El viaje en auto parecía un poco más largo de lo normal, pero, al parecer, el empresario vivía en una zona importante, por no decir de ricos. Ambos iban en silencio. La mesera observaba la ciudad pasar detrás del cristal; él, en cambio, la observaba a ella.
—Entonces, Nombre… ¿no me dirás cómo te llamas? —preguntó al fin.
La chica volteó y le sonrió.
—Te puedo dar una pista —respondió ella—, aunque sé que aun así no lo adivinarás. Es demasiado raro.
—Pruébame —dijo él, con un tono sensual y divertido.
—Mi nombre es de origen celta —continuó—, aunque también tiene significados en latín y en griego.
—¡Guau! —dijo él, soltando una risa sincera—. Eso es demasiado preciso. Pensé que me dirías una letra… o algo que rimara con él.
—Querías una pista, ¿no? —replicó ella—. Ahí está.
El empresario sonrió. Encontraba aquel juego bastante entretenido. De todas las mujeres con las que había estado, ella no solo era guapa, sino también sorprendentemente interesante. Tenía ingenio, carácter y una presencia que no se ofrecía con facilidad.
Sabía, con una certeza poco común, que no estaba frente a cualquier mujer.
—Vale —concedió él—. Entonces seguiremos con Nombre… por ahora.
Ella sonrió, volviendo la mirada a la ciudad, mientras el coche avanzaba hacia una noche que ya empezaba a prometer más de lo que ambos estaban dispuestos a admitir.
Por fin llegaron. El empresario entró a un edificio moderno y elegante, de esos en los que solo unos cuantos pueden vivir. Estacionó el auto en un lugar cercano al elevador y, enseguida, le abrió la puerta. Ella bajó. El frío de la ciudad le recorrió los huesos, aunque bien pudieron ser los nervios.
—Vamos, Nombre. La vista es mejor arriba —le dijo.
Entraron al elevador sin hablar. Ella observó cómo los números ascendían del uno hasta detenerse en el veintitrés. Cuando las puertas se abrieron, unos ventanales imponentes, con vista abierta a la ciudad, les dieron la bienvenida.
La mesera tardó apenas un segundo en darse cuenta: todo el piso era el departamento. Un penthouse impresionante que parecía flotar sobre la ciudad, suspendido justo en el punto donde las luces tocaban el cielo.
Ella sonrió.
—¡Guau! —exclamó, observando a su alrededor—. Esta sí que es una vista.
El empresario se acercó y le ofreció un poco de whisky. La mesera lo tomó; lo necesitaba.
—Me gustan las vistas… me gusta lo que veo —murmuró él, sin apartar la mirada.
Ambos dieron un sorbo: ella para controlar los nervios, él para elevar un poco más la temperatura del cuerpo.
—Entonces, Nombre… ¿no quieres saber mi nombre? —preguntó.
La chica negó con suavidad.
—Mejor así —respondió, girando apenas el vaso entre los dedos—. Los nombres atan demasiado… y esta noche se siente mejor sin etiquetas.
Alzó la vista hacia él, con una sonrisa lenta.
—Además —añadió—, prefiero recordarte por lo que pase… no por cómo te llamas.
—¿Y qué crees que va a pasar? —preguntó él, interesado.
Sin embargo, no la dejó contestar. Tomó el vaso de la mesera y lo dejó sobre una de las mesas de la sala, con un gesto lento, decidido. La luna apenas alumbraba a la pareja; la luz caía solo en los ángulos correctos: el borde de sus labios, el brillo de la mirada, la tensión suspendida entre ambos.
Después la cargó con facilidad, como si fuese ligera como una pluma, y la besó.
No fue un beso tímido ni contenido. Fue de esos que parecen haber estado esperando años para suceder. Sus labios se encontraron con una urgencia dulce, como si se reconocieran de antes, como si aquel momento hubiera sido inevitable desde que cruzaron la primera mirada. Ella sintió cómo el mundo se hacía pequeño, reducido únicamente al calor de sus manos y al latido acelerado que él no intentaba esconder.
El beso se volvió más profundo, más lento, cargado de esa mezcla peligrosa de curiosidad y deseo. Él la sostuvo con firmeza, como si temiera que la noche pudiera arrebatársela si la soltaba un segundo. Ella, por primera vez en horas, dejó de pensar, dejó de medir, dejó de tener miedo.
Y mientras sus labios seguían hablándose en un idioma sin palabras, él comenzó a caminar con ella entre sus brazos, guiándola con suavidad hacia la habitación, como quien lleva consigo algo frágil y al mismo tiempo irremediable.
La puerta quedó abierta detrás de ellos, y la ciudad, al fondo, siguió brillando en silencio.
Él la recostó sobre la cama y la observó un instante, como si quisiera grabarse cada detalle. La chica se mordió los labios, ansiosa por lo que vendría.
—Ya pasaron cinco minutos… ¿seguro que no quieres que te lleve a algún lado? —preguntó el empresario, con una sonrisa ladeada.
Ella respondió sin palabras: se incorporó apenas y, con la misma pasión de antes, lo besó. Ese beso contestó por sí solo.
Rieron, no sabía si por lo que él había dicho o por todo lo que ambos imaginaban que podía ocurrir después. Sus manos se movieron con naturalidad, sin torpeza, y pronto quedó a la vista la delicadeza de su lencería. Era linda, sensual, como una fantasía.
—Mi favorita —murmuró él, acercándose a su vientre y rozándola apenas con los labios, provocándole un escalofrío.
La mesera gimió levemente, sintiendo un gran placer recorrerle el cuerpo.
—¿Estás lista? —preguntó coqueto, mientras comenzaba a quitarse la camisa y la dejaba caer sobre el suelo de la habitación.
