APENAS UNAS SEMANAS DESPUÉS DE LA REVELACIÓN del vestido, todo parecía marchar hacia el gran día. La boda estaba cada vez más cerca, y con ella se avecinaban los inevitables rituales previos: la despedida de soltero, la cena familiar y, lo más esperado de todo, la ceremonia misma.

Sin embargo, antes de iniciar con esas celebraciones, había algo aún más importante que festejar: el primer cumpleaños de la pequeña Luz.

Tristán y Ximena decidieron celebrarlo el fin de semana anterior, pues aprovecharían el puente del 16 de septiembre para escaparse a Acapulco —un plan que incluía los días 17, 18 y 19, reservados para la despedida de soltero de Tristán con David y los amigos.

El festejo resultó íntimo, pero significativo, justo como lo habían planeado. Coincidió, además, con la llegada de los Canarias, recién regresados de Nueva York tras pasar un mes entero allá. David, Fátima y el pequeño David Jr. estuvieron presentes, lo que llenó de alegría a Tristán, pues la amistad con ellos ya se había convertido en una extensión natural de la familia.

El departamento colorido se transformó aquella tarde: Martita y Lupita ayudaron con los preparativos; Mailén jugó tiernamente con Luz mientras Montse se encargó del pastel y los adornos. Stéphane y su esposa, ahora grandes amigos de Paco, se sumaron también, y todos juntos convirtieron la casa en un espacio rebosante de calor humano.

Fue una fiesta sencilla, pero cargada de recuerdos: las carcajadas de Luz mientras destrozaba con sus manitas el primer pastel de su vida, los aplausos de todos coreando “¡Feliz cumpleaños!” y las miles de fotos que Tristán tomó sobre el acontecimiento. Todo quedó registrado.

Con ese recuerdo grabado en el corazón, la familia dejó atrás la celebración y se preparó para lo que seguía. Ahora, el calendario señalaba un nuevo destino: Acapulco, el mar, la fiesta y, sobre todo, la despedida de soltero de Tristán y Ximena.

El viaje a Acapulco no comenzó en la playa, sino en el hangar privado del aeropuerto de la Ciudad de México. David Canarias, siempre atento a los detalles, había dispuesto un avión privado para que viajaran cómodos, lejos de las filas y del bullicio de la terminal comercial. Para él era natural, parte de su estilo de vida; para Montse, Paco y hasta Ximena, en cambio, era una experiencia nueva que los mantenía entre la fascinación y cierta incomodidad.

El ambiente fue distinto desde el inicio: nada de altavoces anunciando vuelos ni turistas abarrotando salas de espera, sino un hangar tranquilo, con pilotos uniformados esperando al pie de la escalerilla metálica. El pequeño jet brillaba bajo el sol de septiembre, elegante, con el logotipo discreto de la empresa de David en la cola.

Montse, con su estilo extrovertido, intentaba disimular lo nerviosa que estaba. Paco no dejaba de mirar a todos lados, sorprendido por la naturalidad con la que los demás se movían en ese mundo. Ximena, aunque trataba de mostrarse tranquila, apretaba suavemente la mano de Tristán, consciente de que aquel lujo no era lo suyo, aunque también dejaba entrever un brillo de ilusión en los ojos.

—¿De verdad vamos a volar en esto? —susurró Montse, señalando el jet con una sonrisa incrédula.

—Y con champán  —añadió Paco, viendo cómo la asistente de vuelo sacaba una botella de champán.

David, en contraste, se movía con la seguridad de quien estaba acostumbrado a ese entorno. A su lado, Fátima lo acompañaba serena y elegante, gentil pero callada, aún adaptándose al ambiente. Era la más joven del grupo, con apenas 21 años, y aun así parecía estar a la altura no sólo del estatus de su marido, sino también en madurez.

Era muy hermosa. De raíces marroquíes con españolas, Fátima poseía esa mezcla de culturas que se notaba en cada rasgo. Su piel canela, luminosa y con un brillo dorado que parecía acariciado por el sol, contrastaba con la serenidad de su carácter. El cabello rizado, corto y lleno de volumen caía en ondas libres alrededor de su rostro ovalado, dándole un aire fresco y natural. Sus ojos, grandes y almendrados, de un marrón profundo, parecían contener a la vez dulzura y misterio, como si siempre escondieran una historia que nadie más podía descifrar. Las cejas gruesas y bien delineadas acentuaban la fuerza de su mirada, y sus labios carnosos, perfectamente dibujados, completaban aquella belleza elegante y juvenil que no necesitaba artificios.

Pero lo que más llamaba la atención en ella no era solo lo físico. Fátima tenía una templanza que imponía respeto. Era reservada, quizás por la educación estricta que había recibido, pero al mismo tiempo amable, simpática y cercana. Tenía la virtud de hablar poco y transmitir mucho, de escuchar con atención y responder con la palabra justa. Se notaba en ella un carácter fuerte, capaz de sostener discusiones sin perder la calma, de imponerse sin levantar la voz.

Para David Canarias, aquello la convertía en la mujer ideal: alguien que equilibraba su ímpetu y lo aterrizaba cuando él se dejaba llevar demasiado por la ambición o la prisa. Más de una vez, entre bromas y verdades disfrazadas de ironía, solía decir:

—Fátima podría conquistar el mundo si se lo propusiera. Y, entre todas las mujeres que he conocido, es a la única a la que, de verdad, le temo un poco… porque sé que podría conquistarme a mí también, incluso si yo no quisiera.

Era ese respeto, esa mezcla de admiración y temor, lo que sellaba su relación. Fátima no necesitaba levantar la voz para que David supiera que ella era su igual. Y quizás era eso, justamente, lo que lo mantenía tan enamorado: la certeza de que al lado de ella nunca perdería el rumbo.

Mientras tanto, el interior del avión los dejó sin palabras. Los asientos amplios, tapizados en piel beige, el suave aroma a cuero nuevo y café recién hecho, y las ventanillas grandes creaban un ambiente de lujo que parecía sacado de una película. Ximena se acomodó junto a la ventana y, por un momento, dejó que la emoción la dominara: observar cómo la ciudad se empequeñecía desde lo alto, con sus avenidas interminables y su smog difuso, le arrancó una sonrisa de niña.

—¿Estás emocionado? —preguntó Ximena, inclinándose hacia Tristán mientras el murmullo de la charla al fondo llenaba la cabina del jet.

Tristán, con la mirada fija en la ventanilla, observaba cómo las nubes se deslizaban como algodones bajo ellos.

—Sí —respondió con sinceridad—. Me hace ilusión el mar… lo echo de menos.

Había en su voz una melancolía serena, esa nostalgia que no tenía que ver con el lujo, sino con su infancia en Ibiza, los días de arena pegajosa y sol interminable.

Ximena lo miró con ternura, y luego señaló con un gesto discreto a Stéphane y Félicie, que reían a carcajadas junto a Paco y Montse, animados como si siempre hubieran viajado de esa forma.

—¿Y esto… lo extrañas? —preguntó, con un matiz curioso.

Tristán soltó una breve carcajada nasal.

—Reconozco que es cómodo viajar así… sin molestias, sin un crío dando patadas al asiento de atrás. Y con sitio para estirar las piernas —se recostó un poco en el asiento, estirando a propósito las piernas largas para dar fuerza a sus palabras—. Pero no… no lo echo de menos. Aunque a ti —añadió con una sonrisa ladeada—, a ti te sienta de maravilla.

Ximena se rió bajito, como si no quisiera interrumpir el ambiente íntimo que habían creado entre ellos, a pesar del ruido de conversaciones y la vibra festiva de los demás.

—Me gusta, sí… —admitió, pasando los dedos sobre el reposabrazos tapizado en piel—. Pero volar no es lo mío. Extraño mi bocho.

Tristán la miró de reojo, como si la sola mención de ese coche azul lo hiciera sonreír.

—Te prometo que la próxima vez que vengamos a Acapulco lo haremos en el bocho —lo dijo con una solemnidad juguetona, como si estuviera haciendo un juramento sagrado.

—A Tristán lo conozco desde que éramos críos —se oyó la voz de David Canarias a lo lejos—. Nuestros padres eran empresarios. Los dos se dedicaban al mismo sector. En realidad, eran competidores. Bueno, ahora compito yo con don Vicente, porque mi padre falleció hace años.

—¡Eh! Ojito con lo que vas a contar… —le advirtió Tristán desde su asiento.

—Cuéntanos todo y exagera —dijo Montse, entre risas.

—Bueno… es mi hermano. Hemos estado juntos en todos los internados a los que los viejos nos enviaron para deshacerse de nosotros. Es un amigo fiel y leal. Podría dejarle a mi mujer y a mi hijo si yo me fuera, incluso mi empresa… ¡vamos! Jamás me ha fallado. Hemos tenido alguna que otra bronca, sí… pero nada que pueda separarnos… ¿a que sí?

Tristán se rió bajito.

—Veo que le hiciste caso a Montse y os pasasteis tres pueblos…

Ximena se rió ante la expresión de su esposo.

—Bueno, mentiras no digo. Lo que siempre me ha sorprendido de Tristán es cómo cuida a los suyos. Puede ser terco y un poco orgulloso, sí… pero tiene un corazón grande, y eso no se encuentra todos los días.

David levantó la copa, con una sonrisa pícara.

—Por eso te lo pregunto, Ximena… ¿tú estás segura de que te vas a casar con este gañán? —bromeó, provocando las carcajadas de todos los presentes.

Ximena asintió con teatralidad y le plantó un beso a Tristán en los labios.

—Tampoco es que tenga de otra —contestó, haciendo reír aún más a todos—. Si no me pude deshacer de él por lo de Las Vegas, imagínate ahora que tenemos a Luz.

