa y detallista —dijo la joven con una sonrisa genuina.

—De nada —respondió ella, tendiéndole la mano para ayudarla a bajar del pequeño tapanco—. ¿Ya sabes qué es?

—Sí, es un niño. Se llamará Francisco.

—Justo como mi hermano —comentó Ximena, con una sonrisa nostálgica.

—Así se llama el padre. Francisco Eduardo —aclaró la joven.

—Francisco Eduardo… —repitió Ximena, disimulando una sonrisa ante el nombre tan propio de una telenovela.

—Mijita, apúrale que tenemos que ir a ver los zapatos —interrumpió la madre, impaciente.

La joven asintió y se dirigió al cambiador. Ximena comenzó a recoger los materiales e instrumentos utilizados mientras la madre inspeccionaba los velos que colgaban en los maniquíes.

—Gracias, Ximena, por salvarnos. Nadie quiso hacer un vestido tan rápido como tú. Sí que eres buena.

—No hay de qué. Esto es lo que me gusta hacer —respondió con amabilidad.

Ximena Caballero Sandoval tenía veinticinco años y era dueña de un pequeño taller de vestidos de novia en la famosa Calle de las Novias de la Ciudad de México. Desde niña, amaba la costura, su madre le enseñó. A los diez años ya diseñaba ropa para sus muñecas. A los quince copiaba patrones de las revistas que le llegaban por correo. No había duda: al terminar la preparatoria, estudiaría diseño de modas.

Su elección fueron los vestidos de novia. Para Ximena, no había un día más especial para una mujer —al menos  no en la cultura que la rodeaba— que el día de su boda. Quería que cada mujer tuviera un vestido que la hiciera sentir única.

A los diecisiete años, comenzó a cursar un diplomado técnico en diseño de modas en la Casa de Francia, y aprovechó que su tía Lucha tenía un local vacío en la Calle de las Novias para abrir su primer taller. El boca a boca hizo el resto. Para los veinticinco, ya tenía una clientela fiel, la mayoría gracias a recomendaciones.

Pero Ximena soñaba con más. Quería lanzar su propia marca, ver sus vestidos en pasarelas, en revistas, en escaparates internacionales. Aún no lo lograba. El sueño seguía siendo eso: papel y trazos. Aunque, para ser justos, sus vestidos ya eran su marca. Cada puntada llevaba su nombre.

La joven salió del probador y entregó el vestido a Martita, la asistente de Ximena. Tenía cuarenta y cinco años, un cuerpo robusto, manos curtidas, piel morena y un aire coqueto y maternal. Tía Lucha pidió a Ximena que le diera trabajo cuando su hijo se fue a los Estados Unidos y la dejó sola. Ximena aceptó, y no se había arrepentido.

—Gracias, Ximena. Regresaremos pronto por el vestido —dijo la madre antes de marcharse.

—Aquí las espero —respondió la joven con una sonrisa.

Una vez que se fueron, Ximena se acercó al mostrador y comenzó a apuntar los últimos ajustes. Pero notó que Martita la observaba con una sonrisa enigmática.

—¿Qué pasa? —preguntó Ximena, alzando una ceja.

—¿Y tú, pa’ cuándo, Mena? —le soltó Martita.

—¿Para cuándo qué?

—Pa’ cuándo te casas… Ya estás lista para el amor —insinuó con su habitual picardía.

Ximena soltó una carcajada. Estaba convencida de que  Martita se equivocaba.

—¿Lista para el amor? No lo sé, Martita… yo creo que estoy más salada que el mar. Tú lo sabes. No entiendo de dónde…

Y entonces lo vio. A través del ventanal, un hombre alto, de barba tupida, cabello castaño, observaba el interior del local con atención.

—¿Y ese güero? ¿Querrá asaltarnos? —preguntó Martita, inquieta.

Ximena no respondió. Algo en él le resultaba familiar. ¿Dónde lo había visto? ¿Por qué se le hacía tan conocido?

Sin escuchar ya a Martita, Ximena caminó hacia la puerta. El hombre hizo lo mismo. La abrió. Y cuando sus miradas se encontraron, algo se rompió dentro de ella. Recuerdos difusos regresaron: luces de neón, risas, copas brindando, una voz con acento… y él.

Lo recordó todo.

—Me lleva la chingada —murmuró Ximena, sin poder apartar la vista del rostro que se le plantaba enfrente.

Era él. El español guapo de Las Vegas.

—¡Eres tú! —gritó Tristán apenas cruzó la puerta del local.

Los ojos de la joven lo miraron como si no entendiera nada. O peor: como si él se estuviera burlando de ella.

