Nadie comprende lo que sufro yo, canto pues ya no puedo sollozar, solo temblando de ansiedad estoy, todos me miran y se van…

EL CUERPO DE TRISTÁN FUE DESPERTANDO por partes. Primero los dedos, luego los brazos, y finalmente los párpados, pesados aún por el sueño. A lo lejos, una canción flotaba en el ambiente como si viniera de un sueño ajeno. Sus piernas se estiraron, perezosas, y giró sobre el sofá hasta quedar boca arriba.

El color del departamento de Ximena lo desubicó por un instante. No era su cama de sábanas blancas ni el silencio de su casa en Ibiza. Era… otro lugar. Un lugar con paredes color verde azulado, cojines bordados, luz cálida y olor a café. Un lugar donde, curiosamente, había dormido bien.

El espacio de Ximena era un reflejo de su personalidad: lleno de color, vida y detalles que hablaban de alguien que amaba su espacio. En las paredes colgaban fotografías y pequeñas pinturas, algunas con marcos desiguales que, lejos de desentonar, aportaban un encanto ecléctico. Cerca del ventanal que daba a una pequeña terraza, se agrupaban varias plantas: helechos, suculentas, potos y flores que parecían haber encontrado el lugar perfecto para florecer.

La cocina, aunque pequeña, estaba bien equipada. La vajilla era colorida, despareja pero alegre, y junto a la ventana se alineaban macetas con hierbas frescas —albahaca, menta, romero— todas etiquetadas con  caligrafía bonita y cuidadosa.

Se incorporó un poco y se frotó los ojos.

—Mujer, si puedes tú con Dios hablar… —cantaba la voz de un trío. Tristán se percató de que la música no venía del piso de Ximena, sino de otro piso; al parecer el contiguo al de Ximena. Sin embargo, lo que llamó más su atención, era la voz que la acompañaba.

—…pregúntale si alguna vez… te he dejado de adorar —susurró Ximena, cantando bajito mientras servía café en la cocina.

Tristán no se movió. Se quedó donde estaba, envuelto en la cobija de cuadros, observándola.

Desde su rincón en el sofá, con la mente ya más despejada que la noche anterior, comenzó a mirarla con más detenimiento. Por primera vez, sin el filtro del mareo, el cansancio ni el caos, notó sus rasgos con claridad. Su belleza lo sorprendió.

Tenía el cabello largo, negro, recogido de forma despreocupada en un chongo alto. Sus ojos grandes y oscuros parecían sostener el mundo entero sin esfuerzo. Los labios, carnosos y bien definidos, le daban un aire sensual sin proponérselo. Y su figura… esa figura que apenas notó la noche anterior, ahora se revelaba con cada movimiento. El camisón negro se ceñía ligeramente a su cuerpo, revelando curvas suaves, naturales, una cintura estrecha, unos pechos bien formados. Su piel, bronceada y tibia como el amanecer, completaba la escena.

Pensó que quizá su belleza había sido una de las razones por las que había perdido la cabeza en Las Vegas. Pero también pensó que era una lástima haberse conocido en circunstancias tan absurdas.

—Te he buscado por doquiera que yo voy, y no te puedo hallar… ¿para qué quiero tus besos si tus labios no me quieren  ya besar? Y tú, quién sabe por dónde andarás, quién sabe qué aventura tendrás, qué lejos estás de mí… —cantaba Ximena, bajito, mientras revolvía el café.

Tristán sonrió. La escena era casi irreal. Una mujer hermosa, una canción antigua, una cocina cálida. Y entonces, rompiendo el encanto, preguntó:

—¿Cómo se llama la canción?

Ximena, al percatarse de que estaba despierto, se sobresaltó ligeramente. Se acomodó la bata sobre el camisón, cruzándola con disimulo. Luego se asomó hacia la sala y lo miró, un poco sonrojada.

—Buenos días… —le dijo con una sonrisa aún somnolienta—. ¿Café?

—Sí, por favor.

—¿Negro?

—Sí, sin azúcar —respondió él.

—Me alegra… no hay mejor forma de tomar café —aprobó ella, casi como si fuera una prueba de carácter.

—¿Cómo se llama? —insistió Tristán, con la mirada aún fija en ella.

—¿Qué?

—La canción. Me gustó.

Ximena caminó hacia él con la taza en mano. Para ese momento, otra melodía ya sonaba en la radio: un bolero más movido, con guitarras que rompían el tono nostálgico de la anterior.

—Perfidia —respondió, entregándole el café—. La canta el trío de Los Panchos.

—Me gustó. Es bonita —dijo él, mientras la miraba a los ojos. No estaba seguro si hablaba de la canción… o de ella.

Ximena notó la intensidad en su mirada, pero desvió la atención con una historia que ni ella supo por qué contó:

—Doña Lupe, mi vecina, es una señora que vive sola  con su gato, Gabilondo.

