Diego San Sebastian Descoeurs era un abogado corporativo de alto perfil, de esos nombres que circulaban con respeto —y un poco de temor— entre empresarios, consejos de administración y despachos legales internacionales. Tenía fama de no perder un solo caso, y no porque jugara sucio, sino porque siempre iba varios pasos adelante. Preveía escenarios, leía personas, entendía el poder y sabía exactamente cuándo presionar… y cuándo esperar. Confiaba plenamente en su conocimiento y habilidades.
A sus cuarenta años, Diego era conocido como el eterno soltero. Un ladies man elegante, no escandaloso. Muchas lo deseaban como marido; pocas lograban pasar de una historia breve. No era cruel ni distante, simplemente selectivo. Había aprendido a no prometer lo que no estaba seguro de poder cumplir.
Era exitoso, guapo, culto y peligrosamente rico. No ostentaba su fortuna, pero se notaba en la naturalidad con la que se movía por el mundo: aviones privados, hoteles donde nadie preguntaba su nombre y restaurantes donde siempre había una mesa esperándolo. Su cuerpo estaba bien trabajado, fuerte sin exageraciones, más resultado de disciplina que de vanidad. Caminaba con la seguridad de quien está acostumbrado a ganar.
Había estudiado Derecho en la Universidad Anáhuac Norte, en la Ciudad de México, donde ya destacaba por su inteligencia afilada y su facilidad para los idiomas. Después vinieron los títulos que consolidaron su leyenda: una maestría en París, donde aprendió a moverse entre el derecho europeo y la diplomacia silenciosa, y un doctorado en Madrid, que terminó de pulir su pensamiento estratégico y su mirada internacional.
Viajaba constantemente. Conocía ciudades, culturas, vinos, silencios. Sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el otro se delatara solo. No coleccionaba cosas, coleccionaba experiencias. Y eso lo hacía aún más interesante.
Era hijo único, criado entre expectativas altas y recursos ilimitados. Aprendió pronto a valerse por sí mismo y a no depender emocionalmente de nadie. Tal vez por eso le costaba quedarse. Tal vez por eso nunca había tenido un verdadero lugar.
Sin embargo, Una no sabía nada de eso cuando lo conoció aquella noche. Para ella, Diego había sido solo un empresario más. Un hombre que pertenecía a ese mundo de trajes caros y miradas seguras. Un hombre que jamás volvería a ver porque no era de su estatus ni de su realidad. Un recuerdo intenso, repetido en sueños, y nada más.
Pero ahora lo tenía ahí. Sentado en su restaurante. Probando su comida. Opinando sobre algo que para ella lo era todo. Y de pronto, aquel recuerdo se volvió real. Demasiado real.
En cuanto dejó listos los platos, Una se refugió en su oficina y, con torpeza impropia de ella, tecleó su nombre en la computadora. La información apareció como una cascada imparable: biografías, títulos académicos, artículos, fotografías. Era como si hubiera encontrado una llave secreta, una puerta abierta a un mundo que él habitaba con naturalidad.
Al final de la jornada, Una sabía más de Diego San Sebastian Descoeurs de lo que él sabía de ella. Y por un instante —breve, peligroso— se sintió en ventaja.
Pero la ilusión duró poco. Pronto Diego, volvería a ganar terreno.
Cuando llegaron las despedidas y todo indicaba que Diego y Jack ya se habían marchado, la sorpresa volvió a enfrentarla de golpe. Al salir, lo vio en el estacionamiento del restaurante, solo, recargado contra su auto, esperándola.
Una no tenía a dónde ir ni cómo evitarlo. Había logrado escapar sin ser vista del elegante penthouse de Diego en la Ciudad de México, pero aquí no. No solo porque su coche seguía en el estacionamiento, sino porque el lugar era suyo. Su territorio.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Jo con curiosidad, mientras Una cerraba la puerta principal del restaurante.
Ella suspiró, concentrándose en colocar uno de los candados.
—No lo sé… supongo que Jack lo envió a platicar conmigo —respondió, sin demasiada convicción.
Jo la observó con atención, claramente sospechosa.
—¿Quieres que me quede?
—No. No —contestó Una con rapidez—. Vete con Pepe.
—¿Estás segura? —insistió.
—Sí. Vete con tu novio. Aprovecha tu día libre. Nos vemos mañana por la noche —dijo, procurando sonar firme.
Jo asintió, aunque sin dejar de mirarla. Se despidió con un gesto rápido y caminó hacia su coche, un compacto pequeño y ya viejo para el 2005. Pepe la esperaba dentro. Jo subió y el auto se perdió entre las luces de la calle.
Una se quedó sola. Y Diego seguía ahí, esperándola, como si supiera que no había escapatoria posible esta vez. Terminó de cerrar el restaurante y, a paso lento, caminó hacia donde él estaba, tratando de ordenar en su cabeza todo lo que pensaba decirle. Pero, como siempre, él se adelantó.
