Eres mi bien, lo que me tiene extasiado, ¿por qué negar que estoy de ti enamorado? De tu dulce alma, que es toda sentimiento…

La canción de “La gloria eres tú”, sonaba en la radio Panasonic que Tristán se había comprado la Navidad pasada. Luz yacía sentada en su periquera, mientras su padre hacía el desayuno y le cantaba con voz cálida.

La niña parecía hipnotizada. Desde pequeña había descubierto que la voz de su padre era su refugio: lo mismo la calmaba cuando lloraba, que la arrullaba en las noches más inquietas. Tristán la mecía en brazos, dando vueltas por la sala, y entre susurros le cantaba “Luna de Xelajú”, esa melodía que Martita le había enseñado y que, como por arte de magia, disipaba los cólicos y las lágrimas.

Para la mala suerte de Tristán y Ximena, la radio de la vecina, doña Lupe, no se escuchaba en el último nivel del edificio, así que ahora debieron adquirir la suya propia. Tristán, entusiasmado, también quiso adquirir un televisor para poder ver sus telenovelas, pero Ximena se negó tajantemente; decía que no quería una televisión en casa hasta que fuera absolutamente necesario.

Así que Tristán mantenía su pequeña rutina: bajaba al piso de Lucha, donde compartía el sillón con ella, para seguir de cerca las historias de moda. En marzo había terminado Colorina, protagonizada por Lucía Méndez y Enrique Álvarez Félix, así como El hogar que yo robé, con Angélica María y Juan Ferrara. Ahora todos esperaban el estreno de Vanessa, que prometía ser otro éxito, con Lucía Méndez y Rogelio Guerra en los papeles principales.

Ximena, al inicio, no comprendía el amor que Tristán tenía por las telenovelas; ella no veía ninguna. Sin embargo, con el paso del tiempo, se percató de que era una forma de no dejar a Lucha sola, y de seguir fomentando ese vínculo de madre adoptiva, hijo adoptivo que habían formado.

Además, Tristán le decía que las telenovelas le enseñaban estrategias: cómo alguien podía caer en una mentira, cómo un secreto mal guardado terminaba por destruir a una familia o cómo el amor podía ser más fuerte que cualquier obstáculo.

—Eso lo aplicaré en la oficina —comentaba con aire serio, aunque en el fondo bromeaba—. No cabe duda, Mena, de que la vida es como una telenovela, así que hay que procurar ser la protagonista de la nuestra.

Ximena simplemente se reía, divertida por la manera en que él convertía cada capítulo en una lección de vida.

Bendito Dios, porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo tisú… Sí, Luz mía, la gloria eres tuuuú…

Luz se rió divertida mientras su padre le cantaba, fingiendo que la pala con la que batía el huevo era un micrófono improvisado. Después, comenzó a aplaudir con entusiasmo, como si de verdad asistiera a un concierto.

—Al parecer has conquistado a tu público —se escuchó la voz de Ximena, que entraba por la puerta con el cabello recogido en una coleta alta. Llevaba unas mallas azul intenso y un leotardo multicolor que resaltaba su figura. Los calentadores rosas en sus piernas le daban un aire juvenil y moderno.

Desde hacía unos meses había empezado a tomar clases de aeróbics con la vecina del 2B, Cuquita, que recientemente había regresado de Estados Unidos. Allá había asistido a un curso en un gimnasio privado con Jackie Sorensen, la creadora del aeróbic, y ahora, entusiasmada y con un cuerpazo que todas envidiaban, organizaba sesiones en el local de la esquina por una pequeña cuota de recuperación.

Ximena se había contagiado del entusiasmo y se esforzaba por recuperar la “cinturita” que había dejado atrás con el embarazo. Tristán, sin embargo, siempre le decía que así estaba perfecta: el embarazo le había dado un cuerpo sexy, curvado, fuerte y aún más atractivo. Pero si Ximena quería moldearlo a su manera, ¿quién era él para contradecirla?

—No es un público muy exigente, ¿verdad, pequeñaja? —preguntó Tristán, inclinándose hacia Luz.

La niña, entre risas, estiró los brazos hacia su madre, pidiendo que la cargara.

—¿Qué tal van los aeróbic? —quiso saber Tristán, mientras le ofrecía a Ximena el jugo verde que todas las mañanas le preparaba.

