—Canarias… Canarias… —susurró Luz muy cerca de su oído.
David abrió los ojos de golpe y vio a Luz a centímetros de él.
—¿Qué pasa? —murmuró, todavía entre dormido.
—Voy a pagarte el favor…
—¿Qué?
—Solo ven… confía en mí.
David frunció el ceño, pero terminó incorporándose. Afuera aún era de noche.
—Son las… —miró su reloj— cuatro de la mañana…
—Shhh… —lo calló ella—. Ven, te va a gustar.
David se estiró. Luz abrió la puerta del cuarto con cuidado y ambos salieron en silencio, cuidando no despertar a nadie. El campamento dormía a medias, con algunos focos encendidos y sombras que se movían entre las carpas.
Luz caminaba con seguridad, como si ya conociera el camino. David la siguió, aún medio desorientado.
—A ver… —¿Me vas a matar y tirar en medio de la nada? —bromeó él en voz baja—. Porque te advierto que ya me está dando miedo.
Luz ni siquiera volteó.
—Cállate… te va a gustar.
—Eso dicen todos antes de un asesinato —murmuró David.
Ella soltó una pequeña risa.
El camino se volvió más angosto. Tierra suelta, piedras, vegetación baja. La oscuridad comenzaba a romperse con tonos azulados que anunciaban el amanecer.
—¿Qué demonios haces despierta tan temprano? —preguntó él.
—Me gusta fotografiar amaneceres —respondió ella—. Los colecciono. Por eso me despierto antes de que salga el sol.
David asintió, mirándola de reojo.
—Tienes reloj de médico…
Luz se rió.
—Solo me falta el conocimiento… y podría ser igual de talentosa que tú.
David abrió los ojos con exageración.
—¡Joder! Pero qué sorpresa… Luz Ruiz de Con admitiendo una cualidad mía…
—No te acostumbres —replicó ella, sin perder el paso.
Caminaron. Quince, veinte, treinta minutos. Se alejaron lo suficiente como para que el campamento desapareciera por completo. Y entonces… Luz se detuvo.
—Llegamos.
David alzó la vista.
Frente a ellos, el arroyo se extendía irregular: en algunas partes seco, en otras con agua clara que corría suave, reflejando los primeros destellos del amanecer. Todo estaba en calma. Vacío. Silencioso. Intacto.
David sonrió, sorprendido.
—Vaya…
Luz dejó caer su mochila.
—Para que te refresques antes de ir a trabajar. Allá —señaló— el arroyo se vuelve más hondo… puedes usarlo como bañera.
David soltó una risa suave, negando con la cabeza.
—¿Me trajiste hasta aquí para bañarme? ¿Insinúas que apesto?
Luz se encogió de hombros.
—Tómalo como quieras.
Luz dejó caer su mochila al suelo. David aún la observaba, con esa mezcla de curiosidad y cansancio.
—Bueno… —murmuró él—. ¿Ahora qué?
Ella no respondió de inmediato; en lugar de eso… comenzó a desabrocharse la camisa.
David frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Luz ni siquiera se inmutó.
—Me voy a bañar —respondió con naturalidad—. ¿Tú te bañas con ropa?
David se quedó en silencio.
Luz terminó de quitarse la camisa, revelando un traje de baño negro de una sola pieza. Elegante, sencillo… pero perfectamente ajustado a su cuerpo. La espalda quedaba casi descubierta, delineando la curva de su cintura y la fuerza suave de sus hombros.
Después, llevó las manos a su cabello. Deshizo la trenza y lo dejó caer; lento, libre. El sol comenzaba a levantarse detrás de ella, iluminando cada hebra como si el momento estuviera hecho para ser visto así.
David no dijo nada. No podía. La escena se movía en cámara lenta ante sus ojos. Lo envolvía el sonido del agua, el amanecer… ella.
Luz dio un paso hacia el arroyo, metiendo primero un pie… luego el otro, estremeciéndose apenas por el contraste del agua fría.
—Está deliciosa… —murmuró, sin mirarlo.
David soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Negó con la cabeza, como si intentara recuperar el control. Se quitó la camiseta, luego los zapatos, después el pantalón. Se quedó en bóxers.
Su cuerpo era fuerte, marcado por años de disciplina. Hombros anchos, brazos firmes, el torso definido por el esfuerzo constante más que por la vanidad. No había nada exagerado… pero sí una presencia que imponía.
Luz lo vio. Y, por un segundo… se quedó quieta. David levantó la mirada y la encontró observándolo.
—¿Qué? —preguntó él, con una media sonrisa.
Luz reaccionó al instante.
—Nada.
Se giró rápidamente y avanzó más dentro del agua. David sonrió, apenas. Y entonces entró al arroyo. El agua le recorrió el cuerpo, llevándose el calor, el sudor, el peso del día anterior. Se sintió ligero. Muy ligero.
Luz se hundió un momento en el agua y al salir se echó el cabello hacia atrás. Tomó un jabón y comenzó a enjabonarse con naturalidad.
—¿Quieres? —le preguntó a David.
David lo miró, levantando una ceja.
—¿Jabón Zote?
—Es bueno para muchas cosas —respondió ella—. Lo puedes usar para el cabello, el cuerpo… o hasta para lavar la ropa.
—¿Cómo?
Luz soltó una pequeña risa.
—Lo siento si no es tu jabón Paco Rabanne… pero es lo que hay.
David entrecerró los ojos.
—¿Cómo sabes qué…? —se detuvo—. Hmmm… Eres una periodista muy traviesa.
—Tu madre se lo dijo a mi madre… es todo —respondió, encogiéndose de hombros—. No se necesita una licenciatura para saber eso.
David dio un paso más hacia ella.
—¿Qué otras cosas sabes de mí?
Luz retrocedió apenas, apoyando la espalda contra la piedra húmeda del arroyo.
—Poco… y lo suficiente.
David sonrió, divertido.
—Ilústrame, cariño.
Ella lo miró de arriba abajo, como evaluándolo.
—A ver… —comenzó, con tono pensativo—. Te sabes de memoria los libros de anatomía… pero no sabes dónde dejaste tus llaves el día anterior.
David soltó una risa baja.
—Te gusta que todos crean que tienes todo bajo control… pero improvisas más de lo que admites.
—Eso no es cierto —respondió él, aunque sonreía.
—Eres insoportable cuando tienes razón… y encantador cuando dudas y buscas tener la razón—continuó ella.
David negó con la cabeza, divertido.
—Y… —añadió Luz, inclinándose un poco hacia él—. Te gusta provocar… pero no sabes qué hacer cuando alguien no cae.
Eso lo hizo reír de verdad.
—Vale… eso sí te lo concedo.
Luz sonrió, satisfecha.
—¿Ves? No necesito investigarte tanto.
David la miró un segundo más.
—No… —murmuró—. Tú siempre supiste leerme mejor de lo que creía.
—No sé leerte… eres predecible.
David soltó una risa incrédula.
—¡Anda!
—Lo eres… por ejemplo… —murmuró Luz.
Y entonces cambió. Se acercó lentamente acortando la distancia. David no se movió pero su cuerpo se tensó. Luz lo miró directo a los ojos, con una calma peligrosa, segura… distinta.
—Ahora mismo… —susurró— no puedes dejar de pensar en esto…
Bajó ligeramente la mirada hacia su propio cuerpo, el agua deslizándose por su piel, el traje de baño ajustándose a cada curva.
David tragó saliva.
—En que estoy aquí… contigo… —continuó ella—. En lo fácil que sería acercarte más…
Dio otro paso. Ahora estaban demasiado cerca.
—En besarme…
El silencio se volvió denso. David no apartó la mirada. No podía. Luz sonrió apenas, notando el efecto.
—Y en muchas otras cosas que ni siquiera vas a admitir…
David dejó escapar una leve risa, nerviosa esta vez.
—¿Ah, sí?
—Sí… —murmuró ella.
Luz no apartó la mirada.
—Te preguntas si mis labios sabrán salados por el sudor… o dulces por el agua…—David no respondió; no podía. Y, entonces, Luz tomó sus manos y las llevó a su cintura. El contacto fue inmediato; real—.Y quieres besarlos…
Se inclinó apenas hacia él. El aire se volvió más pesado. Más lento e íntimo. David dio un paso mínimo hacia delante. Luz entreabrió los labios. Él cerró los ojos.
—Pero no me besarás… —susurró ella— porque eres un caballero… y porque sabes que no harías nada que pusiera en riesgo mi honor… ¿cierto?
David abrió los ojos de golpe. Luz sonrió.
—Buen chico…
Se apartó con naturalidad, como si nada hubiera pasado, y caminó hacia las rocas, recargándose con calma.
David se quedó en el agua, inmóvil, mirándola, procesando cada segundo. Intentando recuperar el control que había perdido sin darse cuenta.
—Si te portas bien… te llevo a la playa.
David parpadeó.
—¿Playa? ¿Aquí hay playa?
—Sí… pero está más lejos —respondió ella—. Es una playa virgen… muy bonita.
—¿Cómo lo sabes…?
Luz sonrió, ladeando la cabeza.
—Yo sé cosas… así como tú también. —Hizo una pequeña pausa—. Si tú me ayudas… yo te ayudo… ¿comprendes?
David la observó. Ahora sí entendía. Eso no era una simple invitación, era un trato.
—David Canarias no negocia… cariño.
—Pues… como quieras… pero te aseguro que lo harás.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió ella, con calma—. Porque te quedarás con la curiosidad de saber qué más te puedo ofrecer… y querrás descubrirlo.
Y entonces… Luz salió del agua en un solo movimiento. El agua resbaló por su piel mientras se incorporaba, firme, segura. Se llevó el cabello hacia atrás y lo escurrió con ambas manos, dejando que las gotas cayeran lentamente por su espalda y sus hombros.