El comentario arrancó un gesto cómplice de David, que alzó su copa de nuevo. Montse aprovechó para intervenir, con ese desparpajo que la caracterizaba:

—¡Un brindis! Por Ximena y Tristán, que lo suyo es de esas historias que empiezan sin querer… pero que uno entiende que estaban escritas desde antes de empezar.

¡Por muchos años juntos y una despedida para flipar! — remató, imitando el acento español de Tristán.

—¡Salud! —corearon todos, entre risas y choques de copas que tintinearon como un preludio de la celebración que apenas comenzaba.

El vuelo fue breve, apenas una hora, pero suficiente para que todos se contagiaran de la atmósfera festiva. Entre charlas, risas y alguna broma de Tristán, el grupo comenzó a relajarse. Cuando el piloto anunció el descenso, una energía distinta se apoderó de ellos: al mirar por la ventanilla, el Pacífico brillaba bajo el sol de la tarde como una lámina de plata infinita.

El aeropuerto de Acapulco los recibió con una ráfaga de aire cálido y húmedo, cargado con el olor a sal, bronceador y vacaciones. Al salir del hangar privado, un chofer los esperaba con un vehículo de lujo, listo para llevarlos directo al hotel. Era el inicio oficial del cambio de atmósfera: dejaban atrás el bullicio de la ciudad y entraban en el terreno del mar, la fiesta y el descanso.

Montse y Paco se miraron con complicidad, incapaces de ocultar el asombro. Era como si hubieran cruzado a otra dimensión: del bullicio del DF al glamour tropical que los recibía incluso antes de aterrizar. Ximena respiró hondo, tratando de absorber cada detalle de aquel nuevo escenario. El contraste la fascinaba: la promesa del mar al fondo, la brisa húmeda que ya se filtraba en sus pensamientos, el brillo del sol reflejándose en la bahía como un espejo inmenso.

Tristán, a su lado, sonrió con ese aire despreocupado que lo caracterizaba, aunque en el fondo era imposible que no se sintiera también impresionado. Había algo en el ambiente de Acapulco que lo hacía volver a su esencia más juvenil, a esa parte de sí mismo que vibraba con la aventura.

Para esta luna de miel adelantada, Tristán y David habían echado la casa por la ventana: el primero, deseoso de impresionar a Ximena; el segundo, porque estaba acostumbrado a un estatus que le gustaba mantener en todas partes. Por eso habían elegido Acapulco y reservado habitaciones en el mejor hotel del puerto: Las Brisas. Con transporte privado para evitar contratiempos, suites en el sector más exclusivo y un itinerario que equilibraba descanso y diversión, todo estaba planeado al detalle.

Acapulco los esperaba con sus noches interminables, el vaivén de las olas como telón de fondo y ese aire de modernidad y desenfreno que lo había convertido en la joya turística de México en los años ochenta. Y Las Brisas, con sus casitas blancas escondidas entre la montaña y sus terrazas privadas con vista a la bahía, prometía ser el escenario perfecto: privacidad, lujo y un encanto casi cinematográfico.

La habitación de Tristán y Ximena era una de las codiciadas suites de luna de miel del hotel. Un espacio amplio, con ventanales de piso a techo que dejaban entrar la luz del Pacífico y que, al abrirse, revelaban un balcón privado con una vista privilegiada de la bahía. Desde allí se alcanzaban a ver las luces del puerto que titilaban como estrellas al anochecer y, de día, el mar se extendía en un azul infinito que parecía confundirse con el cielo.

El interior era elegante y sobrio, con toques modernos propios de los ochenta: muebles de líneas rectas, colores neutros contrastados con detalles en coral y turquesa, una cama king size enmarcada por sábanas blancas y cortinas ligeras que se mecían con la brisa.

Pero lo más impresionante estaba afuera: una piscina privada, enmarcada en piedra, que parecía colgarse sobre el acantilado. A un costado, un pequeño jacuzzi redondo invitaba a largas charlas nocturnas bajo las estrellas. Dos camastros de mimbre con cojines claros completaban la escena, creando la ilusión de que el lugar había sido diseñado únicamente para ellos.

—¡Dios! Esta habitación es como un departamento —expresó Ximena, girando sobre sí misma, maravillada con el espacio.

Cuando Tristán abrió la puerta de la terraza y el aire cálido de Acapulco entró en la suite, ella descubrió la piscina privada y sonrió con dulzura.

—A Luz le hubiese fascinado la alberca —susurró con un dejo de melancolía—. La extraño.

Tristán se acercó por detrás, la tomó de la cintura y le besó la frente con ternura.

—Sé que te sientes culpable porque no está aquí… — murmuró—. Pero tienes que saber que está más que bien cuidada. Con sus abuelos, y de paso con el Canarito, que seguro ya la tiene como una reina.

Ximena soltó una risita, recordando el apodo que Tristán le había puesto al pequeño David Jr.

—Lo sé… lo sé. Pero igual me hace falta.

Él le levantó el rostro con un dedo bajo el mentón.

—¡Pues venga, vamos a pasarlo en grande, guapa! Que bien nos lo tenemos ganado.

Ella lo miró directo a los ojos, con picardía.

—Mira, con que no acabes casándote con otra mujer… que sea lo que tenga que ser.

Tristán soltó una carcajada y la atrapó contra su pecho.

—¿Cómo me voy a casar con otra mujer si contigo ya estoy más que pillado? Además, dicen que un rayo no cae dos veces en el mismo sitio… —se inclinó hacia su oído y añadió en voz baja—. Y mucho menos voy a encontrarme a otra Ximena Caballero en esta vida.

Ximena sonrió, divertida, y lo besó con suavidad.

—Aun así, me aseguraré de que eso no pase, y que quedes más… pillado —le comentó con una media sonrisa. Ximena fue hacia la maleta y, tras rebuscar unos segundos entre telas y encajes, sacó un bikini blanco, ligero y coqueto, que parecía haber estado esperando justo ese momento. Lo sostuvo en el aire con un gesto travieso, como si mostrara un secreto bien guardado. La parte de arriba era sencilla, con tirantes finos y un aro metálico en el centro que aportaba un toque atrevido y elegante; la de abajo, discreta pero ajustada justo en la cadera, para marcar sus curvas con naturalidad.

—Te demostraré dos cosas vistiendo este bikini —dijo ella, levantando la barbilla con picardía.

Tristán arqueó una ceja, divertido, aunque un rubor leve asomó en sus mejillas.

—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son?

—La primera, que la rutina de Kick & Twist Funky ha dado frutos —respondió, girándose un poco para dejarle ver su silueta, consciente de que lo estaba provocando.

Él soltó una carcajada, incrédulo.

—¡Vaya que sí…! —murmuró, sin apartar los ojos de ella.

—Y la segunda —añadió, bajando el tono de voz y acercándose—, es de lo que te perderás si algún día vas buscando otras Ximenas en la vida… ¿sabes cuántas Ximenas hay en este mundo?

Tristán no esperó más. La rodeó por la cintura y la atrajo hacia él con firmeza, quedando apenas a unos centímetros de su rostro. Sus ojos brillaban, serios y juguetones a la vez.

—Muchas… pero Ximena Caballero, sólo hay una.

Y entonces la besó, lento al principio, como si estuviera sellando un trato, pero pronto con una intensidad que derribaba cualquier duda. Afuera rugía el mar de Acapulco, pero para ellos el único oleaje que importaba era el de ese beso.

Más tarde, ya en la playa, el escenario cambió. El sonido del mar se mezclaba con las risas de David y Tristán, quienes competían por contar la anécdota más absurda de sus años de internado. Paco y Stéphane no tardaron en unirse, aportando sus propias historias, y pronto aquello se convirtió en una cadena interminable de carcajadas, de esas que dejan sin aliento y hacen que el tiempo corra más rápido de lo que uno quisiera.

Mientras ellos se revolcaban en la arena, intentando armar una portería improvisada para un partido de futbol, Ximena y Montse se habían acomodado bajo una sombrilla con Fátima y Félicie. Entre tragos de agua mineral con rodajas de limón y algún cóctel de frutas, las mujeres comenzaron a conversar. Montse, con su natural desparpajo, rompía cualquier silencio, mientras Félicie añadía su toque elegante y siempre divertido. Ximena, más cercana y espontánea, entabló conversación rápidamente con Fátima.

Fátima, al inicio, se mostró reservada, como si midiera cada palabra antes de soltarla. Sin embargo, entre preguntas sencillas sobre Acapulco, sus playas y el calor sofocante, dejó escapar destellos de su carácter y personalidad. Habló de sus años en el internado en Nueva York, de sus pasatiempos y gusto músical.

Al final de la tarde, mientras el sol comenzaba a teñir de naranja el horizonte, ya se notaba entre ellas la complicidad de una amistad en ciernes: miradas compartidas, sonrisas cómplices y esa sensación de que, aunque apenas empezaban a conocerse, podían confiarse pequeños secretos de mujeres.

Cuando los hombres regresaron del mar empapados y orgullosos de haber armado un “partido histórico” que nadie más presenció, las carcajadas volvieron a mezclarse en el aire. Todos, juntos, formaban una escena perfecta: amigos, familia y esa clase de compañía que hacía que

Acapulco pareciera más que un destino turístico, un recuerdo que quedaría marcado para siempre.

Al final de la jornada, entre arena pegada a la piel y el cansancio dulce que dejan las horas de sol, todos decidieron que la primera noche merecía ser inolvidable. Los días siguientes serían para descansar y recuperarse, pero esa noche… esa noche sería para celebrar, con música a todo volumen y luces de neón.

El plan estaba decidido: festejarían a lo grande en el Baby ‘O.

