—NO PUEDO CREER QUE ESTÉ CASADA —repitió Ximena, con los codos apoyados en la mesa mientras se sobaba las sienes. El impacto de saber que estaba casada de verdad le provocaba una migraña tan intensa que sentía que el cráneo le latía.

Tristán, sentado frente a ella, observaba distraídamente la decoración del restaurante donde habían acordado reunirse. El aroma de la comida recién hecha y los coloridos platillos que pasaban cerca le abrían el apetito, algo poco común en él, que siempre había sido desganado para comer.

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —se lamentó Ximena, cerrando los ojos con desesperación.

—Bueno, vale ya, guapa. Que no se ha caído el mundo —dijo Tristán con soltura, casi divertido, sin notar —o fingiendo no notar— la nube de tensión que flotaba sobre la mesa.

Ximena lo miró con los llamados “ojos de pistola”. Le apuntó con una furia silenciosa.

—¿Que no se ha caído el mundo? ¿Esa es tu respuesta? —preguntó, entre incrédula e indignada.

—A ver, que no hace falta liarse la manta a la cabeza —añadió Tristán, medio sonriendo—. Yo vengo, firmamos el papelito… y esto queda como una historia graciosa que contar, ¿vale?

—“No hace falta liarse la manta en la cabeza” —repitió Ximena, imitándolo con tono irritado—. ¡Perdón! Perdón… es que estoy muy confundida. No es mi intención ser grosera. Pero creo que no alcanzas a ver la magnitud del magnetismo… no, del dramatismo de la situación. ¡¿Qué le voy a decir a mis hijos?! ¡¿Cómo les explico que me casé con un desconocido en Las Vegas?! ¿Sabes lo que pensarán?

—¿Qué su madre se la pasaba de puta madre? —respondió Tristán, entre sonrisas, sin medir el impacto de sus palabras.

Ximena alzó una ceja al escucharlo.

—¡No! Que su madre no tenía control del alcohol. Eso será un pase directo para que hagan alguna idiotez y esperen que yo los perdone por “seguir el ejemplo”. ¿Sabes? Y no digas esa expresión aquí. No es algo bueno.

—Venga, no te pongas así, guapa. ¿Vamos a picar algo o me vas a dejar a dieta? —preguntó, con un intento de suavizar el ambiente.

—No me digas guapa —murmuró Ximena, alzando la mano para llamar al mesero.

—Vale, Ximena Caballero —corrigió Tristán, encogiéndose de hombros.

El mesero se acercó, libreta en mano, y Tristán empezó a dictar su pedido como si estuviera leyendo un menú entero. Ximena lo observó en silencio, desconcertada, escuchando cómo mezclaba platos dulces, salados y picosos con total entusiasmo.

—Y unos churros —añadió al final—. Hace mucho que no como churros —aclaró, como si fuera algo de vital importancia.

—Muy bien, señor. ¿Para usted, señora? —inquirió el mesero, dirigiéndose a Ximena.

—Señorita —corrigió ella, sin dudar—. Un tequila doble.

El mesero la miró con cierta sorpresa.

—Solo ve… —comentó Ximena, encogiéndose de hombros. Luego volteó a ver a Tristán, y sus miradas  se cruzaron al instante. Sus ojos castaños brillaron al encontrarse con los de ella, negros y profundos.

—¿Acaso te tenían amarrado? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—¿Amarrado? —repitió Tristán, desconcertado.

—Sí. Pediste comida como si jamás te hubieran dado de comer. Te va a dar una indigestión.

—Es que tengo mucha hambre, Ximena Caballero.

—Mena —lo corrigió con firmeza—. O Ximena, o Xime. Nadie me llama Ximena Caballero.

Tristán sonrió y tomó un sorbo de la cerveza que ya le habían servido.

—Me he pegado un viajecito: Ibiza, Madrid, Las Vegas… y ahora aquí. Y comer, lo justo, vamos.

Ximena entrecerró los ojos, como si intentara descifrar si se estaba burlando o si realmente estaba agotado.

—¿Y todo eso solo para verme firmar un papel? —preguntó—.Debes tener una razón muy grande para venir hasta acá a buscarme con tanta urgencia y pedirme el divorcio.

—También quería verte y asegurarme de que eras real —dijo.

El mesero llegó con el tequila de Ximena. Apenas lo puso sobre la mesa, ella lo tomó de un solo trago.

—Tráeme otro —le pidió.

Tristán sonrió, divertido.

—Mira tú… ya voy entendiendo por qué te casaste conmigo en Las Vegas.

—Supongo que el alcohol tuvo mucho que ver… y el hecho de pensar que era una boda falsa. Pero también hubo otras cosas —confesó, y al instante se arrepintió.

Tristán no dejó pasar ese comentario. Alzó una ceja y sonrió.

—¿Este español logró enamorarte? Hombre, no me extraña… tengo lo mío.

—No, no me enamoraste —aclaró Ximena. De pronto, el color rojo se le subió a las mejillas, provocando que se ruborizara por completo. Trató de disimularlo mirando hacia otro lado, pero fue demasiado tarde; Tristán ya lo había notado.

—Simplemente… me caíste bien.

—¿Te agradé? ¿Y qué fue lo que hice para dejarte tan buena impresión, Ximena Caballero? —preguntó con picardía.

Ximena miró hacia el bar. Esperaba que su segundo tequila llegara para poder continuar con esa conversación, pero el restaurante estaba lleno. No le quedó de otra más que seguir hablando.

—Pues… recuerdo que fuiste simpático. Llegaste, me saludaste. Me dijiste una frase graciosa.

—¿Graciosa?

—Sí… te acercaste y soltaste: “¿Este sitio está libre o ya lo estás reservando para el amor de tu vida?”.

Ximena rió entre dientes, negando con la cabeza.

—Y luego me guiñaste el ojo como si fuera lo más normal del mundo.

—Hombre, es que con una sonrisa como la tuya… había que intentarlo —dijo Tristán, encogiéndose de hombros con falsa modestia.

—Te sentaste. No me preguntaste nada. Solo dijiste que eras adivino y que me leerías el futuro. Me pediste la mano y comenzaste a inventar mi destino, uno bastante…

—¿Acertado?

—Absurdo. Dijiste que me casaría contigo, que tendríamos tres hijos y viviríamos junto al mar. Yo te respondí: “¿Eso se lo dices a todas?” Y tú contestaste…

—A todas no. Solo a la que me mira como si supiera que estoy mintiendo… pero igual quiere quedarse a ver si es verdad.

Tristán se sorprendió de sí mismo. Jamás pensó tener semejantes habilidades para ligar. A su prometida, Begoña, jamás le había hablado así. Ese matrimonio estaba tan pactado que desde el inicio eliminó cualquier espacio para el juego o la conquista.

—¿Y con eso bastó para que acabaras casada conmigo? No está mal.

—No, claro que no —admitió Ximena—. Comenzamos a hablar. Al principio fue puro juego: bromas sobre lo absurdo del lugar, sobre las bodas exprés, sobre la posibilidad de que Elvis fuera testigo. Tú dijiste que, si ya estábamos en Las Vegas, teníamos que hacer al menos una locura. Yo respondí que bastaba con conocerte, que eso ya era una.

Tristán soltó una risa. Ojalá no hubiera estado tan borracho. Le habría gustado recordar aunque fuera un poco de aquella noche. El segundo tequila llegó, pero esta vez Ximena no lo bebió de golpe. Empezó a pasar el dedo por el borde del vaso, haciendo círculos, como si tratara de tranquilizarse.

—Una cosa llevó a la otra —dijo ella, en voz más baja—. Me dije a mí misma: Oye, Ximena… ¿cuándo tendrás la oportunidad de casarte con alguien así?

—¿Alguien así? —repitió Tristán, curioso.

—Sí. Pocas personas como tú se fijarían en alguien como yo.

—¿Personas como yo? —insistió él, ahora con un leve temor de haber revelado demasiado la noche anterior. Tal vez le había dicho que era rico. Tal vez algo peor.

—Sí. Simpático, inteligente, guapo… —respondió Ximena, dejándolo sin palabras.

Tristán se sonrojó. Jamás en su vida lo habían descrito así, y mucho menos lo de inteligente. Se aclaró la garganta y miró hacia el mesero, buscando una distracción.

—En fin —continuó ella—. Pensé que era de mentiras, pero resultó real… y ahora estamos en un lío.

Tristán, todavía sonrojado, alzó las cejas y sonrió con picardía.

—Bueno… si te consuela, al menos elegiste bien para tu primera boda accidental. He oído que hay peores opciones que un español simpático, guapo… e inesperadamente inteligente.

Ximena sonrió. Tomó un sorbo del tequila y luego suspiró.

—Tengo un tío que es abogado, es mi abogado. Lo llamaré para que hagamos una cita, ¿te parece? —le propuso.

—Sí, me parece, Ximena Caballero —respondió Tristán, con una media sonrisa.

—Mena… —corrigió ella, poniéndose de pie con decisión—. Dime Mena. Ahora vengo, voy a llamarle a mi tío.

Y se alejó.

Tristán la siguió con la mirada, sin moverse, como si por primera vez desde que llegó a ese país —y quizás desde hacía mucho más tiempo— no tuviera prisa por nada. Llevaba unos pantalones de mezclilla gastados que se ajustaban a sus caderas con naturalidad, y una blusa colorida, ligera, que se movía al ritmo de su andar. No usaba tacones ni joyas ostentosas. Nada en ella parecía planificado para impresionar… y quizá por eso lo había impresionado tanto.

Había algo en su manera de caminar, en la forma segura  en que se alejaba, que lo desarmaba. No era amor lo que sentía. Tampoco deseo —aunque no podía negar que era guapísima—. Era otra cosa. Una especie de reconocimiento. Como si algo en ella le hablara en un idioma que no sabía que conocía. Como si, por un segundo, se sintiera… en casa. Y eso —eso— sí que era nuevo.

Tristán se recargó en el respaldo de la silla y exhaló despacio, sin dejar de mirarla.

—Mena —repitió en silencio.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si quería que ese enredo terminara tan rápido como lo había planeado.

***

A Ximena no le sorprendía en lo absoluto que el español se hubiese indigestado. Comió tanto que agradeció que él hubiera pagado la cuenta y no ella. Intentó ayudarlo con algunas tostadas y un poco de churros con chocolate, pero no fue suficiente.

Al final, Tristán terminó devolviendo el estómago en el baño de su departamento, quejándose como si estuviera viviendo una tragedia griega.

Mientras lo escuchaba, Ximena permanecía en la cocina, calentando un poco de agua para prepararle un té de hierbabuena. Esperaba que ese remedio fuera suficiente y no acabaran en urgencias por una infección estomacal.

—¡Joder! —se oyó desde el baño, seguido de los inconfundibles sonidos de una escena que ella prefería no imaginar con demasiado detalle.

—Ándale… por atascado —murmuró Ximena, sin poder evitar una sonrisa.

No es que le gustara escucharlo sufrir, pero le resultaba  un poco gracioso. Una especie de pequeña venganza divina. Algo que sirviera para bajarle lo presumido… y lo pedante. Cuando la tetera silbó, sirvió el té en una taza y se dirigió hacia la puerta del baño, esperando que él saliera. Momentos después, Tristán apareció. Tenía el rostro digno de una pintura trágica: ojos apagados, piel pálida —tirando a verdosa— y expresión completamente derrotada.

Su imagen habitual de seguridad y carisma había sido reemplazada por la de un turista deshidratado al borde del colapso.

—¿Todo salió bien? —preguntó Ximena, cruzando los brazos con gesto neutro.

Él la miró directo a los ojos. Entendió el chiste, claramente. Pero no le encontró ninguna gracia.

—Lo siento —dijo con voz grave, ronca, como si acabara de sobrevivir a una guerra.

—Toma, el té está caliente —respondió Ximena, extendiéndole la taza—. Bébelo despacio. Y si te vas a morir… por lo menos no lo hagas en mi alfombra, que no tengo presupuesto.

Tristán la observó con resignación mientras tomaba la taza con ambas manos, como si fuera lo último que le quedara en la vida. Al alzar la vista para agradecerle, sus ojos se encontraron con los de Ximena. Fue un instante breve, casi accidental… pero suficiente para que ambos se quedaran en silencio.

No había burla ni sarcasmo en esa mirada. Tampoco incomodidad. Solo un reconocimiento inesperado, como si por un momento se vieran el uno al otro sin defensas, sin poses.

Sin etiquetas.

Ella fue la primera en apartar la vista, carraspeando  suavemente mientras se cruzaba de brazos.

—Bébelo antes de que se enfríe —dijo, como si no hubiese pasado nada.

—Eres cruel —susurró.

—No. Soy práctica —respondió ella, con una sonrisa contenida—. Y tú eres un exagerado con el estómago de un niño mimado.

Si Ximena hubiera sabido la verdad, quizá no lo habría dicho con tanta ligereza. Porque Tristán era malo para comer. No por capricho, sino por costumbre. Toda su vida lo habían alimentado con menús meticulosamente calculados por chefs franceses contratados por su madre: platos delicados, insípidos, sin alma; alimentos sin color, sin grasa, sin historia. Creció rodeado de lujos, sí, pero sin el sabor del mundo real.

Y no lo había notado… hasta que lo probó.

Porque esa noche, por primera vez en años, Tristán no comió por protocolo, ni por etiqueta, ni por presión. Comió porque quería. Porque algo en él —algo que ni él mismo comprendía— se había sentido fascinado. Mezcló dulce con picante, crocante con cremoso. Probó sin preguntar. Sabía que luego lo pagaría, y lo pagó, pero en el fondo… le había valido la pena.

Por eso, cuando ella lo llamó “niño mimado”, Tristán solo bajó la mirada hacia la taza de té, sonrió por dentro y no dijo nada. Porque nunca había estado más lejos de su mundo de siempre. Ni más cerca de algo que, por fin, sabía bien.

Tristán caminó directo al sofá y se dejó caer con un suspiro cansado, como si el día, el viaje y la comida hubieran conspirado para dejarlo sin fuerzas. Ximena lo siguió en silencio, observando cómo sostenía la taza con ambas manos, todavía tibia. Dio un sorbo con cuidado… y, para su sorpresa, sonrió.

—Esto sabe a María —comentó, con una expresión que mezclaba ternura y asombro.

—¿María? —preguntó ella, sentándose a su lado, con la taza entre las manos.

—María Julia era mi niñera —explicó él, en voz baja, como si desenterrara un recuerdo que llevaba años dormido—. Murió en un accidente hace años. La atropellaron cuando iba camino al mercado. Fue algo rápido… y absurdo.

Ximena lo miró, sin atreverse a interrumpir. No lo conocía tanto, pero en ese instante, la coraza de Tristán se había resquebrajado lo suficiente como para dejar ver una parte de él que pocos habrían tocado.

—Lo siento mucho —dijo finalmente, con una voz suave, sincera, sin caer en frases hechas.

Tristán se giró apenas hacia ella, sorprendido por la honestidad en su tono. No había lástima, no había obligación. Solo una empatía limpia, que no necesitaba conocer su historia para sentirse cerca. Fue un gesto pequeño… pero lo conmovió profundamente.

—Gracias —susurró, bajando la mirada por un segundo—. Nadie la recuerda nunca. Fue sustituida en un segundo. Pero yo… yo no me olvido.

Tristán dio otro sorbo. Su piel ya mostraba señales de recuperación, y el color bronceado comenzaba a regresar lentamente a su rostro. Respiró hondo, como si por fin pudiera volver a habitar su cuerpo sin sobresaltos. Luego, giró la cabeza y empezó a recorrer el departamento con la mirada, deteniéndose en los detalles: las plantas en las repisas, los libros apilados sin orden aparente, las luces cálidas, los cuadros pequeños y coloridos que parecían pintados a mano.

—¿Aquí vives? —preguntó, curioso.

—Sí —respondió Ximena, cruzando una pierna sobre la otra mientras sostenía su taza.

—¿Sola?

—No. Vivo con Solovino —contestó, con una sonrisa divertida.

Tristán parpadeó, confundido.

—¿Solovino? ¿Ese es tu… novio?

Ximena soltó una risa breve y negó con la cabeza.

—No. Es mi perro. Se llama así porque… ya sabes, “solo vino” —explicó, encogiéndose de hombros con un gesto juguetón—. Se apareció un día en la puerta, empapado por la lluvia, y se quedó. No tuve corazón para echarlo. En este momento se encuentra con mi hermano.

Tristán sonrió, ahora completamente relajado.

—Parece que tú también adoptas errores impulsivos.

—Sí, pero Solovino no me pidió matrimonio en Las Vegas —respondió ella, alzando una ceja.

—Touché —dijo Tristán con una sonrisa ladeada, antes de volver a su té como si nada—. Tu piso es… muy colorido —añadió, paseando la mirada por el lugar.

Ximena lo imitó, recorriendo con los ojos las paredes pintadas en tonos cálidos, las cortinas con estampados florales, los cojines desparejos pero vibrantes, las macetas colgantes y las lámparas de luz tenue.

—¿No te gusta? —preguntó, sin tono defensivo, solo curiosidad.

—No, no. Está muy bonito —aclaró él enseguida, alzando una mano como quien se disculpa—. Es solo que… mi casa es toda blanca. Blanca, gris y madera clara, ya sabes. Es la primera vez que veo tanto color en un solo lugar sin que me dé dolor de cabeza.

—Me gusta el color —dijo ella con naturalidad, sin pretensiones.