—Bien… —respondió ella, con una sonrisa satisfecha, tomando el vaso—. Veremos hoy en la prueba del vestido. Veremos si la rutina Kick & Twist Funky con la canción “Funkytown” ya dio sus frutos.

—¿La rutina Kick & Twist Funky? —repitió Tristán, arqueando una ceja.

—Sí, esa misma —contestó Ximena, acomodándose a Luz en la cadera—. Empieza con diez patadas laterales, luego giros de cadera, y al final hay que levantar los brazos como si una estuviera saludando a un avión que nunca aterriza.

Tristán soltó una carcajada.

—¡Madre mía!

—Riéte, ríete… pero el día de la boda, cuando me veas entrar con cinturita de avispa, te vas a tragar tus palabras. Tristán tomó a Ximena de la cintura y la vio de enfrente.

—Bueno, no tendré que esperar hasta el día de la boda… este finde nos vamos a Acapulco para la despedida de soltero, ¿te acuerdas?

—¿Cómo olvidarlo si Montse me lo recuerda todos los días? —contestó ella, entre sonrisas—. Está más al pendiente que yo. Parece más su despedida que la mía.

Tristán sonrió. Acarició la mejilla de Ximena.

—Este septiembre se cumplen dos años desde que te conocí en Las Vegas, en aquella despedida de soltero… ¿no te parece casualidad que la nuestra también sea en septiembre? —le preguntó.

Ximena sonrió y vio a Luz.

—Creo que septiembre es nuestro mes, ¿no crees? Tiene todo el sentido del mundo que lo sea.

Tristán asintió, tenía toda la razón del mundo. Septiembre les había dado a Luz, se habían conocido y ahora se irían de luna de miel.

—¿A qué hora te probarás el vestido? —preguntó él, viéndola a los ojos.

—A las once, antes de que llegue una clienta —contestó Ximena—. Martita, Lucha, Montse y Rosalva vendrán a verlo. Casi está listo.

—Yo también querría verlo… —murmuró Tristán.

—No, dicen que es de mala suerte ver el vestido de novia antes de la boda. Deberás esperarte.

—Mena…

—Lo sé, lo sé… —sonrió, acercándose—. Pero, puedo darte algo más.

Dejó a Luz en la periquera, quien la miraba con curiosidad, y se dirigió hacia uno de los muebles de la sala. Abrió la puerta baja y sacó una caja blanca de cartón. Caminó despacio hacia Tristán, como si cargara un secreto demasiado grande.

—¿Y eso qué es? —preguntó él, entornando los ojos.

—Lo que voy a usar la primera noche después de la boda —respondió con un brillo picaresco en la mirada.

Tristán tragó saliva, con las orejas encendidas, mientras ella se acercaba y le ponía la caja entre las manos. Él la abrió con cuidado, esperando encaje, seda, algo prohibido. El interior estaba vacío.

—¿Pero qué…? —balbuceó, sonrojado—. Aquí no hay nada.

—Por eso… —repondió Ximena, coqueta.

—Dios… eres mala, Ximena, muy mala. ¿Vas a dejar que me vaya al curro con esa imagen en la cabeza?

—Sí… —dijo ella coqueta.

De pronto, el aroma a quemado los interrumpió. Ambos voltearon hacia la sartén: los huevos estaban carbonizados.

—¡El desayuno, joder! —exclamó Tristán, corriendo hacia la estufa.

—Cuidado con esos huevos… —dijo ella—. Me voy a bañar.

Tristán se rio. Después volteó a ver a su hija y le dijo.

—¿Quieres unos tamales oaxaqueños de desayuno? Yo invito —le preguntó.

Luz sólo se rio, siguiéndole el juego.

***

Ximena Caballero siempre soñó con hacer su propio vestido de novia. Desde niña, entre retazos de telas y agujas que encontraba en la cajita de costura de su madre, se imaginaba creando con sus propias manos la prenda más importante de su vida. Era un secreto muy bien escondido, casi un anhelo vergonzoso, porque tampoco quería parecer una mujer desesperada, de esas que planean su boda antes siquiera de tener con quién casarse.

Sin embargo, ahora, frente a la realidad de su boda con Tristán, ese secreto estaba a punto de salir a la luz.

Se había transformado, primero, en un sueño guardado en su imaginación; luego, en un boceto dibujado; después, en tela cuidadosamente escogida y cortada con precisión. Y ahora, convertido en un hermoso vestido de novia, reposaba colgado en su taller, esperando el día en que ella misma lo revelara al mundo.

