¿En cuántas cajas caben una vida? ¿En cuántas más todo el amor que le tenías a una persona? ¿En cuántas otras los recuerdos? Y así, te pones a pensar mientras cierras una por una llenándola de cosas que te pertenecen porque tú las compraste, pero al mismo tiempo no porque ya están atadas a un recuerdo que les pertenece a los dos.

¿Entonces?, ¿esta bufanda tejida de color azul te pertenece a ti o al viaje que hicieron a Nueva York, en invierno, donde ambos patinaron en hielo en el Rockefeller Center? Y este short de pingüinos que ella te regaló cuando viajaron a Puerto Vallarta, ¿se queda con ella porque ella lo compró? O, ¿se queda contigo porque te gustan los pingüinos? Qué decisiones tan difíciles de tomar y eso no lo pensaste mientras te besabas con Mía a escondidas en tu oficina de la universidad.

El silencio en el cuarto de ella es sepulcral, si Lea está decidida a pasar desapercibida por completo en la casa, lo está logrando, pero si también está dispuesta a llamar mi atención por igual, la tiene. Antes no había notado tanto silencio, supongo que porque me la vivía de cita en cita con Mía y regresaba a altas horas de la noche cuando Lea ya estaba dormida y luego ella se salía a hacer ejercicio muy temprano por la mañana y regresaba cuando yo ya estaba en la universidad.

Comenzamos a separar nuestras vidas poco a poco hasta que dejamos de reconocer nuestras rutinas, olvidamos lo que nos gustaba uno del otro y finalmente dejamos de hablar. Éramos uno para el otro y ahora sólo somos dos entes separados.

Sigo sacando cosas de todos los cajones de la habitación y, aunque por momentos me pregunto para qué lo hago si no podré salir de aquí hasta que nos den permiso, lo uso como excusa para no estar dándole vueltas a toda la situación que confieso me mantiene despierto a altas horas de la noche preguntándome si lo que estoy sintiendo en este momento es arrepentimiento. Saco las últimas cosas del cajón de hasta abajo del mueble y a mis manos llega nuestro álbum de bodas.

—Un golpe muy bajo —murmuro mientras lo abro y comienzo a ver las fotos y sonrío.

Lea y yo éramos muy jóvenes cuando nos casamos, apenas contábamos con veinticuatro años cuando tomamos esa difícil decisión, pero a nosotros se nos hacía un paso normal. La conocí en la la preparatoria, exactamente a los dieciséis años. Desde que la vi me gustó y mucho, así que no dudé en acercarme sólo para descubrir que era amor a primera vista. En ese momento empezó lo que seguiría: aplicar a la misma universidad y, años después, una hermosa boda en Cuernavaca, en la que le prometí que la amaría el resto de la vida, y sí, crean o no, la amo y mucho, y aunque en este momento suenan como palabras vanas, aún lo sigo haciendo, por eso me duele verla así y me da más coraje saber que fui yo quién lo provocó.

Desde hace meses atrás me viene a la mente, cada vez que la veo, lo que le prometí el día que le pedí matrimonio: “te prometo que siempre tendrás una sonrisa en tu rostro hasta el día que te mueras” y por muchos años lo logré; ahora, esa sonrisa fue sustituida por ojos color a furia y palabras hirientes que se han salido de control.

Me gustaría decir que lo tengo con Mía fue un desliz y que nunca lo pensé, pero, entre más pasaba el tiempo, más me convencía de que era algo que tenía que pasar. ¿Tal vez para llamar la atención de Lea? No lo sé.

Tomo el álbum y lo dejo a un lado, ese libro que prácticamente pasará a ser de nadie ya que ni yo ni ella nos lo vamos a llevar, así que su destino será la basura, junto con algunas cosas que ya no queramos, uno que otro papel o folleto, posiblemente los anillos que bodas y las bolsas negras.

—Supongo que fue un gasto inútil una boda tan grande —me digo, aunque no lo siento, porque muy dentro de mí sé que fue la mejor decisión que pudimos tener.

Dejo las cosas a un lado y decido que por hoy es hora de dormir, aunque según el reloj en unas horas debería estar despierto de nuevo, pero ¿para qué? No tengo trabajo ya que me despidieron al enterarse de mi romance. En este momento vivo de los pocos ahorros que tengo, así que madrugar no es algo que tenga que hacer. Aún así, mi cuerpo lo pide y le hago caso, tal vez dormir me ayude a no tener que pensar y aún mejor a no pensar en ella y lo que hace en la otra habitación.

—¡Santiago! —escucho que me tocan en la puerta—. ¡Santiago!

