Espero la pizza sentado en uno de los sofás de la sala, mientras Pecas, nuestro perro dálmata, está recargado en una de mis piernas quedándose dormido con las caricias que le doy en la cabeza. Hasta ahora, Pecas es el único que me presta atención, así que debo admitir que me gusta pasar tiempo con él. Prendo la televisión para ver qué hay de nuevo pero me percato que es igual de deprimente el exterior a lo que está pasando en mi propia casa, así que la apago y decido mejor quedarme en silencio a la espera de mi comida.
Como siempre, no sé dónde está Lea o lo que está haciendo. Sé que está dentro de la casa porque no tiene a donde ir, pero ignoro si se encuentra en el jardín, en su estudio o en su habitación. Me pregunto constantemente dónde está para poder evitar esos lugares y no cruzarme con ella y tener una discusión que siempre tiene el mismo fin: azotes de puertas y gritos por todas partes.
Desde que Lea se enteró de mi infidelidad duerme en el cuarto de vistas que se encuentra al final del pasillo, en la parte de arriba, y yo, como castigo, duermo en nuestra antigua habitación. Ahí, en el lugar donde se me ocurrió llevar a Mía y hacerle el amor con todo el deseo que tenía por ella en ese momento. Lea me dijo que se iba de viaje por unos días, tenía que presentar su nuevo libro en la FIL en Guadalajara y se me hizo fácil tomar esa “libertad” para dar el paso que por tanto tiempo había evitado. Nunca pensé que ella llegaría antes para “darme una noticia”, la llegada de nuestro primer bebé, el cual perdió días después. Los médicos me dijeron que había sido un aborto natural, pero yo digo que la rabia se lo llevó.
Entonces empezó esta guerra en la que estamos metidos. Mi necedad me llevó a quedarme en la casa mientras se arreglaban los trámites del divorcio, y sí, ella me sugirió que me mudara a otro lado pero no quise, porque en mi mundo maravilloso, esta casa también era mía y me tenía que quedar. ¿Para qué pagar renta si tengo dos cuartos de más?, fue la pregunta que me vino a la mente, y finalmente, acá estoy, añorando estar con mi amante cuando estoy encerrado con mi esposa.
El timbre de la puerta suena y me levanto de inmediato, mientras Pecas ladra como loco. Me pongo el cubrebocas y los guantes de látex que hemos dejado en la entrada y abro la puerta para recibir la pizza que se ha vuelto mi alimento favorito y que sé me pasará factura en unos días o meses, ya que desde que estoy encerrado sin nada que hacer no hago más que comer y dormir.
Tomo la pizza y subo las escaleras para ir a mi habitación y comerla tranquilamente para que nadie me moleste, hundirme en esta pequeña depresión que siento por no estar donde quiero estar y cerrar la puerta para olvidarme del mundo exterior. Estoy a punto de entrar en mi cuarto, cuando escucho de nuevo a Lea llorar en su habitación.
Últimamente lo hace mucho y a todas horas, supongo que son los pequeños recordatorios de que le rompí el corazón. Se me hace un nudo en la garganta, no me gusta escucharla llorar, antes no lo hacía, eran risas todo el día y pláticas que nos llevaban toda la noche, en las que recordábamos cuando éramos sólo unos adolescentes enamorados, los viajes que habíamos hecho; noches en las que deseábamos lo que queríamos para nuestro futuro; noches en las que ella me contaba las historias que siempre tenía en mente y añoraba poner en libros y, ahora, nos hemos reducido a dos cuartos separados, cada quien en su depresión y posiblemente ninguno de los dos queriendo estar aquí.
Me acerco un momento a su puerta. No sé por qué. Tal vez quiero abrirla y consolarla, decirle que no llore, que todo lo que le digo no lo digo en serio, que ella es muy importante para mí y que yo siempre fui un reverendo imbécil, que me dejé llevar por los modos de una jovencita de primer año de universidad y que rompí en una sola noche todas las promesas que le hice, no ante el altar, si no desde el primer momento en que la conocí.
