Ciudad de México, marzo de 2005

En el claustro del Colegio de las Vizcaínas se respiraba glamour. Las arcadas de cantera se alzaban como testigos mientras la luz ámbar de los candelabros caía discretamente sobre las mesas vestidos de un fino mantel de lino color marfil. Un cuarteto de cuerdas acompañaba las pláticas energéticas y propias de los empresarios alrededor. Los instrumentos estaban lo suficientemente bajos como para vestir el aire sin robar conversación.

            Los invitados vestían smokings impecables, y las mujeres, vestidos de noche que, al caminar, parecían susurrar. Las copas de cristal fino tintineaban entre manos delicadas, adornadas con anillos de joyas y perlas.

El evento, de gran importancia, era el World Economic Forum, y aquella era la última de las cenas ofrecidas a los líderes empresariales para celebrar nuevas y antiguas alianzas. El murmullo general tenía ese tono satisfecho de quienes creen conocer el mundo… porque pueden comprarlo.

            —Miren ustedes —se escuchó en uno de los grupos la voz de un viejo, corpulento, de barba canosa y descuidada. La pajarita la tenía ligeramente ladeada como si se la hubiera movido para poder respirar—. Esto pretende ser cocina de autor, pero si me preguntas, parece de cualquier fonda.

            El hombre le dio un mordisco grande a una tostada que estaba sobre su plato.

            —Para no gustarte, ya llevas como diez —se burló una mujer, que disfrutaba del delicioso banquete.

            —No digo que esté mal —continuó el hombre, justificándose—, pero se nota que es… ordinaria. Dicen que la chef es mexicoamericana y que está en la carrera para que su restaurante gane una estrella Michelin. ¿No sabía que ya les daban estrellas Michelin a las fondas?

            Un par de risas nerviosas lo acompañaron. Otros fingieron no escuchar. Él se creció.

            —En San Diego creen que el picante lo arregla todo. Yo vengo a comer bien, esto le puedo decir a Jacinta que me lo cocine mañana en la casa.

            En ese momento, una mesera pasó con paso silencioso. El hombre la detuvo y leventando la mano, sin mirarla de todo, le dijo:

            —Oiga, traígame algo decente para acompañar esto… Un atole, no sé… lo que consideres.

            La mesera sostuvo la mirada, profesional, neutra.

            —¿Le sugiero una cerveza? —preguntó.

            Él chasqueó la lengua.

            —Sorpréndame. Pero que sea bueno de verdad.

            La mesera asintió y se retiró. Caminó con paso firme hacia el bar, donde la música se diluía y las botellas brillaban como trofeos detrás del cristal.

—Una cerveza —pidió en voz baja—. La más común que tengas.

El bartender la miró, sorprendido.

—¿Así nada más?

Ella apoyó el codo en la barra y bajó un poco la voz.

—Sí. Pero cámbiale la etiqueta. Ponle una de esas importadas que solo piden los que quieren presumir.

El hombre sonrió, entendiendo al instante. Sacó una cerveza corriente, sin historia ni prestigio, la destapó y, con una destreza casi teatral, deslizó la etiqueta falsa sobre el vidrio. La botella quedó impecable: europea, elegante, cara.

—¿Algo más? —preguntó.

—Sírvela bien fría —añadió ella—. Que crea que se ganó el cielo.

La mesera se quedó observando desde la barra a todos los empresarios cuando, de pronto, una voz grave la interrumpió.

—Me alegro de que no hayas sido tú quien me atendiera esta noche. Me habría encontrado con una que otra sorpresa.

La chica volteó y, de inmediato, lo vio. En cuanto sus miradas se cruzaron, el rostro de él se iluminó. Vestía un smoking clásico, impecable, de esos que no necesitan exagerar para imponerse. Su apariencia era elegante y cuidada. El cabello oscuro, peinado hacia atrás, intentaba domar unos rizos rebeldes con gel. Su rostro era guapo; la barba y el bigote, perfectamente recortados, le daban un aire maduro y distinguido. Tenía rasgos armónicos, una expresión serena y contenida, y una leve sonrisa que a ella le arrancó un rubor involuntario. Su mirada era penetrante, como si analizara cada gesto suyo con calma peligrosa.

Ella sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo necesario.

—La noche todavía es joven, señor. Puede que haya más sorpresas. No se sabe —respondió, ladeando un poco la cabeza.

El hombre se río bajito.

—¿Te gustán mucho las sorpresas…? —preguntó, y espero a que ella dijera su nombre.

—Sí, me gusta lo impredecible —soltó la mesera.

La cerveza llegó y ella la tomó con naturalidad. Se disponía a irse cuando él la sujetó suavemente de la mano, apenas lo suficiente para detenerla.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, mirándola de frente.

La luz cálida del salón hacía brillar el ámbar de sus ojos frente al negro profundo de los de ella.

—Nombre…

—¿Cómo? —preguntó él, divertido, inclinando un poco la cabeza.

—Mi nombre es Nombre.

Él soltó una risa baja.

—Ah… —repitió—. Nombre.

—Así es —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Muy común. Aparece en todos lados.

—Curioso —dijo él—, porque no me parece nada fácil de olvidar.
Ella apartó la mano con delicadeza y apoyó la charola contra la cadera. El empresario se mordió el labio.

—Me da curiosidad saber qué otras sorpresas tienes, Nombre. Te invito a mi departamento después de aquí —dijo con seguridad.

Ella se sonrojó. El hombre era directo, y eso le gustaba. Pero no pensaba ceder tan fácil.