Ella no respondió. Se quedó en silencio, respirando agitada, observando el cuerpo atlético y marcado del hombre que tenía frente a ella. Por un instante pensó, con una sonrisa interior, que se había sacado la lotería por una noche… y estaba dispuesta a disfrutarla.
—Bueno… el que calla otorga —dijo él, haciéndola reír y temblar al mismo tiempo.
El hombre comenzó a besarla por todo el cuerpo, recorriéndola con suavidad, rozando su piel con los labios como si quisiera aprenderse cada centímetro de memoria. Ella gimió levemente, pero cuando sintió su boca en el punto más íntimo de su ser, perdió cualquier intento de control. Era placer puro, una sensación nueva, intensa, algo que en su vida adulta jamás había experimentado.
Trató de contenerse, aferrándose a las sábanas, pero la emoción la desbordó y terminó por rendirse. Un gemido se le escapó sin permiso; la piel se le erizó y un calor profundo le recorrió todo el cuerpo.
—¡Vaya! —expresó, mientras las piernas le temblaban.
Él se incorporó un poco y, con una sonrisa triunfal, susurró:
—Te dije que te haría falta un nombre. Pero, vaya me place.
Volvió a besarla, recorriendo su cuerpo con una calma que la desesperaba. Cuando se colocó sobre ella, pudo sentir lo mucho que él también la deseaba. Sus manos comenzaron a desnudarla, y él mismo lo hizo.
—Nombre, creo que ya merezco saber cómo te llamas, ¿no? —insistió, con voz ronca.
—Creo que ya ni recuerdo mi nombre —respondió ella, haciéndolo sonreír.
—Entonces tendré que torturarte un poco hasta que confieses —murmuró, y con un movimiento lento y seguro la hizo suya, arrancándole un suspiro que llevaba rato guardado.
Se besaron con intensidad, perdiéndose en el ritmo compartido, en las caricias y en ese calor que los envolvía. Ella pensó que había vivido cosas antes, pero nada parecido a aquello. Cuando él notó que volvía a estremecerse, le susurró:
—Mírame a los ojos… eso me gusta.
Obedeció casi sin pensar. Sentía que, en ese momento, habría hecho cualquier cosa que él le pidiera. El empresario sabía lo que hacía y lo disfrutaba; se notaba su experiencia en esa clase de encuentros, en la forma en que leía cada reacción, cada suspiro, cada pequeño gesto que ella intentaba contener.
No había prisa en sus movimientos. Todo en él era seguro, calculado, como si conociera un mapa invisible del deseo y se permitiera recorrerlo con calma. La miraba con esa mezcla de ternura y desafío que la desarmaba, consciente de que tenía el control y, al mismo tiempo, se lo cedía a ella.
Nombre dejó de pensar. El mundo exterior se volvió un rumor lejano, reducido al latido acelerado de su propio cuerpo y al calor de sus manos. Él sonrió apenas, satisfecho de verla rendirse a lo que estaba sintiendo, y continuó guiándola con esa paciencia experta que la hacía perder cualquier rastro de cordura.
Era evidente que no era un improvisado; cada caricia parecía tener un propósito, cada pausa un significado. Y ella, que había llegado con dudas y reservas, descubrió que ya no le importaba nada más que ese instante suspendido entre los dos.
El éxtasis volvió a alcanzarla, más intenso que antes, como un relámpago imposible de contener.
—Vaya… —se le escapó a ella.
—Vaya, vaya, vaya —respondió extasiado, sin detenerse.
Sus labios volvieron a encontrarse y, envueltos en ese torbellino, terminaron por dejarse llevar por completo. Había en él una energía arrolladora, una seguridad casi salvaje que contrastaba con la calma calculada que había mostrado durante la noche.
—Nombre —pronunció él, y por un instante ella deseó haberle dicho cómo se llamaba, solo para escucharlo en ese gemido que lo hizo rendirse. Ella también se dejó llevar, por cuarta vez esa noche. Él cayó a su lado, agitado, todavía temblando de placer. Ambos se quedaron así un momento, intentando recuperar el aliento, sin necesidad de decir nada.
Ella se sentía en el paraíso. Por primera vez en su vida se sentía plena, satisfecha, extrañamente feliz… y al mismo tiempo confundida. No se suponía que debía sentir tanto con un extraño.
—Lo repito, Nombre, eres la sorpresa de la noche —murmuró él, ya más tranquilo.
Ella rió.
—Creo que tú eres la sorpresa de la mía… —se atrevió a responder.
Él se levantó de la cama y caminó desnudo hasta la mesa para tomar agua. Ella lo observó en silencio. Era guapísimo, con esa presencia segura que lo hacía parecer invencible. El hombre perfecto en el momento y lugar equivocados. Supo, con una certeza incómoda, que esa imagen se quedaría grabada para siempre.
Se puso de pie y comenzó a buscar su ropa; era momento de irse, o al menos eso intentó convencerse. Él la miró con curiosidad mientras regresaba a la cama.
—¿Qué haces? —preguntó sorprendido.
—¿Vestirme? —respondió con tono obvio.
—¿Quién dijo que esto terminó? Solo estoy tomando un descanso. —La atrajo de nuevo hacia él, rodeándola con sus brazos y pegándola a su cuerpo—. Tranquila, te juro que saldrás de aquí viva. Solo quiero pasar un rato más contigo… además, no me rendiré hasta que me digas cómo te llamas.
Ella respiró hondo, incrédula ante lo que le estaba ocurriendo.
—Está bien —aceptó—, pero no te aseguro que lo averigües.
—Eso ya lo veremos, Nombre. No subestimes mi poder de insistencia —dijo antes de volver a besarla.
Y, una vez más, regresó a ese paraíso del que empezaba a temer no querer escapar.
Una respuesta
Uffff partió intenso 🔥🔥