Despierta.

La voz de Lea se hace más fuerte y provoca que mi despertar sea precipitado. Me levanto de inmediato y al abrir la veo a ella con el teléfono en mano.

—Te llama tu madre —dice en una frase rápida y precisa y me da el teléfono.

—Mamá, ya te dije que no me llames a la casa, llámame a mi celular

—le digo, ignorando a Lea que comprende y baja las escaleras.

—Te llamé, pero no me contestas —dice mi madre en la línea. Veo mi celular y la batería está completamente descargada.

—Lo siento, ¿qué pasó? —le pregunto.

—Sólo para avisarte que tu padre y yo hemos decidido que no puedes venir a vivir a la casa cuando todo esto pase, así que tendrás que conseguir otro lugar donde quedarte.

—Pero, ¿por qué? Ya habíamos acordado que…

—Sí, pero lo hemos pensado mucho y después de lo que le hiciste a Lea esto no puede ser, así que sé igual de hombrecito que cuando tomaste la decisión de engañarla y ahora busca lo que harás con tu vida. Adiós.

Cuelga.

—¡Chingada madre! —grito mientras aviento el teléfono sobre la cama—. ¿Desde cuándo todo el mundo está en mi contra? No soy el primero y el último hombre que comete una infidelidad.

Salgo de mi habitación y le toco la puerta a Lea, lo hago con tanta furia que ella abre de la misma manera.

—¿Acaso hiciste algo? —pregunto furioso.

—¿Sobre qué?

—No te hagas… convenciste a mis padres de que, de alguna manera, no me acepten en su casa.

—Si no moví un dedo antes para salvarte del escándalo en la universidad, ¿crees que lo haré ahora? No, Santiago, estas son las consecuencias que debes enfrentar por tus malas decisiones.

Doy un vistazo a su habitación y me percato que ella tiene todo perfectamente empacado, ni una caja está vacía, parece ser que logró decidir dónde poner todo lo que yo aún no sé. Ella ya está lista para irse de aquí, estoy seguro de que, a diferencia de mí, ya tiene un plan, una casa a dónde llegar e incluso algún tipo de vida que se planteó ya. En cambio, yo soy como un perro: se abrirá la puerta y saldré corriendo sin rumbo. Sólo correré lejos de aquí para después voltear y darme cuenta que estoy perdido y que no sé dónde está mi casa y comenzaré a vagar por las calles.

—¿Ya? —interrumpe mi trance.

—Sí —contesto con un hilo de voz.

Me voy, no hay más que decir o que alegar con ella. Lea tiene razón, todo esto que está pasando es mi culpa y ahora debo enfrentar las consecuencias en este infierno y no hablo precisamente de estar encerrado con ella, si no el que está en mi cabeza, donde millones de veces al día le grito: “Lea, perdóname, no fue mi intención herirte”.

De nuevo Lea está lejos de su habitación, ahora se encuentra en el pequeño jardín que tenemos en la parte de atrás de la casa. Pecas se encuentra echado a su lado y se me ha venido a la mente: ¿quién se quedará con el perro cuando tengamos que separarnos? ¿Él tendrá que escoger?, ¿o lo acordaremos como lo hemos hecho con los bienes? ¿Por qué nadie pensó en el perro?

De pronto, tengo una excusa para hablar con Lea de nuevo, uno que no es sobre ella o yo, sino sobre Pecas, este hermoso ser vivo que por años ha sido nuestro compañero y testigo. Ambos lo entrenamos y vemos por él, debemos llegar en un acuerdo para saber si lo meto en la caja de los recuerdos o se irá conmigo.

Bajo al jardín, debo confesar que estoy un poco nervioso, y me acerco a ella. Lea se encuentra con un lindo vestido de color rosa mexicano, se nota ligero y cómodo; un libro muy grueso tapa su rostro, por lo que sólo Pecas nota mi presencia y me recibe moviendo la cola.

—Lea —le hablo y ella baja el libro y me ve extrañada.

—¿Te has puesto a pensar quién se quedará con Pecas? —y parece que el perro entiende porque comienza a prestarnos más atención.

Asombrosamente, esta vez no hay respuesta. Lea me ve a los ojos, por primera vez en todo este tiempo, expresando que no tiene nada que decir porque no sabe qué decir.

—Pues, no sé —me contesta—. No me había percatado de eso,

¿crees que debamos dejar que él escoja?

—Bueno, no sé —respondo con tiento porque sé que una conversación tranquila se puede convertir en un desastre—. Tal vez debamos platicar y decidir qué pasará con él… digo, yo lo quiero mucho pero debemos ver por su bienestar.