—Trabajo hasta tarde —respondió, como si se excusara antes de que él insistiera—. Muy tarde. Salgo casi a las tres de la mañana.

—Eso no suena a excusa —respondió él—. Suena a un reto.

Ella lo miró con una ceja apenas alzada.

—No creo que sea apropiado…

—¿Y si te espero? —interrumpió él con calma—. Hasta las tres.

Ella dudó. No mucho, pero lo suficiente para que él lo notara. Bajó la mirada un segundo, luego volvió a encontrar la suya.

—No prometo nada —dijo finalmente—. A esa hora una suele cambiar de opinión.

—Yo también —respondió él—. Pero soy paciente.

Ella sonrió, esta vez sin esconderlo.

—Entonces —dijo, dando un paso atrás—, supongo que nos veremos… si sigues aquí.

—Aquí estaré —respondió él—. Siempre cumplo lo que prometo.

Ella se dio la vuelta, caminando con paso firme entre las mesas, consciente de su mirada siguiéndola. Antes de desaparecer entre la gente, giró apenas el rostro.

—No llegues tarde —dijo.

Él sonrió, llevándose la copa a los labios.

—Nunca lo hago… cuando vale la pena.

Y la noche, que ya parecía prometedora, acababa de sellar su primer acuerdo.

***

3:00 am

Los eventos de esta talla siempre terminaban tarde. No por descuido, sino porque nadie quería ser el primero en irse. Las alianzas se cerraban con una copa más, las promesas se sellaban en murmullos junto a la barra y los apretones de mano se prolongaban lo suficiente como para dejar claro quién tenía el control.

Poco a poco, los invitados comenzaron a salir, uno a uno, asegurándose de haber dicho todo lo necesario y de que, a la mañana siguiente, aquel acuerdo oral quedaría finalmente plasmado sobre el papel. Después, los meseros y el staff entraron al salón vacío y comenzaron a levantar mesas y sillas, a recolectar botellas y a acomodar la vajilla.

Ya solo quedaban murmullos y el sonido de la cubertería chocando suavemente entre sí. Algunos se quejaban del viaje de regreso; otros se regocijaban por la comida que había sobrado y que se llevarían a casa. Cuando las luces se apagaron por completo, todos salieron por la parte trasera de la cocina. Se despidieron con cansancio y caminaron hacia el camión que los llevaría de vuelta.

Sin embargo, cuando la mesera salió, se sorprendió al ver que el empresario la esperaba, recargado en la parte delantera de su auto deportivo. A diferencia de los demás, él aún conservaba el smoking intacto. Al verla aparecer, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

Nombre… —pronunció, con seguridad.

Ella volteó, dándole la espalda. Sonrió con coquetería y se mordió el labio antes de acomodarse un poco el cabello y el uniforme. Cuando volvió a mirarlo, el empresario rió bajito.

—Pensé que no estarías aquí.

—Lo estoy —contestó él—. Y háblame de tú. Sé que no soy joven, pero tampoco soy un viejo —bromeó.

Nombre se sonrojó.

—Entonces… ¿vienes?

Ella negó levemente con la cabeza. De pronto, la propuesta se había vuelto demasiado real. Por un instante, pensó que aquello era una mala idea: estaba lejos de casa, no conocía a nadie y nadie sabía que se iba con él.

Él notó la duda de inmediato. No se acercó más. No la presionó.

—Oye —dijo con calma—, no tienes que decidir nada ahora mismo. Solo sube al coche. Si en el camino me dices que quieres volver, doy la vuelta. Te dejo donde me digas. Te lo prometo.

Hizo una pausa breve, mirándola con honestidad.

—No quiero convencerte —añadió—. Quiero que vengas porque te nace. Además… pensé que te gustaba lo impredecible.

Nombre sostuvo su mirada. El miedo seguía ahí… pero también la curiosidad. Y esa, sabía bien, era siempre más difícil de ignorar.

Un segundo después, dio un paso hacia él.

—Como sé que no eres un asesino serial o algo así —contestó Nombre.

El empresario rió, bajo, contenido.

—¿Crees que lo soy?

—No lo sé… —respondió ella—. Tienen muchas caras.

—Bueno… Nombre —dijo él mientras se acercaba con calma, acomodándose el fino reloj—. Hay una sola manera de comprobar si lo soy o no. Y es simple… ven conmigo.

—Ah… —expresó ella, entre sonrisas y un dejo de ironía.

Él estaba tan cerca que podía percibir su aroma limpio, elegante. La mesera tragó saliva, nerviosa.

—Mira —añadió él, bajando un poco la voz—, no te estoy pidiendo nada que no quieras dar. Te prometo una conversación honesta, una copa tranquila… y que, si en cinco minutos decides irte, yo mismo te llevo a casa. Sin preguntas. Sin insistencias.

Hizo una pausa breve, dejándole espacio para pensar.

—Pero si te quedas —continuó—, puede que esta noche deje de ser solo un turno largo… y se convierta en una buena historia.

Ella lo miró unos segundos más. Y esta vez, no apartó la mirada.

—Cinco minutos —dijo ella.

—Cinco… —murmuró él, con una sonrisa.

Ella dio el último vistazo al lugar. Luego caminaron hacia el auto. Él le abrió la puerta y subió, acomodándose el abrigo con manos que le temblaban apenas.

El motor arrancó suave.

Cinco minutos.

Y el reloj, como siempre, empezó a correr.

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