Opto entonces por alejarme lentamente y encerrarme de nuevo en mi habitación, el hambre se me ha ido por completo y mejor dejo la pizza a un lado para volver a dormir y alejarme de todo. Las palabras fueron sustituidas por los reproches, las risas por las lágrimas y el apetito por las ganas de dormir.
Me despierta el hambre de pronto junto con el dolor de cabeza que creo es una mezcla entre el exceso de sueño y la falta de comida. Después, un delicioso aroma termina de reanimarme, eso sólo significa una cosa, Lea está cocinando.
Volteo y la pizza fría yace sobre mis sábanas, $160 pesos tirados a la basura y sin siquiera probarla. Sólo me queda ir a la cocina y calentarla en el microondas. Con todo el peso de mi cuerpo me levanto, tomo la caja y salgo de la habitación. Lo hago en silencio como solemos caminar ahora para no molestar al otro, porque hasta eso ha provocado que la chispa se prenda y explote todo en una sinfonía de gritos y reclamos. Bajo y la veo a ella en la cocina entretenida picando la cebolla en pedacitos pequeños y perfectos como le gusta. Me quedo observándola un momento y sonrío; tenía mucho tiempo que no la veía cocinar, me gusta cómo se muerde los labios para mantener la concentración.
Pecas se percata de que estoy justo en la puerta y se pone de pie desconcentrándola. Ella se voltea de inmediato y al verme se corta ligeramente el dedo.
—¡Mierda! —grita mientras pone el dedo inmediatamente bajo el chorro de agua.
—Déjame ayudarte —le digo enseguida.
—No, gracias —responde con ese tono de furia al que ya estoy acostumbrado después de meses.
—Espera Lea, déjame ayudarte.
—¡Que no! —sentencia—. ¡No me toques! —y me aleja con la otra mano.
—Sólo quería ayudarte, es todo —le murmuro y ella simplemente toma una toalla y se cubre el dedo.
—¿Quién te dijo que necesitaba ayuda? Además, ¿qué haces aquí?
—me pregunta como si la cocina fuera un área prohibida para mí.
Tomo uno de los platos que están en la repisa de arriba y azoto la puerta, enojado.
—Vengo a calentar la pizza, es todo.
—Pues apresúrate, que quiero terminar la cena rápido para comer sola.
Lea cada día se vuelve más hiriente conmigo. Antes eran sólo puras lágrimas cuando me veía, pero de pronto tomó su segundo aire, tal vez encontró la dignidad que perdió por unos días y, ahora, en lugar de conversar conmigo se defiende. Así que le contesto de igual manera.
—No te preocupes, no pretendo quedarme.
—Ni yo quiero que te quedes —sentencia y apaga la estufa para salir furiosa de la cocina.
¿Qué si me cuesta ver a Lea así? Por supuesto, sobre todo porque yo lo provoqué. Todo este caos que se vive en este momento fue porque yo le di entrada y ya no lo dejé salir. Tiempo atrás, Lea y yo éramos la mejor pareja del mundo, los típicos modelos a seguir en un matrimonio, la pareja consentida de todos, los que no tenían problemas y si lo hacían lo resolvían de una manera tan fácil que hacía que el matrimonio se volviera atractivo para todos.
Después, nos mudamos a la ciudad, gracias a una oferta de trabajo que ella tuvo en una editorial y todo cambió. Pasamos de vernos todo el día a hacerlo por horarios. Ella se metió en la escritura y en la edición de su nuevo libro, un sueño que tenía desde siempre, y yo me metí a dar clases de Física en la universidad y todo comenzó a alentarse. La veía poco porque a veces pasaba horas escribiendo en el estudio y cuando tenía tiempo para mí yo ya no me encontraba, pues empecé a salir con mis colegas de la escuela. Cuando me di cuenta, me encontraba tras las faldas de una de mis alumnas y caí, lo hice y toqué fondo al traerla a la casa para consumar todos mis deseos en ella.
No sé si fue el sexo que dejamos de tener Lea y yo o si simplemente no quise interrumpir con sus planes de ser una gran escritora que se me hizo fácil buscar algo más por otro lado. Tal vez esto se hubiera quedado sólo en una aventura, pero como siempre lo llevé más allá y lo admito: quedé ciego ante tanta atención por parte de Mía, abandonado por completo por Lea, mientras en mi mente me repetía constantemente, “me lo merezco, lo necesito, lo haré”.