—¿Yo? —preguntó, retrocediendo un paso.

Entonces, él la recordó. Esa mirada intensa, ese rostro, la sonrisa que le había regalado. No podía ser otra.

—¿Eres Ximena Caballero, verdad? —pronunció su nombre con un tono entre hartazgo y alivio—. ¿Sabes cuántas Ximenas hay en el mundo?

—No sé… ¿muchas? —respondió ella, entre divertida y confundida.

—¡Muchas! —repitió él, alzando la voz. ¿Se estaba  burlando de él?

Y entonces sintió un golpe seco en el brazo.

—¡Joder! —exclamó, encogiéndose.

—De-ja-a-Xi-me-ni-ta-en-paz —ordenó una mujer con una escoba en la mano, mientras le propinaba varios palazos como si espantara una plaga.

—¡Espere! ¡Espere! —suplicó él, protegiéndose como pudo y escondiéndose detrás de lo que parecía un maniquí con un vestido de novia. La esbelta figura apenas le servía de escudo.

—¿Cómo que espere? —gritó la mujer, furiosa—. ¡Este cabrón qué se cree! ¡Venir a gritarle así a mi niña! ¡No hay derecho! Unos buenos catorrazos a tiempo, y verás cómo se le quita la costumbre de andar gritando como machito.

—¡Martita, tranquila! —gritó Ximena, colocándose frente al maniquí como si quisiera protegerlo—. Yo lo arreglo.

En ese momento Ximena no tenía idea de lo que estaba a punto de venir. Y mucho menos cuando el hombre, llamado Tristán, dijo la frase que le cambió la vida:

—Pues eso… que he venido a buscarte porque, mira tú, ya estamos casados, cariño.

Ximena lo observó unos segundos, con las manos metidas en las bolsas de su pantalón de mezclilla. Luego una sonrisa se asomó en sus labios y, de pronto, estalló en una carcajada que rompió toda la tensión.

Tenía que ser broma. Una broma mal habida de su hermano, o de su mejor amiga, Montserrat.

—Espera, ¿qué dijiste? —preguntó entre risas.

—Eso: que estamos casados —repitió Tristán, muy serio.

Ximena continuó riendo, negando con la cabeza, pero en realidad quería morirse. Millones de preguntas le  pasaron por la menta, la más importante, ¿qué diría su padre sobre esto?

—No, no, no… claro que no —dijo, aún entre risas—. No estamos casados.

La negación era su primer recurso.

—Que sí. Mira… —Tristán metió la mano en el bolsillo interior de su americana y sacó un documento—. Aquí lo pone: Ximena Caballero Sandoval y Tristán Ruiz de Con Saavedra. Casados.

Ella tomó el papel. Lo leyó con atención durante unos segundos. Luego lo miró a los ojos, desconcertada. No era un acta de mentiras, era un acta de verdad. ¡DE VERDAD!

—No. No puede ser. Esto fue una “boda de chocolate”… —habló, demostrando su inocencia e ignorancia con respecto a los matrimonios en Las Vegas.

—¿Cómo? —preguntó él, visiblemente confundido.

—Sí. Una boda de chocolate. De esas como las que hay en la feria, ¿ya sabes? Te casas “de a mentiritas”… pero no es válido. Como el matrimonio de una kermés.

—¿Kérmes? —preguntó Tristán, sin entender.

—Sí. Como en la escuela, en la kermés. De a mentiritas…

—¿De a mentiritas? —repitió Tristán, cada vez más perplejo.

—Sí. Esa boda no vale —negó Ximena, aunque no soltaba el acta, como si no terminara de convencerse de lo que decía, porque en realidad no estaba convencida.

Tristán la observó con incredulidad y confusión. ¿Qué trataba de decirle esta mujer con acento raro y blusa colorida que destacaba su piel morena?

—No, cielo —respondió Tristán, con suavidad pero firmeza—. Estas bodas son tan válidas como cualquier otra. Así que tú y yo, Ximena Caballero Sandoval, estamos casados. Y he venido para que me firmes el divorcio.

Ximena se quedó en silencio mientras observaba al español. ¿Casada? ¿Estaba casada? El dicho dice que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Pero, al parecer, para ella la situación no era así. Lo que pasó en Las Vegas había seguido el vuelo, cruzado el océano, y ahora le hablaba con acento español, y un acta de matrimonio perfectamente sellada en la mano.

—Mierda —murmuró, sin poder expresar más.

Tristán le sonrió.

—¿Y bien, guapa? ¿Ya te ha quedado claro? ¿O todavía crees que esto es un teatrillo?

Ximena lo vio y sonrió incrédula. Ahora sí estaba metida en un problema.

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