Él la miró. Sus ojos, grandes y oscuros, tenían esa chispa que lo había fascinado en Las Vegas… aunque no recordara del todo cómo ni cuándo había surgido. Pero ahí seguía. Viva. Imposible de ignorar.

—Va contigo —dijo él, en un tono más bajo—. Tú también pareces una persona llena de color.

Ximena bajó la mirada, como si ese comentario la hubiese tocado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Es tuyo? —preguntó Tristán, tras una pausa.

—¿Cómo?

—¿Este piso lo has comprado tú? —preguntó con una sonrisa, tomando un sorbo más de té.

—Bueno… el edificio es de mi familia. De la familia de mi mamá —respondió ella, encogiéndose de hombros—. No me preguntes mucho la historia porque ni yo la entiendo del todo, pero este departamento era de mi madre, me lo heredó. Me gusta, aunque si te soy sincera… el que más me gusta es el de hasta arriba. Ese es de mi tía Lucha. Tiene acceso directo al techo. Siempre he tenido esta fantasía de tener un jardín ahí, una terraza con plantas, luz, aire…

Tristán sonrió al imaginarla en esa escena.

—Vivo aquí porque cuido a mi tía Lucha. Ella está en el departamento de abajo; bueno, no ahora porque se encuentra visitando a su amiga en Oaxaca. No es muy grande, pero… es importante que esté acompañada —añadió, bajando un poco la voz. No entró en detalles, pero su tono bastaba para entender que había algo más.

—¿A qué fuiste a Las Vegas? —pregunto Tristán, para continuar con la conversación.

Ximena dejó su taza sobre al mesa de la sala y dijo evitando la mirada de su invitado.

—A una despedida de soltera. La hermana de mi mejor  amiga se casará en diciembre y yo le hice su vestido de novia.

Tristán sonrió. En todo este tiempo no se había percatado de lo que había visto en el lugar donde encontró a Ximena. se acomodó en el sofá, dejó la taza sobre la mesa y, con genuino interés, preguntó:

—¿Diseñas?

Ximena se sonrojó al darse cuenta de que él estaba completamente enfocado en ella. Literalmente, era su centro de atención.

—Sí. Soy diseñadora de modas. Me dedico a diseñar vestidos de novia —respondió—. El local donde me encontraste es mío. Está justo en la Calle de las Novias.

—¿La Calle de las Novias? —repitió Tristán, curioso.

—Sí. Así se le conoce a la República de Chile. Toda la calle está llena de tiendas especializadas en bodas y eventos. Es como un pequeño mundo paralelo lleno de tul, encaje y drama.

—¡Ah! —asintió, procesando la información—. ¿Y la señora esa que me soltó la hostia es tu jefa de seguridad?

Ximena soltó una carcajada al recordar los palazos que Martita le había dado en plena entrada triunfal.

—¡No! Claro que no —respondió entre risas—. Martita es mi asistente. Lleva años conmigo. Lo que pasa es que no le gusta que me hablen así tan… golpeado, como tú lo hiciste. Me defendió. Pero es buena gente, de verdad.

Tristán sonrió, divertido con la escena que volvía a armarse en su cabeza.

—Pues oye, si algún día se queda sin curro, en Ibiza le hacemos hueco. Menudo talento.

Ximena sonrió, con una chispa traviesa en la mirada.

—¿Sales mucho a los clubs de Ibiza? —preguntó, recostándose un poco en el respaldo del sofá—. ¿Conoces  a Baccara?

Antes de que Tristán pudiera responder, ella se aclaró la garganta y, con una media sonrisa, entonó con voz suave y un acento juguetón:

—Yes, sir… I can boogie… but I need a certain song… —y movió ligeramente los hombros al ritmo imaginario—. Lo siento, sigo aprendiendo inglés. Pero entendiste. Me gusta mucho la música disco.

La escena se le hizo verdaderamente encantadora. Tristán la observó como si estuviera viendo algo raro y valioso a la vez. Ximena no fingía. No había en ella ni una pizca de artificio. Era natural, divertida, espontánea. Y acababa de cantarle una canción de Baccara sin el menor rastro de vergüenza.

—Sí, claro que conozco a Baccara. Tengo un colega que es fan de ABBA —comentó Tristán, y se le escapó una sonrisa sin poder evitarlo.

—¡Me encanta ABBA! —exclamó Ximena, entusiasmada, casi saltando en el asiento.

—A mí me mola Voulez-Vous —añadió él.

Ximena alzó las cejas, sorprendida por la pronunciación impecable.

