Abro los ojos lentamente y el sol pega directo en mis pupilas. No sé qué hora es: ¿las dos?, ¿las tres? La verdad es que hace días que perdí la noción del tiempo y no me importa mucho saber; sobre todo porque me encuentro justo en un lugar donde no quiero estar.
Me levanto con cuidado de la cama y tomo el celular que se encuentra sobre el buró. Con ilusión abro el mensaje que me espera pacientemente brillando en la pantalla:
Buenos días, mi amor. Te extraño, ya te quiero ver.
Seguida de una foto de ella con un conjunto de lencería lo suficientemente provocativo para alertar mis sentidos. “No me hagas esto, por favor”, le murmuro a la pantalla mientras acaricio la foto.
Debo admitir que desde que estoy con ella me siento como un adolescente de nuevo; esa ilusión de verla, de tenerla y besarla… algo que pensé que había perdido y que ella revivió en mí.
—Pronto estaremos juntos —susurro y cierro el mensaje para dar paso a mi día, o esta vez, a mi tarde.
Camino por la habitación buscando unos pantalones de mezclilla para ponérmelos y poder salir a la cocina a comer algo; muero de hambre, pareciera que no he comido nada en días, pero en realidad ayer me di un festín cuando el chico de Uber Eats me trajo esa pizza de doble queso y champiñones que tanto me gusta, además de unos dedos de queso y unos roles de canela que sé que pronto tendrán que irse con las dos horas de ejercicio que haré en mi gimnasio improvisado en la terraza.
Salgo de mi habitación y la luz de las paredes blancas vuelven a cegarme, provocando que lleve una de mis manos a los ojos y me tape de la luz. Cuando por fin me acostumbro a toda la claridad, camino escaleras abajo sin hacer ningún ruido y así llegar a la cocina para revisar si hay algo ya preparado en el refrigerador o tendré que cocinar; espero que sea lo primero.
Entro con cuidado sólo para darme cuenta que todos mis planes se han venido abajo cuando la veo a ella sentada sobre una de las sillas del comedor, tomando té y leyendo un libro. Sabe que estoy en el mismo cuarto, pero como siempre decide ignorarme, así que yo hago lo mismo y camino directo al refrigerador sólo para darme cuenta de que no hay nada de comida. Abro uno de los cajones de la parte de abajo y veo jamón y queso; los tomo.
—Recuerda que eso es mío —escucho la voz de Lea quien, sin verme, me prohíbe que tome un poco de comida.
—Lo siento Lea, es que no he pedido el súper en línea y no tengo nada qué comer, tengo hambre —doy la peor de las excusas.
Ella baja el libro y me ve a los ojos.
—¿Desde cuándo ese es mi problema, Santiago?
Me molesta cómo dice mi nombre, con tanto despecho y enojo; sin embargo, creo que me lo merezco, tampoco he sido la mejor de las personas con ella, ni mucho menos el mejor de los esposos.
—¿Crees que podrías compartir conmigo, aunque sea un poco? —le pregunto enérgicamente—. Digo, estás viendo la situación como está y aún así te pones en esa actitud.
—¿Y, en qué actitud quieres que esté? ¿Quieres que me ponga de pie y te diga “sí, mi amor, dime qué quieres de comer, yo te lo preparo”? Estás soñando si crees que eso haré.
—No, no te pido que me lo prepares, ¡sólo dime si puedo tomar una o dos rebanadas de jamón y ya! —levanto un poco la voz y ella me observa con una mirada fría.
Últimamente, las conversaciones entre ella y yo han sido así: de tono alto a más alto, sin espacio para murmullos o conversaciones tranquilas.
Lea se pone de pie, cierra el libro que está leyendo camina hacia mí para poner luego la taza sobre el lavatrastes. Cruza los brazos a la altura del pecho y continúa viéndome con esa mirada mezcla de enojo y decepción.
—¿Y el pan?, ¿y la mayonesa? ¿Sí tienes o quieres que yo te los preste? —sus preguntas vienen en tono de furia, sabe que no tengo nada en esta casa y que ahora me siento como un invitado más.
—Mira, Lea, sólo te estoy pidiendo algo de comer y ya, ¿desde cuándo eres tan egoísta?