—Sí, somos responsables de él, así que debemos tomar en serio esta decisión —contesta.

Lea cierra el libro, lo deja sobre el pasto y luego ve al perro.

— ¿Crees que Pecas sepa que nos vamos a divorciar? —me pregunta con tanta ligereza que pareciera que es una pregunta completamente normal.

—Supongo que siente que pasa algo, pero no tiene ni idea de que en algunos meses no verá a alguno de los dos.

—Pobre Pecas, es víctima de las malas decisiones que se han tomado. Nos peleamos por la casa, el carro, las cosas pero, nunca nos pusimos a pensar en él.

—¿Crees que el abogado nos de custodia compartida del perro? — pregunto inocentemente y ella lanza una pequeña risa que de pronto hace que mi corazón lata muy rápido.

—Ya me veo diciéndole al juez esto —murmura—. Tal vez sólo tengamos que llegar a un acuerdo. A ver, dime tus planes para cuando salgamos de aquí —me pide y no puedo creer que por fin tendremos una conversación tranquila. Posiblemente ella ya se cansó de pelear y quiere llevar todo en paz antes de olvidarme.

—Bueno, yo… —comienzo mi diálogo pero no sé cómo continuarlo

— supongo que tendré que rehacer mi vida desde cero; ya sabes, buscar trabajo, dónde vivir y posiblemente… no sé, hacer una nueva rutina —le digo.

Lea sonríe ligeramente.

—Entonces,  básicamente  no  le  puedes  dar  estabilidad socioeconómica a Pecas, lo traerás vagando por lugares hasta encontrar uno que te agrade, pero ¿cuánto pasará? ¿Seis meses?, ¿un año?

—Bueno, pues, supongo que si me quedo con Pecas podré ponerme las pilas más rápido y no sé, encontrar esto que quiero más rápido.

—¿Y qué es lo que quieres? —me pregunta—, ¿qué es lo que quieres tú al salir de aquí?

De nuevo la plática se pone tensa pero de una manera diferente, Lea quiere saber qué haré en el minuto uno que salgamos de esta casa, no sé si para burlarse, para dar consejos o simplemente curiosidad.

— Bueno, en realidad, no sé lo que quiero —respondo.

Hace meses atrás estaba tan seguro de lo que quería y hoy, que me lo pregunta de frente, no sé qué responderle. Lea me observa y luego esboza un sonrisa un tanto irónica.

—Es raro, meses atrás brincabas de alegría por ese “nuevo amor” que habías encontrado, y ahora, en lugar de decirme que te irás directo con ella, me dices que no tienes un plan.

—Es que hace meses lo veía tan claro, ahora creo que ya no — contesto.

—Lástima —murmura—. Yo me llevo al perro, Santiago. Donde me iré hay un jardín muy grande en el que podrá correr —Lea se pone de pie y yo hago lo mismo.

—¿Dónde te irás, Lea? — pregunto de inmediato.

No sé por qué, pero de pronto siento una nostalgia enorme al saber que ya no lo la volveré a ver o que en unos meses dejaré de saber sobre ella. Yo he gritado mis planes a los cuatro vientos, es más, se los he dicho en la cara, pero nunca le pregunté a ella cuáles eran los suyos.

—Ya no importa, ¿cierto? El caso es que me iré y Pecas vendrá conmigo, así que aprovecha estos meses para jugar con él, despedirte y todo eso que creas es necesario —me dice fríamente, mientras entra en la casa.

Definitivamente, somos ya dos extraños viviendo en el mismo sitio. No sé si alegrarme de que las peleas se terminaron o sentirme triste porque el último tema de conversación que teníamos en común ha desaparecido.

—Lea —vuelvo a murmurar y ella me escucha porque aún no se encuentra tan lejos.

—Dime.

—¿Aún me amas? —pregunto y ella lleva su mirada hacia espejo del pasillo y puedo ver su rostro.

—No sabía que existía un “aún” en esa pregunta —responde y luego camina escaleras arriba para desaparecer de mi vista.

Y así de claro me confiesa lo que yo ya sabía, pero que quiero negar porque me duele más a mí que a ella, porque yo la engañé, porque mi tonta aventura se me salió de las manos. Camino hacia ella pero las estúpidas cajas que yacen sobre el piso me bloquean el paso, trato de quitarlas y son pesadas, como mi conciencia, como el pesar que traigo, y cuando trato de alcanzarla para pedirle que hablemos un poco más, es demasiado tarde. Ella ha desaparecido detrás de la puerta de esa habitación, separándonos de nuevo como si nunca hubiéramos estado unidos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *