Cuernavaca, finales de agosto de 1981.

Están cordialmente invitados a celebrar con nosotros la unión matrimonial de:

XIMENA CABALLERO SANDOVAL

Y

TRISTÁN RUÍZ DE CON SAAVEDRA

Junto con nuestros padres:

FRANCISCO CABALLERO AGUILAR

Y

ROSALVA SÁNCHEZ MEJÍA

VICENTE RUIZ DE CON PÉREZ-GÓMEZ

Y

SOLEDAD HÉLOÏSE SAAVEDRA AUCLAIR

Con la bendición de nuestros padrinos de velación.

MIGUEL FRANCISCO CABALLERO SANDOVAL

Y

MONTSERRAT MONTOYA DE CABALLERO

Con la bendición de nuestros padrinos de enlace.

DAVID CANARIAS DONATO

Y

FÁTIMA AMINA LAFUENTE DE CANARIAS

Tenemos el honor de invitarles a compartir este día tan especial, en el que uniremos nuestras vidas ante Dios y nuestros seres queridos.

La ceremonia se llevará a cabo el 28 de diciembre de 1981 en la Catedral de la Asunción de María Santísima en Cuernavaca, Morelos, México, a las 13:00 hrs.

Posteriormente, agradeceremos su compañía en la recepción que se llevará a cabo en la Hacienda de Cortés, ubicada en la Colonia Cantarranas, Cuernavaca, Morelos.

Con afecto y gratitud, Ximena y Tristán.

—No entiendo por qué tienen que aparecer los nombres de mis padres. Ni siquiera están invitados a la boda — se quejó Tristán, con el ceño fruncido, mientras leía la invitación recién impresa.

La lluvia caía con fuerza sobre el jardín de la casa de don Francisco, que ya se había convertido en su residencia permanente. El repiqueteo de las gotas contra los cristales se mezclaba con las risas de Luz, que jugaba con su padrino Paco en la sala, mientras Montse, Ximena, Rosalva y Lucha se dedicaban a meter cuidadosamente las invitaciones en sobres color marfil.

Llevaban ya cinco meses planeando cada detalle. Habían decidido casarse en diciembre, para que Luz, con un año cumplido, pudiera ser parte de la celebración. Aunque Ximena no tenía muchos amigos y Tristán apenas si conocía a la familia mexicana que lo había acogido, la boda se había vuelto monumental: un centenar de invitados serían testigos de ese amor improbable convertido en promesa.

—Porque es la tradición, mijo, ¡la tradición! —respondió doña Lucha con firmeza, sin levantar la vista de los sobres que iba sellando.

Tristán suspiró, resignado, y con una media sonrisa murmuró:

—Pues mira, que en la España de la Edad Media la tradición era entregar una dote. El padre de la novia soltaba tierras, vacas, cofres con monedas o lo que tuviera a mano, para que el marido no se echara atrás.

Ximena levantó la vista, fingiendo escándalo:

—¡Tristán, compórtate!

Él se encogió de hombros, con aire pícaro, y replicó:

—Bueno, es que es la verdad… si estamos tan atados a las tradiciones, a mí no me importaría heredar alguna que otra tierra o un cofrecito de monedas de plata.

Paco levantó la vista desde el juego con Luz y, sin perder la oportunidad, añadió:

—Pues si es por eso, yo todavía estoy esperando que la abuela de Montse me entregue un par de hectáreas en Taxco y, de paso, unas vacas.

Tristán soltó una carcajada y levantó la mano para chocarla con su cuñado.

—¡Eso, hombre! ¡Así sí da gusto casarse!

Ximena, sin levantar demasiado la vista del sobre que tenía en las manos, comentó con tono travieso:

—Pues también es tradición que el marido entregue su corazón entero a la esposa.

Tristán se inclinó hacia ella, sonriendo con picardía.

—Ese ya lo tienes, mi vida… y sin necesidad de dote.

Ximena se puso de pie y le dio un beso a Tristán sobre los labios. En ese momento Luz caminó hacia su padre y él la levantó en brazos, dejándose tirar de la barba por las pequeñas manos de su hija.

—Tú también lo tienes, corazón mío —le dijo.

—No puedo creer que de cien personas, la mitad sea familia de Mena —dijo Montse entre risas—. Pensé que en la mía había parientes.

—¡N’ombre! —exclamó doña Lucha, divertida—. A la tuya ni llegaste a la décima parte. Aquí vendrá toda la comitiva.

Y tenía razón. Tanto por parte de Lila como de don Francisco, la familia era grande. Don Francisco tenía siete hermanos y Lila cinco, y de ahí se desprendía un árbol genealógico tan extenso que parecía no tener fin: tíos, tías, primos y sobrinos se multiplicaban como hojas en una rama interminable.

Tristán, lejos de sentirse abrumado, estaba fascinado. Miraba a Luz y pensaba que aquella niña tendría un ejército de primos con quienes crecer, además de un sinfín de tíos y tías que la rodearían de cariño.

—Al menos me han dejado sitio para mis invitados — dijo Tristán, con una sonrisa pícara—. No lleno ni una mesa.

—Por eso los sentaremos en lugares estratégicos… — respondió Ximena, hojeando la lista—. A Stéphane y François los pondremos con mi padre y Rosalva, y a David Canarias y Fátima con…

—Espero que no con tu tío el abogado, ¿eh? No vaya a ser que quiera proponerte algún chanchullo por ahí — bromeó Tristán, alzando una ceja.

—Mi tío Juan estará sentado con Lucha —respondió Ximena.

—Para la mala suerte de Lucha… —remató Lucha, provocando la risa inmediata de Tristán. Al parecer, no le caía en gracia que la hayan sentado junto a su hermano.

—El hecho es que esta boda estará genial —intervino Montse con entusiasmo—. La Hacienda de Cortés, música en vivo, comida tradicional… y…

Tristán levantó la mirada hacia ella, arqueando una ceja. Fue suficiente para que Montse se mordiera los labios y callara de golpe.

Ximena lo notó de inmediato y frunció el ceño.

—¿Qué? —preguntó, desconfiada.

—Nada, nada… —intentó distraerla Tristán, encogiéndose de hombros.

Pero Ximena lo conocía demasiado bien. La idea de que algo escapara de su control, justo en los preparativos de la boda, le crispó los nervios.

—¿Cómo que nada? Dime.

Montse, atrapada, levantó las manos con una sonrisa culpable.

—Se me escapó, Trist… perdón.

Tristán suspiró. Con Luz en brazos caminó hacia su portafolio, ese que siempre llevaba a Cuernavaca para trabajar un rato los fines de semana, y sacó unos sobres blancos. Se lo entregó a Ximena con gesto solemne.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, curiosa.

—Ábrelo…

Ximena lo abrió y de ahí sacó una carta de baraja. El as de tréboles, escrito a mano con plumón negro. Encima se leía una sola palabra: viaje.

—¿Viaje? —repitió, arqueando las cejas.

Tristán sonrió y le dio el otro sobre blanco. Se lo entregó.

Dentro había dos boletos de avión.

—¿París? ¡Vamos a ir a París! —gritó Ximena, con un brillo en los ojos que la hacía parecer una niña.

—Así es… —respondió él, disfrutando de su sorpresa—. Te llevaré a París, luego a España y a Italia. En España pasaremos Nochevieja y, además, asistiremos a la fiesta de cumpleaños de David.

Ximena no lo dejó terminar. Se lanzó a sus brazos y lo besó en los labios, llena de emoción. Después se separó de golpe, con un destello de preocupación.

—Pero… ¿y Luz?

—Se quedará con los padrinos y los abuelos —la tranquilizó Tristán—. Está todo apañado.

Ximena giró hacia Montse, incapaz de contenerse.

—¡¿Escuchaste eso?! ¡Voy a ir a París!

—¡Lo sé! —contestó Montse, dando un pequeño salto de emoción—. Cuando Tristán me lo contó, casi enloquezco.

¡Quiero fotos, quiero postales, quiero todo!

La emoción se contagió por todo el lugar. Entre risas, abrazos y planes improvisados, la tarde se fue como agua. Después del anuncio del viaje, volvieron a la tarea de meter las invitaciones en sobres, revisar las listas y ultimar otros detalles de la boda. Había un aire festivo que lo impregnaba todo; cada palabra estaba cargada de ilusión, como si ya se estuvieran asomando al gran día.

Para las siete de la noche, la lluvia había amainado y emprendieron el regreso al Distrito Federal. Luz dormía profundamente en su silla, con las mejillas sonrosadas por la emoción del día, mientras Ximena se acomodaba junto a Tristán en el asiento del copiloto. Afuera, el paisaje se teñía de tonos dorados y grises, con montañas difusas que se dibujaban bajo la neblina de la tarde.

Ximena apoyó la cabeza en el respaldo y lo miró de reojo. Estaba emocionada, con el corazón latiendo rápido por todo lo que venía: la boda, el viaje, el futuro que se desplegaba frente a ellos. Sin embargo, había una inquietud que no se le quitaba de la mente.

—¿En verdad te pesa que en la invitación estén tus padres? —preguntó al fin, con voz suave.

Tristán suspiró, manteniendo la vista fija en la carretera.

—No me molesta… simplemente se me hace raro.

—¿Raro? —repitió Ximena, ladeando la cabeza.

Él apretó el volante con fuerza, como si así pudiera sujetar las palabras que le costaban salir.

—Sí. Raro porque nunca estuvieron en ninguno de los momentos importantes de mi vida. Ni en mis cumpleaños, ni en mis partidos del cole, ni en mi graduación… ni siquiera cuando los necesité. Siempre estuvieron ocupados con sus cosas, con sus broncas, con su mundo. Y ahora… ver sus nombres en la invitación de la boda más importante de mi vida me hace pensar que no tienen derecho a estar ahí. Que no se lo han ganado.

Ximena guardó silencio unos segundos, escuchándolo con atención. Luego posó su mano sobre la suya, acariciándole los nudillos.

—Entiendo lo que sientes —dijo con dulzura—, pero al final ellos son tu origen, Tristán. Puedes nacionalizarte mexicano, vivir aquí hasta el último de tus días… pero esas raíces te van a acompañar siempre, aunque no quieras. No se trata de darles un lugar en tu boda, sino de aceptar que forman parte de tu historia.

Él frunció el ceño, con el gesto cargado de resistencia.

—¿Aceptar? ¿Perdonar? ¿Después de todo lo que han hecho?

—Sí —afirmó Ximena con serenidad—. Porque algún día Luz crecerá y te preguntará por sus abuelos…

—Tiene a sus abuelos aquí, Ximena. Lucha es su abuela, y de las buenas.

—Lo sé… pero sabes que lo hará, y para entonces, amor, tú ya deberías haber hecho las paces con el pasado. No por ellos… sino por ti. Y por ella. Para que no herede las sombras de tu rencor, sino la libertad de tu verdad.

Tristán desvió la mirada hacia el asiento trasero, donde Luz dormía plácidamente en su silla. El reflejo de la farola iluminaba su rostro sereno, y por un momento, se sintió vulnerable.

—Si para evitar que Luz salga dañada por culpa de mi

madre tengo que negarla, lo haré… no me queda otra.

Ximena suspiró.

—Si sabes que quitándolos de las invitaciones no se quitará de tu corazón esto que sientes, ¿cierto? —preguntó Ximena, con la mirada fija en él.

Tristán asintió despacio.

—Lo sé… pero al menos no tengo que verlo.

—Trist…

—No lo liemos más, Mena. Deja las invitaciones tal cual. Total, aunque los invite, no van a venir.

Ximena lo observó en silencio. En febrero se cumplía un año desde que Tristán había dejado Ibiza atrás y, sin embargo, poco hablaba de sus padres. Era como si al cruzar el océano hubiese enterrado también aquella parte de su vida, tapándola con una capa de silencio.

Hacía unas semanas, David le había comunicado una noticia que removió viejas heridas: Bego estaba esperando un bebé, una niña. Tristán fingió que no le molestaba, que no lo hería, pero en el fondo sí lo hacía. Aquella información había llegado como un golpe bajo, como un recordatorio de lo sustituible que había sido siempre para su padre.

El dolor se acentuó días después, cuando le dijeron que en los periódicos locales de Ibiza su padre había declarado ante todos que su hija por nacer era lo mejor que le había pasado en la vida.

Tristán no dijo nada. Guardó silencio frente a Ximena, frente a Luz, frente a todos. Pero dentro de sí, esas palabras ardían como fuego. No podía evitar sentir que, una vez más, su padre lo borraba de la historia, como si nunca hubiese existido.

Por el momento, no dijo nada más. Se limitó a tomar su mano y entrelazar sus dedos con los de él.

—Te agradezco lo que quieres hacer, Menita… pero estoy bien así, ¿vale? Dejemos las invitaciones como están y centrémonos en nuestra vida. Ellos ya se centraron en hacer la suya.

—Está bien… —dijo ella, con un suspiro resignado.

Tristán le acarició la mano mientras mantenía la vista en la carretera.

—Ahora duerme un poco, aprovecha que la chiquitina está dormida.

Ximena asintió con la cabeza y se acomodó en el asiento. Al instante se quedó dormida, con la mano de Tristán entrelazada con la suya. Él continuó manejando en silencio, con los ojos puestos en el horizonte que se abría frente a ellos.

Sí, extrañaba su tierra. Extrañaba las calles empedradas, el olor del mar, la luz mediterránea que lo había visto crecer. Pero no extrañaba a quienes estaban allí. Sabía que, tarde o temprano, tendría que perdonar y regresar, aunque todavía no. Aún no estaba listo.

Tal como había dicho con el caso de su madre, debía aceptar lo positivo y lo negativo de sus decisiones. No se arrepentía de nada: ni de haber dejado atrás Ibiza, ni de haberse casado con Ximena, ni de empezar de nuevo en México. Pero eso no significaba que no le doliera un poco lo que había dejado atrás.

Condujo en silencio, acariciando con el pulgar la mano de Ximena, y mientras las luces de la ciudad se iban acercando, pensó que quizás el perdón llegaría un día… pero no esa noche.

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