***

El Baby’O no sólo era la discoteca, era la discoteca. El lugar obligado si ibas a Acapulco, donde se reunía la élite, las celebridades nacionales e internacionales y cualquiera que quisiera codearse con la moda del momento. Era una discoteca emblemática, de esas que marcaban época, que pasaría a la historia y en la que, por una noche, ellos querían formar parte de la leyenda.

Antes de ir, todos dedicaron tiempo a arreglarse con esmero. La cena previa era apenas el preámbulo de lo que prometía ser una velada inolvidable. David apareció impecable, con una chaqueta blanca de lino que resaltaba su porte seguro y distinguido, un estilo que parecía hecho para él. Tristán, en cambio, optó por una camisa entallada negra que realzaba su figura atlética, acompañada de pantalones de corte recto, el contraste perfecto entre elegancia y un aire rebelde que lo hacía destacar. Paco, siempre con un toque clásico, eligió un traje gris claro que dejaba ver lo bien que sabía portar la sobriedad sin perder atractivo, mientras que Stéphane, el más despreocupado del grupo, llevaba un conjunto en tonos azules que resaltaba sus ojos y le daba un aire relajado pero seductor. Entre los cuatro parecían galanes de una película, cada uno con un estilo propio que atraía miradas por donde pasaban.

Las mujeres, por su parte, se robaron la atención apenas cruzaron el vestíbulo del hotel. Montse, radiante con un vestido en tono esmeralda, dejó claro que la elegancia podía ser también audaz. Félicie optó por un modelo en seda color champagne, delicado y sofisticado, que armonizaba con su porte natural. Fátima, discreta pero imponente, llevaba un vestido azul marino de corte sencillo que resaltaba su piel dorada y su belleza sobria. Y Ximena parecía salida de una portada de revista: un vestido negro ajustado, a la moda, que abrazaba su silueta con la justa medida de elegancia y atrevimiento; el cabello largo y suelto, oscuro como la noche, enmarcaba su rostro con un brillo que impactó a todos.

Los seis cenaron algo en el restaurante del hotel, para aprovechar que el menú era internacional y que no hubiese alguna venganza de Moctezuma, que arruinara el momento. La plática de la cena fue animada. Los seis habían logrado hacer un buen grupo, uno mucho mejor que el de Las Vegas. Aquí no hubo nadie que se escapara, ni peleas, ni comentarios graciosos disfrazados de burlas. Todos estaban ahí para festejar a sus amigos.

Terminando la cena y después de tomarse unos cócteles en el bar, era momento para salir al famoso Baby’O y comenzar a disfrutar la fiesta. Desde la entrada, con su diseño en forma de cueva iluminada por luces cálidas, se respiraba exclusividad: no cualquiera entraba, y quien lo lograba sabía que estaba entrando a un templo de la vida nocturna.

Adentro, el ambiente era otro universo. El techo abovedado, bajo y misterioso, estaba iluminado por destellos de luces multicolores que seguían el ritmo de la música. Una bola de espejos en el centro lanzaba reflejos que parecían incendiar la pista de baile, donde decenas de cuerpos se movían como si el tiempo se hubiera detenido en una eterna fiesta. Sonaba lo último en disco, funk y rock, mezclado con algunos éxitos latinos que encendían a todos por igual.

El aire estaba impregnado de perfume caro, humo de cigarro y el inconfundible aroma de los tragos que corrían sin medida. Había una energía eléctrica, como si todos supieran que esa noche podía convertirse en la mejor de sus vidas. En los ochenta, nadie podía decir que conocía Acapulco sin haber pisado el Baby’O, y para Tristán, Ximena y el resto, esa noche prometía ser inolvidable.

Con la alegría que la caracterizaba, Montse la tomó de la mano y comenzó a bailar con ella. Fátima, al principio, se movía con timidez, insegura entre las luces de neón y el retumbar de la música disco que llenaba cada rincón. No era el tipo de música con la que había crecido, ni tampoco se sentía cómoda exhibiéndose en público.

—¡Esto mola un montón! —gritó Fátima entusiasmada, mientras la canción “September” de Earth, Wind & Fire retumbaba por todo el local—. ¡Nunca había estado en un sitio así!

—Siempre hay una primera vez —le contestó Montse.

Fátima bailaba tímida, pero algo cambió cuando vio a David acercarse a la pista. Su marido, tan serio y elegante en los negocios, sorprendió a todos al empezar a moverse con una soltura inesperada. Marcaba el ritmo con naturalidad, girando sobre sí mismo, levantando los brazos y sonriendo con picardía, como si en ese instante se hubiera quitado veinte años de encima. Al parecer, estaba recordando sus momentos de disco y desenfreno, cuando salía con Tristán en sus años más locos.

—Ven, cariño, que yo te enseño —le dijo con ternura, mientras la tomaba de la mano.