—No lo sé, déjame pensar… —dice mientras se lleva una mano a la boca pensando — ¿Tal vez cuando te descubrí con tu alumna en nuestra habitación? No sé, dímelo tú.
—¡Carajo! —le respondo mientras tomo el jamón y el queso y los vuelvo a guardar en los cajones de abajo del refrigerador.
—¡Exacto! Esa es la palabra —me responde—. ¿Quieres comer? Pide tu comida, no me quites la mía.
—Ya recuerdo por qué me acosté con ella. Porque al menos sabe compartir… tú siempre tienes ese discurso de tuyo y mío, pero no de nuestro.
—Claro, soy yo la de la culpa, se me había olvidado. Qué tortura,
¿no? Quedarte encerrado con tu próxima “ex esposa” en estos tiempos; sin poder salir, sin poder saber qué pasará. Debiste haber comprado o rentado un departamento cuando te lo sugerí. ¡Ah, no! El señor se tenía que quedar aquí porque “la casa es tuya hasta que yo salga de ahí, mientras tanto no” y ahora con tu decisión nos pasaste a joder.
—Sí, sí, lo entiendo, yo jodí tu vida —contesto en el mismo tono de reproche que ella— .Ya está, lo admito. ¿Qué más quieres? No me puedo ir con ella porque está en casa de sus padres.
Lea lanza una carcajada que en este caso no expresa júbilo o alegría, sino un sarcasmo e ironía enormes.
—¡Aww! Tu amante es tan joven que no puede quedarse contigo en el mismo lugar. Cómo sufre Santiago… deberíamos hacer una cadena de oración para aliviar su pesar —y me acaricia el cabello.
La tomo inmediatamente de la mano y la quito.
—¡No me toques! —le digo enojado.
—Qué chistoso: una de tus “excusas” para justificar tu engaño era que yo no te tocaba, y ahora que lo hago, ¿ya no? Siempre has sido increíblemente incoherente.
Ella me arrebata la mano y la quita de la mía, después toma el libro
—Pídete otra pizza —agrega de manera fría y sale de la cocina.
Suspiro y recargo las manos sobre la barra, ¿en qué maldita hora sucedió esta situación? ¿En qué momento me es prohibido salir? Justo cuando estaba viviendo la mejor parte de mi relación con Mía, llegó esta emergencia de salud global y ahora debo estar encerrado con mi esposa, la cual, tiene una demanda de divorcio en mi contra, porque la engañé hace ya casi un año con una de mis estudiantes de la universidad.
Ahora, debido a la pandemia, ambos estamos encerrados en esta casa porque, prácticamente, yo no tengo a dónde ir. Esta es nuestra casa, tal y como lo dicen las escrituras, y por eso tengo derecho de estar aquí, pero no los ánimos.
Tomo de nuevo el celular y marco al número de la pizza. Estoy harto de comer lo mismo casi todos los días, pero confieso que desde que estamos encerrados no tengo ganas de cocinar y mucho menos de pasar mucho tiempo en las áreas comunes de la casa, para no encontrarme con ella y con su mirada de tristeza que, desde que empezó esto, no se borra.
¿En qué momento Lea y yo pasamos a ser dos desconocidos?, ¿en qué fallamos ambos? ¿Cuándo pasamos de besarnos todos los días a ni siquiera hablarnos? No es que quiera justificar mi infidelidad con Mía, pero cómo tu amor de preparatoria, la mujer a la que le prometiste amor eterno en el altar, se convirtió en una desconocida, un fantasma que vaga por su propia casa sin prestarme atención.
Escucho la voz de la señorita en el celular y al escuchar la mía se ríe, supongo que ya sabe quién soy, así que pedir la pizza de siempre se ha vuelve más fácil de lo que creí. Mientras procesan mi orden miro al calendario que todas las mañanas marcamos Lea y yo, y pongo una cruz en este día. Aquí está, la prueba de que ninguno de los dos quiere estar aquí, que ninguno de los dos quiere tocar el tema de las razones de la infidelidad, la prueba de que ella y yo hemos terminado.
Una respuesta
Que alegría leer esta bella historia, la primera de todas 🥰🥰