Luz y David se conocían desde la infancia, pero nunca se llevaron bien. O, más bien… nunca coincidieron.
La diferencia de edad entre ellos abrió una distancia que jamás logró cerrarse. Luz era seis años menor, y cuando ella llegó de México a Ibiza, David ya había comenzado su famosa etapa de picaflor —como ella lo llamaba con desprecio.
Durante años, compartieron espacios porque no tenían otra opción. Sus familias estaban unidas, y más aún cuando sus hermanos, Manuel y Ainhoa, comenzaron a salir desde los trece años. Lo que empezó como un romance adolescente terminó convirtiéndose en una relación sólida, casi inevitable, que desembocó en una boda apenas alcanzando los diecisiete.
Mientras “los chiquis”, como todos les decían, parecían hechos el uno para el otro… Luz y David eran todo lo contrario. Si uno hablaba, el otro se irritaba. Si uno aparecía, el otro se iba. Era casi un talento.
Luz era necia, de mecha corta y con un sarcasmo afilado que no perdonaba. Impulsiva —se dejaba llevar por lo que sentía sin detenerse a pensar demasiado—, pero al mismo tiempo reservada. Prefería el silencio a las conversaciones vacías. Le gustaba estar sola, observar, capturar momentos con su cámara como si el mundo solo tuviera sentido a través de un lente.
Leía literatura histórica, se interesaba por temas que pocos entendían y podía pasar horas perdida en sus propios pensamientos. Y, aunque no lo admitiría fácilmente, tenía una debilidad especial por Ricky Martin.
David, en cambio, era su opuesto perfecto.
Firme, decidido, tranquilo… analítico. Desde muy joven supo que sería médico, como si no hubiera existido otra opción en su vida. Tenía una seguridad natural que atraía a las personas: donde iba, hacía amigos con facilidad… y también conquistaba mujeres… Demasiadas. A los veinticinco años ya cargaba con la reputación de mujeriego, y no parecía importarle. Su encanto era innegable, y él lo sabía. Sus amigos lo sabían. Y Luz… lo detestaba por ello.
Se sabía de memoria los libros de anatomía. Leía informes médicos desde que supo que existían, y su género favorito eran los thrillers psicoanalíticos. Era fanático de ABBA —algo que jamás admitiría en voz alta frente a cualquiera—, y vivía con una ligereza que contrastaba con la intensidad silenciosa de ella.
Hacía años que no la veía. Un día, simplemente, se fue a Madrid a estudiar medicina… y Luz dejó de existir en su mundo. Hasta ahora. Porque, al parecer, después de no coincidir en nada durante años… ahora lo hacían en el mismo lugar.
Y eso despertaba algo en David… Curiosidad. ¿Por qué regresaba Ruiz de Con a su vida?
Marcia… Marcia baila… anestesiando mis sentidos… Marcia… Marcia baila igual que baila un corazón… un corazón…
La voz de Ricky Martin sonaba en los oídos de Luz mientras revisaba unas anotaciones en su libreta, ajena al movimiento del camión.
De pronto, sintió una presencia a su lado. Alzó la mirada… Y ahí estaba él. Con esa altura que imponía silencio y esa sonrisa que, sin saber por qué, lograba sacarla de quicio.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó, seca.
—¿Me puedo sentar?
Luz ni siquiera dudó.
—Hay más lugares… aquí va mi mochila.
Colocó su bolsa en el asiento contiguo sin mirarlo siquiera. David la retiró sin pedir permiso y se sentó. Luz soltó un suspiro largo, cargado de paciencia agotada.
—Si quieres que te agradezca, ahórratelo… estaba a punto de subir.
David apoyó el brazo en el respaldo, relajado.
—Sí, claro… si no fuera por mí, seguirías discutiendo con el militar. O peor aún… en la cárcel.
Luz giró hacia él lentamente; sonrió. Pero no era una sonrisa amable.
—Eso es lo que tú crees… —respondió con calma—. Pero no sabes nada.
David alzó una ceja, divertido.
—Sé que ahora eres mi responsabilidad… y por eso estoy aquí —se inclinó ligeramente hacia ella—. Soy como tu guardián.
Luz soltó una risa breve, incrédula.
—Ya quisieras… Canarias.
Y volvió a bajar la mirada a sus notas…Como si él no le afectara en absoluto.
—Es curioso… hace años que no te veía… y ahora estás aquí.
—Ja, ja, ja… —respondió Luz, sin una pizca de gracia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
Luz giró el rostro y lo miró directo a los ojos.
—Soy mexicana… esto es México.
David soltó una risa breve, cargada del mismo sarcasmo.
—Ja, ja, ja… Me refiero a esta misión.
Luz cerró su libreta con calma.
—Soy periodista cultural y de asuntos sociales. Me dedico a documentar escenarios como este… —respondió—. La pregunta es: ¿tú qué haces aquí? Lejos de tus yates y tus fiestas elegantes…
David se echó un poco hacia atrás y abrió ligeramente la chaqueta, dejando ver la bata.
—Pensé que era obvio… Al parecer, la bata con mi nombre, “Dr. Canarias”, no te da suficientes pistas. ¿Quieres que te lo explique?
—No hace falta —replicó ella—. Siempre fuiste bueno para aparentar.
David entrecerró los ojos.
—Y tú siempre fuiste buena para juzgar sin tener idea.
—Oh, tengo idea —respondió, clavándole la mirada—. Ibiza no es tan grande como crees.
—¿Ah, sí? —se inclinó un poco hacia ella—. Entonces deberías saber que no todo es lo que parece.
—Claro —ironizó—. El mujeriego de Ibiza viene ahora a salvar vidas. Qué conveniente evolución.
David soltó una risa seca.
—Y la niña que no hablaba con nadie ahora quiere contarle al mundo cómo funciona. Vaya cambio.
Luz frunció el ceño.
—Al menos yo hago algo útil.
—¿Insinuas que yo no?
—Insinúo que te gusta más que te miren… que ayudar.
David la miró fijamente, serio por primera vez.
—No tienes ni idea de lo que hago.
—Ni tú de lo que hago yo —respondió ella, sin bajar la guardia.
—Pues explícame —retó él.
—Cuando aprendas a escuchar —disparó ella.
—Cuando aprendas a no atacar —replicó él.
—Cuando dejes de creerte el centro del mundo…
—¡Basta!
La voz del doctor Solórzano cortó la discusión como un bisturí.
Ambos se quedaron en silencio.
—Si tenéis tanta energía para pelear, guardadla para cuando lleguemos —añadió, sin mirarlos—. Aquí se viene a trabajar, no a solucionar problemas personales.
El camión quedó en un silencio tenso.
Luz volvió a mirar sus notas, como si nada hubiera pasado.
David se acomodó en su asiento, cruzando los brazos, aún con esa media sonrisa que a ella tanto le irritaba.
—Hay algo que es verdad, Lucito… —murmuró él, inclinándose hacia ella—: eres mi responsabilidad. Y más vale que te portes bien.
Luz ni siquiera levantó la vista.
—Uy… qué miedo… —respondió con sarcasmo—. ¿Qué sigue? ¿Me vas a castigar si no lo hago?
David soltó una risa baja, casi divertida.
—Si es necesario… lo haré.
Hubo un segundo de silencio. Luz dejó de escribir y muy despacio levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron y, por un instante, el tono entre ellos cambió.
—Unas nalgadas te vendrían bien… —murmuró David.
Él sostuvo la mirada, sin moverse, como si disfrutara provocar justo esa reacción. Luz sintió el calor subirle por el cuello.
Lo odió o eso quiso pensar. Rodó los ojos con rapidez y volvió a bajar la vista a su libreta, pasando la página con más fuerza de la necesaria.
—Eres insoportable… —murmuró.
David sonrió apenas… y no dijo nada más. El resto del camino transcurrió en silencio.
Luz se concentró en sus notas, corrigiendo, tachando palabras, reorganizando ideas. Después anotaba el número de rollo y, entre paréntesis, describía la fotografía que había tomado o pensaba tomar.
David la observaba de reojo. Había algo en esa forma de trabajar… en esa concentración absoluta… que no recordaba. O quizá nunca se había detenido a verlo.
Cuando llegaron a San Mateo del Mar, el camión se detuvo con un leve golpe.
Luz guardó sus cosas con rapidez, sacó un nuevo rollo, lo colocó en su cámara y la preparó con precisión casi automática.
Levantó el lente…
Y disparó.
La foto fue directa hacia él.
—Madre mía… —murmuró David.
—Es una foto de prueba, no te emociones… posiblemente la tire —respondió ella, sin darle importancia.
—Hmmm… —contestó él, observándola, esperando a que el resto de los doctores comenzaran a bajar.
Luz se puso de pie. David hizo lo mismo. En ese momento, el camión se movió ligeramente. Ambos perdieron el equilibrio y Luz se tambaleó hacia adelante… y chocó contra él. Su pecho era firme, sólido, cálido. David reaccionó al instante, sujetándola por los brazos para evitar que cayera.
El contacto fue breve pero muy intenso y demasiado cercano. Luz odió que la loción de David le resultara agradable y David odió la corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo al tenerla tan cerca.
—Ni siquiera hemos llegado al área de desastre y ya te tengo que proteger… —bromeó él, en voz baja.
—Cállate… Canarias —respondió ella, firme, separándose de inmediato.
Se acomodó la mochila, lo apartó con el hombro y bajó del camión sin mirar atrás.
David la siguió con la mirada, sonriendo.
—¡No te alejes tanto, cariño! ¡Que me pongo nervioso si te pierdo de vista! —gritó en tono de burla.
Luz ni siquiera volteó.
—Joder, tío… —murmuró Ulises, acercándose a su lado—. Esa mujer está…
Dejó la frase en el aire, pero no hacía falta terminarla.
David no respondió, solo la miró alejarse entre el polvo, la gente… y el caos que apenas comenzaba.
—Esa mujer es una pandemia, ya te lo digo yo —bromeó David.
Sin embargo… algo llamó su atención. Luz avanzaba entre la gente con seguridad, como si ya conociera el lugar.
Entonces, al fondo, alguien la vio y ella también lo hizo. Su expresión cambió por completo. Luz sonrió, pero no era una sonrisa sarcástica como la que le había dedicado a él, era cálida y genuina.
Se acercó a un joven que estaba ahí. Tenía el cabello castaño, ligeramente despeinado, como si el viento lo hubiera acomodado a su manera. Llevaba una camiseta blanca ajustada que marcaba una complexión fuerte, trabajada, pero sin esfuerzo aparente. Su sonrisa era fácil, de esas que aparecen sin pedir permiso, y sus ojos tenían ese brillo tranquilo de alguien que se siente cómodo en cualquier lugar.
Era atractivo y él lo sabía. Era ligeramente más alto que Luz, con un aire relajado que contrastaba con el caos del entorno. Él abrió los brazos y Luz se lanzó a abrazarlo sin dudarlo.
Un abrazo cercano, cómodo y demasiado familiar. David sintió cómo algo se le apretaba en el estómago. No era lógico y no tenía sentido pero, estaba ahí, y, sin previo aviso, le cambió el gesto.
Ulises lo notó.
—¿Y ese quién coño es? —preguntó siguiendo su mirada.
David no respondió de inmediato, sus ojos seguían fijos en ellos. En la forma en que Luz reía. En la facilidad con la que se acercaba. En lo natural que parecía todo. Muy distinto a como era con él.
—Ni idea… —acabó murmurando.
Pero no apartó la vista. Porque, por alguna razón… acababa de darse cuenta de algo y no le gustaba en absoluto.
***
Los camiones estaban listos. Los equipos, divididos. Y, una vez más… Luz no estaba en el radar de David.
—Bien, ya tienen sus equipos —anunció el coordinador mientras varios soldados comenzaban a repartir mochilas médicas—. Revisen que lleven todo: sueros, material de venoclisis, termómetros, fichas clínicas y medicamentos básicos.
Uno a uno, los doctores fueron recibiendo sus kits de campaña.
—Recuerden: hidratación constante, control de temperatura y nada de antiinflamatorios. No queremos complicaciones hemorrágicas —añadió—. Allá no hay margen de error.
David tomó su mochila sin decir nada, revisando rápidamente el contenido con la precisión de alguien que sabía exactamente qué buscar.
Ulises hizo lo mismo a su lado.
—Esto ya se puso serio… —murmuró.
David asintió apenas.
Se subieron al camión militar: robusto, de carrocería verde con manchas de camuflaje, llantas gruesas cubiertas de polvo y una lona tensa cubriendo la parte trasera donde viajaban. El interior era sencillo, con bancas metálicas a los lados y el olor a gasolina mezclado con tierra caliente.
Estaban listos para comenzar el viaje hacia lo desconocido. Fue entonces cuando David la vio.
Luz subía al otro camión; al que iba en dirección contraria. El joven la ayudaba a subir, sosteniéndola con naturalidad, como si estuviera acostumbrado a hacerlo.
Algo en David se tensó y entonces se levantó de golpe.
—¿Dónde vas, Canarias? —preguntó el doctor Solórzano.
—Voy a por una cosa que se me ha olvidado.
—Rápido…
David bajó del camión con facilidad y caminó directo hacia el otro. Subió de un salto. Y ahí estaban. Luz y el joven, sentados al fondo, conversando como si todo fuera perfectamente normal.
—Luz… —la llamó, firme.
Ella levantó la vista… y suspiró.
—¿Qué? —murmuró ella para si.
—¿Quién es? —preguntó el joven.
—La verdadera pandemia —respondió ella, sin inmutarse.
David avanzó sin pedir permiso.
—Vamos, anda.
El joven sonrió, tranquilo.
—Creo que Luz ya va bien aquí.
