Las Vegas, Nevada

Septiembre de 1979

COMO DADOS LANZADOS POR UNA MANO caprichosa, Tristán se encontraba en el sitio preciso para jugar sus cartas y, sin saberlo, tejer su destino. Aunque él aún era ajeno a ello. Como suele suceder con el destino verdadero: no llega con anuncios ni advertencias, aparece sin avisar, imponiendo su voluntad como una melodía impredecible, como una canción inesperada que no se puede dejar de escuchar.

Las Vegas. La ciudad del pecado. El lugar indicado para cometer una locura…Y, siendo sinceros, el último lugar donde Tristán Ruiz de Con debería estar. Pero la irresistible llamada de la diversión lo atrapó en cuanto su amigo Iñaki decidió celebrar su despedida de soltero en ese sitio. Y Tristán, como siempre, fue incapaz de negarse. Nunca se había negado a una fiesta.

Reservaron las mejores habitaciones en uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad, planificaron decenas de actividades y llenaron los bolsillos con un fajo de billetes —según ellos, solo lo “indispensable”—. Tomaron un avión privado desde Ibiza, la Isla Blanca —la otra capital del desenfreno— rumbo a La Babilonia del Occidente.

Desde que llegaron, las luces parpadeantes parecían guiarlos como un canto de sirena moderno. Nadie los conocía allí, y todo lo que hicieran formaría parte del espectáculo. Al fin y al cabo, el eslogan no mentía: Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Tristán pensaba  seguirlo al pie de la letra… o al menos, eso pretendía.

Frente al espejo, Tristán se observaba detenidamente mientras aplicaba con elegancia unas gotas de colonia. El aroma se elevaba en el aire antes de posarse sobre su piel. Su reflejo devolvía la imagen de un hombre gallardo, alto, con melena castaña rizada, enmarcando un rostro bien definido y una barba perfectamente recortada que acentuaba su mandíbula. Cada uno de sus rasgos parecía cuidadosamente esculpido para proyectar el ideal masculino: guapo, fino y seguro.

Su cuerpo, atlético y bien proporcionado —sin exageraciones vanidosas— evidenciaba dedicación. La camisa ajustada delineaba sus hombros anchos y su estatura imponente. En ese momento, Tristán no era el hijo rebelde de los Ruiz de Con; era un español encantador, entregado al embrujo de Las Vegas, listo para protagonizar una noche sin etiquetas ni apellidos.

—Estás hecho un pincel, Tristán —se murmuró, ajustándose el cuello de la camisa.

Se guiñó un ojo en el espejo, un ritual que repetía antes de cada salida importante. Estaba convencido de que le traía suerte. Luego alcanzó su vaso de whisky —el tercero de la noche— y le dio un sorbo cargado de expectación. Se veía bien. Se sentía bien. Algo dentro de él le decía que esa iba a ser una gran noche, de las que no se olvidan.

—¿Lo tienes todo, Tristán? —preguntó una voz desde el pasillo.

—Listo como nunca —respondió con aplomo, apurando el trago de un sorbo.

David Canarias lo miró desde la puerta. Al verlo, frunció el ceño. A Tristán no le pasó desapercibida la desaprobación en su mirada, pero decidió ignorarla. O al menos, fingió hacerlo. Tomó su cartera, contó las tarjetas y  el efectivo, y la guardó en el saco fino que había comprado especialmente para la ocasión. Echó un último vistazo a su conjunto, ajustó un par de detalles y sonrió.

—¿Nos vamos?—le preguntó a David, su mejor amigo, que parecía estar allí más por compromiso que por gusto.

David suspiró y le hizo una seña con la cabeza para que saliera primero. Siempre impecable, irradiaba un atractivo innegable, tal vez una de las razones por las que ya se había casado dos veces.

Su rostro, de proporciones armoniosas, lucía una barba perfectamente recortada que sumaba sofisticación. Sus ojos, firmes y penetrantes, reflejaban seguridad. Y esa sonrisa magnética iluminaba todo a su paso, como un hombre consciente de su encanto natural.

Siempre bien vestido, David sabía cómo resaltar su figura atlética con prendas meticulosamente selecionadas. Parecía caminar sobre pasarelas en lugar de aceras. Tenía ese algo que lo hacía parecer un empresario de éxito, alguien que se adueñaba del espacio con elegancia y resolución. Y a Tristán le gustaba caminar a su lado. Lo hacía sentirse parte de algo… aunque no supiera muy bien de qué.