—Lea —le digo mientras escucho que busca los curitas en el armario del pasillo donde guardamos un poco de todo—. Ahí no están las curitas.
Pero sigue necia moviendo todo, por lo que salgo de la cocina y me dirijo hacia ella.
—Ahí no están las curitas —le vuelvo a decir y ella me ve con los ojos llorosos y el nudo en la garganta se me vuelve a formar.
—Gracias, pero sé que vi uno por acá —responde.
—No, Lea, yo los subí a la habitación hace unos días cuando me corté con las tijeras mientras intentaba cortar el lazo para cerrar las cajas
—Ah —ella termina de buscar y me ve—. Cierto, no recordaba que sigues guardando las cosas que te vas a llevar cuando termine esto.
Nos quedamos en silencio por un instante mientras ella aprieta con su mano el dedo que se cortó, lo hace con fuerza como si quisiera sentir el dolor para apropósito poder llorar sin tener que ser por todo lo que pasa.
—Si quieres subo y te doy uno.
—No gracias —finaliza y comienza a caminar lejos de mí.
—Lea —digo en voz alta y ella se queda de pie—, no podemos hacer esto, ¿sabes? No podemos pasar todo el tiempo ignorándonos, ya llevamos un mes encerrados sin hablarnos y cada vez que nos topamos discutimos ¿no podemos llevar esto de otra manera?
—¿Cómo? —pregunta mientras se voltea de nuevo y quedamos de frente—. ¿Como “amigos”? O sea, ¿que ya no te reclame nada?
¿Que finja que todo está bien porque ya llegamos a un acuerdo? ¿Eso quieres?
—No, pero al menos tratarnos con respeto.
—Ja, ja, ja, ja —finge que se ríe mientras las lágrimas ceden y caen por su rostro—. ¿Respeto? ¡¿Qué clase de respeto tuviste tú al traer a tu amante a esta casa?! —me reclama otra vez—. ¿Qué clase de respeto me tuviste cuando decidiste que estaba bien echar a la basura 15 años de relación? Quieres respeto pero no sabes lo que eso significa
—Lea comienza a llorar de nuevo, esta vez no lo hace a escondidas o fingiendo que se corta, o que lee un libro de amor de esos que tanto le gustan, simplemente se deja llevar y yo creo pensar que, después de un mes de encierro, de silencios, de aguantarnos las ganas de explotar, la catarsis ha empezado; esa a la que le había huido cerrando las puertas de mi habitación.
—Me rompiste el corazón —me dice con lágrimas en los ojos—. Hiciste que todos los años de amor, cariño, lucha y respeto se fueran a la basura. Me hiciste sentir que por mi culpa tú me engañaste y por meses me lo creí… aún lo creo. Me haces odiar ese libro que escribí, que hizo mis sueños realidad, porque pienso que si no lo hubiera escrito y me hubiera conformado con dar clases en la secundaria de la esquina tú no hubieras hecho lo que hiciste —me dice con una fuerza y una furia desconocidas para mí—, Ahora estoy encerrada contigo en esta casa que se ha convertido mi purgatorio personal, repitiendo una y otra vez la misma escena, la misma visión, el mismo dolor.
Las palabras de Lea me duelen y mucho. Por meses se quedó callada sobre este asunto por sugerencia de su madre que no quería armar un escándalo, pero ahora estamos los dos solos, en esta casa que con tanta ilusión compramos años atrás, sin que nadie nos diga que guardemos silencio o que nos vayamos a discutir a otro lado.
—Lea, perdóname —me salen esas palabras de los labios y en verdad lo siento.
—No, no te mereces que lo haga —me dice fría—. No te mereces ni un gramo, ni gota, ni línea, ni nada que pueda medir eso “el perdón”,
¿sabes? Muero porque esto se termine, que me digan que ya te puedes ir para que recojas tus chingadas cajas que me estorban al caminar y te largues de aquí a vivir la vida “que yo ya no te supe dar” —y con ese último diálogo me deja de pie en el pasillo, añorando nunca haber cruzado palabra con ella y lo peor, nunca haberle roto el corazón.