—Nombre, que resultó ser Una, un nombre de origen celta, aunque también con significados en latín y en griego —recitó, casi como si fuera un poema aprendido de memoria.
—Sí que tienes memoria —respondió ella, con ese dejo de coquetería que aparecía sin permiso cuando estaba frente a él.
Diego sonrió.
—Te busqué, ¿sabes? —continuó—. Te escabulliste de mi lado en la oscuridad de la noche, dejando frío el espacio vacío de mi cama.
—Lo siento… no era mi intención —murmuró Una, sin atreverse a sostenerle la mirada del todo.
Entonces Diego se acercó, con esa calma segura que lo caracterizaba, y cuando estuvo frente a ella la tomó suavemente de la cintura. Una sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó en voz baja.
—No sabía que me tenía que quedar.
Él la observó un instante, como si estuviera decidiendo qué creer.
—Nadie tiene que quedarse —respondió—. Pero yo quería que lo hicieras.
El silencio se instaló entre los dos, cargado de todo lo que no se atrevían a decir. La ciudad alrededor parecía haberse apagado para dejarlos solos en ese pequeño territorio de luces tenues y recuerdos recientes.
Había una tensión casi visible, como un hilo invisible que los mantenía a la misma distancia, ni demasiado cerca para romperse, ni demasiado lejos para soltarse. Una podía sentir el peso de su mirada recorriéndola, y él percibía el leve temblor en la forma en que ella respiraba. No era incomodidad; era ese nervio dulce que aparece cuando dos personas saben exactamente lo que está pasando, pero fingen que aún no lo han decidido.
Diego fue el primero en romper el silencio.
—Ven conmigo al hotel.
Ella parpadeó, sorprendida por la franqueza.
—¿Por qué? —preguntó, más para ganar tiempo que por verdadera duda.
Él sonrió apenas, sin soltarla de la cintura.
—Porque eso es lo que quieres… —respondió con suavidad— y porque es lo que yo quiero.
Una bajó la mirada un segundo. Tenía mil razones para decir que no: el trabajo, la prudencia, que le gustara de más. Pero también estaba esa otra verdad, más simple y más peligrosa, latiéndole en el pecho.
—Lo siento, no puedo… —se negó, tratando de recuperar su liderazgo y tranquilidad—. Mis hermanos… son un poco celosos.
—¿Ah, sí?
—Sí… no… no creo que les agrade no encontrarme, así que regresaré a mi casa y lo dejaremos hasta aquí, ¿ok?
Diego rió bajito, mientras sus ojos marrones brillaban con diversión.
—Ese es el pretexto más tonto que he escuchado en mi vida.
—¿Eso crees? —preguntó Una entre risas nerviosas.
La mano de Diego ya comenzaba a acariciarle el rostro, con suavidad, como quien prepara el terreno para un beso.
—Soy la menor de todos —añadió ella—. Ellos son siete.
—¿Quieres asustarme o algo así? —respondió él, divertido.
—No, es verdad… soy la menor. Somos ocho en total.
—Hmmm… —murmuró Diego, fingiendo pensarlo—. Bueno, vale la pena el riesgo.
La cercanía entre ambos volvió a llenarse de ese magnetismo innegable. Una sabía que debía irse, que lo sensato era subir a su coche y regresar a su mundo ordenado. Pero también sabía que, desde el momento en que lo vio en su restaurante, lo sensato había dejado de ser una opción real.
—No me lo pongas más difícil —susurró ella.
—Yo no estoy haciendo nada —respondió Diego—. Solo estoy aquí… contigo.
—Entonces… ¿me puedo ir? —preguntó ella, en un murmullo.
Diego la miró y sonrió.
—Eres libre, Nombre. Puedes irte si lo deseas. Solo pensé que… te gustaban las sorpresas.
Una se mordió el labio. Era una locura. En la Ciudad de México se había atrevido porque nadie la conocía; era otra vida, otro escenario. Pero aquí era distinto: este era su hogar, su territorio. Todos sabrían, todos hablarían.
—Entonces… fue un placer volver a verte, Diego San Sebastián —concluyó, intentando sonar firme.
—Lo hubiese sido… —respondió él, inclinándose para besarle la mano.
Una se dio la vuelta, más a fuerza que por voluntad propia, y caminó hacia su pick up blanca 4×4. Subió, cerró la puerta y buscó las llaves en la bolsa. Las colocó en el arranque y, cuando estaba a punto de girarlas, apoyó la frente sobre el volante.
—Una, Una, Una… —se reclamó en voz baja, sin saber exactamente por qué.
Se incorporó, se mordió el labio y, con un cosquilleo imparable en el pecho, murmuró:
—What the hell…
Alargó el brazo, abrió la puerta del pasajero y esperó. Diego no tardó en acercarse y subir.
—Tengo la casa sola —dijo ella, sin mirarlo.
Él cerró la puerta del auto y no respondió. Las palabras, por esa noche, ya no eran necesarias.