Sin embargo, Tristán no se quedaba atrás. Tenía estilo, porte y una simpatía que abría puertas. Su ropa siempre estaba bien elegida, sus pasos medidos, su sonrisa lista. A simple vista, parecía tenerlo todo bajo control, pero por dentro, era un caos.

Su seguridad era más acto que esencia, una fachada cuidadosamente construida para impresionar. Su andar confiado era solo un disfraz: un equilibrio entre el deseo de pertenecer y el miedo constante a no estar a la altura. Nadie lo habría notado —quizá David sí—, pero Tristán sabía que, en el fondo, todo era mucho más inestable de lo  que aparentaba.

Aun así, ahí estaban los dos, caminando como si el mundo les perteneciera. Aunque al menos uno de ellos supiera que todo era, en el fondo, una brillante mentira.

—¿Vas a comportarte esta noche, o qué? —preguntó David con tono serio.

—Anda, no sabía que mi padre había venido también —soltó Tristán, burlón.

David lo sujetó del brazo antes de que saliera.

—Tristán, es en serio.

—Lo sé. Pero vamos… tú ya me conoces —respondió, quitándole peso a sus palabras con un ademán de hombros.

David no insistió. Lo dejó avanzar.

Apenas dieron unos pasos, Iñaki salió de su habitación con una sonrisa cómplice y una botella de champán en la mano.

—¿Listo, tío? —preguntó con tono retador.

—Sabes que nací listo —respondió Tristán, con su aire habitual.

La respuesta no le gustó nada a David, pero no dijo nada.

—Quiero que observes y aprendas lo que es una verdadera despedida de soltero, ¿eh? Porque pronto te tocará a ti. Tu reto es dejarme en ridículo. A ver si lo consigues —le soltó Iñaki como si le diera una misión sagrada.

Tristán frunció el ceño. Odiaba esa idea, aunque era su realidad. Después de más de diez años con Begoña de la Torre, por fin le había pedido matrimonio. No por amor, sino por presión, por costumbre y por su madre. Y por Begoña, que ya no pedía: exigía. Ahora tenía un compromiso que oficializar, una boda que planear. Y lo único que realmente le entusiasmaba era la despedida de  soltero. Aunque, si era honesto consigo mismo, preferiría cortarse una mano antes que casarse con Begoña.

—¿Qué les parece si mejor disfrutamos la noche y no hablamos de eso? —propuso Tristán, cortando el tema—. No hemos cruzado medio mundo para hablar de Begoña, anda ya.

Le pasó un brazo a David por encima de los hombros y lo arrastró con él hacia el elevador.

—¡Es lo que toca, tío! ¡Es el destino! —gritó Iñaki.

Destino. Esa maldita palabra. Parecía que la había escuchado tanto en su vida que ya no significaba nada. Era destino ser el único heredero de la empresa familiar. Destino casarse con Begoña. Destino ser miserable el resto de su vida.

—Pues mira —murmuró Tristán, alzando su copa—, hoy el destino y yo hemos quedado en pasarlo de puta madre. Así que… salud. Por Iñaki y su próximo matrimonio.

—¡Salud! —brindó Iñaki, dando un trago generoso.

Juntos caminaron por el pasillo hacia el elevador. Abajo los esperaba un vehículo. Iñaki se adelantó; los demás invitados ya estaban esperándolos. Tristán se rezagó un poco con David.

—¿Todo bien? —preguntó éste, ladeando la cabeza.

—Sí, hombre. Como siempre —respondió Tristán, sonriendo con ese gesto que usaba como armadura—. Siempre estoy bien.

—¡Venga, Tristán! —gritó Iñaki desde la puerta del coche—. ¡Vamos a exprimir la noche, que mañana… c’est la mort! —añadió, riendo en francés.

“La morte”. La muerte, comparada con lo que Tristán viviría después al regresar a Ibiza, no le sonaba tan mal. Dio otro sorbo a su bebida; subió al coche, y desde ahí, el whisky se convirtió en tequila, luego en champán… y  finalmente, en olvido.

Ni siquiera recordaría cómo se llamaba.

***

Ibiza, España

Un mes después — Mediados de octubre

—¡Tristán Ruiz de Con Saavedra!

La voz cortó el aire como un cuchillo afilado, haciendo temblar hasta los mármoles del pasillo antes de irrumpir en la oficina donde él pasaba sus mañanas “cuidando” la empresa familiar.

Su asistente, que estaba sentada sobre sus piernas, se levantó de inmediato y se acomodó la falda con nerviosismo. Tristán soltó un suspiro de puro fastidio.

¿Ahora qué quiere?, pensó, resignado a la tormenta que se avecinaba.