David lo miró por primera vez.
—¿Y tú quién eres exactamente?
—Jonás —respondió, extendiendo la mano.
David no la tomó.
—Vamos ya —repitió, esta vez con más firmeza.
Tomó la mochila de Luz provocando que ella se levantara de inmediato.
—¡¿Qué demonios haces?!
—Eres mi responsabilidad, cariño… y no voy a permitir que te pase nada.
Jonás frunció el ceño.
—Oye… Luz es una mujer. No necesita que la trates así.
—¡¿Se van a bajar o no?! —gritó un militar desde afuera.
El tiempo pareció comprimirse en un solo instante. David miró a Luz y alzó una ceja, en un gesto cargado de autoridad y desafío, mientras el silencio entre ambos decía mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a expresar.
—Bueno… puedo ir y cubrir aquella parte —dijo ella finalmente—. Será mejor para el reportaje.
—Como gustes, bonita —respondió Jonás con una sonrisa suave.
David rodó los ojos sin disimularlo. Luz se acercó a Jonás y lo abrazó.
—Cuídate… nos vemos en dos semanas.
—Au revoir, bonita.
—Au bientôt, guapo…
—Luz… —insistió David, impaciente.
Ella se separó, tomó su mochila de las manos de David y caminó para bajar del camión. Cuando pisaron el suelo, se giró hacia él, visiblemente molesta.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué lo tratas así? Jonás solo estaba siendo amable.
David soltó el aire, tensando la mandíbula.
—Tenemos prisa, cariño. No estoy para familiaridades.
—Eres un grosero, Canarias.
—¿Grosero? —replicó, incrédulo—. Después de que meto las manos al fuego por ti, decides irte con otro equipo… ¿qué te pasa a ti?
—¡Yo no te pedí que hicieras nada! —disparó ella—. Siempre haces lo mismo… llegas, impones y decides por todos.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió él—, porque claramente tú no estás pensando.
—¿Perdón? —dio un paso hacia él—. Llevo años haciendo esto, no necesito que vengas a salvarme.
—Pues no lo parece —soltó, seco.
—¡Eres imposible!
—Y tú imprudente.
—¡Controlador!
—¡Inconsciente!
—¡Basta ya! —gritó un soldado desde el camión—. ¿Se van a subir o se van a quedar aquí discutiendo todo el día?
El silencio cayó de golpe.
Luz y David se miraron un segundo más… cargados de todo lo que no iban a decir.
Después, sin añadir nada, subieron al camión y se sentaron juntos en la orilla. Comenzó la marcha.
Luz soltó un suspiro largo, pasándose una mano por la frente.
—Vale… hagamos esto —dijo al fin—. Quedemos en paz. Yo voy, hago mi trabajo, no me meto en problemas…
Lo miró de reojo.
—Y tú haces el tuyo.
David asintió apenas.
—Vale… pero admite algo: estás aquí porque yo te ayudé.
Luz suspiró, como si ya esperara ese comentario. Luego volteó a verlo… y le sonrió.
—Gracias, David. Sin ti no habría podido llegar hasta aquí… tan fácil.
—¡Ole! ¿Y eso es dar las gracias? —respondió él, entre divertido y ofendido.
—Habría llegado de todas formas… solo me lo facilitaste.
David soltó una risa corta.
—Ah… claro. —Hizo una pausa—. Y… ¿él? ¿Tu novio? —preguntó, como si no le diera importancia—. ¿Por qué no te ha traído él?
Luz levantó una ceja al instante.
—¿Estamos de acuerdo? —respondió, esquivando la pregunta.
—¿En que yo logré lo que él no? —insistió David, con media sonrisa.
Luz negó con la cabeza, divertida pero firme.
—No. En que tú haces lo tuyo… yo lo mío.
Lo sostuvo un segundo más.
—Y esto se queda aquí… ¿sale?
David la miró, sin perder la sonrisa, pero no dijo nada. Luz sacó su discman y se puso los audífonos. El resto del viaje no hubo más interacción.
9 respuestas
Huy David celos jaja. Me encanta este par
5 minutos y ofreciendo nalgadas el picaflor 🤭🤭
Jajajajajaja…
Jajajaja cómo me divierten sus discusiones de estira y afloja… Luego está Jonás y la familiaridad que David no tiene con ella… No hay forma en que no me haga ilusión leer esta historia de nuevo.
Alguien aquí está celoso
¿Crees? jajajaja
Siento como
Si estiviera leyendo una novela
Diferente pero
Me
Encanta!
David tóxico me hace reír mucho😂😂😂
jajajajaja, sin duda alguna, voy encantada con esta nueva version de ellos, me gusta ese tira y afloja de ellos.