Crecí escuchando esta historia en fragmentos:
El piso colorido donde se enamoraron, el perro que eligió a papá antes que mamá, la boda accidental que terminó siendo el mayor acierto de sus vidas. Durante años, me pregunté qué era verdad y qué parte habían embellecido con el tiempo. Y luego entendí que en las historias de amor, la verdad no siempre está en los hechos, sino en la forma en que se recuerdan. La esposa de los 180 días no es una biografía. Es una carta de amor. Una reconstrucción imaginada con los retazos que me dejaron. Una manera de agradecerles que, en medio del caos, eligieran quedarse. A mis padres, Tristán y Ximena, por enseñarme que el amor verdadero no siempre empieza con un sí, pero siempre termina con uno. Gracias por los 180 días que lo cambiaron todo. Este libro es para ustedes.
Con amor…
—Manuel Francisco Ruiz de Con Caballero (Manu).
Finales de octubre de 1979
—¡Eres tú! —gritó Tristán apenas cruzó la puerta del local.
Los ojos de la joven lo miraron como si no entendiera nada. O peor: como si él se estuviera burlando de ella.
—¿Yo? —preguntó, retrocediendo un paso.
Entonces, él la recordó. Esa mirada intensa, ese rostro, la sonrisa que le había regalado. No podía ser otra.
—¿Eres Ximena Caballero, verdad? —pronunció su nombre con un tono entre hartazgo y alivio—. ¿Sabes cuántas Ximenas hay en el mundo?
—No sé… ¿muchas? —respondió ella, entre divertida y confundida.
—¡Muchas! —repitió él, alzando la voz. ¿Se estaba burlando de él?
Y entonces sintió un golpe seco en el brazo.
—¡Joder! —exclamó, encogiéndose.
—De-ja-a-Xi-me-ni-ta-en-paz —ordenó una mujer con una escoba en la mano, mientras le propinaba varios palazos como si espantara una plaga.
—¡Espere! ¡Espere! —suplicó él, protegiéndose como pudo y escondiéndose detrás de lo que parecía un maniquí con un vestido de novia. La esbelta figura apenas le servía de escudo.
—¿Cómo que espere? —gritó la mujer, furiosa—. ¡Este cabrón qué se cree! ¡Venir a gritarle así a mi niña! ¡No hay derecho! Unos buenos catorrazos a tiempo, y verás cómo se le quita la costumbre de andar gritando como machito.
—¡Espera, Martita! ¡Espera! —gritó Ximena, colocándose frente al maniquí como si quisiera protegerlo—. Yo lo arreglo.
—¡Nombre!, no hay nada que esperar. A estos se les despacha rápido —replicó la mujer, blandiendo la escoba como si estuviera a punto de lanzarse de nuevo.
Tristán seguía detrás del maniquí, inmóvil, como si buscara con la mirada una vía de escape. En el aeropuerto le habían dicho que los mexicanos eran cálidos y hospitalarios. Supuso que lo habían engañado.
—Ya en serio, Martita. Yo lo arreglo —insistió Ximena con voz tranquila.
—¿Segura? Porque mira que atrás tengo un buen cinturón…—respondió Martita, sin bajar del todo la guardia.
Parecía que aquella mujer tenía ganas de pelear, o peor, de matar a alguien, y él era la víctima del día.
—Sí, segura —afirmó Ximena, interponiéndose entre ambos—. Mira, no tenemos ningún cliente. Podemos cerrar temprano.
Martita lo miró con sospecha, pero finalmente bajó la escoba, no sin antes lanzarle una última mirada que él sabía que jamás olvidaría.
—Tengo un sobrino que sabe karate, ¿eh? Y no dudaré en traerlo para darte una madr…
—¡Gracias, Martita! —interrumpió Ximena, tomándola de los hombros y empujándola suavemente hacia la puerta—. Anda, toma tus cosas y vete pa’ tu casa. Mañana nos vemos.
Martita agarró su bolsa y salió del local como niña regañada, refunfuñando algo ininteligible. Por fin, la tranquilidad regresó al ambiente.
Tristán salió lentamente de detrás del maniquí y se encontró de nuevo con Ximena. Por un momento, ambos se miraron. Se reconocieron. Era él, era ella. Aunque su primer encuentro había sido fugaz, había algo en el otro que les resultaba profundamente familiar.
—Bueno, dime, ¿pa’ qué soy buena? —preguntó Ximena, sintiéndose de pronto muy pequeña frente a la imponente estatura del español.
—Pues eso… que he venido a buscarte porque, mira tú, ya estamos casados, cariño.
Ximena lo observó unos segundos, con las manos metidas en las bolsas de su pantalón de mezclilla. Luego una sonrisa se asomó en sus labios y, de pronto, estalló en una carcajada que rompió toda la tensión.
—Espera, ¿qué dijiste? —preguntó entre risas.
—Eso: que estamos casados —repitió Tristán, muy serio.
Ximena continuó riendo, negando con la cabeza.
—No, no, no… claro que no —dijo, aún entre risas—. No estamos casados.
—Que sí. Mira… —Tristán metió la mano en el bolsillo interior de su americana y sacó un documento—. Aquí lo pone: Ximena Caballero Sandoval y Tristán Ruiz de Con Saavedra. Casados.
Ella tomó el papel. Lo leyó con atención durante unos segundos. Luego lo miró a los ojos, desconcertada.
—No. No puede ser. Esto fue una boda de chocolate…
—¿Cómo? —preguntó él, visiblemente confundido.
—Sí. Una boda de chocolate. De esas como las que hay en la feria, ¿ya sabes? Te casas de a mentiritas…
—¿De a mentiritas? —repitió Tristán, cada vez más perplejo.
—Sí. Esa boda no vale —negó Ximena, aunque no soltaba el acta, como si no terminara de convencerse de lo que decía.
—No, cielo —respondió Tristán, con suavidad pero firmeza—. Estas bodas son tan válidas como cualquier otra. Así que tú y yo, Ximena Caballero Sandoval, estamos casados. Y he venido para que me firmes el divorcio.
Ximena se quedó en silencio mientras observaba al español. ¿Casada? ¿Estaba casada? El dicho dice que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Pero, al parecer, para ella la situación no era así. Lo que pasó en Las Vegas había seguido el vuelo, cruzado el océano, y ahora le hablaba con acento español, y un acta de matrimonio perfectamente sellada en la mano.
Una respuesta
Siiiii Tristan y Mena al alcance de mi celular 🥰🥰🥰