Fátima no pudo evitar reír, contagiada por la energía de David. Poco a poco dejó atrás la timidez, permitiéndose seguir el ritmo. Sus caderas comenzaron a acompasarse con la música, y de pronto, lo que al inicio parecía una incomodidad se transformó en complicidad. Montse aplaudía animándola, mientras Ximena y Félicie no dejaban de mirar con sorpresa cómo la más reservada del grupo se dejaba llevar.

Y allí, bajo la bola de espejos que bañaba la pista en destellos plateados, Fátima y David se encontraron como matrimonio joven que podían bailar hasta el amanecer.

Pronto, Montse los alcanzó, arrastrando a Ximena con ella, y Félicie, contagiada por las risas, tampoco tardó en sumarse. Los hombres, que observaban desde la barra, no resistieron mucho: Paco fue el primero en lanzarse a la pista, seguido por Tristán y Stéphane, quienes traían las bebidas.

De repente, la música cambió. Los primeros acordes de “I’m Coming Out” de Diana Ross inundaron el Baby’O y la pista estalló en gritos y palmas. El DJ subió el volumen y las luces giraron con fuerza, pintando el lugar de colores eléctricos.

Todos comenzaron a bailar, sin reservas, como si aquella canción hubiese sido elegida para ellos. Ximena levantó los brazos y dejó que su cabello largo se meciera con el ritmo; Montse y Paco bailaban juntos como dos expertos y Stéphane y Félicie trataban de seguirles el ritmo.

La pista, repleta, parecía vibrar con la fuerza de la canción. El brillo de la bola de espejos se multiplicaba en cientos de destellos plateados que caían sobre los cuerpos sudorosos, en movimiento, y en ese instante todo parecía detenerse para ellos. Ese grupo de amigos y amantes, jóvenes y felices, celebraban como si el mundo les perteneciera.

Bailaron una ronda completa, como si el tiempo no existiera. La pista ardió con Barry White y su voz profunda, se encendió con Diana Ross, explotó con Michael Jackson y alcanzó un clímax inesperado cuando sonó “Yes Sir, I Can Boogie” de Baccara. Ximena enloqueció al escucharla; sus movimientos eran tan seguros y naturales que parecía haber ensayado toda su vida. Montse la animaba, y hasta Tristán, rendido, se detuvo un instante solo para verla bailar como una experta, radiante y desbordante de energía.

Cuando por fin la música bajó y el DJ dejó respirar a la pista, todos volvieron a la mesa reservada. David Canarias, siempre anfitrión, levantó la mano y pidió botellas de champán como si fueran simples vasos de agua. Las copas tintinearon, llenándose de burbujas doradas, mientras las chicas, en un arranque de complicidad, decidieron seguir con los cócteles coloridos de la carta: margaritas, daiquiris y piñas coladas que parecían postres tropicales más que bebidas. Entre risas y brindis, el grupo recuperaba el aliento, sabiendo que la noche aún tenía mucho que darles. De pronto, el DJ cambió de rumbo y comenzó la esperada ronda en español. La pista se encendió con los primeros acordes de “Pedro Navaja” de Rubén Blades. La voz del panameño retumbó en la cueva del Baby’O con ese ritmo pegajoso de salsa urbana, y fue imposible resistirse: todos se levantaron casi al mismo tiempo, atraídos por la cadencia de los metales y la historia cantada de la calle.

La pista, de pronto, se convirtió en una auténtica escuela de baile improvisada. Paco y Montse, con la naturalidad de quienes habían crecido entre fiestas familiares y música latina, se adueñaron del centro y comenzaron a marcar los pasos.

—Uno, dos, tres… ¡ahora gira! —decía Paco, entre risas, mientras Montse lo seguía con gracia, sus tacones marcando el compás perfecto sobre el suelo brillante del Baby’O.

Stepháne y Félicie, torpes pero entusiasmados, trataban de imitar los movimientos. Él, como quién se toma en serio el aprendizaje de la salsa, contaba en voz baja cada movimiento, mientras ella no podía dejar de reír, enredándose a propósito solo para hacerlo sonrojar.

Después, el ambiente dio un giro explosivo con “No tengo dinero” de Juan Gabriel. La pista se convirtió en un carnaval. Montse, divertida, imitaba los pasos teatrales del Divo de Juárez, mientras Tristán la seguía con torpeza cómica, provocando carcajadas a su alrededor. Ximena, riendo a carcajadas, palmoteaba el ritmo mientras David Canarias, siempre elegante, sorprendía a todos dejándose llevar con un entusiasmo inesperado.

Una vez más, la pista bajó su ritmo y todos regresaron a la mesa para recuperarse. El sudor aún perlaba sus frentes y las risas seguían flotando entre ellos, como si la música se hubiera quedado vibrando en sus cuerpos incluso después de parar. Los meseros, atentos, aprovecharon la pausa para rellenar copas, llevar más botellas y bandejas de botanas, mientras la bola de espejos giraba más lentamente, reflejando un resplandor tenue sobre el Baby’O.