—Eso sonó bastante bien… ¿Hablas francés?

—Sí —asintió Tristán, como si fuera lo más normal del mundo—. Mi madre es mitad francesa, mitad española. Así que el francés fue casi mi segundo idioma… aunque más por obligación que por gusto, si te soy sincero.

—¡Qué envidia! Yo siempre quise aprender, pero apenas me alcanza el tiempo para el inglés.

—Podría darte clases —dijo Tristán, ladeando la cabeza con picardía—. Claro, si sobrevivo a tu menú mexicano primero.

Ximena soltó una carcajada, y por un instante, todo  pareció más ligero. Como si no tuvieran un acta de matrimonio sobre la mesa ni un lío monumental que resolver. Solo eran dos personas… hablando de música, idiomas y sobrevivientes del picante.

El silencio se instaló de nuevo, pero esta vez fue distinto. No era cómodo ni relajado, sino tenso, cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Las miradas comenzaron a hablar por sí solas, sin necesidad de palabras. Hasta que ella lo interrumpió.

—¿Mejor? —preguntó Ximena.

—¿Qué? —respondió Tristán, aún mirándola a los ojos.

—El estómago. ¿Te sientes mejor?

—¡Ah! Sí, claro que sí… muchas gracias —contestó, saliendo del trance en el que parecía haberse quedado atrapado.

—Bueno, entonces creo que es hora de que vayamos a la cama —anunció ella.

Tristán abrió los ojos con sorpresa.

—¿A la cama? ¿En serio? Mira que yo encantado, pero con lo que ha pasado… igual no rindo como esperas.

—A dormir, Tristán —lo interrumpió Ximena, conteniendo la risa al ver que la había malinterpretado—. Mañana tenemos un día importante. Tienes que reponerte.

Aun así, su expresión no cambió demasiado.

—¿Quieres que me quede? Que sepas que tengo hotel… Lo suyo sería que me fuera.

—¿Tienes miedo de que te haga algo? —preguntó ella, con un tono abiertamente coqueto. Uno desconocido para ella.

—No, pero vamos… que hasta yo sé cómo va esto.

—Si quisiera hacerte algo, ya lo habría hecho. Créeme. Pero no lo digo por eso. Mira, son las once de la noche y eres un extranjero en la Ciudad de México. Uno bastante desubicado, además. Por tu seguridad, lo mejor es que te vayas mañana al amanecer, ¿te parece? No quiero que te asalten o te pase algo y que al final sea mi culpa. ¿Qué pasa si te pones peor de la indigestión?

Sobre todo por ese fajo de billetes que lleva en la cartera, pensó.

—Pero…

—Oye, te advertí de la comida y no me hiciste caso. ¿Qué te parece si ahora sí me haces caso? Además, si alguien corre peligro aquí, soy yo, contigo en mi departamento.

—Te doy mi palabra: estás a salvo conmigo —dijo Tristán con total convicción, sin una pizca de duda en la voz.

Ximena lo miró en silencio. Le habría gustado creerle sin reservas, pero su mente era más prudente que su instinto. Había aprendido, a golpes de vida, que confiar no era un acto automático, mucho menos con un hombre que técnicamente era su esposo por accidente y del que no recordaba ni una sola conversación sobria. Y sin embargo… había algo en sus ojos. Algo que no se podía fingir.

—Entonces, ¿confías en mí? —preguntó ella, tanteando el terreno.

Tristán ladeó la cabeza con una sonrisa leve.

—¿Y tú en mí?

—Pues mira… no me queda de otra. Si esa noche en Las Vegas te hice caso, supongo que debió ser por algo —respondió ella con una media sonrisa, poniéndose de pie—. Puedes dormir en ese sillón —dijo, señalándolo—. Es cómodo. Te daré cobijas y sábanas.

Se acercó al mueble de los blancos y comenzó a sacar las mantas.

—Gracias —respondió él, agradecido.

—Ese es el baño, ya lo conoces —le indicó, apuntando  con la cabeza—, esa es la cocina, como ves. Si quieres agua o más té, sírvete con confianza.

—Gracias, Xime —dijo él, con una suavidad que le arrancó una sonrisa.

—De nada, güero. En la mañana sabremos si nuestra aventura en Las Vegas se quedó en Las Vegas… o si trae consecuencias —añadió ella, lanzándole una última mirada significativa antes de desaparecer tras la puerta de su habitación.

Y mientras la cerraba, lo hizo con una sonrisa que no pudo —ni quiso— ocultar.

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