El vestido había sido un secreto muy bien guardado, incluso para los ojos de Martita. Mena trabajaba en él en privado, en los ratos robados al día: cuando Tristán llegaba del trabajo y sacaba a Luz a dar una vuelta por la Alameda, mientras paseaba también a Solovino; o bien, cuando la niña ya dormía y Tristán se quedaba trabajando en casa, ella encendía la lámpara del taller y cosía hasta la medianoche —a veces más—, con la ilusión palpitándole en las manos.

Ahora era principios de septiembre y la boda sería en diciembre. El tiempo se le escurría, y aunque el vestido estaba casi terminado, aún quedaban los ajustes finales y los pequeños detalles que lo convertirían en algo único. Aquella tarde, sin embargo, no se trataba de coser, sino de revelar. Hoy sería la primera vez que su familia vería el vestido. Su corazón latía con fuerza, como si se tratara de confesar un secreto largamente escondido.

—Mi vestido se describe con tres palabras: romántico, elegante y bohemio —dijo con una mezcla de orgullo y nerviosismo, mientras ordenaba el espacio en la tarima.

Martita ya se encontraba lista con la cinta métrica y los alfileres, preparada para marcar los detalles que Ximena le indicara sobre su propio vestido.

—Debo advertir que no es tan de la época actual. Tomé inspiración de la época victoriana, pero también de los primeros años del siglo XX, cuando el tul bordado y las transparencias comenzaban a aligerar la rigidez de los corsés. Incluso añadí un guiño a los años setenta y un toque de folclore latinoamericano. Es, en realidad, un vestido tejido con pedazos de distintas décadas, pensado para una novia que no teme ser un puente entre lo clásico y lo moderno.

Montse, quien cargaba a su próxima ahijada entre sus brazos, sonrió. Le encantaba la pasión con la que Mena explicaba sus vestidos. Sabía de moda, trataba de renovarse. Por eso sus creaciones eran tan cotizadas.

—Sí, todo muy bonito, pero ya ¡muéstralo! —la animó.

—Ya voy, ya voy… —contestó emocionada—. Necesito la luz adecuada. —En ese instante abrió aún más la cortina. La claridad bañó el taller con una atmósfera solemne.

—Yo le dije a mis hijos que, si pudiera, volvería a casarme sólo para que Menita me hiciera el vestido —comentó Rosalva, con una sonrisa orgullosa.

—Bueno, podrías renovar votos con mi padre — respondió Mena, divertida—, o también le puedes decir a Amalia que, si al final se casa con el gringo, yo le hago su vestido.

Rosalva sonrió con ternura. Aquella escena la llevó, casi sin querer, a recordar la vida que había dejado atrás. Sus tres hijos —Amalia, Ricardo y Agustín— vivían desde hacía años en Estados Unidos. Eran fruto de su primer matrimonio en el pueblo donde había crecido. Se casó demasiado joven, siguiendo acuerdos familiares de la época, y enviudó pronto, con tres niños pequeños a cuestas.

El destino la cruzó después con Francisco Caballero, también viudo. En él encontró no sólo un esposo, sino un nuevo comienzo. Para entonces, Amalia, la menor, ya tenía veinticuatro años y había decidido marcharse junto a sus hermanos a probar suerte al norte.

Francisco y Ximena no tenían una relación estrecha con los hijos de Rosalva, pero tampoco mala. Cuando llegaban a coincidir, la convivencia fluía con naturalidad, como si Amalia hubiera visto crecer a Mena, o como si Francisco hubiese compartido más de cerca la vida con Ricardo y Agustín. No era intimidad, pero sí un afecto sincero. Una relación distante, aunque buena. Los tres estaban invitados a la boda.

—¡Dios! ¿Podemos dejar la escena de Mujer, casos de la vida real y pasar al vestido? ¡Venga, Mena! La haces mucho de emoción —expresó Montse, cruzada de brazos, fingiendo impaciencia.

Luz se rió con inocencia, como si entendiera la broma, y dio un par de palmadas mientras abrazaba con fuerza a “bebé”.