De pronto, el ambiente cambió. En el escenario comenzaron a entrar varios hombres cargando instrumentos, cables y soportes. El bullicio se transformó en un murmullo expectante, como si todos entendieran al mismo tiempo que lo que venía no era cualquier cosa. Uno tras otro, los músicos instalaron sus micrófonos, ajustaron teclados, trompetas y timbales. El sonido metálico de las pruebas de audio retumbó por toda la discoteca.

Entonces comenzaron a tocar. El grupo invitado era de ritmos latinos, con trompetas y percusiones que hacían vibrar cada rincón del Baby’O. No era casualidad: aquella noche el lugar estaba lleno de banderas y luces tricolores, porque el 15 de septiembre Acapulco entero se vestía de fiesta patria, y el club no se quedaba atrás. Los músicos animaban con guarachas y salsas, haciendo imposible quedarse sentado.

Cuando terminaron la pieza, una mujer de vestido brillante y micrófono en mano, que fungía como conductora de la velada, tomó la palabra.

—¡A ver, a ver, queridos! —dijo con voz vivaz—. ¡Me cuentan que tenemos despedidas de solteros esta noche!

¿Quiénes están de despedida? Levanten la mano las mesas.

El público estalló en gritos y carcajadas. Varias manos se alzaron al mismo tiempo: no era una, ni dos, sino cuatro mesas celebrando lo mismo. La emoción subió de inmediato.

—¡Eso! —continuó la conductora, riendo—. Pues si hay novios en la sala, quiero verlos aquí, conmigo, en el escenario. ¡Venga, arriba los novios!

La música de percusión marcó un redoble y la pista se llenó de aplausos. Montse fue la primera en levantarse, señalando a Tristán con entusiasmo.

—¡Vamos, Trist, súbele! —gritó, jalándolo del brazo.

Todos comenzaron a corear su nombre. Paco y David aplaudían, y hasta Stéphane lo empujó suavemente hacia delante. Tristán, entre risas y negaciones fingidas, terminó cediendo y subió al escenario.

El Baby’O entero lo recibió con una ola de chiflidos. Entre las luces de colores, los gritos de las mujeres se mezclaban con la música. Algunas solteras lanzaban piropos descarados.

—¡Contrólense, amigas, que está comprometido! — advirtió la conductora, divertida.

Pero una voz femenina, desde el fondo, rompió el momento con picardía:

—¡Comprometido, pero no casado, papasito! ¡Yo te puedo dar tu despedida!

La respuesta arrancó carcajadas en todo el lugar. Tristán se llevó la mano a la frente, rojo de la risa, y alzó los brazos en señal de rendición. Desde su mesa, Ximena lo observaba entre divertida y un poco nerviosa, aunque no dejaba de aplaudirle.

—No, pues si estás como quieres… —le soltó la conductora, recorriéndolo con la mirada como si lo examinara de arriba abajo.

—¡Mucha ropa, mucha ropa! —gritaban algunas mujeres desde la pista, levantando las copas.

—Chicas, chicas… calmadas —dijo la conductora con teatralidad, haciendo un gesto con las manos—. Primero vamos a averiguar los datos de este hombre, ¿sale? A ver, guapo, ¿cómo te llamas?

Tristán se inclinó hacia el micrófono, con esa voz grave que lo caracterizaba.

—Tristán.

—¡Dios mío, pero qué voz! —exclamó la conductora, echándose aire con la mano como si se desmayara—. ¿De dónde eres, Tristán?

—Soy de Ibiza, España.

—¡EXTRANJERO, CÓMO ME LO RECETÓ EL DOCTOR! —gritaron unas chicas desde el fondo, y el lugar estalló en risas y silbidos.

Tristán, divertido, se llevó la mano al pecho y sonrió de lado.

—Bueno… ¿Y quién es tu novia, Tristán? —preguntó la conductora, buscando a la afortunada.

—¡Allá! —dijo él, señalando con el dedo hacia la mesa.

Las luces giraron hasta iluminar a Ximena, que se llevó las manos a la cara entre risas, mientras Montse y Fátima la señalaban para que no hubiera duda.

—¡Bueno! —exclamó la conductora con picardía—. Mira que siempre digo que no es necesario adquirir la mercancía para probarla. Con una prueba es suficiente. Pero tú, mujer… —miró directo a Ximena— no sólo debes adquirirlo, debes hacerle un amarre, porque un bombón así no se consigue todos los días. A ver, dime, Tristán, ¿te dio agua de calzón?

—¿Cómo? —preguntó él, genuinamente confundido, arqueando una ceja.

—¡Que si te hizo brujería, hombre! Un amarre, pues. El español negó con la cabeza, con expresión inocente.

—No, sólo me dio de comer. —Hizo una pausa y agregó con total seriedad—. Y con eso fue suficiente para quedarme amarrado.

El público estalló en carcajadas, aplaudiendo y chiflando. La conductora casi soltó el micrófono de la risa.