—¿Gabilondo? —repitió Tristán, alzando una ceja.

—Sí… no sé por qué le puso así. Pero todos le decimos Gabi. A veces viene a molestar a Solovino. En fin… ella siempre tiene la radio puesta en la XEW-AM, “La Voz de América”. La prende a las siete en punto, justo después de rezar. La apaga cuando se va a dormir. Los domingos es diferente: sólo la pone por la mañana porque a las doce va a misa y luego su hijo la pasa a recoger para llevarla a comer. Así que los domingos se descansa —terminó, casi riéndose de sí misma por la información tan innecesaria.

Tristán la escuchó con genuino interés. No sabía si era por la historia en sí o por la manera en que la contaba, con esa voz entre risueña y nerviosa, como si hablar lo ayudara a no sentirse tan extraño en esa casa.

—Perfidia —repitió en voz baja, como queriendo guardar el nombre de la canción… y el recuerdo de Ximena cantando.

Ella se quedó en silencio, observándolo. Por primera vez desde que despertó, Tristán ya no se sentía como un niño rico y presumido, sino un hombre. Un hombre de carne y hueso, vulnerable, con cicatrices escondidas detrás de esa sonrisa de galán y esos ojos que a ratos parecían buscar algo que ni él sabía nombrar.

La canción en la radio cambió. Una voz femenina comenzó a cantar algo suave, melancólico, pero Tristán no puso atención a la letra. No podía. Su mente estaba demasiado ocupada. Ahora se sentía nervioso. Ximena lo ponía así.

No entendía muy bien por qué. ¿Era su fuerte personalidad? ¿Esa forma de decirle las cosas sin rodeos? ¿Su manera de caminar como si el mundo entero fuera suyo? ¿O era su belleza? Una belleza diferente a la que él  estaba acostumbrado. No era la belleza producida, artificial, ensayada de las mujeres con las que salía. Ximena tenía un atractivo que no gritaba, pero que se quedaba clavado. Y eso, justamente eso, era lo que lo descolocaba.

Estaba acostumbrado a tener el control. A que fueran ellas quienes caían primero. Un par de frases bien dichas, una sonrisa torcida y ya estaba. Pero con Ximena era distinto. No solo no había caído… parecía que ni siquiera había notado su intento de encanto. Lo ignoraba con la misma naturalidad con la que servía el café o hablaba del gato de su vecina.

Y eso lo desarmaba. Porque lo hacía sentir torpe. Humano. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera nada que ofrecer que ella no pudiera rechazar o que no había frase correcta para conquistarla.

—Hoy a la una tenemos cita con mi tío, el abogado —rompió Ximena el silencio mientras removía el café.

—Vale… —contestó él, aún medio absorto en su taza.

—Mi tío Juan es muy bueno, y estoy segura de que nos divorciará de inmediato. Tiene un despacho en la colonia Juárez, cerca de Paseo de la Reforma —agregó ella, como si Tristán tuviera un mapa mental de la ciudad.

—Ajá…

—Mi tío tiene las tres “b”.

—¿Las tres “b”? —repitió Tristán, frunciendo el ceño.

—Bueno, bonito y barato —explicó con una sonrisa.

—¿Bueno, bonito y barato? —repitió él, ahora como si analizara una fórmula matemática.

Ximena soltó un suspiro y apoyó la cuchara en la mesa con un pequeño golpe.

—¿Me puedes explicar por qué tienes esa manía?

—¿Qué manía? —inquirió él, arqueando una ceja, intrigado.

—¡Esa! —exclamó ella, señalándolo como si hubiera resuelto un crimen—. Siempre repites lo que digo. O lo repites como pregunta. No sé si es que dudas de mí o de ti.

—¿Dudar de ti o de mí? Claro que no —dijo Tristán… justo antes de darse cuenta de que acababa de hacerlo otra vez.

—¡Ahí está! —exclamó Ximena, victoriosa—. Lo haces sin pensar. Como si necesitaras reconfirmar la realidad una y otra vez. ¡Eres como un espejo descompuesto!

—Bueno, no sé… quizá es mi forma de digerir lo que pasa. O de ponerme una coraza. Qué sé yo.

—¿Ponerte una coraza? ¿Protegerte de una mexicana que te da café y te salva del vómito?

—De una mexicana que me arrastró a una boda exprés con un tío disfrazado de Elvis —respondió él, divertido, pero con algo de razón en el fondo.

—Usted solito se arrastró, caballero. Ni que te hubiera obligado con una escopeta —contestó ella, cruzándose de brazos—. “Solo nos falta casarnos para tacharlo todo de la lista. Lo típico de Las Vegas, ¿no?” —lo imitó. Ximena comenzaba a recordar poco a poco su aventura.