David no pudo evitar mirarla. El traje de baño negro se ajustaba a su cuerpo con una elegancia casi peligrosa: líneas limpias, profundas, que dejaban ver la curva de su cintura, la firmeza de sus piernas y la naturalidad con la que se movía en su propia piel.
No había exageración… solo seguridad y presencia. Luz no se cubrió; no lo necesitaba. Se quedó ahí, de pie, con el amanecer dibujando su silueta y el agua aún brillando sobre su piel, completamente consciente de la mirada de David… y del efecto que provocaba.
David tragó saliva porque esta vez no era solo la provocación, era un juego y ella iba ganando.
—Piénsalo bien, doctor… puede que te convenga —le dijo, antes de tomar su mochila y meterse entre los árboles.
—Madre mía —murmuró David, para después, meter el cuerpo completamente en el agua.
***
Ambos regresaron al amanecer.
Los primeros destellos del sol comenzaban a iluminar el campamento cuando entraron al cuarto, todavía con el aire fresco de la mañana pegado a la piel.
Luz no dijo nada. Se sentó en la cama, tomó su cabello húmedo y comenzó a trenzarlo con habilidad, formando una corona que dejaba su rostro despejado y resaltaba la firmeza de sus facciones.
Después, abrió su mochila. Sacó un mono ligero de tela suave en tonos verde oliva con un sutil estampado floral oscuro. Tenía mangas largas arremangadas hasta los codos, cuello abierto y una caída relajada que se ajustaba a su cintura con un cinturón ancho, marcando su silueta sin perder funcionalidad. Completó el atuendo con unas botas negras resistentes, prácticas para el terreno.
David se había puesto unos vaqueros azul marino, botas todoterreno y una camiseta con el logo del Hospital Universitario de La Paz, uno de los más prestigiosos en España. Encima, la bata blanca con su nombre: Dr. Canarias.
—¿Qué harás hoy? —le preguntó, mientras caminaban hacia la clínica.
Luz ajustó la correa de su cámara.
—Improvisar…
No hubo tiempo para más.
A medida que se acercaban, el ruido crecía. Había gritos, movimiento y caos. Ambos aceleraron el paso… y luego corrieron.
Luz sacó su cámara en automático, revisando el número de fotos restantes. Tenía suficiente.
Ulises apareció entre la multitud.
—¿Qué pasa, tío? —preguntó David, mirando el caos.
—Han llegado enfermos de otro lugar —respondió, agitado—. Un pueblo más adentro. Se enteraron de que estamos aquí… y vinieron todos.
David miró alrededor. No había espacio ni orden.
—Nos sobrepasa —continuó Ulises—. No hay camillas, los doctores no se darán abasto… y no hay suficientes enfermeras. Necesitamos ayuda.
David volteó hacia Luz.
—Me voy.
—No… yo puedo ayudar.
—No, Luz… —respondió de inmediato.
Ella frunció el ceño.
—No me digas que no puedo.
—No es tu trabajo.
—Mi trabajo es estar aquí —replicó—. Y si puedo ayudar, lo haré.
David negó, tenso.
—Esto no es tomar fotos, Luz. Esto es otra cosa.
—¿Y tú crees que no lo sé? —dio un paso hacia él. La altura de David era impresionante, pero ella no se dejaba intimidar—. Conozco este país mejor que tú, Canarias. Sé cómo se mueve la gente, sé cómo reaccionan, sé cómo ayudar sin estorbar. También sé que nadie más va a llegar y que la misma gente debe improvisar con lo que tiene para poder salir adelante… y yo sé improvisar. No todo tiene que ser de acuerdo a tus reglas y lecciones del hospital.
—Esto no va de conocer el país —respondió él, firme—. Va de saber qué hacer cuando alguien se te descompensa en las manos. De saber cómo actuar sin que te tiemblen las manos. De seguir órdenes, cosa que tú no sabes hacer.
—No soy inútil —disparó ella.
—No he dicho eso —admitió David.
—Pero lo piensas y no lo soy.
El silencio entre ellos duró apenas un segundo. Ulises los observaba a los dos sin perderse nada de la discusión.
—Si haces esto solo para entrar, como me dijiste…
—Sé ayudar… —contestó segura—. Confía en mí. Jamás haría nada que te hiciera quedar mal.
David volteó hacia la clínica y, después de exhalar, asintió.
—Vale…
Luz asintió.
—Pero haces exactamente lo que yo diga—añadió—. Sin discutir.
Ella sostuvo su mirada.
—Vale.
David asintió.
—Guantes —le indicó, extendiéndole un par—. Y no te separas de mí.
Luz los tomó. Después de eso todo fue acción.
4 respuestas
Jajajaja Luz es increíble y le sabe el truco a David 😅. Ese muchacho no vio venir aquello que pasó en el arroyo… Pero imagino que así también David conoce a Luz y ahora está en su lona. Veamos que sigue… 🤭
Esa química entre los dos me encanta pero más que Luz sabe cosas jajaja
jajajjajajaa, Luz sabe hacer que David baje la guardia jajajajaja, me encantan
Luz controlando a David… Me encanta jajaja