La vio cruzar la puerta con paso firme y mirada incendiaria. Su madre —pequeña, de piel blanca como la leche y labios apretados en una línea recta— entró al despacho como una ráfaga helada. Tenía los puños tan cerrados que las manos se le habían teñido de rosa, y una vena palpitaba en su cuello como si estuviera a punto de estallar.

De niño, esa imagen lo aterraba; a sus veintinueve años, solo le provocaba indiferencia.

Nada de lo que su madre hiciera lograba ya intimidarlo, ni sorprenderlo. A decir verdad, ni siquiera sentía gran cosa al verla. ¿Eso me convierte en un mal hijo?, se preguntó sin demasiada culpa.

—Madre —murmuró, sin convicción.

—No me llames así ahora —espetó ella, con voz gélida—.  ¿Tendrías la amabilidad de pedirle a tu… acompañante que nos deje a solas? Tengo asuntos serios que discutir con mi hijo.

Tristán rodó los ojos. Odiaba que le arruinaran el momento, pero odiaba aún más esa oficina, el teatro diario de fingir que trabajaba y, sobre todo, fingir que sentía afecto por su madre.

La joven asistente no dijo nada. Recogió su bolso y salió del despacho sin mirar atrás.

—Madre, yo estaba…

—No finjas ocupación, Tristán —lo cortó con ese tono suyo que podía partir una copa de cristal. ¿Podrías explicarme esto, por favor?

Arrojó un papel sobre el escritorio. Él lo tomó sin prisa, y apenas lo leyó, frunció el ceño.

—¿Un acta de matrimonio?

¡PLAS!

La bofetada llegó sin previo aviso, seca y certera. Le nubló la vista y le dejó un ardor punzante en la mejilla.

—¡Joder! —protestó, llevándose la mano a la cara.

—Exactamente —siseó ella—. Un acta de matrimonio. Legal. Internacional. Y completamente escandalosa.

Se paseó por la oficina como una fiera enjaulada.

—La encontró Tita cuando limpiaba tu maleta. Qué bonito, ¿no? Entre trajes de diseñador y facturas de champán… una boda secreta.

Tristán no respondió. No recordaba haber metido ese papel ahí. De hecho, no recordaba haberlo firmado.

—Te casaste en Las Vegas, Tristán. Como un turista borracho y sin apellido. ¿Tienes la menor idea de lo que esto significa?

Volvió a mirar el documento. Su nombre estaba allí. Y junto al suyo, uno desconocido: Ximena Caballero.

Se dejó caer en la silla, apoyó los codos sobre el escritorio y lo leyó una y otra vez.

—¿Que me he casado con Ximena Caballero?

—¡Eso mismo! ¿Te das cuenta de la gilipollez que has hecho?

Pensó en decirle la verdad: que estaba ebrio, que no lo recordaba. Pero su madre no necesitaba que se lo dijera. Lo sabía. O peor: ya no le sorprendía.

—Te casaste en Las Vegas, Tristán. Estás comprometido con Begoña de la Torre. ¿Lo has olvidado? ¿O simplemente ya no te importa lo que está en juego?

Bego. El nombre le provocó una punzada de ansiedad. Era con ella con quien debía casarse, la elección correcta, la que su familia aprobaba. Y, por un segundo, alivio: no era con ella con quien se había casado. Aunque, con la cantidad de alcohol en su cuerpo, también podría haber sido.

—No sé qué pasó… pero lo puedo arreglar —murmuró.

—Y más te vale que lo hagas. Begoña aún no se ha enterado, y no tiene por qué hacerlo jamás. Localiza a esa mujer, habla con ella, consigue una anulación, un divorcio… ¡Deshaz esta vulgaridad!

—¿Y cómo se supone que haga eso?

—Lo has oído perfectamente. Averigua dónde está. Haz lo que debas, pero borra esto del mapa antes de que trascienda. Si no por ti, al menos por el nombre que llevas. Su padre es el mayor accionista de esta empresa. Si se entera: estás acabado. Y créeme, Bego podría dejarte.

¿Y eso no sería una bendición?, pensó Tristán. Y sin querer, su madre le dio la clave: tal vez casarse con una desconocida era su única vía de escape.

—Tienes razón, madre —dijo con su mejor cara de arrepentimiento.

Ella lo miró con frialdad, se alisó el cabello y respiró hondo.

—Tristán… de todas tus imprudencias, esta es la más monumental. Tu padre y yo hemos encubierto muchas de tus torpezas, pero esta… esta la resuelves tú. Y escúchame bien: la boda con Begoña no se toca.

—Entiendo.

Ella salió con paso firme, sin mirar atrás. Él se quedó solo, con el acta en la mano, y un problema que ni en sus peores borracheras habría imaginado.

Releyó el nombre: Ximena Caballero.

Cerró los ojos, esforzándose por recordarla. Nada. Ni una imagen, ni una voz, ni una risa. Solo un nombre.

—Supongo que si me casé contigo… fue por alguna razón —murmuró, sin saber si reír o llorar.

Tristán estaba acostumbrado a improvisar. Creció rodeado de todo y de todos —niñeras, institutrices, tutores, chóferes—, menos de lo importante. Su madre lo crió con órdenes y su padre era un hombre demasiado ocupado para recordar su edad. Así que Tristán aprendió a moverse entre el caos; a provocar y a hacer escándalo para sentirse vivo. Peleas, apuestas, borracheras, problemas en discotecas, todo eso era normal. Pero casarse… casarse no; eso era nuevo y se le había ido de las manos.

Caminó con el acta de matrimonio en la mano hasta la oficina de Iñaki, su mejor amigo y cómplice de casi todos sus desastres. Entró sin tocar y arrojó el papel sobre el escritorio.

—¿Con quién coño me casé en Las Vegas? —preguntó Tristán, serio.

Iñaki, que andaba revisando unos papeles, levantó la vista.

—¿Qué dices…? —cogió el documento—. No me jodas.

—No te hagas el tonto. ¿La viste? ¿Dónde estabas? ¡Se suponía que tú ibas a evitar que hiciera este tipo de gilipolleces!

—¡Hostia, tronco! ¿Que te casaste de verdad? Pues debí de estar tan ciego que ni me enteré —soltó una carcajada—. Como se entere Bego, te entierra.

—¡Cállate, joder! ¿Con quién me casé? ¿Por qué me dejaste tirado?

—Mira, Tris, todos íbamos hasta las cejas. No dijiste nada, simplemente desapareciste. Pero vamos… es muy de ti liarla así. Y también es muy de ti arreglarlo, ¿no?

—No estoy de coña. Mi madre me ha dado un ultimátum. Tengo que encontrarla y pedirle el divorcio.

—Pues… va a estar complicado —dijo Iñaki hojeando el acta—. ¿Cuántas Ximenas puede haber en este mundo?

Esa pregunta se le clavó en la mente. ¿Cuántas Ximenas puede haber en este mundo?

¿Era española?, ¿americana?, ¿argentina? ¿Una turista más? Ni idea de dónde era.

No la recordaba. Nada.

—Pues debe de haber unas cuantas —respondió, rascándose la cabeza, visiblemente agobiado.

Iñaki cogió una hoja en blanco, garabateó algo rápido con su letra horrible y se la pasó.

—¿Y esto?

—La dirección y el número de la capilla donde diste el “sí, quiero”. Es lo único que puedo hacer por ti, tronco.

Tristán leyó el papel, alucinando.

—¿Eso es todo?

—Pues sí. Llama, pregunta si te pueden dar los datos de la tal Ximena Caballero Sandoval… y a correr.

—¿Y a correr? ¿Me das esta mierda de papel y te quedas tan ancho?

—¿Y qué más quieres que haga? Si ni me acuerdo de la cara de la chavala. Y tú… tú ibas muy perjudicado.

Tristán soltó un suspiro largo.

¿Cuánto costará una llamada internacional? ¿Y si no le sueltan la información? ¿Y si… ya es tarde?

—Dios… ¿cómo coño salgo de este marrón?

—Tú siempre te las apañas —respondió Iñaki, levantándose—. Y ahora, si no te importa, algunos tenemos cosas que hacer. Por cierto, que no se te olvide que la cena de ensayo de mi boda es en dos días. A ver si te deshaces de tu mujer antes, ¿eh?

Pero Tristán ya no lo escuchaba. Estaba metido de lleno en una nube espesa de confusión y ansiedad. Esta vez no había nadie que viniera a salvarlo y tendría que apañárselas solo. Miró el nombre en el papel una vez más.

Ximena Caballero.

¿Dónde estás… y quién demonios eres?, pensó mientras salía de la oficina con el papel arrugado en la mano y la certeza de que esa búsqueda iba a ser cualquier cosa menos fácil.

2 respuestas

  1. Me encanta tener de nuevo la oportunidad de volver a leer tus historias ,Muchas felicidades Ana por siempre pensar en todas tus lectoras y por todos tus logros eres una excelente escritora.
    Saludos

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