—¡Ay, Virgen! Pues que nos pase la receta, porque eso es magia pura.

Ximena, muerta de la risa y un poco avergonzada, negó con la cabeza desde su mesa, mientras Tristán le guiñaba un ojo desde el escenario, orgulloso de haber salido bien librado de aquella prueba cultural.

La conductora pasó con los siguientes novios. Uno era de la Ciudad de México, otro de Monterrey y uno más de Guadalajara. A cada uno le hizo una broma ligera, sacando risas del público, hasta que regresó al centro del escenario con toda la energía.

—Bueno, bueno… —dijo, levantando la mano y haciendo callar a todos—. Ahora viene lo bueno. La actividad es sencilla: cada novio tendrá que bailar la canción que la banda les ponga. Nada de caras largas, nada de “yo no bailo”, aquí todos bailan. El que logre animar más al público, el que de verdad se esfuerce, se lleva el premio.

La gente gritó curiosa.

—Y el premio es… —pausó dramática— ¡Que no se cobre la cuenta de bebidas de la mesa! Eso sí, solo las de hoy, ¿eh? Que luego nos quieren venir a dar la lista de toda la semana.

Las carcajadas llenaron el Baby’O.

—Así que ya saben, chicas, anímenlo. Y ustedes, novios, más les vale darlo todo, porque si pierden… su mesa paga doble.

El público estalló en gritos y silbidos. La conductora levantó la mano señalando hacia Tristán.

—Y para abrir con broche de oro, tenemos con nosotros al guapo Tristááááán, ¡directamente de Ibiza! Que nos va a dar todas para llevar… —Luego, mirando hacia la mesa donde Ximena lo observaba divertida, agregó en tono pícaro—. Tranquila, Ximena, tranquila… que lo que nos va a dar es comida, ¿eh? ¡Comida!

Ximena se tapó la cara riéndose, mientras Montse y Fátima la empujaban para que animara más fuerte. Tristán, desde el escenario, sonrió con esa mezcla de vergüenza y descaro que lo hacía irresistible. La banda ya tenía preparada la primera canción, y el público aplaudía con expectación, esperando ver qué haría el español.

La banda en vivo arrancó con los primeros acordes de “Qué rico el mambo”. El público reconoció al instante la canción y el lugar estalló en aplausos y gritos. Las trompetas y los tambores llenaron el aire, empujando a todos a levantarse, pero los reflectores estaban fijos en él: Tristán.

El español respiró hondo, sonrió de lado y, con esa seguridad que parecía innata, comenzó a moverse al compás. Al principio, marcaba pasos sencillos, cadenciosos, pero pronto su cuerpo se soltó en un vaivén natural, con la cintura dominando el ritmo. El público respondió de inmediato con palmas y silbidos.

Entonces, Tristán elevó la apuesta: se pasó la mano lentamente por la camisa, desabrochando un botón con picardía. El griterío subió de tono. Fingió que iba a quitársela, deteniéndose justo a tiempo, y negó con el dedo en un gesto juguetón que arrancó risas y chiflidos.

—¡Eso, guapo! ¡Danos más! —gritaron desde las mesas. Con cada trompetazo de la banda, Tristán giraba, movía los hombros con sensualidad y jugaba con la mirada, como si todo el Baby’O fuera su escenario personal. Se llevó la mano al cinturón, simulando que lo iba a desabrochar, y el público enloqueció. Ximena, roja de risa y de nervios, aplaudía desde la mesa mientras Montse gritaba como si fuera su fan número uno.

El español, disfrutando cada segundo, bajó del escenario unos pasos para bailar con las primeras filas, saludando a las mujeres que lo jalaban de la mano, antes de regresar con un giro elegante. Terminó con un movimiento de cadera exagerado, tirando un beso al aire, justo cuando la banda cerró con fuerza la canción.

El Baby’O entero explotó en aplausos yovaciones. Tristán levantó los brazos, jadeando y sonriendo, empapado en adrenalina. El público coreaba su nombre mientras las luces lo bañaban en destellos dorados y la banda cerraba con fuerza. Minutos después, entre silbidos, carcajadas y copas en alto, lo declararon el ganador indiscutible de la noche.

Aquella escena se convirtió en algo más que un baile: sería la anécdota más contada una y otra vez, en sobremesas y reuniones, por sus amigos, por sus hijos y hasta por los hijos de sus hijos. Una de esas historias que se exageran con los años, que se visten de mito, pero que siempre guardan en el fondo la misma verdad: esa noche, Tristán y Ximena se divirtieron como nunca.

Los días siguientes se deslizaron entre el sol y la arena, con risas que parecían no agotarse, con paseos en la playa y el rumor constante del mar como telón de fondo. Acapulco quedó en su memoria como un paréntesis luminoso, un respiro antes del gran salto.

Al regresar, lo sabían bien: estaban listos. Listos para casarse. Listos para amarse.

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