—Vale, vale… —respondió Ximena con la muletilla que había aprendido de Tristán—. Entro al cambiador y salgo. Tomó el vestido cuidadosamente y desapareció detrás de la puerta del pequeño cuarto que usaba como probador en el taller. El murmullo de las mujeres quedó afuera, mezclado con las palmadas de Luz llenas de emoción.

Ximena colgó el vestido en un perchero y lo contempló como si fuera un espejo de sus propios sueños. Lo acarició con la yema de los dedos, repasando el encaje que había elegido con tanto esmero. Respiró hondo. Se despojó de su ropa con rapidez, recogió su cabello con una pinza improvisada y comenzó a deslizar la tela blanca sobre su cuerpo.

El contacto de la tela contra su piel la hizo estremecerse. Ajustó todo con calma y acomodó la falda. Por primera vez, el vestido ya no era un proyecto, ni un secreto, ni una prenda a medio terminar: era real, estaba vivo sobre ella. Se llevó una mano al pecho, conteniendo las lágrimas.

Del otro lado de la puerta, Montse golpeó suavemente.

—¡Menita, ya no nos tortures! ¡Sal ya, por favor!

Ximena se miró una última vez en el espejo del probador. El vestido caía con una elegancia ligera; la silueta en línea A le dibujaba el cuerpo sin oprimirlo, como si hubiese sido diseñado para acompañar cada movimiento suyo con libertad. Los apliques de encaje floral, trabajados con paciencia en el escote y los hombros, le daban un aire clásico, casi intemporal, como si de pronto hubiera cruzado de una época a otra.

El escote en forma de corazón se intuía bajo la delicada malla de tul bordado que subía hasta su cuello, creando ese efecto ilusión que la hacía parecer salida de un sueño. Desde los hombros, la capa transparente de tul caía en ondas suaves, envolviéndola en un halo etéreo, decorado con pequeños motivos florales que brillaban cuando la luz entraba por la ventana.

Respiró profundo, pasó la mano sobre la tela para alisar un pliegue imaginario y se dijo a sí misma que estaba lista. Giró el picaporte.

Primero, se vio el velo-capa deslizarse por el suelo como una nube, y después emergió ella, con el vestido completo abrazándola como si fuera piel y promesa al mismo tiempo. Avanzó despacio, el corazón martillándole en el pecho, mientras sus invitadas contenían la respiración.

El silencio fue tan absoluto, que hasta Luz sintió la emoción del momento. Sus ojitos se abrieron, como si comprendiera la importancia de la escena.

—¡Virgen Santa! —exclamó Lucha, rompiendo el silencio con un suspiro dramático—. Menita, pareces una aparición.

Rosalva se llevó una mano a la boca, conmovida, y Martita no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

Ximena sonrió tímidamente. Por primera vez, ya no era la costurera: era la novia, de pies a cabeza, hecha realidad del sueño que había guardado tanto tiempo.

—¿Qué piensan? —preguntó con un poco de inocencia.

—¡Es hermoso! —exclamó Montse, acercándose a tocar la tela—. Esta vez sí te pasaste de lanza, Mena.

Ximena rió bajito. Luego, al mirarse en el espejo, dejó que la luz acariciara su creación. Pasó la mano por el delicado encaje floral que cubría el escote y los hombros. La capa transparente de tul, integrada al vestido, llevaba también esos bordados, y caía como una cascada etérea. Para ella era un “velo moderno”: una reinterpretación bohemia de la estética victoriana que había soñado.

—Pareces una princesa —murmuró Martita, acomodándole la capa.

—Es que se casará con un príncipe español, ¿verdad, mi amor? —añadió, mirando a Luz, que aplaudía emocionada.

—Llevaré un tocado de flores… una corona grande de claveles rojos —anunció Ximena, con una chispa en los ojos—. Será mi toque español para él.

—Este vestido es único… —agregó Rosalva—. No había visto algo así. Creo que será irrepetible. Deberías guardárselo a Luz para cuando se case.

—¡Rosalvita! Luz no tiene ni un año y ya me la quieres casar… —bromeó Ximena. Luego se miró en el espejo y se acomodó la silueta del vestido—. Al parecer los aeróbics han dado resultado… voy a tener que ajustarlo en la cintura. Mientras ella ajustaba la pinza con sus dedos, se percató de que Lucha seguía en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas, como si estuviera en un trance.

—¿Todo bien, Luchita? —preguntó Ximena, viéndola a través del espejo.