—¿Eso te dije yo? —preguntó interesado.

—Sí…

—¿De verdad te lo solté así?

Ximena lo vio a los ojos, con una seriedad que lo sorprendió. Los dos se quedaron en silencio unos segundos, mirándose como niños que se han empujado en el recreo pero no saben si ya es hora de hacer las paces. Tristán fue el primero en reír. Era una risa cálida y genuina, de esas que se disfrutan.

—Vale, lo reconozco. Tengo esa manía. Repito lo que oigo porque… no sé, me ayuda a aterrizar. A veces me cuesta confiar. En los demás… y en mí. ¿Qué café es este?  Porque está delicioso —cambió de tema.

Ximena parpadeó, desconcertada por el cambio, pero siguió la conversación. Ya había sido demasiado diálogo acalorado entre los dos.

—Lo compré en el centro. En la calle López. Siempre voy ahí a comprar pan de muerto. Y no es broma, es tan rico que una mordida y te vas directo al cielo.

Tristán abrió la boca. Lo iba a volver a hacer y como Ximena ya lo sabía, simplemente se dejó llevar.

—¿Pan de muerto? —repitió, entrecerrando los ojos, esperando que Ximena se lo explicara o le reclamara.

Sin embargo, Ximena soltó una carcajada sonora. No se contuvo. Y su risa, abierta y contagiosa, arrastró a Tristán con ella. Los dos terminaron doblados de la risa en medio de la sala, como si se conocieran desde siempre. Él no recordaba la última vez que había reído así. Tal vez con David Canarias, años atrás, cuando la vida todavía parecía sencilla y no tenían nada de qué preocuparse.

—¿Y de qué nos reímos, eh? —murmuró Tristán, mientras se quitaba una lágrima con una sonrisa.

—De nada… y de todo —dijo ella, aún con restos de risa en la voz—. En fin, ¿qué te parece si vas a tu hotel, te bañas, te cambias y nos vemos en mi local a la una? ¿O prefieres que pase por tí y vamos juntos?

—Mejor vienes tú al hotel a por mí —bromeó Tristán—. No me apetece que tu jefa de seguridad me dé otra paliza.

—¡Qué exagerado! Ni te pegó tan fuerte —respondió Ximena, llevándose la taza de café a los labios.

Tristán la observó con detenimiento. Sus ojos, todavía húmedos por las lágrimas de risa, brillaban con una calidez irresistible. Desvió la mirada apenas un segundo, pero regresó a sus pestañas: largas, naturales, sin artificios. Lo cautivaban. Le gustaba cómo enmarcaban sus ojos de una  forma sutil, casi inocente, dándole un aire de coquetería que, él intuía, Ximena no era del todo consciente de poseer.

—Me da igual. Mientras estés tú —respondió, sin pensarlo demasiado. Luego bajó la mirada, sorprendido de lo que acababa de decir.

Ximena lo miró de reojo, pero no dijo nada. Se puso de pie y fue hacia una cómoda cerca de la puerta. Abrió uno de los cajones, sacó una libreta gastada y una pluma con tinta azul. Regresó hacia donde estaba Tristán y, sin sentarse, escribió algo con letra clara y decidida. Al terminar, arrancó la hoja y se la tendió.

—Este es el número de mi taller, por si las dudas —dijo con una media sonrisa, más amable que la de la noche anterior.

Tristán tomó el papel, lo leyó rápido y luego levantó la mirada.

—¿Dónde te hospedas? —añadió ella.

—En el Gran Hotel de la Ciudad de México —respondió él con naturalidad, como quien menciona el lugar más obvio del mundo.

Ximena arqueó una ceja, sorprendida. Aunque, pensándolo bien, no sabía por qué. Claro que un tipo como él, con esa pinta de europeo elegante, se hospedaría ahí.

—Bien, está cerca de aquí —dijo al final, más para sí misma que para él.

Ximena dejó la libreta sobre la mesa y se acomodó la bata con las manos. Tristán, siguiéndole el gesto, también se puso de pie.

—Cerraré el taller antes y voy por ti —informó ella, mientras caminaba hacia la puerta—. Si tenemos suerte, estaremos divorciados antes de que caiga la noche. Mi tío es bueno… tiene contactos.

—Bueno… gracias por todo, Ximena —dijo él, con una  sonrisa genuina.

Ella se detuvo un segundo y giró la cabeza por encima del hombro.

—Mena… —lo corrigió.

Tristán asintió, con la sonrisa aún en los labios.

—Mena —repitió, como si saboreara el nombre.

Ella negó con la cabeza, divertida por su insistente manía.

—Venga, te acompaño para abrirte el portón —añadió, y sin esperar más, abrió la puerta del departamento.

Tristán la siguió, todavía con el papel en la mano. No lo dijo, pero la letra de Mena le pareció tan bonita como su risa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *