Casa Sandoval estaba decorada como cualquier restaurante del estereotipo mexicano-gringo: colores cálidos, detalles reconocibles, una estética pensada para que los clientes estadounidenses se sintieran cómodos desde el primer paso. Pero su comida no tenía nada que ver con eso.
Desde que entrabas, los gringos se sentían en casa… y los mexicanos, al probar los platos, también. Era una mezcla perfectamente calculada entre marketing e identidad, entre lo que se esperaba ver y lo que realmente se encontraba en el paladar. La decoración atraía; la comida convencía. Y esa era, quizá, la verdadera genialidad de Una Sandoval.
Todo estaba listo para el recibimiento de Jack y su amigo, un abogado corporativo de apellido rimbombante que no parecía ser mexicano. A Una no le importó. Se concentró en lo único que realmente importaba: el menú. Tenía que ser especial, memorable, pero ligero. Jack no estaba muy acostumbrado a cenar pesado, y ella no pensaba noquearlo con grasa o picante innecesario.
Lo que diseñó fue una cena de fonda mexicana elevada, de esas que reconfortan sin pedir permiso, pero que, en sus manos, se convertían en algo digno de una estrella.
—Consomé claro de pollo de rancho, tortillas de maíz azul; de plato fuerte, pechuga de pollo braseada… y arroz con leche de postre —leyó Peter del menú, mientras a su alrededor todos se apresuraban a dejar la cocina lista.
—¿No te gusta? —replicó Una sin levantar la vista—. A unos kilómetros hay un Taco Bell, por si gustas traer algo de allá.
Peter suspiró.
—Sabes que no es eso… Pensé que harías algo como chile en nogada o pastel azteca.
—No es temporada de chile en nogada —respondió ella, tajante—, y no voy a empachar a Jack con pastel azteca. Es pesado. Esto es lo que hay.
Hizo una pausa mínima, casi teatral.
—Ah, por cierto… habrá agua de jamaica.
—¡Una! ¡Llegaron! —anunció Jo, apurada, asomándose por la puerta de la cocina.
Peter salió primero a darles la bienvenida, mientras ella se aseguraba de que los últimos detalles quedaran impecables. Luego caminó hasta su oficina y comenzó a arreglarse. Una era guapa, pero no de una belleza evidente ni ruidosa. Su figura era esbelta y armónica, de curvas suaves y postura segura; un cuerpo que no necesitaba imponerse para hacerse notar. Tenía esa elegancia natural que nace de la confianza, una feminidad serena que se intuía incluso bajo la ropa de trabajo.
Frente al espejo, Una se observó con calma, como quien se conoce de memoria y aun así se detiene un segundo más de lo necesario. Su rostro no necesitaba maquillaje: la piel de tono cálido era uniforme, viva; los rasgos estaban en su sitio exacto, seguros. Tenía pómulos definidos, labios llenos que no pedían color y una mirada oscura que sostenía la suya sin titubeos.
Aun así, por esa ocasión, tomó un poco de rubor y lo aplicó con discreción. Apenas un toque, lo suficiente para devolverle al rostro el cansancio bonito de la noche larga, no para ocultarlo. El efecto fue sutil: un aire más suave, más femenino, sin perder carácter.
Luego soltó el cabello que había llevado recogido durante horas. La liga cayó sobre el escritorio y su melena oscura descendió lentamente sobre sus hombros, larga, ondulada, libre. El cambio fue inmediato. Más que arreglarse, parecía haberse permitido ser otra versión de sí misma: la misma mujer firme y segura, pero ahora envuelta en una calma distinta, más íntima.
Respiró hondo.
—Vamos, Una. Solo son negocios —se dijo a sí misma, con un dejo de nerviosismo.
Peter era quien daba la cara en los asuntos financieros porque ella nunca había sido buena para eso. Él era la mente; ella, el corazón. Él, los números y los contratos; ella, el talento que los hacía posibles.
Con paso firme —aunque por dentro no lo sentía así— caminó hacia la cocina y luego abrió la puerta que daba al restaurante. Ahí estaban. La única mesa montada y servida en todo el lugar. Peter conversaba con Jack en un inglés impecable. En cuanto la vio entrar, se apartó ligeramente para presentarla.
—Chef Sandoval —dijo Jack, con ese español cuidadosamente pronunciado—. Como siempre, es un placer verte.
—Lo mismo digo yo, Jack —respondió ella, profesional.
Entonces lo vio.
Al amigo. Al hombre que acompañaba a Jack.
Lo reconoció al instante.
El empresario. La mejor noche de su vida. El hombre guapo y maduro que la había llevado a aquel departamento con vista imposible, el mismo que había pronunciado Nombre como si supiera exactamente lo que hacía.
Sintió cómo el pulso se le aceleraba.
Él también la reconoció.
Sus ojos se iluminaron sin disimulo, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro y, casi imperceptible, se mordió el labio. No hubo duda, no hubo confusión. Se reconocieron en silencio, en ese segundo suspendido donde todo el pasado reciente volvió a golpearlos de frente.
—Diego, ella es Una Sandoval —presentó Jack, mientras Diego iba hacia ella—. Es la chef de la que te hable. ¿Recuerdas el evento del World Economic Forum? Era su comida.
Diego levantó una ceja al escuchar eso. Una, o Nombre, era una mesera, no la chef, cuando la había conocido. Sin emabrgo, no dino nada, sólo fue hacia ella y le sonrió, estirando la mano.
—Un placer… Una Sandoval.
Al escuchar su nombre pronunciado por aquel hombre, Una se estremeció. Los recuerdos de la noche que habían pasado juntos le golpearon la mente sin aviso: la risa, la cercanía, el calor, la intimidad compartida. Un leve rubor le subió a las mejillas antes de que pudiera controlarlo.
—El gusto es mío —respondió, bajando apenas la mirada, con una timidez que no le era habitual.
—San Sebastián es mexicano —continuó Jack, pronunciando mexicano con ese acento estadounidense que siempre parecía exagerar las sílabas—. No te dejes engañar por su apellido rimbombante y francés.
Una alzó la vista, sorprendida.
—Él será quien me diga si tu comida se siente como casa… o no —añadió Jack, sonriendo como si acabara de lanzar un reto.
Jack bromeó y Una sonrió, agradecida por ese pequeño respiro. Evitaba mirar a Diego, que se veía guapísimo con ese traje negro perfectamente entallado, la camisa blanca impecable y la corbata oscura ajustada con precisión. El conjunto le daba un aire sofisticado, urbano, peligrosamente seguro de sí mismo. Su cabello castaño, peinado hacia atrás sin rigidez, y la barba corta y bien cuidada reforzaban esa imagen de hombre maduro, acostumbrado a imponerse sin esfuerzo.
Incluso sin mirarlo directamente, Una podía sentir su presencia: firme, elegante, imposible de ignorar.
—No puedo esperar por probar su comida otra vez, Chef Sandoval —dijo Diego, con un tono amable que solo ella supo leer—. Será un placer.
Una sostuvo la compostura bajo su mirada. Asintió con una sonrisa profesional, llamó al mesero para que los atendiera y, sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia la cocina.
Solo cuando cruzó la puerta dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Apoyó las manos sobre la mesa de acero, cerró los ojos un segundo y se obligó a recordar quién era: la chef, la dueña, la mujer que había construido todo aquello con disciplina y talento. No la mujer que había pasado la mejor noche de su vida con un desconocido.
—Concéntrate —murmuró—. Esto es trabajo.
No dejaría que su aventura la distrajera.