Lucha tragó saliva y, con la voz entrecortada, murmuró:

—Tu madre estaría muy feliz por ti, mi menita.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como una revelación. Tenía años que Lucha no hablaba de Lila, ni siquiera la mencionaba. Como si el dolor de la ausencia aún fuese tan intenso que nombrarla resultara imposible. Lila, su hermana gemela, la había dejado sola demasiado pronto. Eran inseparables, dos mitades de un mismo corazón.

Ximena sintió un nudo en la garganta. No es que hubiera olvidado a su madre, simplemente había aprendido a vivir con ese vacío. Había optado por guardar los recuerdos en silencio, como si al no evocarlos dolieran menos. Y, sin embargo, ahí estaba: en su boda, en el vestido, en cada puntada que había cosido con sus propias manos. Era como si Lila siguiera acompañándola, invisible pero presente, tejida en su destino.

—Ella… me hubiese ayudado a coserlo —murmuró, con el corazón en la garganta.

Los recuerdos acudieron de golpe: las tardes en que su madre le enseñaba a coser vestidos diminutos para muñecas, sus manos cálidas guiando las suyas, las historias que se escondían entre telas y costuras. El algodón era noble y fresco, la seda caprichosa y elegante, el lino resistente como pocas fibras. Coser junto a ella era aprender del mundo con amor.

Entonces, Ximena comenzó a llorar. Lo hizo con timidez, como quien no quiere romper la alegría del momento, pero los recuerdos le tocaron el corazón con tanta fuerza que no pudo contenerse.

—¡Ay, no, Mena! Me vas a hacer llorar —exclamó Montse, dejando a Luz en brazos de Rosalva para acercarse rápidamente.

La abrazó con fuerza, cuidando de no maltratar el delicado encaje. Ximena hundió el rostro en el hombro de su amiga y soltó un suspiro entrecortado.

—Es que… —dijo con la voz quebrada—. Mamá soñaba con verme así. Y yo… yo también soñaba que ella estuviera aquí.

Un silencio lleno de ternura inundó el cuarto. Era una pausa inevitable para honrar lo que realmente importaba. Ximena estaba ahí, de pie, con su vestido de novia, rodeada de las mujeres de su vida… y no podía evitar pensar en la mujer que le había dado la vida.

Luchita se puso de pie y caminó hacia su sobrina. Le arregló con cuidado el velo y le acomodó un mechón rebelde del cabello.

—Perdóname, hija, no quería hacerte llorar.

—No pasa nada, Luchita —respondió Ximena, secándose las lágrimas con el pañuelo que Martita le había acercado.

La tía la miró en el espejo, con voz temblorosa pero firme:

—Tu madre está feliz por ti, Menita. Ella estará presente en cada puntada de ese vestido, en cada flor que elegiste, en cada retazo de tela. Ella te acompañará en la velación, en el altar, en la fiesta… en cada paso que des.

Ximena bajó la mirada, conmovida. Sintió que su corazón se apretaba y al mismo tiempo se expandía con la certeza de que no estaba sola.

—Gracias, Luchita —susurró.

Entonces, Luz aplaudió sin entender, como si la inocencia de la niña cerrara el instante con una bendición pura. La sala se llenó de risas suaves, de abrazos y del murmullo de las voces queridas que rodeaban a Ximena. Ya no eran lágrimas de dolor, sino de amor, de memoria y de futuro.

En ese momento, Ximena lo entendió. Ese vestido no sólo había sido su secreto mejor guardado, la ilusión de su infancia. Significaba muchas cosas para las mujeres de su vida.

Para Montse, era un símbolo de orgullo: ver a su amiga de toda la vida transformada en la novia que había soñado ser.

Para Martita, un testimonio de que la constancia podía convertir lo sencillo en extraordinario.

Rosalva, una reivindicación silenciosa: la confirmación de que la joven que había criado como propia había sabido abrirse camino.

Para Lucha, un puente entre el presente y el recuerdo, la certeza de que el amor nunca desaparece.

Y para Ximena, ese vestido significaba el inicio de una nueva etapa, la consolidación de su historia de amor. La promesa cumplida de Tristán. Era la prueba de que los sueños se cumplen… y de que con él se casaría.

Sonrió entre lágrimas y murmuró, casi divertida:

—Tristán no tiene idea de lo que le espera…

Ese vestido no era solo suyo. Era un legado de amor tejido en silencio.

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